Antiguo y Nuevo Testamento
Septima lección del estudio: Introducción a la Biblia
Una Biblia abierta sobre una mesa parece un solo libro. Sin embargo, basta avanzar desde Malaquías hasta Mateo para encontrarnos ante un cambio enorme. El templo, los sacerdotes, los sacrificios y las promesas siguen presentes, pero ahora aparecen romanos gobernando Judea, sinagogas en las ciudades, fariseos enseñando al pueblo y, sobre todo, un hombre llamado Jesús anunciando que el reino de Dios se ha acercado. ¿Qué ocurrió entre ambos Testamentos? ¿Por qué la Biblia está dividida de esta manera? ¿Y qué relación existe entre todo lo que Dios hizo antes y la llegada de Cristo?
Comprender el Antiguo y el Nuevo Testamento es mucho más que aprender cómo está organizada la Biblia. Significa descubrir que las Escrituras cuentan una sola gran historia. El Dios que creó los cielos y la tierra en Génesis es el mismo Dios que, al final de Apocalipsis, hace nuevas todas las cosas. Entre esos dos extremos encontramos creación, caída, promesas, pactos, reyes, profetas, sacrificios, pecado, juicio, misericordia, una cruz, una tumba vacía y la esperanza de una nueva creación.
Una Biblia dividida en dos grandes partes
La palabra «testamento» está relacionada con la idea de pacto. Por eso, cuando hablamos del Antiguo y del Nuevo Testamento, no debemos pensar en dos historias independientes ni en dos dioses diferentes. Estamos ante dos grandes partes de una misma revelación de Dios.
El Antiguo Testamento contiene 39 libros en las Biblias protestantes. Comienza con Génesis y termina con Malaquías. Allí conocemos la creación del mundo, la entrada del pecado, el diluvio, Abraham y sus descendientes, el nacimiento de Israel como nación, el éxodo de Egipto, la entrega de la ley, la conquista de Canaán, los jueces, los reyes, el templo, los profetas, el exilio y el regreso de parte del pueblo a su tierra.
El Nuevo Testamento contiene 27 libros. Comienza con Mateo y termina con Apocalipsis. Su centro es Jesucristo: su nacimiento, vida, enseñanzas, muerte, resurrección y exaltación. También relata el comienzo y crecimiento de la Iglesia, explica el significado de la obra de Cristo y termina mostrando la esperanza futura del pueblo de Dios.
En total tenemos 66 libros escritos por diferentes autores humanos, en épocas, lugares y circunstancias distintas. Sin embargo, existe una unidad sorprendente entre ellos porque detrás de esos autores está Dios mismo hablando por medio de su Palabra.
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).
Juan Calvino enseñaba que las Escrituras deben contemplarse como la voz de Dios dirigida a su pueblo. Esta convicción nos ayuda a evitar un error frecuente: tratar el Antiguo Testamento como una colección antigua de historias interesantes y el Nuevo como la parte realmente importante. Toda la Escritura pertenece al pueblo de Dios y toda ella participa de una misma historia.
El Antiguo Testamento prepara el camino
El Antiguo Testamento comienza con algo perfecto. Dios crea el mundo y declara que todo es bueno. El ser humano vive delante de su Creador sin vergüenza, culpa ni muerte. Pero Génesis 3 cambia el rumbo de la historia. Adán y Eva desobedecen y el pecado entra en la experiencia humana.
Desde ese momento surge una pregunta que atraviesa toda la Biblia: ¿cómo podrá un ser humano culpable volver a vivir en paz con un Dios santo?
Dios mismo comienza a mostrar la respuesta. Después de la caída promete que vendrá un descendiente de la mujer que vencerá a la serpiente.
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15).
La respuesta completa todavía no aparece, pero la promesa ya ha sido pronunciada.
Después encontramos a Abraham. Dios promete hacer de él una gran nación y declara que por medio de su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra. Más adelante aparece Israel esclavizado en Egipto. Dios escucha su clamor, levanta a Moisés, juzga a Egipto y libera a su pueblo.
La noche de la Pascua debió quedar grabada profundamente en la memoria de Israel. Una familia reunida dentro de una casa, un cordero sacrificado y sangre colocada en los postes de la puerta. Afuera, el juicio recorría Egipto; dentro, una familia permanecía protegida bajo la señal que Dios había establecido.
Aquello no era simplemente una historia de liberación nacional. Preparaba al pueblo para comprender algo mucho mayor.
Siglos después, Pablo escribiría:
«Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros» (1 Corintios 5:7).
Las sombras que anunciaban algo mayor
En el Antiguo Testamento encontramos sacerdotes, sacrificios, altares, sangre, un tabernáculo y posteriormente un templo. Nada de esto aparece por accidente.
Cuando una persona pecaba, llevaba un animal para ser sacrificado. El pecador veía morir a una criatura inocente. La escena enseñaba algo serio: el pecado produce muerte y acercarse a Dios requiere expiación.
Pero aquellos animales nunca podían resolver definitivamente el problema del corazón humano.
«Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados» (Hebreos 10:4).
Los sacrificios señalaban hacia adelante.
John Owen explicó ampliamente que los sacrificios y sacerdotes antiguos encontraban su verdadero cumplimiento en Cristo. El sacerdote representaba al pueblo delante de Dios; el sacrificio moría en lugar de otro. Pero Cristo sería algo extraordinariamente superior: el sacerdote perfecto que se ofrece a sí mismo como sacrificio perfecto.
Por eso no debemos leer Levítico pensando que encontramos ceremonias inútiles y lejanas. Allí vemos sombras que preparaban los ojos del pueblo para reconocer una realidad futura.
Los reyes y los profetas aumentaron la esperanza
Israel también tuvo reyes. David ocupa un lugar especialmente importante porque Dios prometió establecer su reino y levantar de su descendencia un Rey cuyo reino tendría una importancia definitiva.
«Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente» (2 Samuel 7:16).
Pero los reyes humanos fallaron. Algunos comenzaron bien y terminaron mal. Otros llevaron directamente al pueblo hacia la idolatría. Incluso David, a pesar de ser un hombre conforme al corazón de Dios, cometió pecados terribles.
La historia demostraba una y otra vez que Israel necesitaba un Rey mejor.
Entonces los profetas comenzaron a hablar con mayor claridad acerca de alguien que vendría.
Isaías habló de un niño cuyo reino no tendría fin. También describió a un Siervo despreciado que cargaría con el pecado de otros.
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5).
Miqueas anunció Belén como el lugar relacionado con la llegada del gobernante prometido. Jeremías habló de un nuevo pacto. Ezequiel anunció un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Daniel contempló un reino que finalmente vencería a todos los reinos humanos.
Geerhardus Vos mostró que Dios fue dando a conocer su propósito progresivamente. La revelación no apareció completa de una sola vez. Fue creciendo como la luz del amanecer: primero vemos contornos, después formas más claras y finalmente, con la llegada de Cristo, aquello que estaba siendo anunciado queda plenamente iluminado.
El silencio antes de la llegada del Rey
Malaquías termina dejando al pueblo esperando. Después transcurren aproximadamente cuatro siglos hasta los acontecimientos narrados en el Nuevo Testamento. Durante ese periodo Israel experimentó grandes cambios políticos y culturales.
Cuando comienza Mateo, Judea está bajo dominio romano. Herodes gobierna. Jerusalén conserva su templo. Los sacerdotes continúan ofreciendo sacrificios. El pueblo conoce las antiguas promesas y muchos esperan la intervención de Dios.
Entonces ocurre algo extraordinario.
Un niño nace en Belén.
Mateo comienza su Evangelio diciendo:
«Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1).
Esas palabras son una puerta que conecta ambos Testamentos. Abraham nos recuerda la promesa de bendición. David nos recuerda la promesa del Rey. Mateo está diciendo desde el comienzo que Jesús no apareció desconectado de la historia anterior.
Él es aquel hacia quien la historia venía avanzando.
El Nuevo Testamento muestra el cumplimiento
Jesús mismo enseñó que las Escrituras anteriores hablaban de Él.
«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).
Después de resucitar, mientras caminaba con dos discípulos hacia Emaús, hizo algo especialmente importante:
«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).
Jesús les enseñó a leer la historia bíblica mirando hacia su cumplimiento.
Esto no significa que cada personaje sea una representación secreta de Cristo ni que debamos inventar significados ocultos. Significa que las grandes promesas, instituciones y esperanzas de las Escrituras encuentran finalmente su sentido pleno en Él.
El cordero encuentra cumplimiento en Cristo.
El sacerdocio encuentra cumplimiento en Cristo.
La esperanza del Rey encuentra cumplimiento en Cristo.
La promesa hecha a Abraham avanza hacia Cristo.
La esperanza del nuevo pacto se cumple mediante Cristo.
Charles Spurgeon acostumbraba dirigir constantemente la atención de sus oyentes hacia Cristo porque estaba convencido de que toda predicación fiel debía conducir finalmente hacia Él. Esta misma convicción debe influir en nuestra lectura de las Escrituras: no debemos detenernos solamente en los personajes, acontecimientos o enseñanzas morales. Debemos preguntarnos cómo cada parte ocupa su lugar dentro de la gran obra de Dios.
Una promesa y su cumplimiento
Una manera sencilla de comprender la relación entre ambos Testamentos es pensar en una promesa que lentamente se acerca a su cumplimiento.
El Antiguo Testamento dice repetidamente: alguien vendrá.
El Nuevo Testamento anuncia: ha venido.
El Antiguo presenta la necesidad. El Nuevo muestra con claridad la respuesta.
El Antiguo presenta sacrificios repetidos. El Nuevo presenta el sacrificio suficiente de Cristo.
El Antiguo anuncia un Rey. El Nuevo identifica a ese Rey.
El Antiguo promete un nuevo pacto. El Nuevo muestra su establecimiento mediante la sangre de Cristo.
Durante la última cena, Jesús tomó la copa y dijo:
«Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama» (Lucas 22:20).
