Tercera lección del estudio: Teología Filosófica.
La existencia de Dios y los argumentos clásicos
Hubo un momento en la historia que cambió la forma de pensar de millones de personas. En el año 1687, Isaac Newton publicó Philosophiæ Naturalis Principia Mathematica, una de las obras científicas más importantes de todos los tiempos. Muchos creyeron que, si el universo podía describirse mediante leyes precisas, entonces Dios ya no era necesario. Sin embargo, ocurrió algo inesperado. El mismo Newton, después de dedicar años a estudiar el movimiento de los planetas, la gravedad y el orden del cosmos, llegó a una conclusión muy distinta. Para él, aquellas leyes no eliminaban a Dios; más bien revelaban la sabiduría de un Creador infinitamente superior.
Desde entonces, la humanidad ha seguido haciéndose la misma pregunta: ¿Existe realmente Dios o el universo es simplemente el resultado del azar? Esa pregunta no pertenece solamente a científicos o filósofos. Es una pregunta profundamente humana. Tarde o temprano todos nos detenemos a pensar de dónde venimos, por qué existimos, qué propósito tiene nuestra vida y qué ocurrirá cuando nuestra historia llegue a su fin.
La Biblia no comienza intentando demostrar la existencia de Dios. Desde sus primeras palabras parte de una realidad absoluta.
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra.»
Génesis 1:1
Las Escrituras presentan a Dios como el fundamento de toda la realidad. Todo lo que existe depende de Él. Nada puede sostenerse separado de su voluntad. La pregunta, entonces, no es si Dios necesita ser explicado por el universo, sino si el universo puede explicarse sin Dios.
A lo largo de la historia, muchos pensadores han presentado distintos razonamientos para mostrar que creer en Dios no contradice la razón. Estos razonamientos son conocidos como argumentos clásicos. No producen fe por sí mismos ni sustituyen el evangelio, pero ayudan a mostrar que la existencia de Dios es plenamente razonable y coherente.
En esta lección recorreremos algunos de esos argumentos. Sin embargo, antes de estudiarlos, necesitamos comprender algo fundamental: la Biblia enseña que el ser humano ya posee un conocimiento de Dios, aunque muchas veces lo rechace.
El ser humano nunca parte desde cero
Muchas personas dicen: "Si Dios existe, que me lo demuestre". A simple vista parece una petición justa. Sin embargo, la Biblia presenta una perspectiva diferente.
El problema principal no es la ausencia de evidencia. El problema está en el corazón humano.
El apóstol Pablo escribió:
«Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.»
Romanos 1:19-20
Estas palabras son profundas. Pablo no afirma que todas las personas conozcan toda la verdad acerca de Dios. Tampoco dice que la naturaleza pueda enseñarnos el camino de la salvación. Lo que afirma es que toda persona vive rodeada de evidencias suficientes para reconocer que existe un Creador.
Cuando observamos el cielo durante una noche despejada, vemos miles de estrellas suspendidas en un orden impresionante. Cuando contemplamos una montaña, el nacimiento de un niño, la complejidad del cuerpo humano o el funcionamiento de una célula, estamos observando una creación que apunta hacia alguien infinitamente superior.
David expresó esta realidad con palabras llenas de admiración.
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.»
Salmo 19:1
El universo entero habla continuamente. No utiliza palabras humanas, pero proclama constantemente que existe un Diseñador.
Juan Calvino describió esta realidad diciendo que la creación es como un inmenso teatro donde la gloria de Dios puede contemplarse desde todas las direcciones. Cada rincón del universo refleja algo del poder, la sabiduría y la bondad de su Creador.
Sin embargo, la misma Biblia explica que el pecado ha afectado profundamente nuestra manera de pensar.
«Profesando ser sabios, se hicieron necios.»
Romanos 1:22
El problema no es intelectual únicamente. También es moral y espiritual. El corazón humano prefiere muchas veces vivir sin reconocer la autoridad de Dios.
