Teología Histórica - Lección 3

Tercera lección del estudio: Teología Histórica.

Una sola pregunta podía dividir iglesias, enfrentar obispos y llevar a cientos de creyentes a recorrer enormes distancias para reunirse: ¿quién es realmente Jesucristo? No se trataba de una discusión sin importancia. Si Cristo no es verdaderamente Dios, no puede salvar plenamente. Si no es verdaderamente hombre, no puede ocupar nuestro lugar. Y si su identidad es alterada, también lo es el evangelio.

Durante los primeros siglos, la Iglesia tuvo que responder a enseñanzas que utilizaban palabras cristianas, citaban las Escrituras y hablaban de Jesús, pero presentaban una idea equivocada acerca de Él. Los grandes concilios surgieron, en buena medida, en medio de esas controversias. Su propósito no era inventar una nueva fe, sino expresar con mayor claridad lo que los cristianos encontraban en las Escrituras y habían confesado desde los días apostólicos.

Comprender aquellos acontecimientos nos ayuda a valorar algo que hoy podemos dar por sentado: cuando confesamos que Jesucristo es verdadero Dios y verdadero hombre, estamos afirmando una verdad que la Iglesia tuvo que defender cuidadosamente durante generaciones.


La pregunta que estaba en el centro

Desde el Nuevo Testamento encontramos afirmaciones extraordinarias acerca de Jesús. Él nació, tuvo hambre, sintió cansancio, lloró, sufrió y murió. Era verdaderamente humano. Pero las mismas Escrituras enseñan que existía antes de su nacimiento, que todas las cosas fueron creadas por medio de Él, que perdona pecados, recibe adoración y posee una relación única con el Padre.

«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).

Juan continúa diciendo:

«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Estas dos afirmaciones deben mantenerse juntas. Aquel que es Dios verdaderamente se hizo hombre. Pablo también declara acerca de Cristo que «en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Colosenses 2:9).

El problema apareció cuando algunos intentaron explicar estas verdades eliminando una parte de ellas. Unos disminuyeron la divinidad de Cristo. Otros debilitaron su verdadera humanidad. Otros hablaron de su persona de una manera que terminaba separando aquello que las Escrituras mantienen unido.


Nicea y la divinidad de Cristo

Una de las controversias más importantes surgió a comienzos del siglo IV. Un presbítero llamado Arrio enseñaba que el Hijo no era eterno de la misma manera que el Padre. Para él, Cristo era superior a toda criatura, pero finalmente pertenecía al orden de lo creado.

El problema era enorme. Una criatura, por elevada que sea, continúa siendo criatura.

En el año 325, se reunió el Concilio de Nicea, cerca de Constantinopla, convocado durante el gobierno del emperador Constantino. Allí se discutió especialmente la relación entre el Padre y el Hijo.

La Iglesia afirmó que Jesucristo no fue creado, sino que es verdaderamente Dios. El conocido Credo de Nicea declaró al Hijo como «Dios verdadero de Dios verdadero», engendrado y no creado.

Esta afirmación estaba profundamente relacionada con textos como Juan 1:1-3:

«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».

El razonamiento es sencillo. Si todas las cosas creadas fueron hechas por medio del Hijo, el Hijo no puede pertenecer al conjunto de las cosas creadas.

Uno de los grandes defensores de esta verdad fue Atanasio de Alejandría. Comprendió que aquello no era simplemente una discusión sobre palabras. Estaba en juego la salvación. Si Cristo fuera solamente una criatura extraordinaria, nuestra esperanza descansaría finalmente sobre una criatura. Pero las Escrituras presentan al Salvador como Dios venido a nosotros.


Constantinopla y una confesión más clara

La controversia no terminó en Nicea. Durante décadas continuaron las discusiones. Atanasio sufrió destierros y oposición por mantenerse firme en la defensa de la plena divinidad del Hijo.

Finalmente, en el año 381, el Concilio de Constantinopla reafirmó la enseñanza de Nicea y expresó con mayor claridad la confesión acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Iglesia reconocía aquello que aparece naturalmente en las Escrituras. Jesús ordenó a sus discípulos:

«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19).

Observe que Jesús habla de un solo «nombre» y, al mismo tiempo, menciona al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Los cristianos no estaban inventando una nueva idea sobre Dios. Estaban buscando palabras precisas para proteger lo que la Biblia ya enseñaba.


Éfeso y la verdadera unidad de Cristo

Con el tiempo apareció otra pregunta. Si Jesús es Dios y hombre, ¿cómo debemos entender ambas realidades en Él?

En el año 431 se reunió el Concilio de Éfeso. Una controversia relacionada con Nestorio había levantado preocupación acerca de cómo hablar de la persona de Cristo. El peligro era presentar su humanidad y su divinidad de una manera tan separada que pareciera que estábamos hablando prácticamente de dos personas.

Las Escrituras, sin embargo, presentan a un solo Cristo.

El niño que nació de María es el mismo Señor eterno que existía antes de Abraham. El Jesús que tuvo sed junto al pozo es el mismo que sostiene todas las cosas. El hombre que murió sobre la cruz es el mismo Hijo eterno que tomó verdaderamente nuestra naturaleza humana.

Pablo expresa esta realidad con enorme sencillez:

«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gálatas 4:4).

No existen dos Cristos. Existe un solo Señor Jesucristo.


Calcedonia y una confesión cuidadosamente equilibrada

La explicación más conocida llegó en el año 451, cuando se reunió el Concilio de Calcedonia.

Allí la Iglesia confesó que Jesucristo es una sola persona y que posee verdadera divinidad y verdadera humanidad. No es mitad Dios y mitad hombre. Tampoco es una mezcla que produzca algo diferente. Es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre.

