Sexta lección del estudio: Teología Filosófica.
El ser humano, la conciencia y la ley moral
No hace falta que alguien nos enseñe desde pequeños que mentir está mal. Tampoco necesitamos asistir a una escuela para sentir el peso de la culpa después de hacer daño a otra persona. Incluso quienes nunca han leído la Biblia suelen hablar de justicia, de bondad y de maldad. ¿De dónde viene esa voz interior que nos acusa cuando hacemos lo malo y, en ocasiones, nos aprueba cuando hacemos lo correcto? ¿Es solo el resultado de la educación, de la cultura o de la evolución humana? ¿O existe una explicación más profunda?
Durante siglos, esta pregunta ha ocupado la mente de filósofos, científicos y pensadores. Sócrates habló de examinar la vida; Platón buscó el bien supremo; Aristóteles reflexionó sobre la virtud; Immanuel Kant afirmó en el siglo XVIII que dos cosas llenaban su mente de admiración: el cielo estrellado sobre él y la ley moral dentro de él. Sin embargo, aunque muchas de estas reflexiones contienen observaciones valiosas sobre la naturaleza humana, ninguna logra explicar plenamente por qué todos los seres humanos poseen un sentido moral y, al mismo tiempo, son incapaces de vivir conforme a él.
Las Escrituras ofrecen una respuesta mucho más profunda. El ser humano posee conciencia porque fue creado por Dios. Esa conciencia no apareció por accidente ni es simplemente el producto de la evolución social. Es parte del diseño con el que el Creador hizo al hombre y a la mujer. Sin embargo, también enseña que esa conciencia fue afectada por el pecado. Por eso puede advertirnos, pero también puede endurecerse, engañarse o deformarse.
En esta lección veremos qué significa haber sido creados a imagen de Dios, por qué existe la conciencia, qué es la ley moral y por qué todos los seres humanos saben, en algún nivel, que existe el bien y el mal. Sobre todo, descubriremos que la ley moral no fue dada para que el hombre se alabara a sí mismo, sino para mostrar su necesidad del Salvador.
El ser humano fue creado con un propósito
La Biblia comienza afirmando algo que cambia completamente nuestra manera de entender al ser humano. No somos el resultado del azar ni una combinación accidental de procesos naturales. Nuestra existencia tiene un origen personal e intencional.
"Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza..." (Génesis 1:26).
Desde las primeras páginas de la Escritura aprendemos que el hombre posee un valor incomparable porque refleja, de manera limitada, algo del carácter de su Creador. Esto no significa que el ser humano sea divino ni que comparta la esencia de Dios. Significa que fue creado para representar su gobierno sobre la creación y reflejar aspectos de su carácter, como la racionalidad, la capacidad de amar, la creatividad, el sentido de justicia y la responsabilidad moral.
Esta verdad distingue radicalmente la visión bíblica de muchas filosofías antiguas y modernas. Algunas corrientes han considerado al ser humano como un simple animal más desarrollado. Otras lo han visto como una chispa divina atrapada en un cuerpo físico. Ninguna de estas ideas coincide con las Escrituras.
El hombre es una criatura. No es Dios. Pero tampoco es un accidente sin propósito. Fue formado por Dios para conocerle, amarle, obedecerle y glorificarle.
"Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente." (Génesis 2:7).
Observa el equilibrio que presenta la Biblia. Nuestro cuerpo proviene del polvo de la tierra, recordándonos nuestra fragilidad. Pero la vida procede del soplo de Dios, mostrando nuestra dependencia absoluta del Creador.
Juan Calvino escribió que el hombre jamás llegará a conocerse correctamente mientras no contemple primero a Dios. Solo cuando vemos la santidad del Creador entendemos quiénes somos realmente. Esta observación sigue teniendo una enorme fuerza hasta nuestros días.
Muchos intentan descubrir su identidad mirando únicamente hacia su interior. La Escritura hace exactamente lo contrario: primero dirige nuestra mirada hacia Dios y luego nos ayuda a comprender quiénes somos delante de Él.
