Séptima lección del estudio: Teología Filosófica.
Lección 6 — El tiempo, la eternidad y la providencia de Dios
Hay una pregunta que ha acompañado al ser humano durante miles de años. No nació en una universidad ni en un laboratorio. Surgió cuando alguien vio morir a un ser querido, cuando una madre sostuvo por primera vez a su hijo recién nacido, cuando un anciano recordó su juventud o cuando una persona miró el cielo estrellado preguntándose cuánto tiempo llevaba allí. La pregunta es sencilla, pero inmensa: ¿qué es realmente el tiempo?
Cada segundo que pasa jamás vuelve. Ningún rey ha podido detener un reloj. Ningún científico ha logrado regresar un solo instante del pasado. Ninguna riqueza compra un minuto más de vida. El tiempo gobierna cada etapa de nuestra existencia. Nacemos, crecemos, envejecemos y finalmente dejamos este mundo.
Sin embargo, cuando abrimos las Escrituras descubrimos algo sorprendente. El Dios de la Biblia no vive atrapado dentro del tiempo como nosotros. Él existía antes de que hubiera un primer amanecer. Antes de que existieran galaxias, estrellas, espacio o materia, Dios ya era Dios. Antes de que comenzara la historia humana, Él ya conocía cada acontecimiento que ocurriría hasta el último día de este mundo.
Comprender esta verdad cambia completamente nuestra manera de vivir. Si Dios gobierna el tiempo, entonces nuestra vida no está abandonada al azar. Si Dios es eterno, entonces sus promesas nunca envejecen. Si Dios dirige la historia, entonces ningún acontecimiento ocurre fuera de su conocimiento y de su voluntad.
En esta lección estudiaremos qué enseña la Biblia acerca del tiempo, la eternidad y la providencia divina. Veremos por qué estas verdades han sido fundamentales para la Iglesia durante siglos y cómo transforman la manera en que enfrentamos la incertidumbre, el sufrimiento, el futuro y la esperanza.
Dios existía antes del tiempo
Cuando pensamos en nuestra propia existencia siempre hay un comienzo. Todos tenemos una fecha de nacimiento. Nuestros padres también. Nuestros abuelos igualmente. Si seguimos retrocediendo llegaremos a generaciones anteriores, pero inevitablemente aparece una pregunta: ¿quién existía antes de todo?
La Biblia responde con una claridad extraordinaria.
"Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios." (Salmo 90:2).
Observe cuidadosamente las palabras del salmista. No dice que Dios comenzó antes que el universo. Dice que Dios es. Su existencia no depende del paso de los siglos.
Nosotros contamos los años porque cambiamos constantemente. Dios no cambia. Él no envejece. No aprende cosas nuevas. No mejora ni empeora. Su ser permanece perfecto para siempre.
El profeta Isaías también declara:
"¿No has sabido, no has oído que el Dios eterno es Jehová, el cual creó los confines de la tierra? No desfallece, ni se fatiga con cansancio." (Isaías 40:28).
La eternidad de Dios significa mucho más que vivir durante muchísimo tiempo. Significa que Él existe fuera de las limitaciones temporales que gobiernan toda la creación.
Agustín de Hipona, escribiendo alrededor del año 400 d.C., reflexionó profundamente sobre este tema. Explicó que el tiempo pertenece al mundo creado. Antes de la creación no existían los días, los meses o los años porque tampoco existía el universo donde pudieran medirse.
Muchos siglos después, Juan Calvino escribió que Dios contempla toda la historia con una sola mirada perfecta, porque para Él no existe la incertidumbre propia de las criaturas. Nada aparece como una sorpresa delante del Señor.
Estas afirmaciones no nacen de la filosofía humana. Surgen de la enseñanza constante de las Escrituras.
El tiempo forma parte de la creación
Muchas veces imaginamos que el tiempo siempre ha existido, pero la Biblia presenta una realidad distinta.
