Apologética - Lección 7

Septima lección del estudio: Apologética.

¿Por qué existen tantas religiones? ¿Es Cristo el único camino?

Una calle puede tener una iglesia cristiana, unas cuadras más adelante un templo de otra religión y, al otro lado del mundo, millones de personas pueden inclinarse ante dioses completamente distintos. Algunas oran varias veces al día. Otras encienden velas, realizan peregrinaciones, ofrecen sacrificios, guardan estrictas reglas o buscan paz mediante la meditación. Todas parecen estar buscando algo que está por encima de ellas. Entonces surge una pregunta inevitable: si tantas personas creen cosas diferentes acerca de Dios, ¿cómo podemos afirmar que una sola respuesta es verdadera?

La existencia de muchas religiones puede producir la impresión de que todas son caminos diferentes hacia la misma cima. Pero esa idea tiene un problema: las religiones no simplemente ofrecen diferentes maneras de decir lo mismo. Con frecuencia hacen afirmaciones que se contradicen entre sí. Algunas enseñan que existe un solo Dios; otras hablan de muchos dioses; otras entienden la realidad divina de una manera completamente diferente. Algunas enseñan que el ser humano necesita salvación; otras que necesita conocimiento, disciplina, purificación o escapar de un ciclo de existencia.

No pueden ser verdaderas todas esas afirmaciones al mismo tiempo y en el mismo sentido. La pregunta importante, por tanto, no es cuál religión nos parece más agradable, sino cuál dice la verdad acerca de Dios, del ser humano y de nuestra necesidad más profunda.

El ser humano nunca ha dejado de buscar

La Biblia explica algo sorprendente acerca de la humanidad: la existencia de religiones no demuestra que Dios haya permanecido completamente oculto. Más bien demuestra que el ser humano sabe que existe una realidad mayor que él, pero no responde correctamente a lo que Dios ha mostrado.

“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó” (Romanos 1:19).

Cuando una persona observa un cielo lleno de estrellas, contempla la inmensidad del océano, sostiene a un recién nacido entre sus brazos o piensa seriamente en la muerte, inevitablemente aparecen preguntas que van más allá de lo material. ¿Por qué existe algo en lugar de nada? ¿De dónde viene la vida? ¿Por qué sentimos que algunas cosas son realmente buenas y otras realmente malas? ¿Qué sucede después de morir?

Juan Calvino señaló que existe en el ser humano una conciencia profundamente arraigada de Dios. Sin embargo, también explicó que nuestro corazón produce continuamente ideas falsas acerca de Él. Esto coincide con Romanos 1. El problema humano no consiste solamente en falta de información. Existe también una resistencia interior contra el Dios verdadero.

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias” (Romanos 1:21).

Por eso encontramos religión prácticamente desde los comienzos de las civilizaciones. Altares, sacerdotes, templos, sacrificios y ceremonias aparecen repetidamente en la historia humana. El hombre busca respuestas porque fue creado por Dios, pero su pecado afecta incluso esa búsqueda.

El problema está más profundo de lo que pensamos

Podríamos pensar que las religiones existen simplemente porque diferentes pueblos desarrollaron culturas diferentes. Eso explica parte de sus diferencias externas, pero la Biblia lleva el problema mucho más profundo.

Después de la caída descrita en Génesis 3, el pecado afectó nuestros deseos, decisiones y pensamientos. No significa que las personas sean incapaces de reconocer cualquier verdad o realizar acciones buenas hacia otros. Significa que, abandonado a sí mismo, el ser humano no llega al conocimiento salvador del Dios verdadero.

“No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios” (Romanos 3:11).

Jonathan Edwards explicó ampliamente que nuestros deseos influyen en nuestras decisiones. El problema humano, entonces, no puede resolverse solamente entregándonos más información. Necesitamos que Dios transforme nuestro corazón.

Esto permite comprender algo importante. Una persona puede ser profundamente religiosa y continuar lejos de Dios. Puede levantarse temprano para orar, viajar cientos de kilómetros hasta un lugar considerado sagrado, privarse de alimentos y tratar sinceramente de vivir de acuerdo con determinadas reglas. Su sinceridad puede ser real. Pero sinceridad y verdad no son lo mismo.

Una persona puede beber sinceramente de un recipiente creyendo que contiene agua cuando en realidad contiene algo dañino. Su convencimiento no cambia el contenido del recipiente. De la misma manera, una creencia religiosa no se convierte en verdadera simplemente porque millones de personas la sostengan con profunda convicción.

¿Son todas las religiones caminos hacia el mismo Dios?

Esta idea resulta atractiva porque parece respetuosa. Sin embargo, termina ignorando lo que las propias religiones afirman.