La imagen de Dios y la dignidad humana
La expresión "imagen de Dios" ha sido objeto de reflexión durante casi dos mil años de historia cristiana. Aunque existen diferentes matices entre diversos autores, todos coinciden en un punto fundamental: la dignidad humana no depende de la inteligencia, la edad, la fuerza física, la riqueza ni la utilidad social.
Un recién nacido posee el mismo valor que un anciano. Una persona con discapacidad conserva la misma dignidad que un científico brillante. El pobre tiene el mismo valor que el gobernante más poderoso. La razón no es lo que cada uno puede hacer, sino quién los creó.
Esto explica por qué la vida humana merece respeto desde su inicio hasta su fin.
Cuando en la historia algunos gobiernos comenzaron a clasificar personas según su utilidad o productividad, el resultado siempre fue devastador. Basta recordar el régimen nazi entre 1933 y 1945, donde millones de personas fueron consideradas inferiores y eliminadas porque dejaron de verse como portadoras de la imagen de Dios.
Cuando el ser humano pierde de vista al Creador, tarde o temprano también pierde el verdadero valor del hombre.
La Biblia responde de forma sencilla pero profunda:
"Porque a imagen de Dios es hecho el hombre." (Génesis 9:6).
Incluso después de la caída, esa imagen no desapareció completamente. Fue profundamente dañada por el pecado, pero continúa siendo la base de la dignidad humana.
Esto también explica por qué todas las culturas desarrollan leyes, sistemas judiciales y principios de convivencia. Aunque existan diferencias importantes entre ellas, todas reconocen, de alguna manera, que asesinar, engañar o traicionar destruye algo que debería ser protegido.
La conciencia como testigo interior
Uno de los regalos más extraordinarios que Dios dio al ser humano es la conciencia.
La conciencia no es Dios hablando directamente cada vez que tomamos una decisión. Tampoco es una emoción pasajera. Es esa capacidad interior mediante la cual evaluamos nuestros propios actos a la luz de aquello que creemos correcto o incorrecto.
Por eso, incluso una persona que intenta justificar sus acciones muchas veces experimenta culpa.
El apóstol Pablo explicó esta realidad al escribir acerca de personas que no habían recibido la Ley de Moisés.
"Mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos." (Romanos 2:15).
Este pasaje es uno de los textos más importantes para comprender la ley moral.
Pablo no afirma que todos conocen la Biblia. Tampoco dice que todos poseen el mismo conocimiento espiritual. Lo que enseña es que existe una evidencia interior de la ley de Dios. Esa evidencia no salva a nadie, pero sí hace responsable al ser humano delante de Dios.
La conciencia funciona como un testigo que acompaña toda nuestra vida. En ocasiones nos acusa. En otras nos aprueba. Pero nunca ocupa el lugar de la autoridad divina.
Por esta razón una conciencia puede estar correctamente formada o profundamente deformada.
Una persona puede llegar a justificar prácticas terribles si durante muchos años ha endurecido su corazón. La historia ofrece innumerables ejemplos. Muchos soldados participaron en atrocidades convencidos de estar haciendo lo correcto. Otros colaboraron con sistemas profundamente injustos porque poco a poco dejaron de escuchar las advertencias de su conciencia.
La Biblia describe este peligro cuando habla de personas cuya conciencia llegó a cauterizarse.
"...teniendo cauterizada la conciencia." (1 Timoteo 4:2).
La imagen es impactante. Una piel cauterizada pierde sensibilidad. Del mismo modo, una conciencia endurecida deja de reaccionar frente al pecado.
Por eso la conciencia necesita ser guiada por la verdad de Dios. No basta con decir: "yo sigo lo que siento". Los sentimientos cambian. La conciencia también puede equivocarse si ha sido alimentada con mentira durante mucho tiempo.
John Owen escribió que una conciencia separada de la verdad termina convirtiéndose en un juez corrupto. Su observación sigue siendo profundamente vigente. No todo aquello que tranquiliza nuestra conciencia necesariamente agrada a Dios.
