Antiguo y Nuevo Testamento
Septima lección del estudio: Introducción a la Biblia
Antiguo y Nuevo Testamento
Una sola historia, un solo Dios y un solo Salvador
Imagina que encuentras un libro antiguo. Al abrirlo, lees la primera página y descubres una historia que parece comenzar en un jardín. Hay un hombre, una mujer, un mandato, una promesa y una tragedia. Continúas leyendo y aparecen familias, ciudades, reyes, guerras, sacerdotes, sacrificios, profetas y promesas que parecen mirar hacia algo que todavía no ha ocurrido.
Luego llegas a la segunda parte del libro. Allí aparece un hombre llamado Jesús. Nace en Belén, camina por los caminos de Galilea, anuncia el reino de Dios, llama a discípulos, sana enfermos, confronta el pecado y finalmente muere en una cruz. Pero la historia no termina allí. Resucita y, después de levantarse de entre los muertos, sus discípulos comienzan a anunciar que todo aquello que había sido prometido durante siglos estaba encontrando su cumplimiento en Él.
Entonces surge una pregunta fundamental. ¿Estamos ante dos historias diferentes o ante una sola historia contada en dos grandes partes?
La respuesta de las Escrituras es clara. La Biblia no presenta al Antiguo y al Nuevo Testamento como dos libros desconectados ni como dos planes diferentes de Dios. Son dos grandes partes de una misma historia. Una historia cuyo autor es Dios, cuyo problema central es el pecado, cuyo propósito es la redención y cuyo centro es Jesucristo.
El Antiguo Testamento prepara el camino. El Nuevo Testamento anuncia que el Salvador prometido ha venido.
El Antiguo Testamento contiene las promesas. El Nuevo Testamento muestra su cumplimiento.
El Antiguo Testamento dirige nuestra mirada hacia Cristo. El Nuevo Testamento nos muestra a Cristo revelado con claridad.
Por eso, estudiar la relación entre ambos Testamentos es fundamental para comprender correctamente la Biblia.
La Biblia es una sola historia
La Biblia está formada por muchos libros escritos por diferentes autores humanos, en diferentes épocas y circunstancias. Sin embargo, detrás de toda esa diversidad existe una unidad profunda. Dios es el autor supremo de las Escrituras y Él dirige toda la historia hacia un propósito central.
La Biblia comienza con estas palabras
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra».
Génesis 1:1
Desde el primer versículo encontramos a Dios como Creador. La historia bíblica no comienza con el ser humano buscando a Dios. Comienza con Dios creando, hablando y actuando.
Después encontramos la entrada del pecado en el mundo. Adán y Eva desobedecen a Dios y la humanidad queda separada de su Creador. El pecado afecta al corazón humano, a las relaciones, a la creación y a toda la historia.
Pero inmediatamente después de la caída aparece una promesa.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar».
Génesis 3:15
Esta promesa es fundamental para comprender toda la Biblia. Desde ese momento comienza a desarrollarse una expectativa. La humanidad necesita un Salvador. El pecado debe ser vencido. La muerte debe ser derrotada. El enemigo debe ser finalmente destruido.
A partir de ahí, las páginas del Antiguo Testamento comienzan a desarrollar esta gran historia.
Dios llama a Abraham y le promete bendecir a todas las familias de la tierra por medio de su descendencia.
«Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra».
Génesis 12:3
Dios forma un pueblo. Libera a Israel de Egipto. Establece su pacto. Entrega su Ley. Construye el tabernáculo. Después permite la construcción del templo. Levanta sacerdotes. Establece sacrificios. Da reyes. Promete un reino eterno a David. Envía profetas.
Todo parece avanzar hacia algo.
Los sacrificios hablan de la necesidad de expiación. El sacerdocio apunta a la necesidad de un mediador. El templo muestra el deseo de Dios de habitar en medio de su pueblo. El reino de David despierta la esperanza de un Rey eterno. Los profetas anuncian un futuro de salvación.
La historia avanza lentamente, como el amanecer que comienza con una pequeña línea de luz en el horizonte hasta que finalmente el sol aparece.
Entonces llegamos al Nuevo Testamento.
Y allí encontramos a Jesús.
La luz que había sido anunciada comienza a brillar con toda claridad.
