Tercera lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay preguntas que pueden dejarse para mañana. Esta no. Antes de preguntarnos qué debemos hacer con nuestra vida, qué es bueno, qué es verdadero o qué ocurrirá después de la muerte, existe una pregunta todavía más profunda: ¿por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada? Cada árbol, cada estrella, cada cuerpo humano y cada pensamiento existe, pero ninguno de ellos parece tener en sí mismo la explicación definitiva de su propia existencia.
Durante siglos, filósofos y pensadores han intentado seguir las huellas que el universo deja delante de nosotros. Aristóteles, alrededor del siglo IV a. C., reflexionó sobre el movimiento y llegó a hablar de una causa primera que no dependiera de otra. Siglos después, Agustín de Hipona, Anselmo de Canterbury, Tomás de Aquino y muchos otros abordaron la misma gran pregunta desde diferentes caminos.
Sin embargo, la Escritura comienza de una manera sorprendentemente directa:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
La Biblia no comienza intentando demostrar a Dios. Comienza con Dios. Él no aparece como una parte más del universo, sino como Aquel de quien procede todo cuanto existe.
Dios no necesita que el ser humano lo haga existir
Los argumentos acerca de la existencia de Dios pueden ser útiles, pero debemos comprender correctamente su lugar. No estamos tratando de construir a Dios mediante razonamientos humanos, como si Él dependiera de que logremos demostrarlo.
Juan Calvino escribió en 1536 que existe en el ser humano una conciencia natural de Dios. Su afirmación estaba profundamente relacionada con lo enseñado por Pablo:
“Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó” (Romanos 1:19).
Y continúa:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas” (Romanos 1:20).
Esto cambia nuestra perspectiva. La creación no es una habitación completamente oscura donde el ser humano busca desesperadamente alguna evidencia de Dios. Según Pablo, vivimos rodeados de señales de su poder.
El problema humano, entonces, no consiste solamente en falta de información. Pablo explica que las personas “detienen con injusticia la verdad” (Romanos 1:18). Existe también un problema moral en nuestro corazón. Podemos observar las huellas del Creador y, aun así, negarnos a reconocerlo.
¿Por qué existe el universo?
Uno de los razonamientos más antiguos parte de una observación sencilla: las cosas que encontramos en el universo dependen de otras cosas.
Un árbol existe porque anteriormente hubo una semilla. La semilla procedió de otro árbol. Nosotros existimos porque hubo padres antes de nosotros. Una casa existe porque alguien reunió materiales y la construyó.
Cuando seguimos esa cadena aparece una pregunta inevitable: ¿puede todo depender eternamente de otra cosa sin que exista finalmente una realidad que no dependa de ninguna?
Aristóteles habló de un primer motor. Tomás de Aquino, especialmente en el siglo XIII, desarrolló varios razonamientos relacionados con las causas y la dependencia de las cosas.
La Escritura presenta una respuesta todavía más grande. Cuando Moisés preguntó por el nombre de Dios, recibió esta declaración:
“YO SOY EL QUE SOY” (Éxodo 3:14).
Dios no recibió la existencia. No comenzó. No fue creado. No depende del universo. Él simplemente es.
Esteban Charnock, puritano inglés del siglo XVII, destacó esta realidad al escribir extensamente acerca de la existencia y los atributos de Dios. Todo lo creado depende de Dios, mientras Dios no depende de ninguna criatura.
Por eso, cuando preguntamos “¿quién creó a Dios?”, estamos colocando a Dios dentro de una categoría a la cual Él no pertenece. Las cosas que comienzan o dependen de otras requieren una explicación externa. Pero el Dios bíblico nunca comenzó.
“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios” (Salmo 90:2).
El universo tuvo un comienzo
Otro razonamiento clásico observa que aquello que comienza a existir necesita una causa suficiente para explicar su existencia.
El universo no puede producirse a sí mismo, porque para producirse tendría que existir antes de existir, lo cual es contradictorio.
Por tanto, si el universo comenzó a existir, su causa debe encontrarse más allá del propio universo.
