Introducción a la Biblia - Lección 8

La Biblia y Cristo

Octava lección del estudio: Introducción a la Biblia

Una Biblia puede abrirse en Génesis y terminar en Apocalipsis. Entre ambos extremos hay siglos de historia, decenas de autores, reyes y campesinos, guerras y promesas, leyes y poemas, profetas y cartas. Sin embargo, Jesús afirmó que todas esas páginas, de una manera u otra, conducen hacia Él. Esta afirmación cambia por completo la manera en que debemos acercarnos a las Escrituras.

«Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí» (Juan 5:39).

La Biblia no es simplemente una colección de historias acerca de personas que intentaron acercarse a Dios. Es el relato de lo que Dios ha hecho para darse a conocer y rescatar a pecadores. Y en el centro de ese relato se encuentra Jesucristo. Comprender esto nos permite descubrir que Génesis, los Salmos, los profetas, los Evangelios y las cartas no cuentan historias independientes. Forman parte de una misma historia que avanza hacia Cristo y encuentra en Él su cumplimiento.

Una historia que comienza mucho antes de Belén

Cuando pensamos en Jesús, fácilmente comenzamos en Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Sin embargo, la historia que conduce hacia Él comienza desde las primeras páginas de la Biblia.

Génesis presenta un mundo bueno creado por Dios. Allí encontramos al ser humano viviendo bajo su autoridad y disfrutando de su presencia. Pero Génesis 3 muestra la entrada del pecado. Adán y Eva desobedecieron a Dios, y aquella rebelión trajo culpa, corrupción y muerte.

En medio de ese desastre apareció una promesa sorprendente. Dios anunció que de la descendencia de la mujer vendría alguien que finalmente vencería a la serpiente.

«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15).

La Biblia comienza entonces a despertar una expectativa. ¿Quién será ese descendiente?

A medida que avanzan las páginas, la promesa se hace más clara. Dios llama a Abraham y promete que mediante su descendencia serían benditas todas las familias de la tierra (Génesis 12:1-3). Más adelante aparece David, a quien Dios promete un descendiente cuyo reino permanecerá (2 Samuel 7:12-16). Después llegan los profetas anunciando a un Rey justo, un Siervo sufriente y un Salvador.

Juan Calvino observó que las promesas antiguas dirigían la esperanza del pueblo hacia Cristo. No eran piezas aisladas. Dios estaba preparando lentamente el escenario para la llegada del Salvador.

Las sombras que señalaban hacia algo mayor

El Antiguo Testamento contiene acontecimientos e instituciones que preparaban al pueblo para comprender la obra de Cristo.

Pensemos en el sistema de sacrificios. Un israelita que había pecado podía acercarse con un animal para ofrecerlo según lo establecido por Dios. La sangre derramada mostraba algo serio: el pecado produce muerte y la culpa no puede simplemente ignorarse.

Pero aquellos sacrificios tenían que repetirse. Ningún animal podía resolver definitivamente el problema del corazón humano.

Entonces llega Cristo.

Juan el Bautista lo ve acercarse y declara:

«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).

De repente, siglos de sacrificios comienzan a verse con mayor claridad. Eran sombras que preparaban al pueblo para comprender una realidad mucho mayor.

Hebreos explica que la sangre de animales nunca podía quitar definitivamente los pecados. Cristo, en cambio, ofreció un sacrificio suficiente y perfecto (Hebreos 10:1-14).

El puritano John Owen dedicó gran parte de su explicación de Hebreos a mostrar la superioridad de Cristo. Sacerdotes, sacrificios y ceremonias señalaban hacia una obra que solamente Él podía realizar plenamente.

Jesús enseñó a leer las Escrituras de esta manera

Después de la resurrección ocurrió una escena extraordinaria. Dos discípulos caminaban hacia Emaús profundamente desanimados. Habían esperado que Jesús fuera el libertador prometido, pero lo habían visto morir.

Jesús resucitado comenzó a caminar con ellos, aunque inicialmente no lo reconocieron.

Entonces les explicó las Escrituras.

«Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían» (Lucas 24:27).