La ley moral revela el carácter de Dios
Cuando escuchamos la expresión "ley moral", muchas personas imaginan inmediatamente una lista de reglas impuestas para limitar la libertad humana. Sin embargo, la Biblia presenta algo mucho más profundo.
La ley moral refleja el carácter mismo de Dios.
Dios no prohíbe el asesinato simplemente porque decidió establecer una norma arbitraria. Lo prohíbe porque Él ama la vida. No condena la mentira porque disfrute establecer restricciones, sino porque Él es verdadero. No rechaza el robo porque quiera impedir la prosperidad humana, sino porque Él es justo.
La ley moral es, en cierto sentido, una ventana que permite contemplar cómo es el carácter santo del Creador.
Por eso David podía decir:
"La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma." (Salmo 19:7).
La perfección de la ley no radica únicamente en sus mandamientos, sino en Aquel de quien procede.
Sin embargo, aquí aparece un problema que toda la humanidad comparte. Aunque conocemos el bien en cierta medida, no somos capaces de vivir conforme a él de manera perfecta. Sabemos que debemos amar, pero odiamos. Sabemos que debemos decir la verdad, pero mentimos. Sabemos que debemos perdonar, pero guardamos resentimiento.
La ley revela algo mucho más profundo que nuestras acciones. Revela la condición de nuestro corazón.
Y precisamente allí comenzaremos la siguiente parte de esta lección.
La caída cambió profundamente el corazón humano
Hasta este punto hemos visto que el ser humano fue creado a imagen de Dios, con una conciencia y con la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Pero inmediatamente surge una pregunta importante: si el hombre fue creado bueno, ¿por qué el mundo está lleno de violencia, engaño, injusticia y corrupción?
La respuesta de la Biblia no comienza señalando a la sociedad, al gobierno, a la economía o a la educación. Comienza señalando el corazón humano.
El relato de Génesis 3 no describe simplemente el primer pecado de la historia. Describe el momento en que toda la condición humana quedó afectada por la desobediencia. Adán y Eva decidieron creer la palabra de la serpiente antes que la palabra de Dios. Aquella decisión cambió para siempre la relación del hombre con su Creador, consigo mismo, con los demás y con toda la creación.
"Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos... y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido." (Génesis 3:6).
El pecado comenzó mucho antes de tomar el fruto. Nació cuando el corazón dejó de confiar en Dios. Esa sigue siendo la esencia del pecado hasta nuestros días. Cada vez que el ser humano decide vivir según su propia voluntad, está repitiendo el mismo patrón que comenzó en el huerto del Edén.
Agustín de Hipona, entre los siglos IV y V, explicó que el hombre, después de la caída, continúa siendo responsable de sus decisiones, pero ahora posee un corazón inclinado hacia el pecado. Siglos después, Martín Lutero y Juan Calvino desarrollaron esta misma enseñanza a la luz de las Escrituras, mostrando que el problema principal del hombre no es la falta de información, sino la condición de su naturaleza.
Esto no significa que todas las personas sean tan malas como podrían llegar a ser. Significa que el pecado alcanzó todas las áreas de la vida humana: la mente, la voluntad, las emociones, la conciencia y los deseos.
Por eso la Biblia afirma:
"Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?" (Jeremías 17:9).
Este versículo resulta muy contrario a la manera de pensar de nuestra época. Hoy se repite constantemente que debemos seguir nuestro corazón. Sin embargo, la Escritura advierte que el corazón humano puede engañarnos con enorme facilidad cuando vive apartado de Dios.
No todo lo que sentimos es verdadero. No todo deseo es correcto. No toda convicción proviene de Dios.
Por eso necesitamos una autoridad superior a nuestros sentimientos.
¿Por qué todos sabemos que existe el bien y el mal?
Una de las preguntas más importantes de la filosofía es el origen de la moral. ¿Existe realmente el bien y el mal o simplemente son acuerdos sociales?