El primer versículo de toda la Escritura dice:
"En el principio creó Dios los cielos y la tierra." (Génesis 1:1).
La expresión "en el principio" marca el comienzo del universo. Allí inicia también la historia del tiempo tal como la conocemos.
Antes de ese momento no había sucesión de días. No existían estaciones. No había relojes, movimientos planetarios ni amaneceres.
En el cuarto día de la creación leemos:
"Haya lumbreras en la expansión de los cielos para separar el día de la noche; y sirvan de señales para las estaciones, para días y años." (Génesis 1:14).
Dios estableció el movimiento de los cuerpos celestes para que el ser humano pudiera medir el paso del tiempo. El reloj del universo comenzó porque Dios así lo quiso.
Durante siglos, filósofos como Aristóteles sostuvieron que el universo había existido eternamente. Más adelante otros pensadores defendieron ideas similares.
Sin embargo, la enseñanza bíblica siempre afirmó que el universo tuvo un comienzo definido porque fue creado por Dios.
Curiosamente, muchos siglos después, diversos descubrimientos científicos comenzaron a mostrar que el universo efectivamente tuvo un origen. Aunque la ciencia no puede demostrar quién creó el universo, sí ha reforzado la idea de que el cosmos no es eterno.
La Escritura ya enseñaba esta realidad mucho antes de cualquier teoría moderna.
Dios no está atrapado dentro de la historia
Nosotros vivimos segundo tras segundo. No conocemos el mañana. Recordamos parcialmente el ayer. Vivimos solamente el presente.
Dios no experimenta esa limitación.
El Señor conoce el principio y el final de todas las cosas.
"Yo soy Dios... que anuncio lo por venir desde el principio, y desde la antigüedad lo que aún no era hecho." (Isaías 46:9-10).
Este pasaje no significa simplemente que Dios puede adivinar el futuro. Significa que conoce perfectamente toda la historia porque Él mismo gobierna la historia.
Esto explica por qué las profecías bíblicas pudieron anunciar acontecimientos siglos antes de que ocurrieran.
Por ejemplo, alrededor del año 740 a.C., Isaías anunció el nacimiento del Mesías por medio de una virgen.
"He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo..." (Isaías 7:14).
Siglos después, Mateo registra el cumplimiento de esa promesa en el nacimiento de Jesucristo.
Asimismo, el profeta Miqueas anunció aproximadamente hacia el año 700 a.C. que el Mesías nacería en Belén.
"Pero tú, Belén Efrata... de ti me saldrá el que será Señor en Israel." (Miqueas 5:2).
La historia confirmó exactamente aquello que Dios había anunciado.
Esto demuestra que el futuro nunca ha escapado del control divino.
La eternidad no significa un tiempo interminable
Cuando escuchamos la palabra "eternidad", normalmente imaginamos una línea de tiempo que nunca termina. Pero esa imagen todavía pertenece a nuestra manera limitada de pensar.
La eternidad de Dios no consiste simplemente en tener muchísimos años por delante.
Dios no suma siglos uno tras otro.
Pedro explica esta diferencia diciendo:
"Mas, oh amados, no ignoréis esto: que para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día." (2 Pedro 3:8).
El apóstol no está enseñando una fórmula matemática para calcular fechas proféticas. Está mostrando que Dios no experimenta el tiempo como nosotros.
Mientras una persona puede desesperarse porque una respuesta tarda algunos años, Dios contempla toda la historia completa sin ansiedad, sin sorpresa y sin apresurarse.
Jonathan Edwards dedicó parte de sus escritos a contemplar la grandeza de Dios frente a la pequeñez humana. Explicaba que nuestra mente apenas puede comprender una pequeña parte de la realidad, mientras que Dios conoce perfectamente todas las cosas porque nada existe fuera de Él.
Esta diferencia debería producir humildad.
Muchas veces creemos entender perfectamente por qué sucede algo en nuestra vida. Sin embargo, apenas conocemos una mínima parte del enorme plan que Dios está desarrollando.
