Quinta lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay preguntas que nacen en un salón de clases y otras que nacen junto a una cama de hospital, frente a una tumba o entre los restos de una ciudad destruida. «Si Dios es bueno y poderoso, ¿por qué existe tanto sufrimiento?» no es simplemente una pregunta para filósofos. Puede convertirse en el grito de una madre que pierde a su hijo, de una persona traicionada injustamente o de alguien que contempla una guerra y se pregunta dónde está Dios.
El problema del mal ha acompañado al ser humano durante siglos. Epicuro, filósofo griego que vivió entre los años 341 y 270 a. C., suele ser relacionado con una antigua formulación del dilema: si Dios quiere eliminar el mal pero no puede, no sería todopoderoso; si puede pero no quiere, no sería bueno. Siglos después, pensadores como David Hume retomaron argumentos semejantes. La pregunta parece sencilla, pero toca asuntos profundos: la existencia de Dios, la libertad humana, la justicia, el pecado, la providencia y el propósito del sufrimiento.
La Biblia no evade esta dificultad. Al contrario, está llena de lágrimas, violencia, enfermedades, persecuciones, injusticias y muerte. Pero también presenta una explicación del origen del mal, muestra que Dios continúa gobernando en medio de él y, finalmente, dirige nuestra mirada hacia Jesucristo.
El mal no comenzó en Dios
Para comprender el sufrimiento debemos comenzar donde comienza la Biblia. Dios creó un mundo bueno. Después de contemplar todo cuanto había hecho, Génesis declara:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31).
El mal, por tanto, no pertenece a la naturaleza original de la creación. Tampoco existe porque haya en Dios una parte oscura o malvada. La Escritura afirma:
«Dios es luz, y no hay ningunas tinieblas en él» (1 Juan 1:5).
El mal entró en la experiencia humana mediante la rebelión contra Dios. Génesis 3 describe al ser humano escuchando a la serpiente y deseando determinar por sí mismo lo bueno y lo malo. Adán y Eva desconfiaron de la palabra del Creador. Aquella rebelión produjo consecuencias que alcanzaron toda la existencia humana.
Pablo explica que «el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte» (Romanos 5:12). Desde entonces, la creación que originalmente había sido declarada buena quedó sometida a frustración y corrupción. Romanos 8:22 describe gráficamente esta realidad diciendo que «toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora».
Esto explica por qué encontramos dos formas generales de sufrimiento. Existe el mal que las personas hacen deliberadamente: asesinato, abuso, mentira, explotación, guerra, corrupción y crueldad. Pero también existe sufrimiento relacionado con un mundo quebrantado: enfermedades, terremotos, deterioro físico y muerte.
Sin embargo, debemos evitar un error cruel. No todo sufrimiento particular puede atribuirse a un pecado particular de quien lo padece. Jesús rechazó esa conclusión cuando sus discípulos encontraron a un hombre ciego de nacimiento. Preguntaron quién había pecado para que naciera así. Cristo respondió:
«No es que pecó éste, ni sus padres» (Juan 9:3).
Vivimos en un mundo caído, pero no tenemos derecho a señalar automáticamente al que sufre y decir que su dolor constituye un castigo directo por alguna falta específica.
El libro de Job destruye las respuestas fáciles
Pocas partes de la Escritura enfrentan el sufrimiento con tanta profundidad como Job. Desde el comienzo se nos dice que era «perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal» (Job 1:1). Sin embargo, perdió sus bienes, sus hijos y su salud.
Sus amigos llegaron para acompañarlo. Durante siete días permanecieron sentados junto a él sin hablar. Probablemente esa fue una de las mejores cosas que hicieron. El problema comenzó cuando intentaron explicarlo todo.
Su razonamiento parecía lógico: Dios es justo; Job está sufriendo terriblemente; por tanto, Job debe haber cometido algún pecado terrible. Pero estaban equivocados.
El libro enseña algo fundamental: nuestra incapacidad para descubrir la razón de un sufrimiento no demuestra que Dios carezca de razones.
Job veía únicamente una pequeña parte de lo que estaba ocurriendo. Nosotros, como lectores, conocemos acontecimientos que él desconocía. Esto muestra la enorme diferencia entre la perspectiva humana y la divina.
Juan Calvino insistía en que la sabiduría de Dios supera profundamente nuestra capacidad para comprender sus caminos. Esto no significa abandonar la razón, sino reconocer sus límites. Una criatura finita no puede exigir comprender exhaustivamente cada decisión del Dios infinito.
Job nunca recibe una explicación detallada de todas las causas de su sufrimiento. Dios le muestra algo mayor: quién gobierna el universo.
«¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?» (Job 38:4).
Dios no está burlándose del dolor de Job. Está ampliando su perspectiva. El universo no está abandonado, aunque Job no pueda comprender todo cuanto sucede dentro de él.