Qué significa Antiguo Testamento
La palabra «testamento» puede entenderse también como «pacto». Por eso, cuando hablamos del Antiguo Testamento estamos hablando de la revelación de Dios relacionada principalmente con sus pactos y promesas establecidos antes de la venida de Cristo.
El Antiguo Testamento contiene treinta y nueve libros en las Biblias protestantes y fue escrito a lo largo de muchos siglos. Su contenido abarca desde la creación hasta el período posterior al exilio de Israel.
Sus libros muestran la relación de Dios con la humanidad y, de manera especial, su relación con Israel como pueblo escogido dentro de la historia de la redención.
Pero debemos tener cuidado con una idea equivocada. El Antiguo Testamento no es simplemente una colección de historias antiguas que sirven para enseñarnos lecciones morales.
David no está en la Biblia únicamente para enseñarnos a ser valientes frente a nuestros gigantes.
José no está allí solamente para enseñarnos a perdonar.
Moisés no aparece únicamente para enseñarnos liderazgo.
Daniel no está allí solamente para enseñarnos a ser fieles bajo presión.
Todos estos relatos forman parte de una historia mucho más grande. Cada uno ocupa un lugar dentro del desarrollo del propósito de Dios para salvar a su pueblo.
Por eso, cuando leemos el Antiguo Testamento debemos preguntar no solamente «¿qué puedo aprender de este personaje?», sino también «¿qué está haciendo Dios en esta historia y hacia dónde está conduciendo todo esto?».
El Antiguo Testamento anuncia a Cristo
Una de las declaraciones más importantes sobre la relación entre ambos Testamentos se encuentra en las palabras de Jesús después de su resurrección.
Dos discípulos caminaban hacia una aldea llamada Emaús. Estaban confundidos y tristes porque Jesús había muerto. Ellos esperaban que Él fuera el redentor de Israel, pero todavía no comprendían el significado completo de lo que había sucedido.
Entonces Jesús se acerca y les explica las Escrituras.
«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían».
Lucas 24:27
Este versículo es extraordinario.
Jesús les enseña que las Escrituras anteriores hablaban de Él.
Más adelante dice
«Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos».
Lucas 24:44
Jesús divide aquí las Escrituras conocidas por los judíos en tres grandes grupos: la Ley de Moisés, los Profetas y los Salmos. Y afirma que todo aquello apuntaba hacia Él.
Esto significa que Cristo no aparece de repente en Mateo como un personaje desconectado de todo lo anterior.
Él es el cumplimiento de la historia que comenzó en Génesis.
Él es la descendencia prometida.
Él es el verdadero Rey.
Él es el verdadero Sacerdote.
Él es el Siervo anunciado por los profetas.
Él es el Cordero que quita el pecado.
Él es el Mediador entre Dios y los hombres.
Él es el cumplimiento de las promesas hechas a Abraham.
Él es el Hijo de David que recibe un reino eterno.
Por eso, leer el Antiguo Testamento sin mirar hacia Cristo es perder una parte esencial de su propósito.
El sistema de sacrificios y la necesidad de un Salvador
Uno de los elementos más importantes del Antiguo Testamento es el sistema de sacrificios establecido por Dios.
Cuando un israelita veía un animal llevado al altar, estaba contemplando una verdad seria. El pecado tiene consecuencias. La rebelión contra Dios no es un asunto pequeño.
La sangre derramada mostraba de manera visible que el pecado produce muerte.
Sin embargo, esos sacrificios no eran el destino final.
La carta a los Hebreos explica
«Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados».
Hebreos 10:4
Entonces, ¿por qué existían?
Porque apuntaban hacia algo mayor.
El animal sacrificado no era el Salvador definitivo. Era una señal que dirigía la mirada hacia el sacrificio perfecto que vendría.
Cuando Juan el Bautista vio a Jesús, dijo
«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo».
Juan 1:29
Ahora podemos mirar hacia atrás y comprender mejor.
El cordero de la Pascua apuntaba hacia Cristo.
Los sacrificios apuntaban hacia Cristo.
El altar apuntaba hacia Cristo.
El sacerdocio apuntaba hacia Cristo.
El día de la expiación apuntaba hacia Cristo.
Todo aquello preparaba la mente del pueblo para comprender que el pecado requiere una solución que ningún ser humano puede producir por sí mismo.
