Cuarta lección del estudio: Teología Histórica.
La Iglesia medieval, sus luces, errores y necesidad de reforma
Texto base: Hechos 20:28-30; 2 Timoteo 4:1-5; Judas 3
Introducción
Una catedral inmensa podía levantar su torre hacia el cielo durante más de cien años. Mientras una generación colocaba los cimientos, otra levantaba los muros y otra terminaba las ventanas y el techo. Quienes comenzaron la obra muchas veces murieron sin verla terminada. Sin embargo, todos trabajaban convencidos de que estaban construyendo algo que permanecería por siglos.
La historia de la Iglesia medieval se parece, en cierta manera, a una de esas catedrales. Fue un largo período lleno de esfuerzos admirables, hombres y mujeres que sirvieron con sinceridad, misioneros que llevaron el evangelio a nuevos pueblos, creyentes que preservaron manuscritos de las Escrituras y personas que dedicaron toda su vida al cuidado de los necesitados. Pero, al mismo tiempo, mientras una parte de la construcción avanzaba, comenzaron a aparecer grietas profundas. Poco a poco, algunas enseñanzas humanas ocuparon el lugar que solamente debía pertenecer a la Palabra de Dios. La autoridad espiritual comenzó a mezclarse con el poder político, y muchas prácticas alejaron a la Iglesia de la sencillez del evangelio.
Por esa razón, estudiar este período no significa burlarse del pasado ni condenar a todos los creyentes que vivieron durante esos siglos. Tampoco significa pensar que Dios dejó de actuar. Al contrario, significa aprender cómo el Señor preservó a su pueblo aun en medio de tiempos difíciles, y comprender por qué, siglos después, surgió una profunda necesidad de volver a las Escrituras como única autoridad suprema para la fe y la vida cristiana.
El propósito de esta lección no es alimentar un espíritu de crítica, sino aprender una verdad que sigue siendo necesaria para cada generación: una iglesia puede conservar edificios, influencia, tradición y reconocimiento, pero si se aparta de la verdad revelada por Dios, siempre necesitará una reforma que la conduzca nuevamente al evangelio.
¿Qué fue la Iglesia medieval?
Se conoce como Iglesia medieval al período comprendido, de manera aproximada, entre los siglos V y XV. Muchos historiadores toman como punto de partida el año 476 d.C., cuando cayó el Imperio Romano de Occidente, y como final el siglo XVI, cuando comenzó la Reforma del siglo XVI.
Durante esos casi mil años ocurrieron enormes cambios políticos, sociales y culturales. Reinos nacieron y desaparecieron. Hubo guerras, invasiones, epidemias y crisis económicas. En medio de todo ello, la Iglesia llegó a convertirse en la institución más estable de Europa occidental.
Mientras los gobiernos cambiaban constantemente, la Iglesia permanecía. Muchos pueblos encontraban en ella educación, ayuda para los pobres, hospitales, cuidado para los enfermos y orientación espiritual. En numerosos lugares, los obispos llegaron incluso a desempeñar funciones civiles porque las autoridades políticas eran débiles o inexistentes.
Este contexto explica por qué la influencia de la Iglesia llegó a ser tan grande. Sin embargo, también explica por qué aparecieron peligros que Cristo y los apóstoles ya habían advertido muchos siglos antes.
El apóstol Pablo dijo a los ancianos de Éfeso:
"Mirad por vosotros, y por todo el rebaño... porque yo sé que después de mi partida entrarán en medio de vosotros lobos rapaces, que no perdonarán al rebaño; y de vosotros mismos se levantarán hombres que hablen cosas perversas para arrastrar tras sí a los discípulos."
Hechos 20:28-30
Estas palabras no fueron dirigidas al mundo, sino a la propia Iglesia. Pablo sabía que el mayor peligro muchas veces no vendría desde afuera, sino desde adentro, cuando las enseñanzas humanas reemplazaran la verdad de Dios.
Las luces de la Iglesia medieval
Cuando se estudia este período es fácil concentrarse únicamente en los errores. Sin embargo, hacerlo sería injusto e históricamente incorrecto. Dios nunca dejó de preservar un pueblo para sí mismo.
A lo largo de toda la Edad Media existieron hombres y mujeres que amaron profundamente a Cristo, copiaron cuidadosamente las Escrituras, enseñaron la fe cristiana y sirvieron a los necesitados con verdadera compasión.
Aunque muchas cosas necesitaban ser corregidas, también hubo aspectos que merecen ser reconocidos.
