Sexta lección del estudio: Teología Filosófica.
Hay momentos en los que una persona puede escapar de la mirada de todos y, aun así, sentirse observada por dentro. Nadie vio lo que hizo. Nadie escuchó lo que dijo. No habrá una multa, una acusación pública ni quizá una consecuencia inmediata. Sin embargo, cuando llega el silencio, algo en su interior habla. Puede acusarla, defenderla, inquietarla o recordarle que ciertas acciones no deberían haberse realizado. ¿De dónde viene esa voz interior? ¿Por qué seres humanos de culturas muy diferentes hablan de justicia, culpa, deber, dignidad, bien y mal?
Estas preguntas han acompañado a la humanidad durante siglos. Sócrates, alrededor del siglo V a. C., insistía en que una vida humana debía ser examinada. Aristóteles reflexionó sobre las virtudes y sobre aquello que conduce a una vida buena. Siglos después, Immanuel Kant quedó profundamente impresionado por lo que llamó la ley moral dentro del ser humano. Sin embargo, las Escrituras llevan la pregunta a un nivel todavía más profundo: nuestra capacidad moral no apareció por accidente. Está relacionada con el hecho de que fuimos creados por Dios y vivimos delante de Él.
El ser humano no es simplemente materia
Una de las preguntas fundamentales de la filosofía es sencilla de formular, aunque difícil de responder: ¿qué es el ser humano?
Si una persona fuera únicamente un conjunto extremadamente complejo de procesos físicos, sería difícil explicar por qué hablamos de dignidad humana como algo real. Podríamos describir lo que ocurre dentro del cerebro cuando alguien ama, siente culpa o toma una decisión, pero describir un proceso físico no explica por sí mismo por qué una acción es moralmente correcta o incorrecta.
La Biblia comienza desde otro punto. No pregunta primero qué puede hacer el ser humano, sino quién lo hizo.
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó” (Génesis 1:27).
Esta afirmación coloca una dignidad extraordinaria sobre cada vida humana. Nuestra dignidad fundamental no depende de inteligencia, riqueza, fuerza física, nacionalidad, edad, productividad o posición social. Depende de nuestro Creador.
Juan Calvino explicó en 1536, al publicar la primera edición de su obra más conocida, que el conocimiento de nosotros mismos está profundamente relacionado con el conocimiento de Dios. Cuando el ser humano intenta comprenderse ignorando a su Creador, inevitablemente termina con una visión incompleta de sí mismo.
Esto también explica por qué el ser humano hace preguntas que parecen superar la simple supervivencia. Preguntamos qué es justo, por qué existe el mal, cuál es el propósito de nuestra vida, qué ocurre después de la muerte y por qué algunas cosas deberían hacerse aunque nos cuesten algo. No somos animales especialmente inteligentes tratando únicamente de sobrevivir. Somos criaturas hechas para conocer, amar y responder ante Dios.
La conciencia que habla en secreto
La conciencia puede compararse con un testigo que permanece dentro de la sala cuando todos los demás se han marchado. Puede guardar silencio durante algún tiempo, pero posee la capacidad de acusarnos o defendernos.
Pablo describe esta realidad con notable claridad:
“Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos” (Romanos 2:15).
Observemos cuidadosamente lo que Pablo está diciendo. Está hablando de personas que no poseían la ley escrita entregada a Israel y, sin embargo, tenían cierta conciencia moral. Sabían que algunas acciones merecían aprobación y otras condenación.
Esto ayuda a explicar una experiencia prácticamente universal. Un niño pequeño puede intentar esconder algo después de hacer lo que sabe que estaba prohibido. Un adulto puede justificar públicamente una mentira mientras interiormente sabe que ha engañado. Incluso una sociedad que rechaza determinados valores continúa utilizando palabras como injusticia, abuso, corrupción, derechos y dignidad.
La conciencia, por tanto, da testimonio de nuestra condición como criaturas moralmente responsables.