Nuestra vida ocurre dentro del calendario de Dios
Uno de los pasajes más conocidos acerca del tiempo se encuentra en el libro de Eclesiastés.
"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora." (Eclesiastés 3:1).
Salomón continúa describiendo diferentes momentos de la existencia humana.
Hay tiempo de nacer.
Tiempo de morir.
Tiempo de plantar.
Tiempo de arrancar.
Tiempo de llorar.
Tiempo de reír.
Tiempo de abrazar.
Tiempo de despedirse.
El propósito del texto no es enseñar que debemos aceptar resignadamente cualquier circunstancia. Más bien nos recuerda que nuestra vida ocurre bajo el gobierno del Señor.
Nosotros solemos querer controlar cada detalle del futuro. Queremos saber qué sucederá dentro de cinco años. Queremos respuestas inmediatas para todas nuestras preguntas.
Pero Dios nos llama a confiar en Él incluso cuando todavía no entendemos el camino por el cual nos está guiando.
Esta confianza nace precisamente porque Dios es eterno y nosotros no.
Mientras nuestra visión apenas alcanza unos cuantos pasos hacia adelante, Dios contempla el camino completo desde el principio hasta el final.
La providencia de Dios sostiene toda la creación
Hasta este punto hemos visto que Dios existía antes del tiempo y que la historia comenzó porque Él así lo quiso. Pero surge una pregunta muy importante. Después de crear el universo, ¿Dios simplemente dejó que todo siguiera su curso por sí solo?
La respuesta de las Escrituras es clara: no.
La Biblia enseña que el mismo Dios que creó todas las cosas también las sostiene, las gobierna y dirige cada acontecimiento de la historia conforme a su voluntad perfecta.
"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en Él subsisten." (Colosenses 1:17).
La palabra "subsisten" significa que todo permanece porque Cristo lo sostiene continuamente. El universo no funciona como un reloj que Dios dio cuerda una sola vez. Cada instante de la existencia depende de su poder.
El autor de Hebreos afirma la misma verdad.
"...quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder..." (Hebreos 1:3).
Cada latido de nuestro corazón, cada amanecer, cada estación del año y cada ley que mantiene el universo en orden existen porque Dios continúa gobernando su creación.
Esta enseñanza ha dado esperanza a millones de creyentes durante siglos. Si Dios sostiene el universo entero, también puede sostener la vida de sus hijos.
¿Qué significa la providencia de Dios?
Cuando la Biblia habla de la providencia divina, no está diciendo que Dios simplemente observa desde el cielo lo que sucede en el mundo. Tampoco enseña que únicamente interviene de vez en cuando cuando ocurre un milagro.
La providencia significa que Dios dirige todas las cosas hacia el cumplimiento de sus propósitos santos y perfectos.
Eso incluye acontecimientos grandes y pequeños.
Incluye el nacimiento de una nación.
Incluye el crecimiento de un árbol.
Incluye el movimiento de las estrellas.
Incluye las decisiones de los gobernantes.
Incluye nuestra propia historia.
El salmista declara:
"Nuestro Dios está en los cielos; todo lo que quiso ha hecho." (Salmo 115:3).
Daniel, después de contemplar el poder del Señor sobre los reinos de la tierra, afirmó:
"Él muda los tiempos y las edades; quita reyes y pone reyes." (Daniel 2:21).
Estas palabras fueron pronunciadas mientras el imperio babilónico parecía invencible. Sin embargo, décadas después ese imperio cayó exactamente como Dios lo había anunciado.
Los grandes acontecimientos de la historia nunca han escapado del gobierno del Señor.
Dios gobierna sin destruir la responsabilidad humana
Este es uno de los temas más profundos de toda la Biblia.
Si Dios gobierna todas las cosas, ¿significa eso que las decisiones humanas no tienen importancia?
Las Escrituras responden mostrando ambas verdades al mismo tiempo.
Dios es absolutamente soberano.