Jesús no les entregó una explicación desconectada del Antiguo Testamento. Les mostró que la historia que habían leído durante toda su vida estaba conduciendo hacia su sufrimiento, muerte y gloria.

Más tarde dijo a sus discípulos:

«Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24:44).

Esto no significa que cada versículo mencione directamente a Jesús. Debemos respetar lo que cada pasaje realmente dice y evitar encontrar significados que el texto nunca pretendió comunicar. Pero cuando contemplamos la historia completa de las Escrituras, vemos que sus promesas, necesidades y esperanzas encuentran su respuesta definitiva en Cristo.

R. C. Sproul insistía en que debemos interpretar cada pasaje respetando cuidadosamente su contexto. Al mismo tiempo, reconocía que toda la historia de la redención alcanza su centro en la persona y obra de Jesucristo.

Las promesas encuentran su cumplimiento en Él

El Nuevo Testamento presenta constantemente a Jesús como el cumplimiento de lo que Dios había prometido.

Mateo comienza identificándolo como:

«Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham» (Mateo 1:1).

Esas palabras están cargadas de historia. Abraham recuerda la promesa de bendición para las naciones. David recuerda la promesa del Rey. Mateo está diciendo desde su primera línea que Jesús no apareció accidentalmente en la historia. Él es aquel hacia quien avanzaban las antiguas promesas.

El profeta Miqueas había anunciado que el gobernante esperado saldría de Belén (Miqueas 5:2). Isaías habló del Siervo que sería herido por nuestras rebeliones y llevaría nuestras culpas (Isaías 53:4-6). Zacarías habló de un rey humilde que entraría montado sobre un asno (Zacarías 9:9).

Siglos después, los Evangelios muestran estas líneas reuniéndose en una misma persona.

Geerhardus Vos destacó que Dios fue revelando su propósito de manera progresiva a lo largo de la historia. Podemos compararlo con la llegada del amanecer. Primero aparecen pequeñas señales de luz; poco a poco el paisaje comienza a distinguirse; finalmente sale el sol y aquello que estaba parcialmente oculto puede verse claramente. Cristo es la gran claridad hacia la cual avanzaba esa historia.

Cristo no vino simplemente para enseñarnos a vivir mejor

Uno de los errores más graves al leer la Biblia consiste en reducirla a una colección de ejemplos morales.

David enfrenta a Goliat y pensamos solamente que debemos ser valientes. Daniel permanece fiel y concluimos únicamente que debemos mantenernos firmes. Abraham obedece y pensamos solamente que debemos aprender obediencia.

Estas aplicaciones pueden contener verdades útiles, pero son insuficientes si perdemos de vista la historia mayor.

Nuestro problema principal no es simplemente que necesitamos mejores ejemplos. Necesitamos reconciliación con Dios.

La Biblia muestra que somos pecadores incapaces de salvarnos mediante nuestras obras.

«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).

Por eso Cristo no vino solamente como Maestro. Vino como Salvador.

Vivió en perfecta obediencia al Padre, murió cargando la culpa de su pueblo y resucitó venciendo la muerte. Nuestra esperanza delante de Dios no descansa en cuánto podamos mejorar nosotros mismos, sino en lo que Cristo hizo en lugar de pecadores.

Martín Lutero insistió en que las Escrituras deben conducirnos hacia Cristo y su obra salvadora. Siglos después, J. I. Packer recordó repetidamente que el corazón del mensaje cristiano no consiste en el esfuerzo humano por alcanzar a Dios, sino en la obra de Dios para salvar al pecador por medio de Cristo.

La cruz ocupa el corazón de la historia

Si recorremos la Biblia desde Génesis hasta los Evangelios, llegamos finalmente a una colina fuera de Jerusalén.

Allí está Jesús crucificado.

A primera vista parece una derrota. El inocente está condenado, sus discípulos se han dispersado y sus enemigos creen haber terminado con Él. Sin embargo, precisamente allí se está realizando la obra anunciada durante siglos.

Isaías había escrito:

«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados» (Isaías 53:5).