Algunos filósofos sostuvieron que la moral cambia completamente según cada cultura. Otros afirmaron que el hombre crea sus propios valores. Friedrich Nietzsche, en el siglo XIX, llegó a proponer que el ser humano debía ir más allá de la moral tradicional para construir sus propios principios.
Sin embargo, la experiencia diaria parece mostrar algo diferente.
Cuando alguien es víctima de una injusticia, casi nunca responde diciendo: "Eso solo es una opinión cultural". Más bien exclama: "¡Eso está mal!"
Cuando un juez condena un crimen, no lo hace porque simplemente no le guste esa conducta, sino porque reconoce que existe una diferencia real entre la justicia y la injusticia.
Incluso quienes niegan la existencia de una ley moral objetiva suelen apelar continuamente a conceptos como igualdad, derechos humanos, respeto, dignidad y justicia.
El escritor y profesor C. S. Lewis observó esta realidad al señalar que todas las civilizaciones conocidas poseen principios morales sorprendentemente similares, aunque existan diferencias en su aplicación. Las personas discuten porque creen que existe una norma común que ha sido violada.
La Biblia explica esta realidad diciendo que Dios dejó un testimonio de su ley en el corazón humano.
Esto no significa que el hombre conozca perfectamente toda la voluntad de Dios. Significa que posee suficiente conocimiento moral para ser responsable delante de Él.
Por esa razón nadie puede decir con absoluta honestidad que jamás supo distinguir entre el bien y el mal.
La conciencia necesita ser educada por la verdad
Aunque la conciencia constituye un regalo de Dios, no es infalible.
Muchas personas creen sinceramente que están haciendo lo correcto y, sin embargo, están profundamente equivocadas. La sinceridad nunca garantiza que una idea sea verdadera.
El apóstol Pablo es un excelente ejemplo de ello.
Antes de conocer a Cristo, perseguía a los creyentes convencido de que estaba sirviendo a Dios.
"Yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret." (Hechos 26:9).
Su conciencia estaba activa, pero estaba mal orientada. Cuando Cristo lo confrontó camino a Damasco, Pablo comprendió que había vivido sinceramente... pero sinceramente equivocado.
Esto nos enseña una lección muy importante.
La conciencia necesita ser iluminada continuamente por la Palabra de Dios. De lo contrario puede adaptarse lentamente al pecado.
Así ocurre con una persona que comienza diciendo una pequeña mentira. Al principio experimenta culpa. Después la culpa disminuye. Finalmente la mentira se convierte en una práctica habitual.
Lo mismo sucede con el orgullo, la envidia, la inmoralidad, el egoísmo y muchos otros pecados.
La conciencia no desaparece. Simplemente deja de reaccionar con la misma sensibilidad.
Los puritanos dedicaron mucho tiempo a estudiar este tema. Richard Sibbes enseñaba que una conciencia saludable no consiste en vivir dominados por el miedo, sino en permanecer sensibles a la voz de Dios y arrepentirse con rapidez cuando el pecado es descubierto.
Eso produce verdadera libertad espiritual.
La ley muestra el pecado, pero no puede cambiar el corazón
Una función fundamental de la ley moral consiste en revelar nuestra verdadera condición.
Pensemos en un espejo.
Cuando una persona se mira en él descubre que tiene el rostro sucio. El espejo cumple perfectamente su función al mostrar la realidad. Sin embargo, el espejo no puede limpiar el rostro.
Así funciona la ley de Dios.
Nos muestra quiénes somos delante de Él, pero no posee poder para transformar nuestro corazón.
Pablo escribió:
"Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado." (Romanos 3:20).
Este versículo resulta esencial para comprender el propósito de la ley.
La ley nunca fue dada para que el hombre pudiera ganar la salvación mediante su obediencia. Fue dada para revelar el pecado y conducirnos a reconocer nuestra necesidad de la gracia de Dios.