Esto resulta especialmente interesante porque durante largos períodos algunos filósofos sostuvieron que el universo podía ser eterno. Sin embargo, el relato bíblico afirmó desde sus primeras palabras que hubo un principio.
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
La existencia de un comienzo no demuestra por sí sola cada enseñanza bíblica acerca de Dios. Es importante reconocer este límite. Los argumentos filosóficos pueden llevarnos hasta ciertas conclusiones, pero no pueden contarnos por sí solos acerca del pacto, el perdón de los pecados, la cruz o la resurrección de Cristo.
Nos ayudan a reconocer que la realidad apunta más allá de sí misma. Para conocer quién es personalmente ese Creador necesitamos que Él se dé a conocer.
El orden que parece hablar
Existe además otro camino antiguo. Cuando observamos la naturaleza encontramos estructuras extraordinariamente ordenadas.
La Tierra mantiene condiciones que permiten la vida. Nuestro organismo posee sistemas que trabajan conjuntamente. El corazón bombea sangre, los pulmones intercambian gases, el cerebro procesa información y el ADN contiene instrucciones necesarias para el desarrollo de los seres vivos.
Mucho antes de los descubrimientos modernos, el salmista levantó sus ojos hacia el cielo y escribió:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1).
En el siglo XVIII, William Paley utilizó posteriormente la famosa comparación de un reloj encontrado en el suelo: cuando encontramos un mecanismo organizado, naturalmente pensamos en inteligencia detrás de su estructura.
La comparación tiene límites y no debemos convertirla en una demostración absoluta. Sin embargo, expresa una intuición importante: el orden racional del universo merece una explicación.
Herman Bavinck insistió en que el mundo creado revela realmente a Dios, aunque ese conocimiento no proporciona por sí mismo el mensaje completo de salvación. La naturaleza señala al Creador; la Escritura nos muestra con claridad quién es Él y qué ha hecho.
La conciencia también plantea preguntas
Existe otro indicio sorprendentemente cercano. No necesitamos mirar hacia las estrellas. Podemos mirar nuestra propia conciencia.
Los seres humanos no vivimos simplemente diciendo “me gusta esto” o “no me gusta aquello”. Hablamos de justicia, crueldad, dignidad, culpa, deber y responsabilidad.
Cuando condenamos la tortura de un inocente no solemos decir simplemente que personalmente nos desagrada. Afirmamos que está realmente mal.
Pero si el universo fuera únicamente materia sin propósito, surge una pregunta difícil: ¿de dónde procede una obligación moral que está por encima de nuestros deseos?
El filósofo Immanuel Kant, en el siglo XVIII, prestó profunda atención a la ley moral presente en el ser humano. Su explicación no fue idéntica a la enseñanza cristiana, pero reconoció que nuestra experiencia moral plantea preguntas profundas acerca de Dios.
Pablo describe algo relacionado:
“Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia” (Romanos 2:15).
La conciencia humana está dañada por el pecado y puede equivocarse. Por eso no es nuestra autoridad final. Sin embargo, el hecho mismo de que pensemos inevitablemente en términos de bien, mal, responsabilidad y justicia señala hacia un Legislador moral superior al ser humano.
La mente puede razonar porque el mundo es comprensible
Hay todavía una cuestión fascinante. El universo puede ser estudiado racionalmente.
Las matemáticas describen movimientos de cuerpos celestes. Podemos descubrir leyes naturales. Nuestra mente puede comprender patrones que existen fuera de ella.
¿Por qué debería existir esta correspondencia?
Si nuestra capacidad racional fuera solamente el resultado de fuerzas ciegas orientadas exclusivamente a sobrevivir, todavía tendríamos que explicar por qué confiamos en ella para alcanzar verdades acerca de la realidad.
Cornelius Van Til destacó que el pensamiento humano solamente puede comprender correctamente el mundo porque tanto nuestra mente como el mundo pertenecen al mismo Creador.
La Escritura presenta a Cristo como fundamental para toda la realidad:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra” (Colosenses 1:16).
Y añade:
“Y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17).
El universo tiene orden porque no procede finalmente del caos absoluto, sino de la voluntad de un Dios sabio.