Pero debemos introducir aquí una distinción muy importante: la conciencia no es Dios y tampoco es infalible.
Una persona puede tener una conciencia mal formada. Puede llamar bueno a lo malo o sentirse culpable por algo que Dios nunca prohibió. Pablo incluso habla de una conciencia débil en 1 Corintios 8 y de personas cuya conciencia ha sido endurecida en 1 Timoteo 4:2.
Por eso no debemos vivir bajo la regla de “si mi conciencia lo permite, entonces está bien”. Nuestra conciencia necesita ser formada y corregida por la Palabra de Dios.
Una ley que no inventamos
Aquí aparece una pregunta todavía más profunda. Cuando decimos que asesinar deliberadamente a una persona inocente es malo, ¿queremos decir solamente que personalmente no nos gusta?
Hay una enorme diferencia entre decir “no me gusta el café” y decir “torturar a un niño por diversión es malo”. La primera afirmación expresa una preferencia. La segunda pretende describir una realidad moral que debería obligar a cualquier persona.
Esto significa que intuitivamente reconocemos que algunas cosas no dependen simplemente del gusto individual.
C. S. Lewis comenzó su obra Mero cristianismo, publicada originalmente en forma de charlas durante la década de 1940 y posteriormente reunida como libro en 1952, observando algo parecido: cuando discutimos, normalmente apelamos a una norma de justicia que esperamos que la otra persona reconozca. Decimos: “Eso no es justo”, “me prometiste hacerlo” o “¿qué sentirías si te hicieran lo mismo?”.
Sin darnos cuenta, estamos apelando a un estándar que creemos superior a nuestra preferencia personal.
Las Escrituras explican de dónde procede finalmente ese estándar. El bien no es una realidad independiente situada por encima de Dios, ni algo que Dios inventa arbitrariamente. El bien está relacionado con el carácter santo, justo y bueno de Dios.
“Bueno y recto es Jehová” (Salmo 25:8).
“Justo es Jehová en todos sus caminos, y misericordioso en todas sus obras” (Salmo 145:17).
Dios no ordena la justicia porque exista una justicia superior a Él. Tampoco podría convertir la crueldad en bondad mediante una decisión caprichosa. Sus mandamientos expresan quién Él es.
El problema está también dentro de nosotros
Hasta aquí podríamos llegar a una conclusión demasiado optimista: si todos poseemos conciencia moral, quizá solo necesitamos escucharla mejor.
La Biblia destruye esa ilusión.
El problema humano no consiste únicamente en ignorancia. Nuestro corazón ha sido afectado por el pecado. Sabemos cosas que no obedecemos y, con frecuencia, intentamos modificar nuestras convicciones para proteger nuestros deseos.
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).
Agustín de Hipona comprendió profundamente esta lucha. En sus Confesiones, escritas aproximadamente entre los años 397 y 400, describió cómo el corazón humano puede conocer algo del bien y, sin embargo, sentirse atraído hacia aquello que lo destruye.
Siglos después, el puritano John Owen estudió extensamente esta realidad. Para Owen, el pecado no debía entenderse simplemente como una colección de actos malos. Existe una corrupción interior que intenta dominar pensamientos, deseos y decisiones.
La experiencia cotidiana confirma algo parecido. Mentimos y luego construimos una explicación para justificar la mentira. Actuamos con egoísmo y posteriormente buscamos razones para presentarlo como prudencia. Tratamos injustamente a alguien y después exageramos sus defectos para sentir que nuestro comportamiento estaba justificado.
La conciencia habla, pero el corazón también sabe contratar excelentes abogados para defenderse.
Cuando cada persona decide qué es bueno
Una sociedad necesita responder inevitablemente a preguntas morales. ¿Qué merece protección? ¿Qué significa justicia? ¿Qué obligaciones tenemos hacia otros? ¿Existe dignidad humana que ningún gobierno pueda quitar?
