Teología Filosófica - Lección 7

Séptima lección del estudio: Teología Filosófica.

Un reloj puede detenerse a las 3:17 de la madrugada. Una vida puede terminar a los cuarenta años. Un imperio puede levantarse durante siglos y desaparecer. Una decisión tomada en pocos segundos puede cambiar el rumbo de una familia durante generaciones. Todo lo que conocemos parece avanzar sobre una línea que no podemos detener: ayer quedó atrás, este momento está pasando mientras lo pensamos y mañana todavía no ha llegado. Pero entonces surge una pregunta mucho más profunda: si nosotros vivimos dentro del tiempo, ¿qué relación tiene Dios con él?

Esta pregunta no pertenece solamente a los filósofos. Toca nuestra vida diaria. Cuando esperamos una respuesta que no llega, cuando nuestros planes fracasan, cuando ocurre algo que no comprendemos o cuando miramos hacia el futuro con incertidumbre, estamos enfrentándonos, aunque no lo sepamos, con las preguntas del tiempo, la eternidad y la providencia.

La Escritura presenta una respuesta extraordinaria: Dios no es una criatura atrapada dentro de la historia. Él existía antes de que hubiera días, años, generaciones o siglos. Sin embargo, ese Dios eterno actúa verdaderamente dentro de nuestra historia y dirige todas las cosas hacia el propósito que ha determinado.

Dios estaba antes del principio

Las primeras palabras de la Biblia dicen:

«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1).

Observemos algo sencillo pero inmenso. La Biblia comienza con el principio del universo, pero no con el principio de Dios. Cuando comienza la creación, Dios ya está allí.

Las montañas tienen una historia. Las estrellas tienen una historia. Los seres humanos tenemos una historia. Dios no tiene un punto en el pasado donde comenzó a existir.

Moisés lo expresó así:

«Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (Salmo 90:2).

Agustín de Hipona reflexionó profundamente sobre este asunto alrededor del año 397, cuando escribió sus Confesiones. Allí reconoció algo fundamental: no debemos pensar que Dios estuvo esperando durante millones de años antes de crear, porque el tiempo mismo pertenece al orden creado. No existía un enorme calendario vacío antes de Génesis 1:1 en el cual Dios estuviera esperando.

Esto significa que nuestra experiencia del tiempo no puede utilizarse como una jaula para encerrar a Dios.

Nosotros vivimos momento tras momento

Nuestra existencia está profundamente marcada por el tiempo. Recordamos el pasado, vivimos el presente y esperamos el futuro.

Pero hay una limitación evidente: nunca poseemos los tres simultáneamente.

Podemos recordar nuestra infancia, pero no regresar a ella. Podemos planificar lo que haremos dentro de diez años, pero no sabemos siquiera con absoluta certeza qué sucederá mañana.

Santiago utiliza una imagen sencilla:

«Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Santiago 4:14).

El filósofo francés Blaise Pascal, que vivió entre 1623 y 1662, observó que el ser humano frecuentemente pierde el presente porque vive recordando lo que pasó o anticipando lo que todavía no existe. Su observación sigue siendo sorprendentemente actual.

Podemos estar sentados alrededor de una mesa con nuestra familia y, sin embargo, tener nuestra mente atrapada en algo ocurrido hace cinco años o preocupada por algo que quizá suceda dentro de cinco meses.

La conciencia de nuestra brevedad no debería conducirnos a la desesperación, sino a la sabiduría.

«Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Salmo 90:12).

No podemos controlar cuánto tiempo tendremos, pero sí somos responsables delante de Dios por la manera en que utilizamos el tiempo recibido.

La eternidad de Dios

Cuando decimos que Dios es eterno, no queremos decir simplemente que posee una cantidad gigantesca de años. Ser eterno es mucho más que vivir durante muchísimo tiempo.

Dios no comenzó y nunca terminará.

«Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso» (Apocalipsis 1:8).

Pedro también declara:

«Para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día» (2 Pedro 3:8).

El texto no establece una fórmula matemática según la cual un día celestial equivalga exactamente a mil años terrestres. Su propósito es mostrarnos que Dios no experimenta nuestra impaciencia ni está limitado por nuestra corta perspectiva.

Juan Calvino enseñó que debemos aprender a contemplar los acontecimientos desde la confianza en Dios y no solamente desde nuestra percepción inmediata. Nosotros observamos fragmentos; Dios conoce la totalidad.

Podemos compararlo, con todas las limitaciones de la comparación, con alguien que observa desde una montaña un camino que atraviesa un valle. El viajero que está abajo solamente distingue algunos metros delante de sus pies. Quien observa desde arriba puede contemplar una extensión mucho mayor del recorrido.

Dios, sin embargo, no simplemente observa mejor que nosotros. Él conoce perfectamente el principio, el desarrollo y el final.

«Que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho» (Isaías 46:10).

