Introducción a la Biblia - Lección 8

La Biblia y Cristo

Octava lección del estudio: Introducción a la Biblia

La Biblia y Cristo

Introducción

Imagina que encuentras un antiguo mapa. Sus páginas están llenas de nombres, caminos, montañas, ríos y ciudades. Puedes pasar horas estudiando cada detalle, aprender la historia de cada lugar y memorizar las rutas que aparecen dibujadas. Pero existe una pregunta que cambia completamente la manera de leer ese mapa: ¿hacia dónde conduce?

La Biblia también tiene muchos caminos, nombres, acontecimientos, leyes, poemas, profecías, historias y enseñanzas. Tiene páginas que hablan de reyes y pastores, de guerras y períodos de paz, de pecado y arrepentimiento, de sufrimiento y esperanza. Pero todos esos caminos conducen hacia una persona.

Esa persona es Jesucristo.

Si leemos la Biblia solamente como un conjunto de historias morales, perderemos su mensaje principal. Si la vemos únicamente como un libro de consejos para vivir mejor, no comprenderemos su propósito más profundo. Y si estudiamos sus páginas sin llegar a Cristo, podemos conocer muchas cosas acerca de la Biblia y, al mismo tiempo, no comprender verdaderamente hacia dónde apunta.

La Biblia no fue escrita simplemente para que admiremos a sus personajes. No fue dada solamente para enseñarnos a ser mejores personas. Su propósito central es mostrarnos al Dios verdadero y revelar su obra de salvación, cuyo centro y cumplimiento se encuentra en Jesucristo.

Por eso, estudiar la relación entre la Biblia y Cristo es fundamental para comprender correctamente toda la Escritura.

Cristo es el centro de la historia bíblica

Cuando abrimos la Biblia, encontramos una historia que se desarrolla a lo largo de muchos siglos. Desde Génesis hasta Apocalipsis vemos diferentes épocas, diferentes personas y diferentes acontecimientos. Sin embargo, no estamos frente a historias independientes que fueron colocadas juntas por accidente.

Existe una sola gran historia.

La historia comienza con Dios creando los cielos y la tierra. Luego vemos al ser humano creado a imagen de Dios, viviendo en perfecta comunión con su Creador. Pero en Génesis 3 aparece la tragedia del pecado. El ser humano se rebela contra Dios, y la muerte entra en la experiencia humana.

Desde ese momento, la Biblia comienza a mostrarnos una gran necesidad: la necesidad de un Salvador.

La historia bíblica avanza desde la promesa dada después de la caída, continúa con Noé, Abraham, Isaac, Jacob, Israel, Moisés, David y los profetas, hasta llegar finalmente a Jesucristo.

Por eso, cuando leemos el Antiguo Testamento debemos preguntarnos no solamente qué ocurrió, sino también cómo ese acontecimiento forma parte del plan de Dios que finalmente encuentra su cumplimiento en Cristo.

Jesús mismo enseñó esta manera de leer las Escrituras.

Después de su resurrección, Jesús caminó con dos discípulos que se dirigían a una aldea llamada Emaús. Ellos estaban confundidos y tristes porque habían visto morir a Jesús y todavía no comprendían plenamente lo que había sucedido.

Entonces Jesús comenzó a explicarles las Escrituras.

“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.”

Lucas 24:27

Observemos cuidadosamente lo que Jesús hizo. No tomó solamente un versículo aislado. Recorrió las Escrituras y mostró cómo ellas hablaban de Él.

Esto significa que Cristo no aparece en la Biblia solamente a partir del Evangelio de Mateo. Él es el cumplimiento hacia el cual se dirige la historia bíblica desde sus comienzos.

El Antiguo Testamento prepara el camino. Los Evangelios muestran su llegada. Las cartas explican el significado de su obra. Y Apocalipsis muestra la consumación final de su reino.

La Biblia tiene muchos libros, pero un solo gran mensaje de salvación.

La promesa comienza desde el principio

Una de las primeras promesas relacionadas con la redención aparece inmediatamente después de la entrada del pecado en el mundo.

En Génesis 3, después de la caída de Adán y Eva, Dios pronuncia juicio sobre la serpiente. En medio de esas palabras aparece una promesa extraordinaria.

“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.”

Génesis 3:15

Este versículo ha sido entendido históricamente por la Iglesia como una primera promesa de la victoria futura del Redentor sobre Satanás.