La creación anuncia algo más grande que ella misma
Cuando una persona entra en una biblioteca y observa miles de libros perfectamente organizados, jamás concluye que las páginas se escribieron solas.
Si alguien encuentra un reloj perfectamente construido en medio del desierto, no piensa que el viento, la arena y el paso del tiempo ensamblaron cada pieza por accidente.
Nuestra experiencia diaria nos enseña que el orden normalmente apunta hacia una inteligencia.
Por esa razón, muchos pensadores de distintas épocas llegaron a la conclusión de que el universo no parece una realidad sin explicación.
Platón, alrededor del siglo IV antes de Cristo, sostenía que el orden del cosmos sugería una inteligencia superior. Aristóteles desarrolló posteriormente la idea de una causa primera o un primer motor que explicara el movimiento de todas las cosas.
Muchos siglos después, Tomás de Aquino reunió varios razonamientos semejantes para mostrar que todo lo existente apunta finalmente hacia una causa suprema.
Aunque estos pensadores no compartían plenamente la enseñanza bíblica, sus observaciones muestran que la razón humana, cuando observa cuidadosamente la realidad, tiende naturalmente a buscar un fundamento último.
La Biblia lleva esa búsqueda mucho más lejos.
«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas.»
Romanos 11:36
No solamente existe una causa primera. Esa causa tiene nombre. Es el Dios vivo y verdadero revelado en las Escrituras.
La razón es un regalo de Dios
En algunos momentos de la historia se ha presentado una falsa idea. Algunos piensan que creer significa dejar de pensar. Otros creen que razonar impide confiar en Dios.
La Biblia jamás enseña algo semejante.
Dios creó al ser humano con capacidad para pensar, analizar, recordar, comparar y aprender.
Cuando Isaías anunció el llamado del Señor al pueblo, encontramos una invitación sorprendente.
«Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta.»
Isaías 1:18
Dios no llama a una fe ciega. Invita al hombre a considerar la realidad, examinar su condición y reconocer la verdad.
Jesús mismo respondió preguntas difíciles, dialogó con maestros de la ley y mostró continuamente la coherencia de las Escrituras.
El apóstol Pablo también razonaba frecuentemente con quienes lo escuchaban.
«Discutió en la sinagoga con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían.»
Hechos 17:17
Más adelante, en Atenas, Pablo habló delante de filósofos estoicos y epicúreos. En lugar de evitar sus preguntas, respondió utilizando argumentos comprensibles para ellos y, finalmente, los dirigió hacia Cristo resucitado.
Este episodio muestra algo importante. La razón puede servir como un puente para iniciar una conversación, pero nunca reemplaza la necesidad del evangelio.
¿Qué son los argumentos clásicos?
Los argumentos clásicos son razonamientos desarrollados durante muchos siglos para mostrar que la existencia de Dios ofrece la mejor explicación de la realidad.
No fueron inventados para reemplazar la Biblia. Tampoco fueron diseñados para producir una fe salvadora.
Más bien ayudan a responder preguntas sinceras, desmontar objeciones y mostrar que creer en Dios no significa abandonar el pensamiento racional.
Algunos de estos argumentos comenzaron a desarrollarse varios siglos antes del nacimiento de Cristo y fueron refinados posteriormente por pensadores cristianos a lo largo de la historia.
Entre los más conocidos se encuentran cuatro.
- El argumento cosmológico.
- El argumento del diseño.
- El argumento moral.
- El argumento ontológico.
Cada uno observa un aspecto diferente de la realidad.
Uno contempla el origen del universo.
Otro observa el orden de la creación.
Otro reflexiona sobre la conciencia moral presente en el ser humano.
Y otro analiza la propia idea de Dios desde la razón.
Ninguno de ellos es perfecto por sí solo. Sin embargo, juntos forman un conjunto muy sólido que ha sido estudiado durante siglos.
Incluso pensadores contemporáneos como Alvin Plantinga, William Lane Craig y Richard Swinburne han continuado desarrollando varios de estos razonamientos desde la filosofía moderna.