Aquí las palabras de los profetas y la obra de Cristo se encuentran. Lo prometido durante siglos estaba llegando a su cumplimiento.
R. C. Sproul insistía en que no podemos comprender correctamente la obra de Cristo si la separamos del Antiguo Testamento. Conceptos como sacrificio, pacto, sacerdote, reino, justicia y expiación ya habían sido preparados durante siglos. Cuando Juan el Bautista mira a Jesús y declara: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29), esas palabras poseen una historia detrás de ellas.
El mismo Dios y el mismo propósito
Existe otro error que debemos evitar: pensar que el Dios del Antiguo Testamento es principalmente severo mientras que Jesús presenta a un Dios diferente y misericordioso.
La Biblia no permite esa separación.
En el Antiguo Testamento encontramos repetidamente la misericordia, paciencia y amor de Dios.
«Misericordioso y clemente es Jehová; lento para la ira, y grande en misericordia» (Salmo 103:8).
Y en el Nuevo Testamento encontramos tanto la gracia como la justicia divina. Jesús habló seriamente acerca del juicio y llamó a las personas al arrepentimiento.
El Dios que juzgó el pecado en el Antiguo Testamento sigue siendo santo en el Nuevo. El Dios que mostró misericordia a pecadores en el Antiguo sigue mostrando misericordia en el Nuevo.
Jonathan Edwards veía la historia de las Escrituras como el desarrollo de una gran obra de redención. Aunque los acontecimientos parecen numerosos —Noé construyendo el arca, Abraham caminando hacia Canaán, Moisés delante del faraón, David sentado en el trono, Isaías anunciando al Siervo, Cristo muriendo en Jerusalén y los apóstoles llevando el evangelio a las naciones— todos forman parte de un propósito que Dios dirige.
Cómo debemos leer ambos Testamentos
No debemos abandonar el Antiguo Testamento porque nos parezca más difícil. Si solamente leemos el Nuevo, comprenderemos muchas verdades, pero perderemos gran parte del trasfondo que les da profundidad.
Cuando entendemos el sacrificio del cordero pascual, comprendemos mejor la cruz. Cuando conocemos el sacerdocio, entendemos mejor Hebreos. Cuando estudiamos a David, comprendemos mejor por qué Jesús es llamado Hijo de David. Cuando conocemos el exilio, comprendemos mejor el deseo de restauración. Cuando leemos las promesas proféticas, vemos con mayor claridad por qué la llegada de Jesús produjo tanta expectativa.
J. I. Packer recordó constantemente que conocer las Escrituras significa conocer al Dios que se revela en ellas. Por eso estudiar ambos Testamentos no debe convertirse simplemente en acumular información. Cada página debe llevarnos a conocer mejor el carácter de Dios, nuestra condición y la obra que Él realizó para salvar a pecadores.
La Biblia comienza con Dios creando un mundo bueno y termina con Dios habitando para siempre con su pueblo en una creación restaurada. Entre ambos acontecimientos se desarrolla la historia de la redención.
El Antiguo Testamento prepara.
Los Evangelios muestran la llegada de Cristo.
Hechos muestra la expansión del evangelio.
Las cartas explican profundamente lo que Cristo realizó y cómo debe vivir su pueblo.
Apocalipsis dirige nuestros ojos hacia el final de la historia.
Por eso Antiguo y Nuevo Testamento no deben enfrentarse ni separarse. Son dos grandes partes de una sola historia cuyo centro es Jesucristo y cuyo autor soberano es Dios.
Cuando abrimos Génesis, comenzamos a caminar hacia Cristo. Cuando llegamos a los Evangelios, encontramos al Prometido. Cuando avanzamos por las cartas, comprendemos mejor su obra. Y cuando cerramos Apocalipsis, descubrimos que la historia termina exactamente donde Dios decidió llevarla: con Cristo reinando, el pecado derrotado, la muerte vencida y el pueblo de Dios viviendo para siempre en su presencia.
Ejercicios prácticos
- Escribe en tu libreta cuántos libros contiene el Antiguo Testamento, cuántos contiene el Nuevo Testamento y cuántos forman toda la Biblia.
- Divide una página en dos columnas. Escribe «Antiguo Testamento» en una y «Nuevo Testamento» en la otra. Anota cinco acontecimientos importantes que pertenezcan a cada uno.
- Lee Génesis 3:15 e Isaías 53:4-6. Escribe con tus propias palabras qué anuncian estos pasajes y cómo se relacionan con Jesús.
- Lee Mateo 1:1. Escribe los nombres de los dos personajes del Antiguo Testamento mencionados allí e investiga qué promesa importante recibió cada uno.
- Lee Lucas 24:25-27. Escribe tres oraciones explicando qué enseñó Jesús acerca de la relación entre las antiguas Escrituras y su propia persona.
- Escribe una frase sencilla que resuma toda la lección. Puedes comenzar de esta manera: «El Antiguo y el Nuevo Testamento forman una sola historia porque...» y termina la oración utilizando tus propias palabras.