Teología Histórica - Lección 3

Tercera lección del estudio: Teología Histórica.

Los grandes concilios y la defensa de la verdad sobre Cristo

Durante los primeros siglos del cristianismo hubo un momento en el que la Iglesia comprendió que no bastaba con decir "creemos en Jesús". La verdadera pregunta era mucho más profunda. ¿Quién es realmente Jesucristo? Si esa pregunta se respondía mal, todo el evangelio cambiaba. La salvación cambiaba. La adoración cambiaba. Incluso la esperanza de la vida eterna desaparecía.

En diferentes ciudades comenzaron a levantarse maestros que utilizaban la Biblia, pero llegaban a conclusiones completamente distintas acerca de Cristo. Algunos afirmaban que era un hombre extraordinario, pero no Dios. Otros decían que era Dios, pero que solamente parecía ser humano. Algunos sostenían que había sido creado antes del universo y que, aunque era superior a toda la creación, no era eterno como el Padre.

La situación era tan seria que las iglesias comenzaron a dividirse. Pastores, ancianos y creyentes sinceros necesitaban una respuesta clara. No podían permitir que cada persona enseñara lo que quisiera acerca del Señor. La pregunta no era quién tenía la mejor opinión, sino qué había revelado Dios en las Escrituras.

Fue entonces cuando comenzaron a reunirse grandes concilios. No fueron reuniones para inventar nuevas doctrinas. Tampoco pretendían añadir algo a la Biblia. Su propósito fue estudiar cuidadosamente las Escrituras para expresar con claridad aquello que la Iglesia había creído desde el principio y proteger a los creyentes de enseñanzas falsas.

Conocer estos acontecimientos nos ayuda a comprender que muchas de las verdades que hoy confesamos fueron defendidas por hombres que estuvieron dispuestos a sufrir el rechazo, el exilio e incluso la muerte antes que negar quién es Jesucristo.


La verdad siempre ha necesitado ser defendida

Desde los días de los apóstoles aparecieron falsas enseñanzas dentro de las iglesias. Esto no sorprendió a Dios. Jesús mismo había advertido que surgirían falsos maestros.

"Porque se levantarán falsos cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios..." (Mateo 24:24).

El apóstol Pablo también advirtió a los ancianos de Éfeso:

"Yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño." (Hechos 20:29).

Pedro escribió acerca de falsos maestros que introducirían herejías destructoras.

"Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros..." (2 Pedro 2:1).

Juan exhortó a la Iglesia a probar los espíritus porque muchos falsos profetas ya estaban en el mundo.

"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios." (1 Juan 4:1).

La existencia de los concilios demuestra que la Iglesia tomó en serio estas advertencias. Defender la verdad no era un asunto de orgullo intelectual. Era una responsabilidad pastoral. Cuando una mentira acerca de Cristo entra en una iglesia, tarde o temprano termina afectando la adoración, la predicación, la salvación y la esperanza de los creyentes.

John Calvin escribió que el conocimiento verdadero de Cristo es el fundamento de toda la vida cristiana. Si Cristo deja de ser quien realmente es, entonces la fe deja de descansar sobre el verdadero Salvador.


¿Qué era realmente un concilio?

Cuando escuchamos la palabra "concilio", algunas personas imaginan reuniones políticas o decisiones tomadas por unos pocos hombres con poder. Sin embargo, los grandes concilios de la Iglesia tenían un propósito mucho más específico.

Eran reuniones donde obispos y líderes provenientes de diferentes regiones del Imperio Romano estudiaban juntos las Escrituras, escuchaban los argumentos presentados por ambas partes y buscaban expresar con precisión la enseñanza bíblica.

La autoridad no pertenecía al concilio en sí mismo. La autoridad pertenecía únicamente a la Palabra de Dios. Un concilio podía equivocarse si se apartaba de las Escrituras. Por esa razón, las decisiones fueron evaluadas constantemente a la luz del testimonio bíblico.

