Teología Filosófica - Lección 4

Cuarta lección del estudio: Teología Filosófica.

La verdad, la razón y la revelación

Una persona puede tener una mente brillante y, aun así, estar profundamente equivocada acerca de las preguntas más importantes de la vida. Puede resolver problemas matemáticos complejos, estudiar las estrellas, comprender el cuerpo humano y construir grandes sistemas de pensamiento, pero todavía preguntarse: ¿quién es Dios?, ¿por qué existimos?, ¿qué es realmente bueno?, ¿cómo sabemos que algo es verdadero?

Este es uno de los grandes dilemas de la historia humana. Tenemos capacidad para pensar, observar y razonar, pero nuestra razón no es infinita ni moralmente neutral. Necesitamos comprender qué relación existe entre la verdad, nuestra capacidad de pensar y aquello que Dios ha decidido mostrarnos acerca de sí mismo.

La respuesta bíblica no nos obliga a escoger entre pensar y creer. Dios creó nuestra mente. El problema no es la razón, sino pretender que la razón humana puede ocupar el lugar de Dios.

La verdad existe independientemente de nosotros

Una de las preguntas más antiguas de la filosofía es qué significa decir que algo es verdadero. Aristóteles, que vivió entre 384 y 322 a. C., entendía que la verdad implica reconocer las cosas como realmente son. Aunque su pensamiento no partía de las Escrituras, aquí encontramos una observación importante: la verdad no depende simplemente de nuestros deseos.

Si afuera está lloviendo, mi opinión no puede detener la lluvia. Puedo cerrar las cortinas, negar lo que sucede o convencerme de que el cielo está despejado, pero la realidad permanece.

La Biblia lleva esta cuestión mucho más lejos. La verdad no solamente corresponde con la realidad; toda realidad existe porque Dios existe y la sostiene.

“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad” (Juan 17:17).

Jesús no presenta la verdad como una construcción humana. Dios es verdadero y su Palabra es verdad. Esto significa que la verdad tiene un fundamento que está fuera de nosotros.

Por eso nuestras opiniones deben ser examinadas. Una convicción profundamente sentida todavía puede ser falsa. La sinceridad demuestra que una persona cree algo con fuerza; no demuestra que aquello que cree sea verdadero.

Agustín de Hipona, entre los años 354 y 430, luchó durante años con preguntas acerca de la verdad. Buscó respuestas en diferentes sistemas de pensamiento antes de reconocer que la mente humana necesita ser conducida hacia una verdad superior a ella misma. Siglos después, Juan Calvino enseñaría que el ser humano posee cierto conocimiento de Dios, pero que el pecado distorsiona profundamente la manera en que interpretamos aquello que vemos.

Dios nos creó con capacidad para razonar

La capacidad de pensar no es enemiga de la fe. Es un regalo de Dios.

Cuando una persona compara dos ideas, reconoce una contradicción, estudia un argumento o pregunta por qué algo sucede, está utilizando capacidades propias de una criatura hecha a imagen de Dios.

“Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta” (Isaías 1:18).

Las Escrituras constantemente llaman al ser humano a escuchar, considerar, recordar, discernir y comprender. Pablo, por ejemplo, entraba en las sinagogas y razonaba con quienes estaban allí.

“Y Pablo, como acostumbraba, fue a ellos, y por tres días de reposo discutió con ellos, declarando y exponiendo por medio de las Escrituras” (Hechos 17:2-3).

Observe el equilibrio. Pablo razonaba, pero no trataba la razón humana como autoridad suprema. Razonaba desde aquello que Dios había revelado.

Francis Schaeffer, pensador cristiano del siglo XX, insistió precisamente en que el cristianismo no exige abandonar la mente. Si Dios es verdadero, no debemos temer las preguntas sinceras. La verdad puede ser examinada porque no necesita ser protegida mediante irracionalidad.

Por tanto, creer no significa cerrar los ojos y saltar hacia lo desconocido. La fe bíblica descansa en lo que Dios ha hecho y dicho.

La razón humana tiene límites

Aquí debemos hacer una distinción fundamental. Que nuestra razón sea valiosa no significa que sea suficiente.

Una lámpara puede iluminar una habitación sin iluminar toda una ciudad. Del mismo modo, nuestra mente puede conocer muchas cosas verdaderas sin conocerlo todo.

Somos criaturas limitadas.

“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová” (Isaías 55:8).