La imagen es poderosa. La serpiente herirá el talón, pero finalmente será derrotada. El mal tendrá una aparente victoria, pero no será definitiva.

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, vemos el cumplimiento de esta esperanza en Cristo. Jesús vino al mundo para destruir las obras del diablo y vencer el poder del pecado y de la muerte.

La historia que comenzó en un jardín termina con la victoria definitiva de Cristo.

Lo que parecía una derrota en la cruz se convierte en el camino hacia la victoria mediante la resurrección.

Las promesas del Antiguo Testamento apuntan hacia Cristo

Una de las formas más importantes de comprender la relación entre la Biblia y Cristo es observar cómo las promesas del Antiguo Testamento encuentran su cumplimiento en Él.

Dios llamó a Abraham y le prometió que por medio de su descendencia serían bendecidas todas las familias de la tierra.

“Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra.”

Génesis 12:3

La historia de Abraham no termina en Abraham. La promesa continúa desarrollándose hasta llegar a Cristo.

El apóstol Pablo explica que la promesa hecha a Abraham encuentra su cumplimiento en la descendencia que es Cristo.

“Ahora bien, a Abraham fueron hechas las promesas, y a su simiente. No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.”

Gálatas 3:16

Esto nos enseña algo muy importante. La Biblia no presenta a Cristo como una idea improvisada que apareció siglos después. La obra de Cristo estaba dentro del plan de Dios desde el principio.

Cuando Dios prometió bendición a las naciones mediante la descendencia de Abraham, estaba preparando el camino para el Salvador.

El pacto y la esperanza de un Rey

La historia continúa con David. Dios estableció con él una promesa relacionada con su descendencia y su reino.

“Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente.”

2 Samuel 7:16

Los reyes que vinieron después de David fueron importantes, pero ninguno cumplió completamente esta promesa. Algunos fueron fieles en ciertos aspectos; otros fueron profundamente pecadores. El reino de Israel sufrió divisiones, guerras, derrotas y finalmente el exilio.

Pero la promesa permaneció.

Los profetas comenzaron a anunciar la llegada de un Rey diferente. No sería simplemente otro gobernante humano. Sería el Rey prometido, cuyo reino no tendría fin.

Siglos después, el ángel Gabriel anunció a María:

“Y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin.”

Lucas 1:33

La promesa hecha a David encontraba su cumplimiento en Jesús.

Por eso, cuando leemos los relatos de los reyes del Antiguo Testamento, debemos entender que ellos forman parte de una historia que apunta hacia el Rey perfecto.

David venció a Goliat, pero Cristo vence al enemigo definitivo.

David fue rey, pero Cristo es el Rey eterno.

David pecó y necesitó perdón, pero Cristo es el Salvador sin pecado.

Los reyes humanos murieron, pero Cristo resucitó y vive para siempre.

Los sacrificios señalaban hacia Cristo

Otra de las grandes conexiones entre la Biblia y Cristo aparece en el sistema de sacrificios del Antiguo Testamento.

Cuando Israel pecaba, Dios estableció sacrificios como parte del sistema de adoración que Él había ordenado. La sangre de los animales tenía un significado relacionado con la vida y con la expiación.

Pero esos sacrificios no eran el destino final.

Eran señales.

Imagina a una persona caminando por un camino y encontrando repetidamente señales que apuntan hacia una ciudad. La señal no es la ciudad. Su función es dirigir al viajero hacia ella.

De manera semejante, los sacrificios del Antiguo Testamento señalaban hacia una obra mayor que todavía estaba por venir.

La carta a los Hebreos explica:

“Porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados.”

Hebreos 10:4

Esto no significa que los sacrificios fueran inútiles. Tenían un propósito dentro del plan de Dios. Enseñaban al pueblo acerca de la gravedad del pecado, la necesidad de expiación y la importancia de acercarse a Dios conforme a sus instrucciones.

Pero aquellos sacrificios apuntaban hacia Cristo.

Jesús es presentado como el Cordero de Dios.

“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”

Juan 1:29

Los animales eran sacrificados repetidamente. Cristo ofreció un sacrificio perfecto y definitivo.

Los sacerdotes tenían que continuar sirviendo. Cristo ofreció su propia vida y su obra quedó consumada.

El sistema antiguo señalaba hacia adelante. Cristo es el cumplimiento.