Siglos después, los reformadores recordaron este mismo principio. Ningún concilio posee autoridad absoluta. Solamente Dios habla con autoridad perfecta por medio de las Escrituras.

Esta convicción sigue siendo importante hoy. La historia de la Iglesia nunca reemplaza la Biblia. Más bien nos ayuda a ver cómo creyentes fieles procuraron comprenderla correctamente.


El Concilio de Nicea

En el año 325 d.C., el emperador Constantino convocó un gran concilio en la ciudad de Nicea, ubicada en Bitinia, una región de Asia Menor. La Iglesia atravesaba una de las controversias más importantes de toda su historia.

Un presbítero llamado Arrio enseñaba que el Hijo de Dios no era eterno. Según él, hubo un momento en el que el Hijo no existía. Creía que Cristo era la primera y más grande creación de Dios, pero seguía siendo una criatura.

A primera vista aquella enseñanza parecía respetar la grandeza del Padre. Sin embargo, destruía completamente el evangelio.

Si Cristo fue creado, entonces no posee la misma naturaleza divina que el Padre. Si no es plenamente Dios, no puede revelar perfectamente al Padre. Si no es plenamente Dios, su sacrificio no tiene un valor infinito para salvar a pecadores de todas las generaciones.

Frente a estas ideas se levantó un joven diácono llamado Atanasio. Aunque durante muchos años sufrió exilios, persecuciones y rechazo, permaneció firme defendiendo que Jesucristo posee exactamente la misma naturaleza divina que el Padre.

Después de extensas discusiones, el concilio afirmó que el Hijo es eterno y comparte plenamente la naturaleza divina del Padre. No fue creado. Existe desde toda la eternidad.

Esta conclusión no nació de razonamientos filosóficos, sino del estudio de numerosos pasajes bíblicos.

"En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios." (Juan 1:1).

Juan no dice que el Verbo llegó a existir. Dice que ya era. Antes del comienzo de todas las cosas, el Hijo ya existía eternamente.

Más adelante leemos:

"Todas las cosas por él fueron hechas; y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho." (Juan 1:3).

Si todo fue creado por medio del Hijo, entonces el Hijo no pertenece al grupo de las cosas creadas.

Pablo escribió:

"Porque en él fueron creadas todas las cosas... todo fue creado por medio de él y para él." (Colosenses 1:16).

El mismo apóstol añade:

"Él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten." (Colosenses 1:17).

Hebreos también declara:

"Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo." (Hebreos 1:8).

El autor aplica estas palabras al Hijo, llamándolo claramente Dios.

El resultado del Concilio de Nicea protegió una verdad esencial: Jesucristo es plenamente Dios, eterno, digno de la misma adoración que recibe el Padre.

Muchos creyentes actuales repiten esta verdad sin pensar cuánto costó defenderla. Detrás de esa confesión hubo hombres que soportaron destierros, amenazas y sufrimientos porque estaban convencidos de que negar la divinidad de Cristo era negar al mismo Salvador.


El Concilio de Constantinopla

La controversia no terminó en Nicea. Durante varias décadas continuaron apareciendo grupos que intentaban modificar o debilitar sus conclusiones.

Por esta razón, en el año 381 d.C. se reunió el Concilio de Constantinopla.

Este concilio confirmó nuevamente la plena divinidad del Hijo y también afirmó con claridad la divinidad del Espíritu Santo, quien había sido cuestionado por algunos maestros.

Las Escrituras presentan al Espíritu Santo realizando obras que solamente Dios puede hacer.

Él participa en la creación.

"El Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas." (Génesis 1:2).

Da vida.

"El Espíritu es el que da vida." (Juan 6:63).

Habita permanentemente en los creyentes.

"¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?" (1 Corintios 3:16).

Pedro incluso identifica mentir al Espíritu Santo con mentir a Dios.

"No has mentido a los hombres, sino a Dios." (Hechos 5:3-4).

El concilio confirmó que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo comparten plenamente la misma naturaleza divina, aunque son personas distintas.

Esto no significa creer en tres dioses. La Biblia enseña que existe un solo Dios.

"Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es." (Deuteronomio 6:4).

Al mismo tiempo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios. No son tres seres separados, sino un solo Dios que existe eternamente en tres personas.

La mente humana nunca podrá comprender completamente este misterio. Sin embargo, el deber del creyente no consiste en reducir a Dios al tamaño de su razón, sino aceptar humildemente aquello que Él mismo ha revelado.

Siglos después, J. I. Packer escribió que el propósito de estas definiciones nunca fue explicar completamente el misterio de Dios, sino impedir que la Iglesia dijera cosas falsas acerca de Él. Esa diferencia sigue siendo importante. Hay aspectos de Dios que sobrepasan nuestra comprensión, pero jamás contradicen lo que Él ha revelado en su Palabra.


¿Por qué todo esto sigue siendo importante?

Algunas personas consideran que estos acontecimientos pertenecen únicamente a la historia antigua. Sin embargo, las mismas ideas que preocuparon a la Iglesia hace más de mil seiscientos años siguen apareciendo bajo diferentes formas.

Hoy todavía existen movimientos que niegan la plena divinidad de Cristo. Otros reducen a Jesús a un simple maestro moral. Algunos afirman que fue un profeta excepcional, pero no el Hijo eterno de Dios. Otros hablan del Espíritu Santo como si fuera únicamente una fuerza impersonal.

Por eso estudiar estos concilios no consiste simplemente en aprender fechas o nombres. Significa comprender por qué la Iglesia luchó para preservar el corazón mismo del evangelio.

Si Cristo no es verdaderamente Dios, no puede salvar perfectamente. Si no es verdaderamente hombre, no puede representar perfectamente a la humanidad. Y si el Espíritu Santo no es Dios, entonces no puede regenerar, santificar y preservar a los creyentes.

Las siguientes décadas traerían nuevas preguntas aún más profundas. No solamente era necesario afirmar que Cristo era Dios. También había que responder cómo podían unirse en una sola persona su verdadera divinidad y su verdadera humanidad sin confusión ni división. Esa será la siguiente etapa de nuestra lección.

El Concilio de Éfeso

Después de que la Iglesia afirmara que Jesucristo es verdaderamente Dios y que el Espíritu Santo comparte plenamente la naturaleza divina, surgió una nueva pregunta. Nadie dudaba ya de la importancia de Cristo, pero muchos comenzaron a preguntarse cómo debían entenderse su divinidad y su humanidad.

El debate no era un simple ejercicio intelectual. De su respuesta dependía la comprensión del evangelio. Si Jesucristo no era una sola persona, ¿quién murió en la cruz? ¿Quién obedeció perfectamente al Padre? ¿Quién resucitó al tercer día?

En aquellos años apareció un obispo llamado Nestorio, quien enseñaba de una manera que daba la impresión de separar demasiado la naturaleza divina y la naturaleza humana de Cristo. Aunque su intención era proteger la divinidad del Señor, terminó expresándose de tal manera que parecía hablar de dos personas distintas actuando juntas.

Esta enseñanza produjo una profunda preocupación entre muchas iglesias. Si Cristo estuviera dividido en dos personas, la obra de la redención también quedaría dividida. El Salvador dejaría de ser un único mediador entre Dios y los hombres.

Por esta razón, en el año 431 d.C. se reunió el Concilio de Éfeso. Después de examinar cuidadosamente las Escrituras, los participantes afirmaron que Jesucristo es una sola persona. El Hijo eterno de Dios asumió una verdadera naturaleza humana sin dejar de ser quien siempre había sido.

La Biblia presenta continuamente esta unidad.

"Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros." (Juan 1:14).

Juan no dice que el Verbo habitó en un hombre diferente. Dice que el mismo Verbo se hizo carne.

Pablo también escribió:

"Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre." (1 Timoteo 2:5).

El apóstol no presenta dos mediadores ni dos personas diferentes. Habla de un solo Señor que puede reconciliar al hombre con Dios porque participa plenamente de ambas realidades: es verdadero Dios y verdadero hombre.