Además, existe un problema todavía más profundo. Nuestra mente no solamente es limitada; también ha sido afectada por el pecado.

Pablo explica que los seres humanos conocen algo de Dios mediante la creación, pero suprimen esa verdad.

“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias” (Romanos 1:21).

El problema, entonces, no es simplemente falta de información. Existe también resistencia moral.

Blaise Pascal, que vivió entre 1623 y 1662, observó con enorme agudeza la grandeza y miseria del ser humano. Somos capaces de pensar sobre el universo y, al mismo tiempo, capaces de engañarnos a nosotros mismos. Pascal comprendió que algo extraordinario y algo profundamente roto conviven en la condición humana.

La Biblia explica esa paradoja. Fuimos creados a imagen de Dios, pero hemos caído en pecado.

Dios se ha dado a conocer

Si Dios permaneciera completamente oculto, jamás podríamos descubrirlo por nuestros propios esfuerzos. Ninguna escalera construida por la filosofía podría alcanzar al Creador.

Pero Dios ha hablado.

Primero, se da a conocer mediante lo que ha creado.

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1).

Observe un cielo nocturno lejos de las luces de una ciudad. Miles de estrellas aparecen sobre nosotros. Podemos estudiar sus distancias, movimientos y composición. La ciencia puede describir muchos aspectos de aquello que contemplamos. Sin embargo, las Escrituras nos enseñan algo todavía más profundo: ese universo no existe por accidente ni se sostiene independientemente de Dios.

Pablo afirma:

“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo” (Romanos 1:20).

Pero Dios también ha hablado de una manera más clara mediante su Palabra. La creación puede mostrarnos su poder y sabiduría, pero contemplar una montaña no nos explica el significado de la cruz. Para conocer con claridad su voluntad, nuestra condición pecaminosa y el camino de salvación necesitamos que Dios hable.

Herman Bavinck explicó que el conocimiento verdadero de Dios comienza porque Dios mismo toma la iniciativa de darse a conocer. No ascendemos hasta Él mediante nuestras capacidades; Él se acerca y habla de una manera que criaturas como nosotros pueden comprender.

La revelación no destruye la razón

Puede surgir una pregunta legítima: si tenemos las Escrituras, ¿para qué necesitamos razonar?

Porque incluso para leer las Escrituras debemos pensar.

Debemos comprender palabras, seguir argumentos, reconocer contextos, comparar pasajes y distinguir una interpretación correcta de una equivocada. La razón funciona como una herramienta necesaria, pero no como juez supremo sobre Dios.

Una ilustración sencilla ayuda a comprenderlo. Los ojos son necesarios para leer un mapa, pero nuestros ojos no crean el territorio representado en él. De manera semejante, utilizamos nuestra mente para comprender la verdad revelada, pero nuestra mente no crea esa verdad.

John Owen, puritano inglés del siglo XVII, defendió profundamente el uso cuidadoso de la mente en el conocimiento de Dios, pero también reconoció nuestra dependencia del Espíritu Santo. No basta acumular información religiosa. Necesitamos que Dios transforme nuestra manera de pensar.

“Transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Romanos 12:2).

Por eso una mente disciplinada y un corazón humilde deben caminar juntos.

Cuando la razón intenta ocupar el trono

Durante la Ilustración europea de los siglos XVII y XVIII aumentó considerablemente la confianza en la capacidad humana para comprender el mundo mediante la razón. Hubo aportes importantes en ciencia, política y filosofía. Sin embargo, algunos pensadores comenzaron a tratar la razón humana como si pudiera determinar por sí misma qué podía o no podía ser verdadero.

René Descartes, nacido en 1596, buscó un punto absolutamente seguro desde el cual construir conocimiento y llegó a su conocida afirmación relacionada con el acto de pensar como evidencia de la propia existencia. Su proyecto muestra una preocupación legítima: ¿cómo sabemos que conocemos realmente?

Pero las Escrituras comienzan desde un fundamento todavía más profundo. Antes de que yo piense, Dios ya existe.

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).

La realidad no comienza con nuestra conciencia. Comienza con Dios.

Este cambio parece pequeño, pero transforma completamente nuestra manera de pensar. No somos observadores independientes examinando a Dios desde afuera. Vivimos dentro del mundo que Él creó, respiramos porque Él sostiene nuestra existencia y pensamos utilizando una mente que Él nos dio.