Al mismo tiempo, numerosos autores cristianos como Herman Bavinck, Cornelius Van Til, John Frame y R. C. Sproul recordaron que todos estos argumentos deben mantenerse siempre bajo la autoridad de las Escrituras. La razón puede conducirnos hasta la puerta, pero únicamente Dios abre los ojos del corazón para conocerle verdaderamente.
El argumento cosmológico comienza con una pregunta sencilla
Existe una pregunta que parece tan simple que muchos pasan por alto su profundidad.
¿Por qué existe algo en lugar de no existir absolutamente nada?
Todo lo que vemos tuvo un comienzo.
Las ciudades fueron construidas.
Las pinturas fueron pintadas.
Los libros fueron escritos.
Las personas nacen.
Los árboles crecen.
Las estrellas también tienen un inicio y un final.
Durante siglos, algunos pensaban que el universo era eterno. Sin embargo, muchos descubrimientos científicos durante el siglo XX fortalecieron la idea de que el universo tuvo un comienzo. En 1929, Edwin Hubble observó que las galaxias se alejan unas de otras, mostrando que el universo está en expansión. Décadas después, otros descubrimientos reforzaron esa conclusión.
Si el universo comenzó a existir, surge inevitablemente otra pregunta.
¿Qué produjo ese comienzo?
El argumento cosmológico sostiene que todo aquello que comienza a existir necesita una causa suficiente.
Si cada efecto tiene una causa, el universo también requiere una explicación que sea mayor que él mismo.
Esa causa no puede formar parte del propio universo, porque entonces también necesitaría otra explicación.
Debe tratarse de una realidad eterna, independiente, poderosa y no limitada por el tiempo ni por el espacio.
Precisamente así describe la Biblia al Dios verdadero.
«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.»
Salmo 90:2
En la siguiente parte profundizaremos en este argumento y estudiaremos cómo el orden del universo, la conciencia moral y otros razonamientos han llevado a generaciones de pensadores a reconocer que la existencia de Dios ofrece la explicación más coherente de toda la realidad.
El argumento cosmológico desarrollado
En la primera parte vimos que una de las preguntas más profundas que puede hacerse el ser humano es: ¿Por qué existe algo en lugar de no existir nada? Esta pregunta ha acompañado a la humanidad durante siglos. No nace únicamente de la curiosidad intelectual, sino del hecho de que vivimos dentro de un universo que existe y que, por tanto, necesita una explicación suficiente.
El argumento cosmológico parte de una observación sencilla. Todo aquello que comienza a existir depende de una causa. En nuestra experiencia diaria nunca vemos que algo aparezca absolutamente de la nada. Una casa necesita un constructor. Una carta necesita un autor. Una escultura necesita un escultor. Del mismo modo, el universo necesita una causa que explique su existencia.
Algunos filósofos antiguos pensaban que el universo había existido eternamente. Sin embargo, durante el siglo XX, diversos descubrimientos fortalecieron la idea de que el universo tuvo un comienzo. La teoría conocida como el Big Bang no intenta explicar quién produjo ese comienzo; simplemente describe que el universo comenzó a expandirse desde un estado extremadamente denso y caliente. La pregunta permanece intacta: ¿Qué originó ese comienzo?
La Biblia responde con una claridad sorprendente.
«Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.»
Hebreos 11:3
Las Escrituras presentan a Dios como el único Ser que no depende de nadie. Él no comenzó a existir. Nunca fue creado. No necesita una causa anterior porque Él mismo es el fundamento de toda realidad.
Cuando Moisés preguntó cuál era el nombre de Dios, el Señor respondió:
«YO SOY EL QUE SOY.»
Éxodo 3:14
Estas palabras muestran que Dios existe por sí mismo. Todo lo demás recibe la existencia de Él.
Aristóteles habló de un "primer motor inmóvil", una causa que mueve todas las cosas sin ser movida por otra. Aunque no conocía al Dios revelado en las Escrituras, comprendió que una cadena infinita de causas no resuelve realmente el problema del origen.