Esta verdad sigue siendo fundamental. Cuando los evangelios muestran a Jesús llorando frente a la tumba de Lázaro, es el mismo Cristo eterno quien manifiesta una compasión genuinamente humana. Cuando calma la tormenta con una sola palabra, es ese mismo Cristo quien demuestra su autoridad divina sobre toda la creación. No observamos dos personas alternándose. Contemplamos al único Hijo de Dios actuando conforme a sus dos naturalezas.


El Concilio de Calcedonia

La discusión no terminó en Éfeso. Poco tiempo después aparecieron nuevas interpretaciones que intentaban explicar la relación entre la divinidad y la humanidad de Cristo.

Algunos comenzaron a enseñar que, después de la encarnación, la naturaleza humana prácticamente había sido absorbida por la naturaleza divina. Otros afirmaban que ambas naturalezas se mezclaron formando una tercera naturaleza diferente.

Estas ideas también afectaban el corazón del evangelio. Si Jesús dejó de ser verdaderamente hombre, ya no podía representar perfectamente a la humanidad. Y si su humanidad desaparecía, su obediencia, su sufrimiento y su muerte dejarían de tener el significado que las Escrituras les atribuyen.

Por ello, en el año 451 d.C. se reunió el Concilio de Calcedonia, probablemente uno de los acontecimientos más importantes de toda la historia cristiana.

Después de estudiar cuidadosamente el testimonio bíblico, el concilio afirmó que Jesucristo es una sola persona en dos naturalezas completas: plenamente Dios y plenamente hombre. Estas dos naturalezas existen sin confundirse, sin mezclarse, sin dividirse y sin separarse.

Aunque estas expresiones puedan parecer muy precisas, fueron necesarias porque cada una respondía a un error específico que estaba poniendo en peligro la comprensión del evangelio.

Las Escrituras muestran continuamente ambas realidades.

Jesús experimentó hambre.

"Después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre." (Mateo 4:2).

Sintió cansancio.

"Jesús, cansado del camino, se sentó así junto al pozo." (Juan 4:6).

Lloró.

"Jesús lloró." (Juan 11:35).

Murió verdaderamente sobre la cruz.

Sin embargo, ese mismo Jesús perdonó pecados.

"Tus pecados te son perdonados." (Marcos 2:5).

Recibió adoración.

"Y ellos, postrándose, le adoraron." (Mateo 28:17).

Gobierna sobre toda la creación.

"Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra." (Mateo 28:18).

La Biblia nunca presenta contradicción entre estas afirmaciones. Cristo posee una verdadera humanidad y una verdadera divinidad porque ambas pertenecen a una misma persona.

Siglos más tarde, Juan Calvino escribió que nuestra esperanza descansa precisamente en esta unión perfecta. Si Cristo fuera solamente Dios, no podría ocupar nuestro lugar. Si fuera solamente hombre, no tendría poder para salvar. Pero siendo Dios y hombre al mismo tiempo, puede reconciliarnos completamente con el Padre.


La importancia de estas decisiones para el evangelio

Algunas personas piensan que estas discusiones pertenecen únicamente a los historiadores. Sin embargo, basta observar el contenido del Nuevo Testamento para descubrir que la identidad de Cristo ocupa el centro de toda la revelación.

Cuando Pedro confesó:

"Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente." (Mateo 16:16).

Jesús no respondió diciendo que aquello era un asunto secundario. Al contrario, afirmó que esa confesión había sido revelada por el Padre.

También el apóstol Juan escribió:

"Estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que creyendo, tengáis vida en su nombre." (Juan 20:31).

La salvación está inseparablemente unida a la verdadera identidad del Señor. No creemos simplemente en un personaje admirable de la historia. Creemos en el Hijo eterno de Dios hecho hombre para rescatar a pecadores.

John Owen señaló que toda verdadera comunión con Cristo depende de conocerlo tal como Él se ha revelado en las Escrituras. Una imagen falsa de Cristo jamás puede producir una fe verdadera.