Cuando Cristo muere en la cruz, la sombra encuentra su realidad.
El sacrificio definitivo ha sido ofrecido.
El Nuevo Testamento anuncia el cumplimiento
El Nuevo Testamento comienza con una declaración que conecta inmediatamente a Jesús con toda la historia anterior.
Mateo inicia su Evangelio con una genealogía. A primera vista puede parecer una lista difícil de leer. Sin embargo, tiene un propósito profundo.
Mateo presenta a Jesús como descendiente de Abraham y de David.
¿Por qué es importante?
Porque Dios había prometido a Abraham que por medio de su descendencia serían bendecidas las naciones.
Y Dios había prometido a David que uno de sus descendientes ocuparía un trono eterno.
Mateo está diciendo, desde el comienzo, que Jesús no es un personaje aislado.
Él pertenece a la historia de las promesas de Dios.
El Evangelio según Mateo presenta a Jesús como el Rey prometido.
Marcos muestra con fuerza a Jesús como el Siervo que actúa con autoridad.
Lucas presenta una historia cuidadosamente ordenada y destaca la salvación ofrecida a personas de todas las naciones.
Juan lleva nuestra mirada hasta la eternidad y declara
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios».
Juan 1:1
El mismo Jesús que nació en Belén es presentado como aquel que estaba con Dios desde el principio.
Y luego Juan dice
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros».
Juan 1:14
El Dios eterno entra en la historia humana.
El Creador se acerca a su creación.
El Salvador prometido viene al mundo.
La historia que parecía avanzar lentamente durante siglos llega a su punto culminante.
La diferencia entre promesa y cumplimiento
Podemos comprender la relación entre ambos Testamentos imaginando una promesa hecha por un padre a su hijo.
El niño escucha que algún día su padre cumplirá aquello que ha prometido. Durante años espera. La promesa es verdadera desde el momento en que fue pronunciada, pero todavía no ha llegado el día de su cumplimiento.
Cuando finalmente llega ese día, el cumplimiento no destruye la promesa. La confirma.
De manera semejante, el Nuevo Testamento no cancela el Antiguo Testamento como si Dios hubiera cambiado de opinión.
El Nuevo Testamento muestra que Dios fue fiel a lo que había prometido.
Pablo lo expresa de esta manera
«Porque todas las promesas de Dios son en él Sí, y en él Amén, por medio de nosotros, para la gloria de Dios».
2 Corintios 1:20
La fidelidad de Dios es una de las grandes enseñanzas que atraviesan toda la Biblia.
Dios promete.
Dios espera.
Dios actúa.
Dios cumple.
Puede haber siglos de espera entre una promesa y su cumplimiento, pero Dios no olvida lo que ha dicho.
Una nueva alianza anunciada desde antiguo
El Antiguo Testamento también anunció que vendría una nueva alianza entre Dios y su pueblo.
El profeta Jeremías escribió
«He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá».
Jeremías 31:31
Jeremías continúa explicando que Dios escribiría su Ley en el corazón de su pueblo y que perdonaría sus pecados.
Esta promesa encuentra su cumplimiento en Cristo.
Durante la última cena, Jesús tomó la copa y declaró
«Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama».
Lucas 22:20
La sangre de Cristo establece el fundamento de esta nueva alianza.
Ya no estamos esperando al Salvador prometido.
El Salvador ha venido.
Ya no esperamos el sacrificio definitivo.
El sacrificio ha sido ofrecido.
Ya no esperamos al Rey prometido.
El Rey ha llegado y ha sido exaltado.
Ya no esperamos que Dios cumpla su promesa de redención.
La obra decisiva de la redención ha sido realizada por Cristo.
La cruz como centro de la historia
Si tuviéramos que colocar una sola escena en el centro de toda la historia bíblica, esa escena sería la obra de Cristo en la cruz y su resurrección.
La cruz no fue un accidente.
Jesús no murió simplemente porque sus enemigos fueron más poderosos que Él.
Su muerte formaba parte del propósito redentor de Dios.
Isaías había escrito siglos antes
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados».
Isaías 53:5
Cuando llegamos al Nuevo Testamento comprendemos que esta profecía encuentra su cumplimiento en Cristo.
La cruz conecta ambos Testamentos.
El Antiguo Testamento pregunta, de muchas maneras, cómo será resuelto definitivamente el problema del pecado.