Muchos siglos después, Gottfried Wilhelm Leibniz formuló otra pregunta que sigue siendo muy influyente: ¿Por qué existe algo en vez de nada? Para él, la explicación última debía encontrarse en un Ser necesario que existe por sí mismo.
La Biblia responde precisamente de esa manera. Dios no es simplemente el primero de muchos seres. Él pertenece a una categoría completamente distinta. Es eterno, autosuficiente, infinito y el origen de todo cuanto existe.
El universo refleja un orden extraordinario
Además del origen del universo, existe otra realidad que llama profundamente la atención: su impresionante orden.
Vivimos en un universo gobernado por leyes constantes. La gravedad actúa con precisión. Las estaciones mantienen un orden. Los movimientos de la Tierra alrededor del Sol siguen patrones extraordinariamente estables. Las constantes físicas permiten la existencia de la materia, de las estrellas, de los planetas y finalmente de la vida.
Este hecho dio origen al llamado argumento del diseño.
La idea central es sencilla: cuando encontramos un sistema complejo y ordenado, normalmente concluimos que detrás de él existe inteligencia.
Si caminamos por un bosque y encontramos una pequeña cabaña, nadie supone que las piedras, los árboles y el viento la construyeron poco a poco durante millones de años. Su diseño revela inmediatamente la existencia de un constructor.
De manera semejante, el universo manifiesta un nivel de organización inmensamente superior.
David contempló el cielo y escribió:
«Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste...»
Salmo 8:3
Para David, el universo no era un accidente. Era una obra que revelaba la grandeza de su Autor.
Durante el siglo XVIII, William Paley utilizó el famoso ejemplo del reloj encontrado sobre el suelo. Un reloj posee tantas piezas coordinadas para cumplir un propósito que resulta natural concluir que alguien lo diseñó.
Aunque algunos aspectos de su explicación han sido discutidos con el paso del tiempo, la idea principal sigue siendo relevante: el diseño normalmente apunta hacia un diseñador.
Hoy sabemos mucho más acerca de la extraordinaria complejidad de la vida que en la época de Paley. El funcionamiento del ADN, la estructura de las células, la información contenida en el código genético y la precisión con la que trabajan miles de procesos biológicos continúan despertando asombro entre muchos investigadores.
Todo ello no constituye una prueba matemática de la existencia de Dios, pero sí representa una poderosa evidencia de que el universo posee una organización difícil de explicar únicamente mediante el azar.
La conciencia moral también plantea una pregunta
Existe otra experiencia que compartimos prácticamente todos los seres humanos.
Sabemos que ciertas acciones son buenas y otras son malas.
Incluso personas pertenecientes a culturas muy diferentes reconocen que asesinar por placer, traicionar deliberadamente o abusar de un niño son actos moralmente incorrectos.
Podemos discutir algunos detalles, pero existe una percepción moral sorprendentemente amplia.
Esto dio origen al llamado argumento moral.
Si existen valores morales verdaderamente objetivos, surge una pregunta inevitable.
¿De dónde provienen?
Si todo fuera únicamente el resultado de procesos materiales sin propósito alguno, sería difícil explicar por qué ciertas acciones deberían considerarse realmente buenas o malas.
La Biblia enseña que Dios creó al ser humano a su imagen.
«Y creó Dios al hombre a su imagen.»
Génesis 1:27
Esa imagen no significa que el ser humano sea divino, sino que refleja parcialmente el carácter moral de su Creador.
Pablo escribió acerca de los gentiles:
«Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia.»
Romanos 2:15
La conciencia no es perfecta. Ha sido afectada por el pecado. Sin embargo, continúa señalando que existen categorías morales reales.
C. S. Lewis utilizó este razonamiento de manera muy conocida al observar que las personas apelan constantemente a una norma moral superior cuando consideran que algo es injusto.