El ser humano es verdaderamente responsable de sus decisiones.
Aunque nuestra mente no pueda comprender completamente cómo ambas realidades encajan perfectamente, la Biblia nunca presenta una como enemiga de la otra.
Uno de los ejemplos más extraordinarios aparece en la vida de José.
Sus hermanos lo odiaron.
Lo vendieron como esclavo.
Mintieron a su padre.
Durante años José sufrió injustamente.
Sin embargo, al reencontrarse con ellos dijo unas palabras que resumen toda la doctrina de la providencia.
"Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien..." (Génesis 50:20).
Observe cuidadosamente el texto.
No dice que los hermanos actuaron correctamente.
No dice que Dios aprobó su pecado.
Ellos fueron completamente responsables de su maldad.
Pero Dios utilizó incluso aquella injusticia para preservar la vida de muchas personas durante la gran hambruna que llegó años después.
Lo que parecía una tragedia terminó siendo parte de un plan mucho mayor.
José no comprendió ese propósito cuando estaba encerrado en una prisión egipcia. Lo entendió muchos años después.
Con frecuencia ocurre lo mismo con nosotros.
Hay momentos cuya explicación solamente podremos comprender con el paso del tiempo, y otros quizá solo los entenderemos plenamente cuando estemos delante del Señor.
El libro de Ester y la mano invisible de Dios
Existe un detalle sorprendente en el libro de Ester.
En todo el libro nunca aparece mencionado directamente el nombre de Dios.
Sin embargo, su presencia se observa en cada acontecimiento.
Una reina pierde su posición.
Una joven judía llega al palacio.
El rey no puede dormir una noche.
Se leen unos registros antiguos.
Un hombre orgulloso prepara una horca para otro.
Finalmente, los acontecimientos cambian completamente.
Ninguno de esos hechos parece extraordinario cuando se observa por separado.
Pero al contemplar toda la historia descubrimos que Dios estaba guiando cada paso para preservar al pueblo del cual vendría el Mesías.
Muchas veces nuestra vida se parece más al libro de Ester que a los grandes milagros del Éxodo.
No siempre vemos señales espectaculares.
No escuchamos una voz desde el cielo.
Pero Dios continúa obrando silenciosamente.
Su providencia no hace ruido, pero nunca deja de actuar.
Job y las preguntas que no reciben respuesta inmediata
Si existe un libro que enfrenta directamente el problema del sufrimiento, ese libro es Job.
En muy poco tiempo perdió sus bienes.
Perdió a sus hijos.
Perdió su salud.
Perdió incluso la comprensión de muchos de quienes estaban cerca de él.
Sus amigos intentaron explicar su dolor afirmando que seguramente había cometido algún pecado oculto.
Pero estaban equivocados.
El lector conoce desde el comienzo que Dios seguía teniendo el control de toda la situación.
Job no lo sabía.
Allí está una de las grandes diferencias entre Dios y nosotros.
Nosotros solo vemos una página.
Dios contempla todo el libro.
Al final, el Señor no respondió todas las preguntas que Job había formulado.
En lugar de darle una explicación completa, le mostró su inmensa grandeza.
"¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra?" (Job 38:4).
La respuesta no pretendía humillar cruelmente a Job.
Le recordaba que la sabiduría infinita de Dios supera infinitamente nuestra comprensión.
Muchas veces queremos entender absolutamente todo antes de confiar.
La Biblia nos enseña el camino contrario.
Primero confiamos en el carácter de Dios, incluso cuando todavía no entendemos completamente sus caminos.
La cruz de Cristo y el mayor ejemplo de la providencia divina
No existe un acontecimiento donde la soberanía de Dios y la responsabilidad humana aparezcan con tanta claridad como en la crucifixión del Señor Jesucristo.
Jesús fue entregado por hombres malvados.
Fue acusado falsamente.
Fue condenado injustamente.
Fue crucificado por autoridades humanas que responderían delante de Dios por sus acciones.