¿Puede alguien demostrar a Dios completamente?
Aquí necesitamos ser cuidadosos. Ningún argumento humano puede colocar a Dios bajo un microscopio.
Dios no es un objeto escondido dentro del universo esperando ser encontrado. Él es el Creador del observador, del microscopio y del universo mismo.
Además, ningún argumento aislado nos conduce automáticamente al conocimiento completo del Dios revelado en las Escrituras.
El razonamiento de las causas puede señalar hacia una causa primera. El orden puede apuntar hacia inteligencia. La moral puede señalar hacia un fundamento superior del bien. Pero necesitamos la revelación de Dios para conocer claramente su carácter, su santidad, su propósito y especialmente su obra de salvación.
Francis Schaeffer expresó repetidamente durante el siglo XX que el cristianismo no pide creer contra la razón. Presenta una explicación de la realidad que abarca al universo, al ser humano, su dignidad, su caída y su necesidad de redención.
La fe bíblica no consiste en cerrar los ojos ante las evidencias. Consiste en reconocer correctamente aquello que Dios ha mostrado.
El problema más profundo no está en las evidencias
Podríamos reunir muchos razonamientos y todavía encontrar personas que no crean.
Esto no debería sorprendernos.
Jesús realizó milagros públicamente y algunos continuaron rechazándolo. La incredulidad humana no siempre desaparece cuando aumentan las evidencias.
Jonathan Edwards comprendió profundamente que el problema alcanza nuestros afectos y deseos. El pecado no solamente afecta nuestras acciones; también influye en nuestra manera de mirar la realidad.
Pablo lo expresa con claridad:
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias” (Romanos 1:21).
Por eso los argumentos pueden eliminar excusas, responder objeciones y mostrar la coherencia de la fe, pero solamente Dios puede transformar el corazón.
La pregunta termina delante de Cristo
La existencia de Dios no es solamente un problema intelectual.
Si Dios existe y nosotros somos criaturas suyas, entonces nuestra vida le pertenece. Ya no podemos considerarnos propietarios absolutos de nuestra existencia.
Y aquí el cristianismo hace una afirmación todavía más extraordinaria. El Dios que creó el universo no permaneció distante.
“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18).
Los argumentos clásicos pueden conducirnos hasta la puerta. Pueden mostrarnos que creer en un Creador no es abandonar la razón. Pueden ayudarnos a comprender que la existencia, el orden, la moral y nuestra capacidad racional plantean preguntas que una visión puramente material del mundo debe responder.
Pero Cristo nos lleva mucho más lejos.
No solamente nos dice que Dios existe. Nos muestra quién es.
El Dios que sostiene las galaxias es también el Dios ante quien somos responsables. Es santo y justo. Nosotros hemos pecado contra Él. Sin embargo, el mismo Dios que justamente podría condenarnos ha provisto en Cristo el camino de reconciliación.
Por eso la pregunta definitiva no termina siendo solamente “¿existe Dios?”, sino también “¿qué haré delante del Dios que existe y se ha dado a conocer?”
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:36).
Ejercicios prácticos
1. Escribe con tus propias palabras por qué preguntar “¿quién creó a Dios?” no describe correctamente al Dios presentado en la Biblia.
2. Lee Salmo 19:1-6 y anota tres cosas de la creación que consideres que muestran orden, poder o sabiduría.
3. Explica en cuatro o cinco líneas el razonamiento que parte de las causas. Utiliza un ejemplo sencillo de la vida cotidiana.
4. Escribe dos ejemplos de acciones que consideras realmente buenas y dos que consideras realmente malas. Después responde: ¿por qué pensamos que algunas acciones son moralmente correctas o incorrectas?
5. Lee Romanos 1:18-23. Anota qué dice Pablo que el ser humano puede conocer mediante la creación y cuál es, según el pasaje, el verdadero problema del corazón humano.
6. Divide una página de tu libreta en cuatro espacios y escribe los títulos “existencia”, “orden”, “moral” y “razón”. Debajo de cada uno explica, en dos o tres líneas, cómo ese aspecto de la realidad puede dirigir nuestra atención hacia Dios.