Mucho antes, Juan Calvino había señalado que Dios dejó ciertas huellas de su ley en el corazón humano, de modo que nadie puede afirmar honestamente que jamás tuvo alguna noción del bien y del mal.
El argumento ontológico
Entre los argumentos clásicos existe uno que suele parecer más difícil al principio.
Fue desarrollado por Anselmo de Canterbury durante el siglo XI.
Su razonamiento no comienza observando el universo, sino reflexionando sobre la propia idea de Dios.
Anselmo definía a Dios como el Ser mayor que puede concebirse.
Según su razonamiento, un ser que existe realmente es mayor que uno que existe solamente en la imaginación. Por tanto, Dios no puede existir únicamente como una idea.
A lo largo de la historia este argumento ha generado numerosos debates. Filósofos como René Descartes ofrecieron nuevas versiones, mientras que Immanuel Kant presentó importantes objeciones.
En tiempos recientes, Alvin Plantinga elaboró una formulación moderna utilizando herramientas de la lógica contemporánea.
Aunque no todos consideran este argumento igualmente convincente, sigue ocupando un lugar importante dentro de la historia del pensamiento porque invita a reflexionar seriamente acerca de la naturaleza única de Dios.
Lo que estos argumentos pueden hacer y lo que no pueden hacer
Aquí debemos mantener un equilibrio importante.
Los argumentos clásicos poseen un enorme valor. Ayudan a responder objeciones, muestran que creer en Dios es racional y evidencian que el universo tiene sentido cuando reconocemos a su Creador.
Sin embargo, poseen límites claros.
Ningún argumento puede cambiar un corazón endurecido.
Ningún razonamiento puede producir arrepentimiento.
Ninguna demostración intelectual puede reemplazar la obra del Espíritu Santo.
La Biblia afirma que el problema principal del ser humano no consiste únicamente en falta de información, sino en la condición de su corazón.
«No hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.»
Romanos 3:11
Por esa razón, autores como Cornelius Van Til insistieron en que toda verdadera comprensión comienza reconociendo la autoridad de Dios. John Frame explicó que la razón humana es un regalo maravilloso, pero nunca debe colocarse por encima del Señor que la creó. Herman Bavinck recordó que toda verdad encuentra finalmente su unidad en Dios, mientras que R. C. Sproul enseñó repetidamente que la fe cristiana no es irracional, sino profundamente coherente con la realidad creada por Dios.
Los argumentos preparan el terreno para muchas conversaciones. Pueden ayudar a derribar prejuicios. Pueden mostrar que el ateísmo tampoco está libre de preguntas difíciles. Pero ninguno de ellos salva por sí mismo.
La salvación llega únicamente por medio de Jesucristo.
«Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.»
Hechos 4:12
En la siguiente parte veremos por qué, aun existiendo tantas evidencias de la existencia de Dios, muchas personas continúan rechazándolo. También estudiaremos cómo Cristo constituye la revelación perfecta del Padre y por qué toda búsqueda sincera de la verdad encuentra finalmente su respuesta en Él.
¿Por qué muchos siguen rechazando a Dios?
Después de recorrer los principales argumentos acerca de la existencia de Dios, surge una pregunta muy importante. Si existen tantas evidencias, ¿por qué muchas personas continúan negando a Dios?
La Biblia responde de una manera muy distinta a la que normalmente imaginamos. No presenta el problema como una simple falta de información. Tampoco afirma que el ser humano necesite únicamente mejores argumentos para creer.
Las Escrituras enseñan que el pecado ha afectado todas las áreas de la persona, incluyendo su manera de pensar. Esto no significa que el ser humano haya perdido la capacidad de razonar. Significa que su razón ya no funciona de manera completamente recta delante de Dios. Nuestros deseos, nuestro orgullo y nuestra inclinación al pecado también influyen en la forma en que interpretamos la realidad.
Pablo escribió:
«Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura; y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.»
1 Corintios 2:14
Esto explica por qué dos personas pueden contemplar el mismo cielo estrellado y llegar a conclusiones completamente diferentes. Una reconoce la gloria del Creador. La otra piensa que todo es producto del azar. La diferencia no está únicamente en la información que poseen, sino en la disposición de su corazón.