La verdad alcanza su expresión suprema en Cristo

La búsqueda de la verdad finalmente nos conduce más allá de conceptos y argumentos.

Nos conduce a una persona.

Jesús declaró:

“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Esta afirmación es extraordinaria. Jesús no dijo simplemente que conocía la verdad. Se identificó a sí mismo con ella.

El evangelio de Juan presenta a Cristo como aquel por medio de quien todas las cosas fueron hechas. Por eso existe una profunda unidad entre la realidad creada y la revelación de Dios: ambas dependen del mismo Señor.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (Juan 1:3).

Cornelius Van Til insistió en que ningún pensamiento humano es verdaderamente independiente de Dios, porque todo ser humano vive constantemente dentro de la realidad creada por Él. Incluso cuando alguien niega a Dios, continúa utilizando una mente, leyes de pensamiento y un universo cuya existencia finalmente necesita explicación.

Esto no significa que quienes rechazan la fe sean incapaces de descubrir cosas verdaderas. Un científico que no cree en Dios puede realizar excelentes investigaciones. Un filósofo puede identificar argumentos válidos. Un médico puede comprender correctamente el funcionamiento del cuerpo.

La diferencia está en el fundamento último desde el cual interpretamos toda la realidad.

Aprender a pensar delante de Dios

La meta no consiste simplemente en ganar discusiones. Consiste en aprender a amar la verdad porque amamos al Dios verdadero.

Esto exige humildad.

Debemos estar dispuestos a decir: “Puedo estar equivocado”. Debemos examinar nuestras ideas, reconocer nuestros prejuicios y permitir que las Escrituras corrijan aquello que hemos aceptado sin suficiente fundamento.

R. C. Sproul dedicó buena parte de su ministerio a mostrar que la fe cristiana no debe temer el pensamiento cuidadoso. Pero también insistió en algo fundamental: Dios sigue siendo Dios y nosotros seguimos siendo criaturas.

Esta distinción protege nuestra mente de dos extremos. El primero es rechazar la razón y convertir la fe en credulidad. El segundo es exaltar nuestra razón hasta convertirla en autoridad absoluta.

La alternativa bíblica es mejor: pensar profundamente bajo la autoridad de Dios.

“El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” (Proverbios 1:7).

Por eso estudiar la verdad debería producir algo más que una libreta llena de conceptos. Debería producir humildad. Cuanto más comprendemos la grandeza de Dios, más reconocemos nuestros límites; y cuanto más reconocemos nuestros límites, más aprendemos a depender de aquello que Él ha revelado.

La razón es un regalo extraordinario, pero no es nuestro dios. La filosofía puede formular grandes preguntas, pero no puede salvarnos. La creación puede mostrarnos las huellas del Creador, pero no puede explicarnos por sí sola la cruz. Las Escrituras nos muestran con claridad quién es Dios, quiénes somos nosotros y qué ha hecho Cristo para reconciliar pecadores consigo.

La verdadera sabiduría comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente qué pensamos nosotros acerca de Dios y comenzamos a preguntar qué ha dicho Dios acerca de sí mismo.

“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén” (Romanos 11:36).

Ejercicios prácticos

  1. Verdad y opinión

    Escribe tres ejemplos de opiniones personales y tres ejemplos de afirmaciones que pueden comprobarse como verdaderas o falsas. Después explica brevemente cuál es la diferencia entre una opinión y la verdad.

  2. La capacidad de razonar

    Lee Hechos 17:1-4. Escribe en cuatro o cinco líneas cómo utilizó Pablo el razonamiento al hablar acerca de Cristo.

  3. Los límites de nuestra mente

    Lee Isaías 55:8-9. Escribe dos cosas que este pasaje enseña acerca de la diferencia entre Dios y nosotros.

  4. Dios habla mediante la creación

    Lee Salmo 19:1-4 y Romanos 1:19-20. Anota cinco cosas de la creación que te hagan pensar en el poder, sabiduría u orden de Dios.

  5. Examinar una afirmación

    Escribe esta frase en tu libreta: “Cada persona puede decidir cuál es su propia verdad”. Después explica en cinco líneas si esa afirmación puede sostenerse y compárala con Juan 17:17.

  6. Pensar bajo la Palabra

    Escribe una idea que anteriormente dabas por cierta pero que las Escrituras te ayudaron a corregir. Después anota el pasaje bíblico que te ayudó a comprender mejor ese asunto.