Sin embargo, Pedro declaró el día de Pentecostés:
"A éste, entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios, prendisteis y matasteis por manos de inicuos." (Hechos 2:23).
Las dos verdades aparecen juntas.
La muerte de Cristo formaba parte del plan eterno de Dios.
Los hombres fueron responsables de su pecado.
La mayor injusticia cometida en toda la historia fue, al mismo tiempo, el medio por el cual Dios llevó a cabo la salvación de su pueblo.
Esto nos enseña una verdad profundamente consoladora.
Si Dios pudo transformar el peor crimen de la historia en el acontecimiento más glorioso para la redención, también puede utilizar circunstancias dolorosas de nuestra vida para cumplir propósitos buenos que hoy todavía no alcanzamos a comprender.
La providencia no elimina el dolor, pero cambia nuestra esperanza
Confiar en la providencia de Dios no significa fingir que el sufrimiento no existe.
Los creyentes lloran.
Se enferman.
Experimentan pérdidas.
También atraviesan momentos de incertidumbre.
La diferencia no está en la ausencia del dolor, sino en la presencia constante del Señor.
Pablo escribió una de las promesas más conocidas de toda la Escritura.
"Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien..." (Romanos 8:28).
Con frecuencia este versículo se interpreta de forma superficial.
No significa que todo acontecimiento sea bueno en sí mismo.
Una enfermedad continúa siendo dolorosa.
La muerte sigue siendo un enemigo.
La injusticia continúa siendo injusticia.
Lo que Pablo afirma es que Dios tiene el poder de dirigir incluso esas circunstancias hacia un propósito bueno para quienes pertenecen a Cristo.
Ese propósito aparece explicado en el siguiente versículo.
"...para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo." (Romanos 8:29).
El mayor objetivo de Dios no es simplemente hacernos vivir una vida fácil.
Su propósito es transformarnos cada vez más a la semejanza de Cristo.
John Owen escribió que el Señor utiliza incluso las pruebas más difíciles para debilitar el pecado que todavía permanece en nosotros y fortalecer nuestra comunión con Él.
Muchos creyentes han comprobado esta verdad a lo largo de la historia. Con frecuencia, los momentos donde más crecieron espiritualmente no fueron los años de abundancia, sino aquellos en los que aprendieron a depender completamente del Señor.
Vivir el presente con los ojos puestos en la eternidad
Después de comprender que Dios es eterno y que gobierna la historia con perfecta sabiduría, surge una pregunta muy práctica: ¿cómo debería vivir un creyente cada día?
La respuesta no consiste en intentar descubrir todos los acontecimientos futuros. Tampoco en vivir preocupado por aquello que todavía no ha sucedido. La Biblia nos invita a vivir el presente con fidelidad, sabiendo que cada día forma parte del plan perfecto del Señor.
Jesús enseñó:
"Así que, no os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana traerá su afán. Basta a cada día su propio mal." (Mateo 6:34).
Estas palabras no promueven la irresponsabilidad ni la falta de planificación. El mismo libro de Proverbios alaba la prudencia y la buena administración. Lo que Jesús condena es la ansiedad que nace cuando queremos controlar un futuro que solamente Dios conoce.
Vivimos en una época donde todo parece avanzar con rapidez. La tecnología cambia constantemente. Los gobiernos cambian. Las economías cambian. Las personas cambian de opinión con facilidad. Sin embargo, Dios permanece exactamente igual.
"Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos." (Hebreos 13:8).
Esta verdad trae estabilidad al corazón. Nuestra esperanza no depende de circunstancias cambiantes, sino del carácter inmutable del Señor.
La brevedad de la vida nos llama a la sabiduría
La Biblia nunca nos anima a ignorar que nuestra vida sobre la tierra es breve. Al contrario, nos invita a recordar esta realidad para vivir con mayor sabiduría.
El salmista escribió:
"Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría." (Salmo 90:12).