Juan Calvino explicó que el conocimiento de Dios permanece presente en toda la humanidad, pero el pecado lleva al hombre a intentar apagar ese conocimiento. No puede borrarlo por completo, pero sí puede resistirse a reconocerlo.
Algo semejante enseñó el puritano John Owen. Él escribió que el pecado no solo afecta nuestras acciones, sino también nuestros afectos, deseos y pensamientos. Por esa razón, el ser humano necesita mucho más que una explicación convincente. Necesita que Dios transforme su corazón.
La razón necesita la luz de la Palabra
Hasta este punto hemos visto que la razón puede conducirnos muy lejos. Puede ayudarnos a reconocer que el universo tiene un origen, que el orden de la creación apunta hacia un Diseñador y que la conciencia moral refleja una ley superior.
Sin embargo, la razón no puede responder por sí sola la pregunta más importante de todas.
¿Cómo puede un pecador reconciliarse con un Dios santo?
La creación puede mostrarnos que existe un Creador, pero no puede explicarnos el camino de la salvación.
Para conocer esa respuesta necesitamos la revelación que Dios nos dio en las Escrituras.
Pedro escribió:
«Tenemos también la palabra profética más segura, a la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.»
2 Pedro 1:19
La Biblia ilumina aquello que la observación de la naturaleza jamás podría revelar por sí sola. Nos muestra quién es Dios, quiénes somos nosotros, cuál es nuestra verdadera condición y cuál fue la obra perfecta de Jesucristo para salvar a los pecadores.
Por esta razón, los grandes maestros de la Iglesia siempre insistieron en que la razón debía permanecer bajo la autoridad de la Palabra de Dios. No porque pensar sea algo malo, sino porque la mente humana necesita ser guiada por la verdad revelada por su Creador.
Herman Bavinck escribió que toda verdadera sabiduría encuentra su unidad en Dios. La razón no desaparece cuando una persona cree; al contrario, comienza a ver la realidad desde su verdadero fundamento.
Cristo es la respuesta definitiva
Todos los argumentos estudiados hasta ahora cumplen una función importante. Nos ayudan a comprender que la existencia de Dios es razonable y coherente. Sin embargo, ninguno de ellos nos presenta completamente el carácter de Dios.
Es en Jesucristo donde conocemos al Padre de manera perfecta.
El evangelio de Juan comienza declarando:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.»
Juan 1:1
Unos versículos más adelante añade:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros... lleno de gracia y de verdad.»
Juan 1:14
Jesús no vino simplemente para enseñarnos que Dios existe. Vino para dar a conocer al Padre, revelar perfectamente su carácter y llevar sobre sí el castigo que merecían nuestros pecados.
El autor de Hebreos afirma:
«Él es el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia.»
Hebreos 1:3
Cuando observamos la vida de Cristo vemos la santidad de Dios, su justicia, su misericordia, su paciencia, su amor y su poder. Todo aquello que los argumentos clásicos solamente alcanzan a señalar encuentra su plenitud en la persona del Hijo de Dios.
Por eso Jesús declaró:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.»
Juan 14:9
La búsqueda de la verdad alcanza su punto más alto en Cristo. Él no solo responde nuestras preguntas acerca del origen del universo. También responde la pregunta acerca del propósito de nuestra existencia y ofrece reconciliación con Dios.
La fe no contradice la razón
Algunas personas piensan que creer significa dejar de pensar. Otras creen que únicamente la razón puede conducirnos a toda la verdad.
La Biblia rechaza ambos extremos.
Dios nos dio inteligencia para estudiar, analizar y aprender. Muchos creyentes a lo largo de la historia hicieron grandes aportes al conocimiento precisamente porque entendían que el universo había sido creado por un Dios ordenado.