Dios conoce verdaderamente el futuro

Para nosotros, mañana está lleno de posibilidades desconocidas. Para Dios no existe ningún acontecimiento inesperado.

David escribió:

«Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas» (Salmo 139:16).

Esto no significa que nuestra vida sea una ilusión o que nuestras decisiones carezcan de importancia. La Biblia mantiene juntas dos verdades: Dios gobierna soberanamente y los seres humanos toman decisiones reales por las cuales son responsables.

José constituye uno de los ejemplos más claros.

Sus hermanos lo odiaron, lo vendieron y provocaron años de sufrimiento. Sus acciones fueron verdaderamente malas. Sin embargo, años después José pudo decir:

«Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien» (Génesis 50:20).

Observe cuidadosamente las palabras. José no dijo que las acciones de sus hermanos fueran buenas. Dijo exactamente lo contrario. Ellos pretendieron hacer mal. Pero por encima de sus malas intenciones estaba obrando un propósito santo que ellos no podían destruir.

Aquí entramos directamente en la providencia.

La providencia de Dios

Providencia significa, expresado sencillamente, que Dios conserva, gobierna y dirige su creación conforme a su sabiduría y propósito.

Dios no creó el universo para después abandonarlo como alguien que fabrica un reloj, le da cuerda y se marcha.

Jesús enseñó:

«¿No se venden dos pajarillos por un cuarto? Con todo, ni uno de ellos cae a tierra sin vuestro Padre. Pues aun vuestros cabellos están todos contados» (Mateo 10:29-30).

La imagen es deliberadamente pequeña. Un pájaro aparentemente insignificante. Un cabello que cae de nuestra cabeza. Cristo utiliza cosas que nosotros consideraríamos triviales para mostrarnos el alcance del gobierno del Padre.

El puritano Thomas Watson escribió en el siglo XVII que la providencia es la manera en que Dios ordena los acontecimientos para cumplir sus propósitos. Para Watson, nada debía contemplarse como completamente separado del gobierno divino.

Esto no significa que cada acontecimiento sea moralmente bueno. Existen asesinatos, traiciones, guerras, enfermedades, injusticias y sufrimientos reales. La Biblia jamás nos obliga a llamar bueno a lo malo.

La afirmación es diferente: el mal existe, pero nunca consigue independizarse del gobierno de Dios.

El ejemplo supremo está en la cruz

En ningún acontecimiento vemos con mayor claridad esta verdad que en la muerte de Jesucristo.

Hubo autoridades corruptas, acusaciones falsas, cobardía política, traición, odio y violencia. Cada participante fue responsable de sus acciones.

Sin embargo, después de la resurrección, los creyentes oraron reconociendo que Herodes, Poncio Pilato, los gentiles y los pueblos hicieron:

«Cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera» (Hechos 4:28).

La cruz no sorprendió a Dios.

Los hombres actuaron según sus propias intenciones pecaminosas y, sin saberlo, realizaron aquello que Dios había determinado utilizar para nuestra salvación.

Esta verdad impide dos errores. No podemos decir que Dios perdió el control frente al mal. Pero tampoco podemos responsabilizar a Dios moralmente por la maldad humana.

Los hombres quisieron crucificar al inocente. Dios quiso entregar al Hijo para salvar pecadores.

Un mismo acontecimiento contenía intenciones radicalmente diferentes.

Nuestras decisiones siguen siendo reales

Algunas personas escuchan hablar del gobierno soberano de Dios y concluyen: «Entonces mis decisiones no importan».

La Biblia nunca razona de esa manera.

Cuando Pablo viajaba hacia Roma, una tormenta terrible amenazó con destruir el barco. Dios había prometido que las personas sobrevivirían. Sin embargo, cuando algunos marineros intentaron abandonar la embarcación, Pablo declaró:

«Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros» (Hechos 27:31).

Dios había determinado el resultado y también los medios mediante los cuales ese resultado ocurriría.

Esto cambia nuestra manera de vivir.

Oramos porque Dios gobierna. Trabajamos porque nuestras acciones importan. Planificamos porque somos responsables. Y decimos, como Santiago:

«Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello» (Santiago 4:15).

La providencia no produce pasividad. Produce dependencia.

¿Qué hacemos cuando no entendemos lo que Dios hace?

Aquí la enseñanza deja de ser solamente intelectual.

Hay momentos en los que podemos mirar hacia atrás y comprender parcialmente por qué ocurrió algo. Pero existen otros acontecimientos cuya razón probablemente nunca conoceremos durante esta vida.

Job perdió hijos, propiedades y salud. Durante buena parte del libro, él no conoce la conversación celestial presentada al lector en los primeros capítulos. Job vive dentro del acontecimiento sin poseer una explicación completa.

Esto es importante.

La fe bíblica no consiste en afirmar que conocemos la razón específica de cada tragedia.