El Nuevo Testamento responde mostrando a Cristo crucificado y resucitado.
El Antiguo Testamento anuncia que vendrá un Salvador.
El Nuevo Testamento proclama que el Salvador ha venido.
El Antiguo Testamento prepara el escenario.
El Nuevo Testamento presenta al protagonista.
Pero el protagonista no es un héroe humano.
Es el Hijo eterno de Dios que vino para salvar a pecadores.
El Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento no compiten entre sí
Un error común consiste en pensar que el Dios del Antiguo Testamento es diferente del Dios del Nuevo Testamento.
Algunos imaginan que en el Antiguo Testamento Dios es severo y en el Nuevo Testamento se vuelve amoroso.
Eso es incorrecto.
El Dios de Génesis es el mismo Dios que se revela en los Evangelios.
El Dios que juzga el pecado en el Antiguo Testamento es el mismo Dios que muestra su gracia en el Nuevo.
Y el Dios que muestra gracia en el Antiguo Testamento es el mismo Dios que ejecuta juicio en el Nuevo.
La Biblia no presenta dos dioses.
Presenta un solo Dios santo, justo, misericordioso, paciente y fiel.
En el Antiguo Testamento encontramos abundantes muestras de la gracia de Dios.
Dios rescata a Israel de Egipto.
Dios perdona al pueblo.
Dios recibe al pecador arrepentido.
Dios promete un Salvador.
Dios mantiene sus promesas a pesar de la infidelidad humana.
En el Nuevo Testamento también encontramos claramente la santidad y justicia de Dios.
La cruz misma demuestra que Dios no ignora el pecado.
El pecado es tan serio que Cristo tuvo que morir.
Pero al mismo tiempo, la cruz demuestra que el amor de Dios es tan grande que Él entregó a su Hijo para salvar a su pueblo.
Como escribió el teólogo y pastor inglés John Owen (1616–1683), la obra de Cristo no debe entenderse como un simple ejemplo moral, sino como la obra mediante la cual Cristo realmente realiza la salvación de su pueblo.
La cruz es, por tanto, el lugar donde vemos la justicia y la misericordia de Dios encontrarse de manera perfecta.
Una sola promesa desarrollada a través de muchas etapas
Podemos observar la historia bíblica como una gran línea que atraviesa toda la Escritura.
En Génesis encontramos la creación y la caída.
Después aparece la promesa de redención.
Con Abraham vemos la promesa de una descendencia y una bendición para las naciones.
Con Moisés vemos la formación de un pueblo y la revelación de la Ley.
Con David vemos la promesa de un Rey cuyo reino permanecerá para siempre.
Con los profetas escuchamos anuncios sobre un Salvador, un nuevo pacto y un reino futuro.
Después llegamos a los Evangelios.
Jesús nace.
Jesús vive en perfecta obediencia.
Jesús anuncia el reino.
Jesús muere.
Jesús resucita.
Jesús asciende al cielo.
Luego, en Hechos y en las cartas apostólicas, la Iglesia proclama que Jesús es el Señor y que la salvación se ofrece a todas las naciones.
Finalmente, en Apocalipsis vemos la consumación de todas las cosas.
La historia termina con una nueva creación, la presencia de Dios con su pueblo y la derrota definitiva del mal.
La Biblia comienza con un jardín.
La Biblia termina con una ciudad-jardín.
La Biblia comienza con la humanidad expulsada de la presencia de Dios.
La Biblia termina con el pueblo de Dios viviendo para siempre en su presencia.
La Biblia comienza con la muerte entrando por causa del pecado.
La Biblia termina con la muerte derrotada.
La Biblia comienza con una promesa.
Y termina mostrando el cumplimiento definitivo de esa promesa.
Cómo debemos leer el Antiguo y el Nuevo Testamento
La primera regla es leer toda la Biblia teniendo a Cristo como centro de la historia de redención.
Esto no significa que cada versículo sea una referencia directa a Jesús. Significa que debemos comprender cada parte dentro de la historia general que conduce hacia Él y encuentra su cumplimiento en Él.
La segunda regla es respetar el contexto.
No debemos tomar una historia del Antiguo Testamento y convertirla inmediatamente en una enseñanza sobre nosotros mismos sin entender primero qué significaba para sus primeros lectores.