La cruz muestra simultáneamente la gravedad del pecado, la justicia de Dios y la grandeza de su misericordia. Dios no fingió que el pecado carecía de importancia. Cristo cargó realmente con el juicio que correspondía a pecadores.

Charles Spurgeon predicó constantemente que Cristo crucificado debía permanecer en el centro de la proclamación cristiana. Para Spurgeon, quitar a Cristo del mensaje era quitar aquello que le daba vida.

Pero la historia no termina en una tumba.

Cristo resucitó.

La resurrección confirmó su victoria sobre el pecado y la muerte. Pablo declaró que si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería vana (1 Corintios 15:14-17). La esperanza cristiana descansa en un Salvador que murió verdaderamente y volvió verdaderamente a la vida.

La Biblia termina mirando nuevamente hacia Cristo

Las últimas páginas de las Escrituras muestran algo extraordinario. La historia que comenzó con una creación buena dañada por el pecado termina con una creación restaurada bajo el reinado de Cristo.

Apocalipsis no presenta a Jesús como una figura secundaria. Lo muestra como el Cordero victorioso, el Rey y aquel que hace nuevas todas las cosas.

«He aquí, yo hago nuevas todas las cosas» (Apocalipsis 21:5).

La Biblia comienza con Dios creando los cielos y la tierra y termina con cielos nuevos y tierra nueva. Comienza con la humanidad expulsada del paraíso y termina con el pueblo de Dios viviendo nuevamente en su presencia. Entre ambos extremos se encuentra la obra del Cordero.

Edmund Clowney explicó que conocer verdaderamente las Escrituras implica aprender a reconocer cómo la historia de Dios conduce hacia Cristo. Más recientemente, Sinclair Ferguson ha enfatizado que Cristo no debe convertirse simplemente en una parte de nuestra lectura bíblica; debemos comprender quién es Él y qué ha hecho dentro del propósito completo de Dios.

Leer la Biblia buscando conocer a Cristo

Cuando abrimos la Biblia, no debemos preguntarnos solamente: «¿Qué debo hacer?» También debemos preguntar: «¿Qué me está mostrando este pasaje acerca de Dios, del ser humano, de nuestra necesidad y de la obra que finalmente encuentra su respuesta en Cristo?»

Esto evita dos extremos. Por un lado, impide convertir la Biblia en un simple manual de conducta. Por otro, evita forzar artificialmente a Cristo dentro de cada frase.

Debemos leer cuidadosamente cada pasaje dentro de su propio contexto y, después, comprender dónde se encuentra dentro de la gran historia de las Escrituras.

Así descubrimos una unidad extraordinaria.

En Génesis aparece la promesa. En la historia de Israel crece la expectativa. En los profetas se hace más clara. En los Evangelios llega Cristo. En Hechos su mensaje comienza a extenderse entre las naciones. En las cartas se explica profundamente su obra. Y en Apocalipsis contemplamos su victoria definitiva.

La Biblia entera nos lleva a reconocer que el ser humano no puede rescatarse a sí mismo. Necesitamos que Dios venga a salvarnos.

Y eso es precisamente lo que encontramos en Jesucristo.

Ejercicios para realizar en tu libreta

1. Lee Génesis 3:15 y escribe en dos o tres oraciones qué esperanza aparece después de la entrada del pecado.

2. Lee Isaías 53:4-6. Anota tres cosas que el pasaje dice que sufriría el Siervo anunciado por Isaías.

3. Lee Lucas 24:25-27. Escribe qué hizo Jesús para ayudar a los discípulos de Emaús a comprender lo sucedido.

4. Lee Juan 5:39 y responde con tus propias palabras qué relación establece Jesús entre las Escrituras y Él mismo.

5. Escribe esta secuencia en tu libreta y explica cada palabra con una oración sencilla: promesa, espera, llegada, cruz, resurrección y restauración.

6. Escoge una historia conocida del Antiguo Testamento. Escribe primero qué enseñaba esa historia a sus primeros lectores y después explica brevemente cómo encaja dentro de la gran historia que conduce hacia Cristo.