La Pascua encuentra su cumplimiento en Cristo

La Pascua también nos ayuda a comprender esta conexión.

En Éxodo 12, Dios ordenó a los israelitas sacrificar un cordero y colocar su sangre como señal. Aquella noche, el juicio pasaría sobre Egipto, pero Dios preservaría a su pueblo.

Muchos siglos después, Pablo escribió:

“Porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros.”

1 Corintios 5:7

La Pascua era una sombra. Cristo es la realidad hacia la cual apuntaba.

El pueblo de Israel fue liberado de la esclavitud de Egipto. Cristo libera a su pueblo de una esclavitud mucho más profunda: la esclavitud del pecado.

Israel atravesó el mar y comenzó un camino hacia la tierra prometida. Cristo abre el camino hacia la reconciliación con Dios y hacia la vida eterna.

La historia del Éxodo nos enseña que Dios es un Dios que salva. Pero el Evangelio nos muestra la plenitud de esa salvación en Jesucristo.

El tabernáculo y la presencia de Dios

En el Antiguo Testamento, Dios ordenó la construcción del tabernáculo. Era el lugar donde su presencia se manifestaba de manera especial en medio de Israel.

El pueblo podía mirar hacia el tabernáculo y recordar que Dios estaba en medio de ellos.

Pero Juan presenta una verdad sorprendente acerca de Cristo.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”

Juan 1:14

La expresión utilizada por Juan tiene la idea de que el Verbo “habitó” o “puso su morada” entre nosotros.

El tabernáculo señalaba hacia una realidad mayor: Dios mismo viniendo a habitar entre su pueblo en la persona de Jesucristo.

Ya no estamos hablando simplemente de una tienda sagrada. Estamos hablando del Hijo eterno de Dios tomando verdadera humanidad.

Cristo es Emanuel, Dios con nosotros.

Cuando Jesús caminaba por las calles de Galilea, las personas estaban viendo algo que el Antiguo Testamento había anunciado de diferentes maneras: Dios acercándose a su pueblo.

Por eso, conocer a Cristo no consiste simplemente en aprender información acerca de un personaje histórico. En Cristo encontramos la revelación suprema de quién es Dios.

Jesús explicó que las Escrituras hablan de Él

En una ocasión, Jesús habló con líderes religiosos que conocían profundamente las Escrituras. Ellos estudiaban los textos y pensaban que ese conocimiento les daba vida.

Pero Jesús les dijo:

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.”

Juan 5:39

Este texto debe hacernos pensar profundamente.

Es posible estudiar la Biblia y no llegar a Cristo.

Es posible conocer datos históricos, memorizar versículos, aprender nombres y comprender detalles, pero no reconocer a la persona hacia quien apuntan las Escrituras.

El problema no estaba en estudiar la Biblia. Jesús mismo mandó examinarla. El problema estaba en leerla sin reconocer su verdadero propósito.

La Biblia debe llevarnos a Cristo.

Esto significa que nuestro estudio bíblico no debe terminar simplemente con la pregunta: “¿Qué aprendí?”

También debemos preguntar: “¿Qué me muestra este texto acerca de Dios? ¿Cómo se relaciona con la obra de Cristo? ¿Qué revela acerca del pecado, la gracia, la redención y la esperanza?”

No debemos forzar a Cristo dentro de cada detalle de manera artificial. Pero tampoco debemos leer las Escrituras como si Cristo fuera una figura secundaria.

La propia Biblia nos enseña a leerla de manera cristocéntrica.

El camino de Emaús y la gran lección de Jesús

Regresemos por un momento a los discípulos de Emaús.

Ellos habían visto la cruz. Habían escuchado las enseñanzas de Jesús. Conocían las Escrituras. Pero todavía no entendían que la muerte y la resurrección del Mesías formaban parte del plan de Dios.

Jesús les dijo:

“¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?”

Lucas 24:25-26

Después, Jesús les explicó las Escrituras.

El problema de aquellos discípulos no era falta de información. El problema era que todavía no comprendían correctamente el mensaje de la Escritura.

Ellos esperaban un Mesías que reinara, pero no entendían plenamente que primero debía sufrir.

Esperaban gloria, pero no comprendían la cruz.

Esperaban el reino, pero no habían entendido el camino que conducía hacia él.

Esta es una advertencia para nosotros.