Esta confesión protege numerosas escenas de los Evangelios.

Cuando Jesús duerme agotado dentro de una barca, vemos su humanidad verdadera. Cuando se levanta y ordena al viento y al mar que callen, contemplamos una autoridad que ningún simple hombre posee. Cuando llora frente a la tumba de Lázaro, sus lágrimas son humanas y reales. Cuando después ordena: «¡Lázaro, ven fuera!», el muerto sale de la tumba.

Las Escrituras no nos permiten escoger solamente una parte de Cristo.

Hebreos declara:

«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote» (Hebreos 2:17).

Pero el mismo libro presenta al Hijo como aquel por quien Dios hizo el universo y como «el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia» (Hebreos 1:2-3).


Por qué todo esto importa para nuestra salvación

Podríamos estudiar estas fechas y terminar pensando que pertenecen únicamente a antiguos libros de historia. Sería un grave error.

La identidad de Cristo está directamente relacionada con nuestra salvación.

Necesitábamos un Salvador verdaderamente humano porque fue la humanidad la que pecó. Cristo debía ponerse realmente en nuestro lugar, obedecer donde nosotros desobedecimos y sufrir la muerte que nosotros merecíamos.

«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5).

Pero necesitábamos también un Salvador que fuera verdaderamente Dios. Nuestra salvación no descansa sobre la fuerza de un hombre extraordinario, sino sobre el Hijo eterno de Dios.

Juan Calvino insistió siglos después en que el Mediador debía ser verdadero Dios y verdadero hombre. Como hombre podía representarnos; como Dios podía realizar plenamente la obra necesaria para nuestra redención.

Los creyentes puritanos conservaron cuidadosamente esta enseñanza. John Owen, por ejemplo, dedicó profunda atención a la gloria de la persona de Cristo. Para Owen, contemplar quién es Cristo no era simplemente llenar la mente de información, sino alimentar la fe y llevar al creyente a amar y adorar al Salvador.

En tiempos más recientes, autores como R. C. Sproul también insistieron en que las antiguas controversias acerca de Cristo continúan siendo importantes porque una comprensión equivocada de su identidad inevitablemente termina afectando nuestra comprensión del evangelio.


Los concilios no estaban por encima de la Biblia

Este punto debe quedar muy claro. Un concilio puede equivocarse. Ninguna reunión de líderes cristianos posee la misma autoridad que la Palabra de Dios.

La importancia de Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia no está en que sus participantes fueran infalibles. Su valor está en que, en estas cuestiones centrales, expresaron cuidadosamente verdades que pueden ser examinadas y demostradas mediante las Escrituras.

La Biblia permanece como la autoridad final.

Esto también nos protege de idealizar el pasado. Aquellos siglos tuvieron conflictos políticos, ambiciones personales, discusiones difíciles y decisiones humanas imperfectas. La historia de la Iglesia nunca ha sido la historia de hombres perfectos. Es la historia de un Dios fiel que conserva su verdad en medio de personas débiles.


Una verdad que debemos seguir defendiendo

Han pasado más de mil quinientos años desde Calcedonia, pero las preguntas fundamentales permanecen. Muchas personas todavía consideran a Jesús solamente como maestro moral, profeta, ejemplo espiritual o personaje religioso.

El Nuevo Testamento no nos permite reducirlo a ninguna de esas categorías.

Tomás cayó ante Cristo resucitado y declaró:

«¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28).

Jesús no rechazó aquella confesión.

Los primeros cristianos comprendieron que perder la verdad acerca de Cristo significaba perder el corazón mismo de su esperanza. Por eso discutieron, escribieron, viajaron, soportaron destierros y defendieron cuidadosamente lo que habían recibido.

Nosotros quizá nunca estaremos presentes en un gran concilio, pero enfrentamos la misma responsabilidad. Cada generación debe conocer al Cristo de las Escrituras y evitar fabricar un Jesús adaptado a sus propias preferencias.

El Cristo que salva no es el Cristo que nosotros inventamos. Es el Hijo eterno de Dios que verdaderamente tomó nuestra humanidad, vivió entre nosotros, obedeció perfectamente, murió por pecadores, resucitó corporalmente y reina para siempre.

Por eso conocer correctamente quién es Jesús no es un detalle secundario de la fe cristiana. Nos conduce directamente al centro del evangelio. El niño de Belén, el hombre cansado junto al pozo, el Maestro que caminó por Galilea, el crucificado del Gólgota y el Señor resucitado son una misma persona: Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, nuestro único y suficiente Salvador.


Ejercicios prácticos

1. Escribe en tu libreta los cuatro concilios estudiados y coloca junto a cada uno su fecha: Nicea, Constantinopla, Éfeso y Calcedonia. Después escribe en una oración qué verdad acerca de Cristo ayudó a defender cada uno.

2. Lee Juan 1:1-14 y divide una página en dos columnas. En una escribe las afirmaciones que muestran la divinidad de Cristo y en la otra las que muestran que verdaderamente se hizo hombre.

3. Lee Hebreos 1:1-3 y Hebreos 2:14-18. Escribe tres características de Cristo que encuentres en cada pasaje y explica con tus propias palabras por qué ambas enseñanzas deben mantenerse juntas.

4. Responde brevemente en tu libreta: ¿por qué sería un problema para nuestra salvación si Jesús fuera solamente una criatura? Intenta responder utilizando al menos un versículo estudiado durante esta lección.

5. Escribe una explicación de cinco líneas dirigida a una persona que afirma que Jesús fue solamente un buen maestro. Explica, con palabras sencillas y al menos una referencia bíblica, quién presenta la Biblia que realmente es Jesucristo.