Friedrich Nietzsche comprendió con gran claridad una consecuencia del abandono de Dios. Si desaparece el fundamento trascendente de la moral, también debe reconsiderarse profundamente la manera tradicional de hablar del bien y del mal. Nietzsche no trató esta cuestión superficialmente. Vio que rechazar a Dios tenía consecuencias mucho mayores que simplemente dejar de asistir a una iglesia.
El problema aparece cuando intentamos conservar una moral objetiva después de eliminar cualquier fundamento superior al ser humano.
Si una sociedad determina por sí sola lo bueno y lo malo, debemos preguntar: ¿qué sucede cuando otra sociedad decide exactamente lo contrario? Si la mayoría define la justicia, entonces una mayoría suficientemente grande podría convertir una atrocidad en algo correcto mediante una votación.
La historia demuestra que las mayorías pueden equivocarse terriblemente.
Por eso la ley moral necesita un fundamento más alto que nuestras opiniones cambiantes. Abraham formuló una pregunta extraordinaria cuando intercedía por Sodoma:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?” (Génesis 18:25).
La justicia posee fundamento porque existe un Juez justo.
La ley revela pero no puede salvar
Aquí encontramos una verdad esencial. La ley moral puede mostrarnos nuestra culpa, pero no puede limpiarnos de ella.
Un espejo puede mostrar suciedad en el rostro, pero nadie intenta lavarse utilizando el espejo. Su función es revelar el problema.
Algo parecido ocurre con la ley de Dios.
“Por medio de la ley es el conocimiento del pecado” (Romanos 3:20).
La ley nos muestra cómo deberíamos vivir y, al hacerlo, también revela cuánto nos hemos apartado de Dios.
Martín Lutero comprendió profundamente esta realidad durante las primeras décadas del siglo XVI. El problema no podía resolverse acumulando méritos religiosos. El pecador necesitaba una justicia que no podía producir por sí mismo.
La conciencia puede decir “eres culpable”, pero no puede decir legítimamente “tu culpa ha sido perdonada”. Para eso necesitamos algo que venga de fuera de nosotros.
Cristo y la conciencia culpable
El mensaje cristiano no termina con un ser humano parado frente a la ley intentando desesperadamente mejorar su comportamiento. Termina llevándonos hacia Cristo.
En la cruz ocurre algo extraordinario: aquel que obedeció perfectamente ocupa voluntariamente el lugar de quienes quebrantaron la ley.
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Corintios 5:21).
Por eso el evangelio responde a un problema que ninguna filosofía moral puede solucionar completamente. Un filósofo puede ayudarnos a pensar sobre la virtud. Otro puede analizar el deber. Otro puede preguntar qué significa vivir correctamente. Pero permanece una pregunta personal: ¿qué hacemos con la culpa que ya tenemos?
Hebreos presenta a Cristo como aquel cuya obra alcanza precisamente nuestra conciencia:
“¿Cuánto más la sangre de Cristo... limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?” (Hebreos 9:14).
La respuesta cristiana no consiste en silenciar artificialmente la conciencia. Dios hace algo mucho mejor: ofrece verdadero perdón mediante Cristo.
R. C. Sproul insistió repetidamente en que comprender la santidad de Dios cambia nuestra comprensión del pecado. Si reducimos la grandeza de Dios, inevitablemente reduciremos también la gravedad de nuestra rebelión. Pero cuando comprendemos quién es Dios, la gracia deja de parecernos algo pequeño.
Una conciencia formada por la verdad
La vida cristiana tampoco consiste en vivir permanentemente aterrorizados por nuestra conciencia. Una conciencia sana debe aprender a someterse a lo que Dios realmente ha dicho.
Esto significa que no debemos añadir prohibiciones donde Dios no las ha establecido, pero tampoco debemos eliminar aquellas que sí estableció.