R. C. Sproul insistió repetidamente en que nada ocurre fuera de la soberanía de Dios. Pero reconocer la soberanía divina no significa afirmar que conocemos todos sus propósitos particulares.

Hay una diferencia enorme entre decir «Dios sabe lo que está haciendo» y decir «yo sé exactamente lo que Dios está haciendo».

La primera afirmación es confianza. La segunda puede convertirse fácilmente en presunción.

«Las cosas secretas pertenecen a Jehová nuestro Dios; mas las reveladas son para nosotros» (Deuteronomio 29:29).

El futuro no está abandonado al azar

Muchos filósofos han preguntado si la historia posee un verdadero propósito. Si el universo fuera solamente materia avanzando ciegamente durante millones de años, resultaría difícil afirmar que la historia se dirige hacia un destino moral definitivo.

La Escritura presenta una visión completamente diferente.

La historia tiene comienzo, dirección y culminación.

Pablo declara que Dios está llevando todas las cosas hacia Cristo:

«De reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos» (Efesios 1:10).

La historia, entonces, no gira eternamente en círculos sin propósito. Se dirige hacia el día determinado por Dios.

Jonathan Edwards, en el siglo XVIII, contempló la historia de la redención como una gran obra que avanza hacia el cumplimiento del propósito divino en Cristo. Naciones aparecen y desaparecen, generaciones nacen y mueren, pero el propósito de Dios continúa avanzando.

Eso proporciona una perspectiva extraordinaria para nuestra pequeña existencia.

Nuestra vida ocupa solamente unas pocas décadas dentro de miles de años de historia humana. Sin embargo, ningún día vivido delante de Dios es insignificante.

Vivir sabiamente dentro del tiempo

La eternidad de Dios no debería alejarnos de nuestras responsabilidades presentes. Debería hacernos valorar más profundamente cada día.

Pablo escribió:

«Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo» (Efesios 5:15-16).

Hay conversaciones que no podremos repetir. Hijos que crecerán. Padres que envejecerán. Oportunidades de servir que desaparecerán. Personas a quienes hoy podemos perdonar, ayudar, enseñar o amar.

No somos dueños del mañana.

Pero tampoco somos víctimas de un universo sin dirección.

Vivimos entre esas dos verdades: nuestra vida es breve y nuestro Dios es eterno.

Cuando miramos hacia atrás, encontramos acontecimientos que no podemos cambiar. Cuando miramos hacia adelante, encontramos circunstancias que no podemos controlar. Pero cuando miramos hacia Dios encontramos a Aquel cuyo propósito no envejece, no fracasa y no necesita ser corregido.

«Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho» (Salmo 115:3).

Por eso podemos trabajar sin creer que todo depende de nosotros. Podemos planificar sin convertir nuestros planes en ídolos. Podemos atravesar temporadas difíciles sin afirmar apresuradamente que conocemos su explicación. Podemos disfrutar los días buenos sin creer que durarán para siempre.

Y podemos enfrentar el futuro sabiendo que la historia no está avanzando hacia la nada.

El mismo Dios que estaba antes del primer amanecer estará allí cuando llegue el último. El tiempo pasa. Las generaciones cambian. Los reinos desaparecen. Nuestros cuerpos envejecen. Pero Dios permanece.

«Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos» (Hebreos 13:8).

Por eso la respuesta cristiana al paso del tiempo no es desesperación, sino fidelidad. No conocemos todo lo que ocurrirá mañana, pero conocemos a Aquel que gobierna el mañana. Y cuando nuestra pequeña historia termine, descubriremos que nunca vivimos un solo segundo fuera de su conocimiento, su presencia y su providencia.

Ejercicios prácticos

1. Lee Salmo 90:1-12 y escribe con tus propias palabras tres diferencias entre nuestra vida y la eternidad de Dios.

2. Divide una página en tres partes: pasado, presente y futuro. Escribe una situación que no puedes cambiar del pasado, una responsabilidad que debes atender hoy y una preocupación futura que necesitas entregar a Dios.

3. Lee Génesis 50:15-21. Explica en cinco líneas cómo las malas decisiones de los hermanos de José pudieron formar parte de un propósito bueno sin convertir aquellas acciones en algo bueno.

4. Escribe una definición sencilla de «providencia» que pudiera comprender una persona que nunca haya estudiado este tema. Después añade Mateo 10:29-31 como referencia.

5. Lee Hechos 4:27-28. Anota quiénes participaron en la muerte de Jesús, qué responsabilidad tuvieron y cómo el pasaje muestra al mismo tiempo el gobierno soberano de Dios.

6. Escribe esta pregunta en tu libreta: «Si realmente creyera que Dios gobierna mi tiempo y mi futuro, ¿qué cambiaría esta semana?». Anota tres acciones concretas y sencillas que puedas comenzar a practicar.