Dios gobierna incluso cuando existe verdadera maldad
Aquí aparece una de las afirmaciones más difíciles y, al mismo tiempo, consoladoras de la Biblia: Dios continúa siendo soberano incluso cuando los seres humanos hacen cosas malas.
Esto no significa que Dios sea moralmente malo, ni que apruebe el pecado.
«Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie» (Santiago 1:13).
La Biblia puede afirmar simultáneamente que una persona realiza una acción con intención perversa y que Dios gobierna ese mismo acontecimiento para cumplir un propósito bueno.
José constituye uno de los ejemplos más claros. Sus hermanos lo odiaron, lo arrojaron a una cisterna y lo vendieron como esclavo. Años después, José les dijo:
«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).
Observemos cuidadosamente las palabras. José no llama bueno al pecado de sus hermanos. Dice claramente que ellos pensaron hacerle mal. Sin embargo, Dios utilizó aquel mismo acontecimiento para preservar muchas vidas durante una terrible hambruna.
El puritano Thomas Watson escribió en 1663 que la providencia divina puede hacer que incluso acontecimientos dolorosos cooperen finalmente para el bien de quienes pertenecen a Dios. Su afirmación no pretendía decir que el dolor sea agradable, sino que el sufrimiento nunca queda fuera del gobierno divino.
La libertad humana no elimina el gobierno de Dios
Algunos filósofos han intentado responder al problema del mal diciendo que Dios concedió libertad al ser humano y que el mal es simplemente el precio inevitable de esa libertad. Esta respuesta contiene una verdad importante: las personas son responsables de sus decisiones. Cuando alguien asesina, engaña o roba, no puede culpar a Dios.
Pero bíblicamente la respuesta necesita ir más lejos. Dios no observa impotente la historia esperando descubrir qué harán las criaturas.
Proverbios declara:
«El corazón del rey está en la mano de Jehová, como los repartimientos de las aguas; a todo lo que quiere lo inclina» (Proverbios 21:1).
Las decisiones humanas son verdaderas y moralmente responsables, mientras Dios continúa gobernando la historia.
Jonathan Edwards explicó ampliamente esta relación en 1754 al publicar Freedom of the Will. Edwards sostuvo que las personas actúan conforme a sus deseos y, precisamente por eso, son responsables de sus actos. La soberanía divina no convierte a los seres humanos en máquinas.
La Biblia mantiene ambas verdades sin enfrentar una contra la otra.
La cruz es el acontecimiento decisivo
Si queremos saber qué tiene que decir el cristianismo frente al mal, finalmente debemos llegar a una colina fuera de Jerusalén alrededor del año 30 d. C.
Allí ocurrió una injusticia extraordinaria.
Jesús fue traicionado, acusado falsamente, golpeado, humillado y crucificado. Poncio Pilato autorizó su ejecución. Los dirigentes que buscaban su muerte fueron responsables. Judas fue responsable de su traición. Quienes se burlaron de Cristo fueron responsables de sus acciones.
Sin embargo, después de la resurrección, los creyentes oraron reconociendo que Herodes, Pilato, los gentiles y algunos del pueblo habían realizado «cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hechos 4:27-28).
Aquí encontramos la demostración más profunda de que la soberanía de Dios y la responsabilidad humana pueden encontrarse en un mismo acontecimiento.
Los hombres actuaron perversamente. Dios estaba realizando su plan de redención.
La peor injusticia cometida en la historia se convirtió en el medio por el cual Dios trajo salvación.
R. C. Sproul señaló repetidamente que la cruz no fue un accidente que Dios tuvo que reparar posteriormente. Formaba parte de su propósito redentor. Esto significa que el cristianismo no responde al sufrimiento presentándonos simplemente una explicación filosófica. Nos presenta a un Salvador crucificado.
Dios no contempla el dolor humano únicamente desde la distancia. El Hijo de Dios conoció hambre, cansancio, rechazo, traición, golpes, injusticia, abandono y muerte.
El sufrimiento puede tener propósitos que todavía no vemos
El filósofo Alvin Plantinga desarrolló durante el siglo XX una importante respuesta al argumento de que la existencia del mal demuestra lógicamente que Dios no existe. Su trabajo ayudó a mostrar que no existe contradicción necesaria entre afirmar que Dios es bueno y poderoso y reconocer que existe mal en el mundo.
Pero la Biblia lleva la cuestión más allá de demostrar que ambas cosas pueden coexistir. Enseña que Dios puede utilizar el sufrimiento para realizar propósitos santos.
Pablo escribió:
«Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien» (Romanos 8:28).
El texto no dice que todas las cosas sean buenas. Una enfermedad sigue siendo dolorosa. Una traición continúa siendo pecado. La muerte continúa siendo llamada «el postrer enemigo» (1 Corintios 15:26). La promesa consiste en que ninguna de estas cosas posee autoridad suficiente para destruir finalmente el propósito de Dios.