Las voces del pasado siguen ayudando a la Iglesia

A lo largo de los siglos, muchos creyentes continuaron defendiendo estas mismas verdades.

B. B. Warfield afirmó que la encarnación no significa que Dios dejara de ser Dios, sino que el Hijo asumió una verdadera naturaleza humana para llevar a cabo nuestra redención.

J. I. Packer explicó que contemplar la encarnación produce adoración porque el Creador decidió entrar en el mundo que Él mismo había hecho para rescatar a quienes jamás podrían salvarse por sí mismos.

Michael Reeves ha recordado que la gloria de Cristo no disminuyó cuando vino al mundo. Al contrario, precisamente en su humildad contemplamos la profundidad del amor de Dios hacia los pecadores.

Estas reflexiones no sustituyen la autoridad de las Escrituras, pero muestran cómo creyentes de distintas generaciones reconocieron la belleza y la coherencia del testimonio bíblico.


Lo que esta historia nos enseña hoy

Vivimos en una época donde muchas personas construyen una imagen de Jesús según sus propias preferencias. Algunos hablan de un Jesús que nunca confronta el pecado. Otros presentan un Jesús reducido a un simple ejemplo moral. Algunos lo consideran únicamente un líder espiritual entre muchos otros.

La historia de la Iglesia nos recuerda que el verdadero Cristo no puede ser reinventado por cada generación. Él es quien las Escrituras anuncian.

Por eso el creyente necesita conocer la Biblia con profundidad. La mejor defensa contra el error nunca ha sido la popularidad de una idea, sino el conocimiento fiel de la Palabra de Dios.

Pablo exhortó a Timoteo:

"Retén la forma de las sanas palabras que de mí oíste." (2 Timoteo 1:13).

Y también escribió:

"Procura con diligencia presentarte a Dios aprobado... que usa bien la palabra de verdad." (2 Timoteo 2:15).

La fidelidad comienza cuando el pueblo de Dios conoce aquello que Dios realmente ha dicho.


Conclusión

Los grandes concilios no hicieron perfecta a la Iglesia. Sus participantes seguían siendo hombres limitados y pecadores. Sin embargo, Dios utilizó aquellos momentos para preservar verdades esenciales acerca de la persona de Jesucristo.

Gracias al testimonio constante de las Escrituras y al esfuerzo de creyentes fieles, la Iglesia pudo afirmar con claridad que Jesucristo es el Hijo eterno de Dios, plenamente Dios y plenamente hombre, una sola persona y el único Salvador del mundo.

Estas afirmaciones no pertenecen únicamente a los libros de historia. Cada vez que un creyente ora en el nombre de Cristo, cada vez que proclama el evangelio y cada vez que adora al Señor resucitado, está descansando sobre las mismas verdades que aquellos hombres defendieron hace más de mil quinientos años.

La historia nos recuerda que la verdad merece ser conocida, amada, protegida y transmitida. Pero también nos recuerda algo aún más importante: toda verdadera doctrina tiene como propósito conducirnos a una mayor adoración de Jesucristo. Mientras más correctamente lo conocemos, más profundamente lo amamos; y mientras más profundamente lo amamos, más deseamos vivir para la gloria de Dios.


Ejercicios prácticos

  1. Escribe en tu libreta un resumen de diez líneas explicando por qué los concilios de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia fueron importantes para la Iglesia.

  2. Lee Juan 1:1-18 y anota cinco afirmaciones que el pasaje hace acerca de Jesucristo.

  3. Busca y lee Colosenses 1:15-20. Escribe qué enseñan estos versículos acerca de la divinidad y la autoridad de Cristo.

  4. Con tus propias palabras, explica la diferencia entre decir que Jesús es únicamente un hombre extraordinario y afirmar que es verdadero Dios y verdadero hombre.

  5. Dedica unos minutos a agradecer a Dios en oración por haber enviado a su Hijo para salvar a los pecadores. Después escribe una breve reflexión sobre cómo conocer mejor a Cristo fortalece tu fe y tu adoración.