Jesús no presentó su mensaje como una versión más de una verdad religiosa universal. Hizo afirmaciones extraordinariamente concretas acerca de sí mismo.

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Observe cuidadosamente sus palabras. Jesús no dijo simplemente que conocía un camino. Tampoco afirmó que enseñaba uno de varios caminos posibles. Dijo: “Yo soy el camino”.

La diferencia es enorme.

El mensaje cristiano no consiste principalmente en una lista de instrucciones mediante las cuales el ser humano consigue subir hasta Dios. Su centro es el anuncio de que Dios vino a rescatar al ser humano.

J. I. Packer insistió en que el corazón del mensaje cristiano se encuentra en la iniciativa de Dios para salvar pecadores incapaces de salvarse por sí mismos. No comenzamos ascendiendo hacia Él; Dios actúa primero.

La verdadera pregunta es qué hacemos con Cristo

Cuando hablamos con alguien de otra religión, podemos pasar horas comparando ceremonias, libros y costumbres. Sin embargo, tarde o temprano debemos llegar a Jesucristo.

¿Quién es Él?

Esta pregunta cambia completamente la conversación.

Jesús afirmó tener una relación única con el Padre. Perdonó pecados, recibió adoración, habló con autoridad extraordinaria, anunció su muerte y resurrección y declaró que tendría autoridad para juzgar a la humanidad.

“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Juan 14:9).

Los primeros cristianos entendieron claramente las consecuencias de estas afirmaciones. Pedro declaró acerca de Jesús:

“Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos” (Hechos 4:12).

Observe dónde fueron pronunciadas estas palabras. Los primeros creyentes vivían dentro del Imperio romano, rodeados de templos, divinidades y prácticas religiosas. No afirmaron que Cristo fuera el único Salvador porque desconocieran otras creencias. Lo afirmaron precisamente en un mundo lleno de ellas.

¿Por qué solamente Cristo?

La respuesta está relacionada con nuestro verdadero problema.

Si nuestro problema principal fuera ignorancia, necesitaríamos solamente un maestro. Si fuera falta de disciplina, necesitaríamos mejores reglas. Si fuera pobreza material, necesitaríamos recursos. Si fuera únicamente falta de propósito, necesitaríamos una nueva filosofía de vida.

Pero la Biblia afirma que nuestro problema fundamental es el pecado y nuestra separación de Dios.

“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23).

Necesitamos reconciliación.

Y precisamente aquí aparece la singularidad de Cristo. Jesús no vino solamente a enseñarnos cómo vivir. Vino a hacer por nosotros aquello que nosotros jamás podríamos hacer.

Vivió en perfecta obediencia al Padre. No cometió pecado. Después fue voluntariamente a la cruz y cargó con el juicio que merecían los pecadores.

“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).

John Stott explicó que en la cruz vemos simultáneamente la gravedad del pecado y la grandeza del amor de Dios. Dios no fingió que nuestra culpa no existía. La enfrentó mediante Cristo.

Por eso decir que existen muchos salvadores igualmente válidos termina reduciendo el significado de la cruz. Si pudiéramos reconciliarnos con Dios mediante cualquier otro camino, surge inevitablemente una pregunta: ¿por qué fue necesaria la muerte de Cristo?

La resurrección cambia la discusión

La fe cristiana hace una afirmación que puede examinarse históricamente: Jesús murió y resucitó corporalmente.

Pablo entendió perfectamente lo que estaba en juego.

“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados” (1 Corintios 15:17).

Esto es extraordinariamente importante. El cristianismo no pide simplemente creer algo porque produzca paz interior. Pablo admite que, si la resurrección no ocurrió, la fe cristiana se derrumba.

Pero si Cristo verdaderamente resucitó, entonces debemos tomar seriamente todo lo que afirmó acerca de sí mismo.

R. C. Sproul señalaba que la cuestión central no consiste en decidir qué religión preferimos, sino en determinar quién es Cristo. Si Él es verdaderamente quien afirmó ser, entonces sus palabras tienen una autoridad que ninguna preferencia personal puede cambiar.

¿Qué sucede con las personas sinceras de otras religiones?

Esta pregunta debe responderse con respeto y seriedad. No debemos burlarnos de las creencias ajenas ni tratar con desprecio a quienes piensan diferente.

Pedro escribió:

“Estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia” (1 Pedro 3:15).

Podemos respetar profundamente a una persona sin afirmar que todas sus creencias son verdaderas.

La Biblia enseña que Dios es perfectamente justo. Nadie será juzgado injustamente. Abraham preguntó:

“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).

La respuesta es sí. Dios conoce perfectamente cada corazón y nunca se equivoca.