Johannes Kepler decía que al estudiar los cielos estaba "pensando los pensamientos de Dios después de Él". Isaac Newton veía el orden del universo como una evidencia de la sabiduría divina. Blaise Pascal, brillante matemático y físico francés del siglo XVII, recordaba que el corazón humano posee un vacío que ninguna realidad creada puede llenar.
Estos hombres no consideraban que la investigación y la fe fueran enemigas. Comprendían que ambas encuentran su verdadera armonía cuando Dios ocupa el lugar que le corresponde.
R. C. Sproul enseñó repetidamente que Dios nunca nos pide creer algo absurdo. La fe cristiana descansa sobre hechos reales ocurridos en la historia y sobre la revelación confiable de las Escrituras.
Sin embargo, también recordaba que la razón tiene límites. El ser humano puede descubrir muchas cosas acerca del universo, pero nunca llegará a conocer verdaderamente a Dios si Él mismo no decide revelarse.
Una invitación a contemplar la creación
Después de estudiar estos argumentos, quizá la mejor respuesta no sea simplemente aprender nuevas ideas, sino comenzar a observar el mundo con mayor atención.
Cuando salga el sol mañana, recuerda que la Tierra gira alrededor de su eje con una precisión extraordinaria. Cuando veas el cielo durante la noche, piensa en la inmensidad de un universo que continúa expandiéndose. Cuando escuches el canto de un ave, contemples el crecimiento de una planta o veas el rostro de un recién nacido, recuerda que nada de ello existe por casualidad.
Todo cuanto nos rodea señala continuamente hacia un Creador infinitamente sabio.
David escribió:
«¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría.»
Salmo 104:24
Sin embargo, la creación no debe convertirse en el centro de nuestra admiración. Ella funciona como un enorme espejo que refleja la gloria de Aquel que la hizo.
Cuando admiramos una pintura, finalmente terminamos admirando al pintor. Del mismo modo, cuando contemplamos el universo correctamente, nuestra mirada termina elevándose hacia Dios.
Conclusión
La pregunta acerca de la existencia de Dios ha acompañado al ser humano desde los primeros siglos de la historia. Filósofos, científicos, pensadores y creyentes han reflexionado profundamente sobre ella. Los argumentos cosmológico, del diseño, moral y ontológico muestran que creer en Dios no es un salto al vacío ni una renuncia a la razón. Al contrario, ofrecen una explicación coherente del universo, de la vida y de la experiencia humana.
Sin embargo, la Biblia va mucho más lejos. Nos enseña que el mayor problema del hombre no consiste en la falta de argumentos, sino en la condición de su corazón. Por eso Dios no solamente nos dio evidencias en la creación. También nos dio su Palabra y envió a su propio Hijo para revelarse perfectamente.
El universo puede llevarnos a preguntar quién es su Autor. Las Escrituras responden esa pregunta con claridad. Y Jesucristo nos invita no solamente a reconocer que Dios existe, sino a conocerle, amarle y reconciliarnos con Él.
Como escribió el apóstol Pablo:
«Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.»
Romanos 11:36
Ejercicios. Realiza lo siguiente en tu libreta
- Escribe con tus propias palabras qué es el argumento cosmológico y menciona un versículo bíblico que lo respalde.
- Lee Romanos 1:18-25 y anota cinco enseñanzas que encuentres acerca del conocimiento que toda persona tiene de Dios.
- Haz una lista de cinco ejemplos de la naturaleza que, según esta lección, reflejan el poder y la sabiduría del Creador. Explica brevemente por qué.
- Describe las diferencias principales entre el argumento cosmológico, el argumento del diseño y el argumento moral.
- Lee Juan 1:1-18 y escribe por qué Jesucristo es la revelación perfecta del Padre.
- Escribe una reflexión de unas diez líneas respondiendo a esta pregunta: ¿Por qué los argumentos acerca de la existencia de Dios no pueden salvar por sí solos a una persona?
- Memoriza Romanos 11:36 y escribe cómo este versículo cambia tu manera de ver el universo, tu vida y tu propósito como creyente.