Contar nuestros días no significa vivir con miedo a la muerte. Significa reconocer que cada jornada es un regalo que Dios nos concede.
Santiago utiliza una ilustración muy sencilla.
"Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece." (Santiago 4:14).
Una neblina aparece durante las primeras horas de la mañana. Poco después desaparece cuando sale el sol. Así describe Dios nuestra existencia terrenal cuando se compara con la eternidad.
Esta verdad debería transformar nuestras prioridades.
Muchas personas dedican toda su vida a conseguir aquello que inevitablemente dejarán al morir.
Jesús preguntó:
"¿Qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" (Marcos 8:36).
La eternidad cambia la escala de valores. Lo que hoy parece inmenso muchas veces resulta pequeño cuando se contempla desde la perspectiva del Reino de Dios.
La esperanza de una creación renovada
La historia del mundo no terminará en el caos. Tampoco concluirá con la victoria del mal. Dios mismo llevará su plan a su cumplimiento perfecto.
Desde Génesis hasta Apocalipsis encontramos una misma dirección. El Señor está conduciendo la historia hacia la restauración definitiva de todas las cosas.
El apóstol Juan escribió:
"Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron." (Apocalipsis 21:1).
Un poco más adelante añade una de las promesas más consoladoras de toda la Escritura.
"Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor." (Apocalipsis 21:4).
Observe que la esperanza cristiana no consiste únicamente en abandonar este mundo. La esperanza final es que Dios renovará completamente su creación y hará desaparecer para siempre el pecado, la muerte y toda consecuencia de la caída.
La providencia divina no solamente gobierna nuestro presente. También garantiza nuestro futuro.
La eternidad comienza mucho antes de la muerte
Con frecuencia pensamos que la eternidad empieza únicamente cuando una persona fallece. Sin embargo, Jesús enseñó algo mucho más profundo.
"Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado." (Juan 17:3).
La vida eterna comienza cuando una persona es reconciliada con Dios por medio de Cristo.
Desde ese momento su destino ha sido transformado para siempre.
La muerte física continúa existiendo, pero ya no tiene la última palabra.
Pablo pudo escribir con absoluta seguridad:
"Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia." (Filipenses 1:21).
Estas palabras solo pueden comprenderse cuando entendemos la eternidad desde la perspectiva bíblica. Para el creyente, la muerte no representa el final de la historia, sino el comienzo de una comunión perfecta con el Señor mientras espera la resurrección prometida.
Lo que enseñaron algunos creyentes a lo largo de la historia
A lo largo de los siglos, muchos hombres dedicaron tiempo a reflexionar sobre estas verdades, siempre procurando someter sus conclusiones a las Escrituras.
Agustín de Hipona enseñó que Dios no envejece junto con el universo, porque Él es el Creador del tiempo y no una criatura sometida a él.
Juan Calvino recordó que nada ocurre por casualidad, sino bajo el gobierno sabio del Señor, aun cuando muchas veces los seres humanos no comprendan inmediatamente sus caminos.
John Owen animaba a los creyentes a descansar en la sabiduría perfecta de Dios incluso cuando las circunstancias parecían oscuras, porque el Señor nunca pierde el control de su creación.
Herman Bavinck escribió que toda la historia del universo avanza hacia el cumplimiento del propósito eterno de Dios y que ninguna parte de la creación está fuera de su dominio.
J. I. Packer insistía en que conocer el carácter de Dios produce confianza. Cuanto más entendemos quién es Él, menos dependemos de nuestras propias fuerzas.
R. C. Sproul recordaba con frecuencia que no existe una sola molécula del universo completamente independiente del gobierno de Dios. Con esta expresión buscaba enfatizar que la soberanía divina alcanza absolutamente toda la creación.
Estas reflexiones no reemplazan la autoridad de la Biblia. Más bien resumen verdades que las Escrituras enseñan desde el principio hasta el final.
Algunas voces de la filosofía
La pregunta sobre el tiempo también ha ocupado un lugar importante en la historia del pensamiento.