Jonathan Edwards observó cuidadosamente cómo los afectos humanos pueden engañarnos. Podemos experimentar emociones religiosas intensas sin que necesariamente exista verdadera obediencia. Por eso nuestras emociones, deseos y conciencia necesitan ser examinados a la luz de las Escrituras.
David expresa esta actitud mediante una oración profundamente humilde:
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).
Esta oración reconoce algo importante: no siempre somos buenos jueces de nosotros mismos.
Necesitamos que Dios exponga nuestras falsas justificaciones, corrija nuestra conciencia y transforme nuestros deseos.
La dignidad del ser humano y el amor al prójimo
Comprender que los seres humanos fueron creados a imagen de Dios también transforma nuestra manera de mirar a los demás.
La persona que está frente a nosotros posee valor aunque no pueda ofrecernos nada. El anciano, el niño, el pobre, el extranjero, la persona con discapacidad, nuestro adversario y aquel cuya opinión nos irrita continúan siendo seres humanos hechos a imagen de Dios.
Santiago utiliza precisamente esta verdad para denunciar la contradicción de utilizar nuestra lengua para bendecir a Dios y posteriormente maldecir a otras personas:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:9).
La dignidad humana, por tanto, no es solamente una idea para discutir en un salón. Tiene consecuencias en nuestras palabras, relaciones, decisiones y manera de tratar a quienes poseen menos poder que nosotros.
Vivir delante de Dios
La conciencia nos recuerda algo que nuestra época intenta olvidar fácilmente: nuestra vida tiene significado moral.
Nuestras decisiones importan. Lo que hacemos cuando nadie observa importa. Lo que pensamos, deseamos, amamos y escondemos importa porque vivimos delante de Dios.
Pero esta realidad no debe conducir al creyente hacia una desesperación interminable. La misma Escritura que revela nuestra culpa anuncia también una gracia suficiente.
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).
La conciencia cristiana puede reconocer honestamente el pecado sin ser destruida por él. Podemos confesar porque existe perdón. Podemos abandonar nuestras justificaciones porque nuestra aceptación delante de Dios no depende de fingir que somos mejores de lo que realmente somos.
El ser humano encuentra finalmente su identidad cuando mira hacia su Creador; comprende la ley moral cuando reconoce el carácter de Dios; comprende su culpa cuando la ley expone su corazón; y encuentra descanso para su conciencia cuando mira a Cristo.
La pregunta final, entonces, no es solamente por qué tenemos conciencia. Es mucho más personal: ¿qué hacemos cuando nuestra conciencia nos muestra que hemos pecado?
Podemos esconderlo, justificarlo, compararnos con personas que consideramos peores o intentar silenciar la voz interior. O podemos hacer algo radicalmente diferente: reconocer nuestra culpa delante de Dios y acudir a Cristo.
Allí la conciencia no encuentra una excusa.
Encuentra perdón.
Ejercicios prácticos
1. Escribe con tus propias palabras qué significa que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Después anota dos consecuencias prácticas de esta verdad para la manera en que debes tratar a otras personas.
2. Lee Romanos 2:14-15. Escribe tres cosas que este pasaje enseña acerca de la conciencia y explica brevemente por qué la conciencia no debe considerarse infalible.
3. Escribe dos ejemplos de acciones que consideres moralmente malas independientemente de la opinión de una sociedad. Después responde: ¿por qué serían realmente malas si no existiera ninguna autoridad moral superior al ser humano?
4. Lee Romanos 3:20 y escribe en una oración cuál es una de las funciones de la ley de Dios. Después explica la ilustración del espejo utilizada en esta lección.
5. Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe “conciencia culpable” y en la otra “conciencia perdonada”. Basándote en Hebreos 9:14 y Romanos 8:1, escribe tres diferencias entre ambas.
6. Lee lentamente Salmo 139:23-24. Escribe una breve oración personal pidiendo a Dios que examine tu corazón, corrija aquello que estás justificando y forme tu conciencia mediante su Palabra.