Podemos leer la Biblia buscando únicamente respuestas para nuestros problemas personales. Podemos buscar consejos para tener una vida mejor, principios para alcanzar nuestras metas o palabras que nos hagan sentir bien.

Pero la pregunta principal es otra:

¿Dónde está Cristo en lo que estoy leyendo?

¿Qué me enseña este pasaje sobre la necesidad que tengo de Él?

¿Qué revela acerca de la gracia de Dios?

¿Cómo forma parte este texto de la gran historia de redención?

La Biblia no es principalmente un espejo para que encontremos nuestra propia grandeza. Es una ventana que nos permite contemplar la grandeza de Dios y conocer al Salvador que necesitamos.

Cristo es la Palabra viva

La Biblia es la Palabra escrita de Dios. Cristo es presentado en Juan 1 como la Palabra eterna que estaba con Dios y era Dios.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”

Juan 1:1

Esto nos muestra una relación profunda.

La Biblia nos revela a Cristo, pero Cristo no es simplemente un personaje creado por las páginas de la Biblia. Él existe eternamente. Él es el Hijo eterno de Dios, por medio de quien todas las cosas fueron creadas.

La Escritura es el testimonio inspirado que Dios nos ha dado acerca de su obra y de su Hijo.

Cuando abrimos la Biblia, no estamos inventando una relación con Cristo. Estamos entrando en contacto con la revelación que Dios mismo nos ha dado para conocerlo.

Por eso debemos acercarnos a la Escritura con reverencia, humildad y atención.

Cristo es el cumplimiento de las profecías

Los profetas del Antiguo Testamento anunciaron acontecimientos relacionados con el Mesías que encontrarían su cumplimiento en Cristo.

Isaías habló del Siervo sufriente:

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados.”

Isaías 53:5

Este capítulo presenta una imagen profundamente conmovedora. El Siervo inocente sufre por causa de los pecados de otros.

Siglos después, Jesús fue crucificado.

La cruz no fue un accidente inesperado. No fue una tragedia que Dios tuvo que solucionar después. Formaba parte del plan redentor de Dios anunciado en las Escrituras.

Pedro, hablando después de la resurrección de Jesús, declaró:

“A este, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos, crucificándole.”

Hechos 2:23

Aquí vemos dos verdades juntas. Los seres humanos actuaron responsablemente por su maldad, pero Dios estaba llevando adelante su propósito soberano.

La cruz demuestra que Dios no perdió el control de la historia.

En el momento en que parecía que todo había terminado, Dios estaba cumpliendo su plan de salvación.

Leer la Biblia para conocer a Cristo

Todo esto cambia nuestra manera de estudiar la Biblia.

Cuando leemos Génesis, vemos el comienzo de la creación, el pecado y la promesa de redención.

Cuando leemos Éxodo, vemos la liberación de un pueblo y una historia que nos ayuda a comprender la obra salvadora de Cristo.

Cuando leemos Levítico, vemos sacrificios y sacerdocio que apuntan hacia la obra perfecta de Jesús.

Cuando leemos los Salmos, encontramos cantos que expresan sufrimiento, confianza, esperanza y expectativa del Rey.

Cuando leemos Isaías, encontramos promesas acerca del Siervo que sufriría y del Rey que reinaría.

Cuando leemos los Evangelios, encontramos a Cristo revelado en su vida, muerte y resurrección.

Cuando leemos Romanos, comprendemos con mayor claridad el significado de la obra de Cristo.

Cuando leemos Hebreos, vemos cómo Cristo es superior a los sacerdotes, sacrificios y figuras del antiguo pacto.

Cuando llegamos a Apocalipsis, vemos al Cristo resucitado reinando y llevando la historia hacia su consumación final.

La Biblia comienza con un jardín y termina con una ciudad. Comienza con la entrada del pecado y termina con la eliminación definitiva de sus consecuencias. Comienza con la humanidad expulsada de la presencia de Dios y termina con Dios habitando para siempre con su pueblo.

Y en el centro de todo está Cristo.

Una advertencia importante

Debemos tener cuidado con una manera superficial de buscar a Cristo en la Biblia.

No debemos convertir cada detalle del Antiguo Testamento en una supuesta referencia secreta a Jesús sin respetar el significado original del texto. No todo personaje es una representación directa de Cristo, ni cada objeto contiene necesariamente un código oculto sobre Él.