Debemos preguntar qué ocurrió, por qué ocurrió, qué estaba haciendo Dios y cómo ese acontecimiento se relaciona con la historia de la redención.
La tercera regla es recordar que el Nuevo Testamento interpreta correctamente el Antiguo.
Los apóstoles conocían las Escrituras hebreas y constantemente mostraban cómo se cumplían en Cristo.
Por eso, el mejor intérprete de una parte de la Biblia es la Biblia misma.
La cuarta regla es leer con humildad.
La Biblia no existe para confirmar nuestras ideas personales. Nosotros debemos someternos a lo que Dios ha revelado.
El gran predicador inglés Charles Spurgeon (1834–1892) insistía constantemente en llevar la atención de sus oyentes hacia Cristo. Su famosa orientación al predicador era que, al estudiar un texto, debía buscar cómo conducir a sus oyentes hacia el Salvador.
Esta actitud es especialmente importante cuando estudiamos el Antiguo Testamento. No debemos quedarnos simplemente admirando los personajes o las historias. Debemos observar cómo Dios conduce la historia hacia la redención que alcanza su centro en Cristo.
La unidad de las Escrituras nos da esperanza
Comprender la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento no es solamente un ejercicio intelectual. Tiene consecuencias para nuestra vida.
Si Dios fue fiel durante miles de años para cumplir sus promesas, podemos confiar en Él hoy.
Abraham esperó.
Israel esperó.
Los profetas anunciaron.
Generaciones enteras pasaron.
Pero Dios cumplió.
Esto significa que nuestra esperanza no depende de las circunstancias presentes.
El Dios que cumplió su promesa de enviar al Salvador también cumplirá todo aquello que ha prometido para el futuro.
Pedro escribió
«Pero nosotros esperamos, según sus promesas, cielos nuevos y tierra nueva, en los cuales mora la justicia».
2 Pedro 3:13
La historia todavía no ha terminado.
Jesús vino una primera vez para realizar la obra de salvación.
Jesús volverá para consumar su reino.
Por eso, la Iglesia vive entre dos grandes acontecimientos. Mira hacia atrás, a la cruz y la resurrección, y mira hacia adelante, esperando el regreso de Cristo.
La primera venida de Cristo garantiza nuestra esperanza futura.
La gran lección
Cuando cerramos la Biblia después de leerla completa, no debemos pensar que hemos encontrado dos historias separadas.
Hemos encontrado una sola historia.
Una historia que comienza con Dios creando todas las cosas.
Una historia que continúa con la entrada del pecado.
Una historia donde Dios promete redención.
Una historia donde Dios llama a Abraham.
Una historia donde Dios forma un pueblo.
Una historia donde Dios establece sacrificios y sacerdotes.
Una historia donde Dios promete un Rey.
Una historia donde los profetas anuncian esperanza.
Una historia que llega a su centro cuando Jesús entra en el mundo.
Una historia que pasa por la cruz.
Una historia que atraviesa la tumba vacía.
Una historia que continúa con la proclamación del evangelio a las naciones.
Y una historia que terminará cuando Cristo regrese y haga nuevas todas las cosas.
Por eso, el Antiguo Testamento no debe ser abandonado cuando llegamos al Nuevo.
Y el Nuevo Testamento no debe ser separado del Antiguo.
Ambos forman parte de una única revelación divina.
El Antiguo Testamento nos enseña a esperar al Salvador.
El Nuevo Testamento nos anuncia que el Salvador ha venido.
Y toda la Biblia nos invita a mirar hacia Cristo.
Él es el centro de la historia.
Él es el cumplimiento de las promesas.
Él es el verdadero Cordero.
Él es el verdadero Rey.
Él es el verdadero Mediador.
Él es el Salvador.
Y en Él encontramos la respuesta definitiva al problema que comenzó en el jardín del Edén.
La Biblia comenzó mostrando la entrada del pecado y la muerte.
Pero termina mostrando la victoria de Cristo.
Por eso podemos leer las últimas palabras de la Escritura con esperanza
«El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén; sí, ven, Señor Jesús».
Apocalipsis 22:20
La historia que comenzó con una promesa terminará con el cumplimiento total de todas las promesas de Dios.
Y el centro de esa historia, desde Génesis hasta Apocalipsis, es Jesucristo.