Cuando leemos los Diez Mandamientos con sinceridad, descubrimos que ninguno de nosotros los ha obedecido perfectamente.
No solo importa no matar. Cristo enseñó que el odio también revela un corazón culpable.
No solo importa no cometer adulterio. Jesús afirmó que el deseo pecaminoso ya manifiesta la corrupción interior.
"Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón." (Mateo 5:28).
De esta manera, la ley deja de ser simplemente una lista de acciones externas y comienza a examinar las intenciones más profundas del corazón.
La verdadera libertad no consiste en vivir sin límites
Vivimos en una cultura donde con frecuencia se define la libertad como la posibilidad de hacer todo aquello que deseamos.
Sin embargo, esa definición presenta un problema evidente.
¿Qué ocurre cuando dos personas desean cosas completamente opuestas?
¿Qué sucede cuando el deseo de uno destruye la vida de otro?
La experiencia demuestra que una libertad sin verdad termina produciendo esclavitud.
Un hombre que decide entregarse a toda clase de vicios creyendo que es libre, termina descubriendo que esos mismos hábitos comienzan a dominarlo.
Jesús expresó esta realidad con enorme claridad.
"Todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado." (Juan 8:34).
La verdadera libertad no consiste en hacer todo lo que queremos.
Consiste en poder vivir conforme al propósito para el cual Dios nos creó.
John Piper suele explicar esta idea utilizando un ejemplo sencillo. Un pez experimenta verdadera libertad dentro del agua. Si alguien lo sacara del mar pensando que así será más libre, en realidad estaría condenándolo a morir.
De manera semejante, el ser humano encuentra su verdadera plenitud cuando vive conforme al diseño establecido por su Creador.
La ley moral no fue dada para destruir nuestra felicidad. Fue dada para protegernos y conducirnos hacia la vida que Dios diseñó desde el principio.
Sin embargo, debido a la corrupción del corazón humano, nadie logra obedecer esa ley perfectamente por sus propias fuerzas.
Y esa realidad nos conduce a la pregunta más importante de toda esta lección:
Si nuestra conciencia nos acusa... si la ley revela nuestro pecado... y si nuestro corazón necesita ser transformado... ¿quién puede darnos esa nueva vida?
Esa será la verdad gloriosa con la que concluiremos esta lección en la última parte.
Cristo es la respuesta al problema del corazón humano
Hasta este momento hemos visto una realidad que ningún ser humano puede evitar. Todos poseemos conciencia. Todos sabemos, en alguna medida, distinguir entre el bien y el mal. Todos fallamos en vivir conforme a ese bien que conocemos. Y todos, tarde o temprano, experimentamos culpa.
La gran pregunta es esta: ¿cómo puede un hombre culpable ser reconciliado con un Dios perfectamente santo?
Ningún filósofo ha podido ofrecer una respuesta definitiva. A lo largo de la historia se han propuesto distintos caminos. Algunos enseñaron que el conocimiento libera al hombre. Otros afirmaron que la virtud basta para alcanzar una vida plena. Algunos pensaron que el problema está únicamente en la ignorancia, mientras que otros creyeron que el hombre puede perfeccionarse mediante disciplina y esfuerzo.
Sin embargo, la realidad contradice todas esas propuestas. El ser humano ha acumulado más conocimiento que cualquier otra generación de la historia, pero también ha desarrollado nuevas formas de violencia, corrupción y egoísmo. El progreso intelectual no ha eliminado el pecado.
La Biblia presenta un diagnóstico mucho más profundo. Nuestro mayor problema no es la falta de información, sino la separación de Dios.
"Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios." (Romanos 3:23).
Observa que el texto no dice "algunos pecaron", sino "todos". Nadie queda fuera de ese diagnóstico. El hombre religioso, el incrédulo, el rico, el pobre, el filósofo, el gobernante y el ciudadano común comparten la misma necesidad delante de Dios.
Por esa razón Cristo vino al mundo.