Pero la Escritura también enseña que la salvación se encuentra en Cristo. Por eso la respuesta bíblica ante un mundo lleno de religiones no es concluir que la misión cristiana resulta innecesaria. Es exactamente lo contrario.

“¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” (Romanos 10:14).

Charles Spurgeon predicó constantemente bajo esta convicción: Cristo debía ser anunciado a todos porque todos necesitan al mismo Salvador. La necesidad universal del evangelio no nace del desprecio hacia otras culturas, sino del reconocimiento de una condición humana compartida.

La exclusividad de Cristo no significa superioridad personal

Este punto es fundamental cuando defendemos nuestra fe.

Decir que Cristo es el único Salvador no significa decir: “Yo soy mejor que tú”. En realidad significa exactamente lo contrario.

El cristiano confiesa que tampoco podía salvarse.

No llegó hasta Dios porque fuera más inteligente, moral o religioso. Fue rescatado por gracia.

“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Efesios 2:8).

Timothy Keller explicaba con frecuencia que el evangelio destruye tanto el orgullo como la desesperación: somos más pecadores de lo que deseamos admitir, pero en Cristo somos amados más profundamente de lo que podríamos ganar mediante nuestros méritos.

Por eso un cristiano no debería hablar con arrogancia acerca de otras religiones. Si hemos recibido misericordia, no tenemos razones para sentirnos superiores.

Tenemos razones para señalar a Cristo.

Una puerta abierta para cualquiera

Hay algo que no debemos perder de vista. Decir que existe un solo Salvador no significa que la salvación esté reservada para una sola nación, raza, cultura o clase social.

La puerta es estrecha porque existe un solo Salvador, pero está abierta para personas de todas las naciones.

“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

Apocalipsis presenta finalmente una multitud formada por personas “de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas” delante del Cordero (Apocalipsis 7:9).

John Owen escribió extensamente acerca de la suficiencia y grandeza de la obra de Cristo. Nuestra esperanza no descansa en la intensidad de nuestra religiosidad, sino en la perfección del Salvador.

Por eso la pregunta final no es simplemente: “¿Cuál religión escogiste?”. La pregunta llega mucho más cerca del corazón: “¿Qué harás con Jesucristo?”.

Podemos conocer ceremonias, estudiar religiones, discutir argumentos e incluso admirar las enseñanzas morales de Jesús. Pero Él no pidió ser colocado entre una larga lista de maestros religiosos. Nos llamó a confiar en Él.

“El que cree en el Hijo tiene vida eterna” (Juan 3:36).

Existen muchas religiones porque el corazón humano nunca ha dejado de buscar respuestas acerca de Dios, pero esa búsqueda está afectada por el pecado. El mensaje de las Escrituras es radicalmente diferente de cualquier intento humano de alcanzar a Dios mediante nuestros propios méritos: Dios vino hacia nosotros en Jesucristo.

Cristo es el único camino no porque los cristianos hayan decidido cerrar las demás puertas, sino porque solamente Él hizo lo necesario para reconciliar al pecador con Dios. Él vivió la vida que nosotros no hemos vivido, murió cargando la culpa que nosotros no podíamos quitar y resucitó venciendo la muerte.

Por eso nuestra confianza no está en pertenecer a una religión determinada. Nuestra confianza está en una Persona.

“Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Timoteo 2:5).

Ejercicios prácticos

  1. Explica la diferencia

    Escribe con tus propias palabras por qué la existencia de muchas religiones no demuestra que todas sean verdaderas. Intenta responder en cuatro o cinco líneas.

  2. Estudia las palabras de Jesús

    Lee Juan 14:1-7. Copia Juan 14:6 en tu libreta y escribe debajo qué quiso decir Jesús cuando afirmó: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”.

  3. Compara dos maneras de pensar

    Divide una página en dos columnas. En una escribe: “El ser humano intenta llegar hasta Dios”. En la otra: “Dios viene a rescatar al ser humano”. Anota debajo de cada columna las diferencias que aprendiste en esta lección.

  4. Prepara una respuesta sencilla

    Supón que un amigo te pregunta: “¿Por qué dices que Jesús es el único camino?”. Escribe una respuesta de cinco líneas utilizando Juan 14:6, pero procura explicarlo con tus propias palabras y sin atacar las creencias de esa persona.

  5. Reflexiona sobre tu propia confianza

    Lee Efesios 2:8-9 y responde en tu libreta: ¿Estoy confiando en mis buenas obras, en mi conocimiento, en mis prácticas religiosas o verdaderamente en Cristo? Después escribe una breve oración agradeciendo a Dios por la salvación que no podemos ganar por nuestros propios méritos.