John Flavel, pastor puritano del siglo XVII, dedicó una parte importante de sus escritos a la providencia. Enseñaba a observar la vida reconociendo que muchas veces solo comprendemos los caminos de Dios después de haber recorrido una parte considerable del camino.
Hay dolores cuya razón podremos reconocer años después. Otros probablemente permanecerán sin explicación durante toda nuestra vida.
La fe bíblica no consiste en fingir que conocemos la respuesta cuando realmente no la conocemos.
Llorar no significa dejar de confiar
La Biblia nunca exige que el creyente sonría ante una tragedia.
David preguntó:
«¿Hasta cuándo, Jehová? ¿Me olvidarás para siempre?» (Salmo 13:1).
Jeremías lloró. Job lamentó haber nacido. Pablo habló de profundas aflicciones. Incluso Jesús lloró frente a la tumba de Lázaro.
«Jesús lloró» (Juan 11:35).
Aquel versículo tan breve destruye la idea de que una fe fuerte necesariamente elimina las lágrimas. Cristo sabía perfectamente que resucitaría a Lázaro y aun así lloró.
Charles Spurgeon conoció períodos de profundo sufrimiento físico y emocional durante su ministerio en el siglo XIX. Sus sermones muestran que la confianza en la providencia no eliminó su dolor, pero le dio un lugar donde sostenerse mientras atravesaba la oscuridad.
El cristiano puede llorar y confiar al mismo tiempo.
El mal tiene fecha de vencimiento
El cristianismo no termina explicando cómo soportar un mundo quebrantado. Anuncia que este mundo no permanecerá así para siempre.
La historia bíblica avanza hacia una restauración real.
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor» (Apocalipsis 21:4).
Esta esperanza cambia profundamente nuestra manera de mirar el sufrimiento presente. Friedrich Nietzsche consideró el sufrimiento una realidad fundamental de la existencia y criticó duramente la respuesta cristiana. Otros pensadores han intentado encontrar significado en el sufrimiento mediante la voluntad, la resistencia humana o la construcción personal de sentido.
La Escritura ofrece algo diferente. Nuestra esperanza final no descansa en nuestra capacidad para soportarlo todo, sino en la promesa de Dios de restaurar lo que el pecado ha quebrado.
El mismo Cristo que sufrió y murió resucitó corporalmente. Su resurrección anuncia que la enfermedad, el pecado, la injusticia y la muerte no tendrán la última palabra.
Cuando no sabemos por qué
Hay momentos en los que podremos explicar parte del sufrimiento. En otros tendremos que decir honestamente: «No sé por qué Dios permitió esto».
Esa respuesta no es necesariamente falta de fe. Puede ser una expresión de humildad.
Deuteronomio 29:29 declara:
«Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros».
No conocemos todos los propósitos de Dios. Pero conocemos algo acerca de su carácter. Sabemos que es santo, justo, bueno y sabio. Sabemos que gobierna. Sabemos que entró en nuestra historia en Jesucristo. Sabemos que la cruz demuestra que Dios puede tomar el acontecimiento más terrible y producir mediante él un bien extraordinario. Y sabemos que Cristo resucitó.
Por eso la pregunta cristiana frente al sufrimiento no termina únicamente en «¿por qué ocurrió esto?». También pregunta: «¿Quién permanece conmigo mientras lo atravieso?».
La respuesta bíblica no elimina todas las lágrimas presentes, pero coloca debajo de ellas una esperanza firme. El mal es real. El sufrimiento duele. La muerte sigue siendo enemiga. Pero ninguno de ellos es soberano.
Dios sigue gobernando.
Y llegará el día en que aquello que ahora vemos como fragmentos dispersos será contemplado desde la perspectiva completa de la eternidad. Hasta entonces, caminamos no porque comprendamos cada acontecimiento, sino porque conocemos al Dios que sostiene la historia.
Ejercicios prácticos
1. Lee Génesis 50:15-21 y escribe en tu libreta dos columnas. En una coloca lo que los hermanos de José hicieron con mala intención y en la otra escribe lo que Dios produjo finalmente mediante aquellos acontecimientos.
2. Lee Job 1:1-22. Escribe tres cosas que Job perdió y después anota cuál fue su reacción ante Dios. Explica en tres o cuatro líneas qué puedes aprender de su respuesta.
3. Lee Juan 11:32-44. Anota qué hizo Jesús frente al dolor de Marta y María antes de resucitar a Lázaro. Después escribe qué te enseña este pasaje acerca de llorar y confiar al mismo tiempo.
4. Escribe con tus propias palabras una respuesta breve, de cinco líneas como máximo, para alguien que pregunte: «Si Dios es bueno, ¿por qué permite el sufrimiento?». Procura mencionar la caída, el gobierno de Dios, la cruz y la esperanza futura.
5. Lee Apocalipsis 21:1-5 y escribe cinco realidades dolorosas que algún día desaparecerán. Finalmente, escribe una oración breve agradeciendo a Dios por la esperanza que ofrece en Cristo.