Jesús no vino simplemente para enseñar una mejor manera de vivir. Tampoco vino únicamente para ser un ejemplo moral. Él vino para hacer aquello que ningún ser humano podía lograr por sí mismo.
Vivió una vida completamente santa, obedeciendo perfectamente la ley de Dios, y después entregó voluntariamente su vida en la cruz para cargar el castigo que merecían los pecadores.
"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." (Romanos 5:8).
En la cruz vemos reunidas la justicia y el amor de Dios. La justicia no fue ignorada, porque el pecado fue castigado. El amor tampoco fue negado, porque el castigo cayó sobre Cristo en lugar de todos aquellos que creen en Él.
Esta es la única esperanza capaz de dar verdadera paz a una conciencia culpable.
Una conciencia limpia nace del perdón de Dios
Muchas personas intentan tranquilizar su conciencia acumulando buenas obras. Otras buscan distraerse para no pensar en su culpa. Algunas procuran convencerse de que el pecado no existe. Sin embargo, ninguna de estas soluciones alcanza el problema de fondo.
La culpa no desaparece porque dejemos de pensar en ella. Solo desaparece cuando Dios perdona al pecador.
El autor de Hebreos explica que el sacrificio de Cristo hace lo que ningún otro sacrificio podía hacer.
"¿Cuánto más la sangre de Cristo... limpiará vuestras conciencias de obras muertas para que sirváis al Dios vivo?" (Hebreos 9:14).
Esta es una de las promesas más hermosas del evangelio. Dios no solamente declara justo al pecador que cree en Cristo; también comienza una obra de transformación en su interior.
La conciencia deja de vivir esclavizada por la condenación constante y aprende a descansar en la obra perfecta del Salvador.
Eso no significa que el creyente nunca volverá a pecar. Significa que ahora posee un Abogado delante del Padre y un corazón que desea volver a Dios cuando falla.
Thomas Watson escribió que una conciencia limpia vale más que todos los tesoros del mundo. No porque el creyente sea perfecto, sino porque descansa en la gracia perfecta de Cristo.
La transformación comienza desde el interior
Dios nunca prometió simplemente mejorar algunos aspectos de nuestra conducta. Prometió algo mucho mayor.
Por medio del profeta Ezequiel anunció siglos antes de la venida de Cristo:
"Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros." (Ezequiel 36:26).
La transformación comienza donde nació el problema: en el corazón.
Cuando una persona confía en Cristo, el Espíritu Santo comienza una obra continua de renovación. Los deseos empiezan a cambiar. La manera de pensar comienza a ser transformada. La conciencia se vuelve más sensible a la voluntad de Dios. Poco a poco el creyente aprende a amar aquello que antes rechazaba y a rechazar aquello que antes amaba.
Este crecimiento no ocurre de un día para otro. Es un proceso que dura toda la vida.
Habrá luchas. Habrá momentos de debilidad. Habrá ocasiones en las que el creyente tendrá que arrepentirse nuevamente. Pero ahora existe una diferencia fundamental: ya no camina solo.
Dios mismo obra en sus hijos para hacerlos cada vez más semejantes a Cristo.
J. I. Packer explicaba que la verdadera madurez espiritual no consiste en sentirse fuerte, sino en depender cada vez más profundamente de la gracia de Dios.
Esa dependencia produce humildad, gratitud y una obediencia nacida del amor, no del miedo.
La ley moral sigue siendo necesaria
Algunas personas piensan que, si la salvación es por gracia, entonces la ley moral ya no tiene ningún propósito.
Las Escrituras enseñan exactamente lo contrario.
La ley no salva, pero continúa mostrando el carácter santo de Dios y orientando la vida del creyente.
David podía decir con alegría:
"¡Oh, cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación." (Salmo 119:97).
No hablaba así porque esperara ganar el favor de Dios mediante sus obras. Amaba la ley porque amaba al Dios que la había dado.
Cuando comprendemos el evangelio, dejamos de ver los mandamientos como una carga pesada y comenzamos a reconocerlos como una guía sabia para vivir.