Platón reflexionó sobre la relación entre el mundo visible y la realidad eterna. Aunque muchas de sus conclusiones difieren de la enseñanza bíblica, sus preguntas ayudaron a que posteriores generaciones profundizaran en la naturaleza del tiempo.
Aristóteles definió el tiempo como la medida del movimiento. Su influencia fue enorme durante muchos siglos, aunque sostenía que el universo era eterno, una idea que contradice claramente la enseñanza de Génesis.
Muchos siglos después, el filósofo alemán Immanuel Kant afirmó que el tiempo forma parte de la manera en que el ser humano percibe la realidad. Aunque su propuesta abrió importantes debates, la Escritura continúa presentando el tiempo como una realidad creada por Dios y gobernada por Él.
Estas reflexiones muestran que la humanidad ha buscado respuestas durante siglos. Sin embargo, ninguna explicación alcanza la claridad con la que la Biblia revela quién creó el tiempo y quién gobierna la historia.
Descansar en la providencia cambia nuestra manera de vivir
Cuando comprendemos estas verdades, nuestra vida comienza a cambiar de manera práctica.
Oramos con mayor confianza porque sabemos que Dios escucha.
Trabajamos con diligencia porque entendemos que nuestro esfuerzo tiene propósito.
Esperamos con paciencia porque el Señor nunca llega tarde.
Agradecemos aun en los días difíciles porque sabemos que Dios continúa obrando.
Dejamos de vivir esclavizados por el miedo al futuro porque el futuro pertenece al Señor.
Esto no significa que nunca sentiremos temor o tristeza. Los creyentes también atraviesan momentos de debilidad. La diferencia es que ahora sabemos dónde descansar.
El profeta Isaías escribió:
"Tú guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera; porque en ti ha confiado." (Isaías 26:3).
La paz verdadera no nace cuando todas las circunstancias son favorables. Nace cuando el corazón descansa en el Dios eterno que gobierna todas las cosas con perfecta sabiduría.
Conclusión
Desde el primer versículo de Génesis hasta el último capítulo de Apocalipsis, la Biblia presenta un mismo mensaje: Dios es eterno, creó el tiempo, gobierna la historia y cumplirá perfectamente todo lo que ha prometido.
Nuestra vida cambia constantemente. Los años pasan con rapidez. Las personas vienen y van. Los imperios aparecen y desaparecen. Las generaciones nacen y mueren. Sin embargo, Dios permanece inmutable.
Comprender esta verdad fortalece nuestra fe cuando llegan las pruebas, produce humildad cuando los planes cambian y llena de esperanza el corazón cuando el futuro parece incierto.
No conocemos todos los detalles del mañana, pero conocemos al Señor que sostiene el mañana.
Por eso podemos caminar con confianza, sabiendo que ningún día escapa de sus manos y que cada momento de nuestra historia forma parte del plan perfecto de Aquel que es el mismo por toda la eternidad.
Ejercicios prácticos
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Lee Salmo 90 completo y escribe cinco enseñanzas que encuentres acerca de Dios y cinco acerca del ser humano.
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Busca y lee Génesis 50:15-21. Explica con tus propias palabras cómo Dios utilizó una situación mala para cumplir un propósito bueno.
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Haz una lista de tres acontecimientos importantes de tu vida. Debajo de cada uno escribe de qué manera puedes ver hoy la mano de Dios obrando, aunque en ese momento no lo comprendieras completamente.
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Lee Romanos 8:28-30. Escribe qué propósito específico tiene Dios para quienes aman a Cristo según estos versículos.
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Memoriza Isaías 46:9-10 o Salmo 90:2. Escríbelo completamente sin mirar la Biblia y repítelo durante la semana.
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Escribe una oración breve dando gracias a Dios porque Él gobierna el tiempo, tu vida y tu futuro. Menciona tres razones concretas por las que puedes confiar en su providencia.