La mejor manera de encontrar a Cristo en las Escrituras es seguir las conexiones que la propia Biblia establece.

Debemos observar las promesas, los pactos, las profecías, los sacrificios, el sacerdocio, el reino y la historia de la redención. Debemos prestar atención a cómo los autores del Nuevo Testamento interpretan el Antiguo.

Así evitamos dos errores.

El primero es leer la Biblia sin Cristo.

El segundo es colocar a Cristo artificialmente donde el texto no lo coloca.

La lectura correcta es aquella que respeta cada pasaje en su contexto y, al mismo tiempo, comprende su lugar dentro de la gran historia de la redención.

La Biblia nos lleva a una persona

Una de las grandes enseñanzas de esta lección es que la Biblia no fue dada simplemente para aumentar nuestra información.

Fue dada para que conozcamos a Dios.

Y el conocimiento de Dios alcanza su revelación más plena en Jesucristo.

Por eso, el objetivo final de nuestro estudio bíblico no debe ser convertirnos en personas que saben mucho acerca de la Biblia, sino en personas que, por medio de la Escritura, conocen más profundamente a Cristo, confían en Él y viven bajo su autoridad.

Podemos imaginar la Biblia como una gran cordillera. Desde lejos vemos muchas montañas diferentes. Cada libro parece tener su propio paisaje. Génesis tiene sus montañas. Los Salmos tienen las suyas. Los profetas levantan otras cumbres. Los Evangelios nos colocan frente a la cima central.

Pero cuando subimos lo suficiente, descubrimos que todas esas montañas forman parte de una misma cordillera.

La Biblia tiene diversidad de libros, autores, géneros y épocas. Pero existe una unidad profunda: Dios está llevando adelante su plan de redención, y ese plan encuentra su centro y cumplimiento en Jesucristo.

Por eso, cuando abras la Biblia, no la leas con prisa.

Detente.

Observa.

Pregunta.

¿Qué está revelando este texto acerca de Dios?

¿Qué muestra acerca del pecado humano?

¿Qué necesidad revela?

¿Qué promesa presenta?

¿Cómo se relaciona con la gran historia de la redención?

¿Cómo conduce finalmente hacia Cristo?

Porque al final, la gran pregunta de la Biblia no es simplemente cuánto sabemos de sus páginas.

La gran pregunta es si hemos comprendido hacia quién nos conducen.

Jesús dijo:

“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.”

Juan 17:3

La Biblia nos enseña quién es Dios, nos muestra la profundidad de nuestro pecado, nos revela nuestra necesidad de salvación y dirige nuestros ojos hacia Cristo.

Él es el Salvador prometido.

Él es el Rey esperado.

Él es el Cordero anunciado.

Él es el Sacerdote perfecto.

Él es el Siervo sufriente.

Él es el Hijo eterno.

Él es el Señor resucitado.

Él es el centro de la historia de la redención.

Y un día, cuando la historia llegue a su final, veremos con claridad que toda la Escritura apuntaba hacia Él.

Conclusión

Estudiar la Biblia es una tarea maravillosa, pero debemos hacerlo con el corazón orientado hacia Cristo.

El Antiguo Testamento prepara el camino.

Los Evangelios anuncian su llegada.

Las cartas explican su obra.

Apocalipsis muestra su victoria final.

Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una historia que avanza hacia el cumplimiento de las promesas de Dios.

Y ese cumplimiento tiene un nombre: Jesucristo.

La Biblia no nos invita simplemente a admirar una historia antigua. Nos invita a contemplar al Salvador que esa historia anuncia.

Por eso, cada vez que abramos las Escrituras, debemos recordar que estamos ante la Palabra de Dios que nos conduce hacia la verdad, hacia la gracia y hacia Cristo.

“Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.”

Lucas 24:44

La Biblia y Cristo no pueden separarse en nuestra comprensión de la historia de la salvación. Las Escrituras dan testimonio de Él, las promesas anuncian su venida, los sacrificios anticipan su obra, los profetas proclaman su llegada y los Evangelios muestran que Él ha venido.

Por eso, estudiar la Biblia correctamente es aprender a caminar por sus páginas hasta llegar a Cristo.

Y cuando llegamos a Él, comprendemos que no hemos llegado al final de nuestro estudio, sino al centro de nuestra esperanza.