La obediencia ya no nace del deseo de ganar la aceptación de Dios. Nace del agradecimiento por haber sido aceptados en Cristo.
Esta diferencia es enorme.
Quien intenta obedecer para salvarse nunca tendrá paz. Siempre pensará que no ha hecho suficiente.
Quien obedece porque ha sido perdonado encuentra gozo incluso en medio de la lucha, porque sabe que su esperanza descansa en la obra perfecta de Cristo y no en su propio desempeño.
La ley moral apunta hacia un Legislador
La existencia de una ley moral universal plantea una pregunta que ningún ser humano puede evitar durante toda su vida.
Si existe una ley moral que trasciende culturas, épocas y civilizaciones, ¿de dónde procede?
Las leyes físicas apuntan hacia un universo ordenado. De la misma manera, la existencia de principios morales objetivos apunta hacia un Legislador moral.
La Biblia identifica claramente a ese Legislador.
Es el Dios santo, justo, bueno y verdadero que creó todas las cosas.
Por eso la moral cristiana no cambia con las modas culturales. El carácter de Dios permanece para siempre.
"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." (Hebreos 13:8).
Las sociedades cambian. Las leyes humanas cambian. Las filosofías aparecen y desaparecen. Pero Dios permanece inmutable.
Esta verdad ofrece una base firme para hablar de justicia, dignidad humana, verdad y amor.
Sin un fundamento absoluto, toda moral termina dependiendo únicamente de la opinión de la mayoría o del poder de quienes gobiernan.
Con Dios existe una referencia objetiva que permanece por encima de toda cultura y de toda época.
Conclusión
Cada vez que la conciencia nos acusa, nos recuerda una realidad que muchas personas intentan ignorar: fuimos creados para vivir delante de Dios.
La conciencia es un regalo, pero no puede salvarnos. La ley moral revela el bien, pero no puede cambiar el corazón. La filosofía puede formular preguntas profundas, pero no puede reconciliar al hombre con su Creador.
Solo Jesucristo responde completamente al problema humano.
Él vivió la vida que nosotros no pudimos vivir. Murió la muerte que nosotros merecíamos. Resucitó para vencer el pecado y la muerte. Y ofrece perdón, reconciliación y una nueva vida a todo aquel que pone su confianza en Él.
Cuando comprendemos esta verdad, dejamos de mirar la ley como un enemigo y comenzamos a verla como un espejo que nos condujo hasta Cristo.
Entonces la conciencia deja de ser únicamente una voz que acusa y comienza a convertirse, guiada por el Espíritu Santo y por las Escrituras, en un instrumento que nos ayuda a caminar cada día más cerca de Dios.
El propósito final de la vida humana nunca fue simplemente distinguir entre el bien y el mal. Fue conocer, amar, glorificar y disfrutar para siempre al Dios que nos creó a su imagen y que, por medio de Cristo, restaura aquello que el pecado había destruido.
Ejercicios prácticos
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Lee cuidadosamente Romanos 2:12-16. Escribe con tus propias palabras qué enseña este pasaje acerca de la conciencia.
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Haz una lista de cinco características del ser humano que reflejan haber sido creado a imagen de Dios. Escribe junto a cada una un versículo que la respalde, si es posible.
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Lee Salmo 19:7-11. Anota todo lo que este pasaje dice acerca de la ley del Señor y explica cuál de esas afirmaciones llamó más tu atención.
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Compara Jeremías 17:9 con Ezequiel 36:26. Escribe cuáles son las diferencias entre el corazón natural del hombre y el nuevo corazón que Dios promete dar.
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Reflexiona durante unos minutos y escribe un breve párrafo respondiendo esta pregunta: ¿Por qué la conciencia, por sí sola, no puede salvar al ser humano?
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Memoriza Romanos 3:23 y Romanos 5:8. Después escribe, sin mirar la Biblia, qué enseñan ambos versículos acerca del problema del hombre y la solución que Dios ofrece en Cristo.