La preservación de las Escrituras
Antes de la imprenta, cada ejemplar de la Biblia debía copiarse completamente a mano. Era un trabajo lento, agotador y extremadamente cuidadoso.
Muchos monasterios dedicaron incontables horas a copiar manuscritos bíblicos letra por letra. Un pequeño error obligaba, muchas veces, a comenzar nuevamente una página entera.
Gracias a ese trabajo, miles de manuscritos sobrevivieron hasta nuestros días. Dios utilizó incluso a personas imperfectas para preservar el texto bíblico durante generaciones enteras.
Sin aquellos copistas, gran parte de los manuscritos antiguos probablemente habría desaparecido.
La expansión del cristianismo
Durante estos siglos numerosos misioneros llevaron el evangelio a pueblos que nunca habían escuchado acerca de Cristo.
Personas como Patricio en Irlanda durante el siglo V, Agustín de Canterbury en Inglaterra hacia el año 597 y Bonifacio en Alemania durante el siglo VIII dedicaron su vida a anunciar el evangelio entre pueblos considerados peligrosos.
Muchas veces viajaban durante meses, atravesaban bosques, montañas y territorios desconocidos sin ninguna garantía de regresar con vida.
Aunque no todo lo que ocurrió en la evangelización medieval fue perfecto, Dios utilizó esos esfuerzos para extender el conocimiento de Cristo por buena parte de Europa.
El cuidado de los necesitados
Hospitales, hospicios, comedores y lugares para atender enfermos comenzaron a multiplicarse bajo la influencia cristiana.
En una época donde los gobiernos apenas podían atender a la población, muchos monasterios recibían viajeros, alimentaban pobres y cuidaban enfermos.
No debemos olvidar que servir al necesitado forma parte del llamado cristiano.
Jesús enseñó:
"Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me recogisteis."
Mateo 25:35
Aunque las buenas obras nunca salvan al ser humano, sí son fruto natural de una fe verdadera.
El desarrollo del pensamiento cristiano
Durante estos siglos también surgieron numerosos escritores que intentaron estudiar con mayor profundidad las Escrituras.
No todos llegaron a las conclusiones correctas, pero muchos realizaron esfuerzos importantes para responder preguntas difíciles acerca de Dios, la creación, Cristo y la vida cristiana.
Entre ellos destacó Anselmo de Canterbury (1033-1109), quien defendió racionalmente la existencia de Dios y escribió profundamente acerca de la obra de Cristo.
Aunque algunas de sus conclusiones necesitan ser evaluadas cuidadosamente a la luz de las Escrituras, su deseo de comprender mejor la fe influyó durante siglos.
Cuando la influencia comenzó a convertirse en poder
Sin embargo, precisamente porque la Iglesia era la institución más respetada de Europa, comenzó a enfrentar una tentación que siempre ha acompañado al ser humano: el deseo de controlar no solamente las almas, sino también los gobiernos.
Con el paso de los siglos, los obispos de Roma fueron adquiriendo una autoridad cada vez mayor.
Después de la caída del Imperio Romano, muchos gobernantes buscaron el respaldo de la Iglesia para fortalecer su poder político. Al mismo tiempo, varios líderes eclesiásticos comenzaron a ejercer una influencia cada vez más amplia sobre reyes y emperadores.
Lo que inicialmente parecía una colaboración terminó produciendo una peligrosa mezcla entre autoridad espiritual y poder político.
Con frecuencia, los conflictos ya no giraban únicamente alrededor del evangelio, sino también alrededor del control de territorios, riquezas, nombramientos y privilegios.
Esta situación fue creciendo especialmente entre los siglos IX y XIII.
Uno de los acontecimientos más conocidos ocurrió durante la llamada Controversia de las Investiduras, entre los siglos XI y XII. Allí surgió una fuerte disputa acerca de quién tenía el derecho de nombrar obispos: el emperador o el papa.
La discusión demuestra hasta qué punto el poder político y el religioso habían llegado a entrelazarse.
Sin embargo, Jesús había enseñado un modelo completamente diferente para quienes sirven dentro de su Iglesia.
Él dijo:
"Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas... Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor."
Mateo 20:25-28
Cristo no estableció un reino sostenido por la fuerza política. Su reino avanza por medio del evangelio, el servicio humilde y la obra del Espíritu Santo.
Cada vez que la Iglesia olvida este principio y comienza a confiar más en el poder humano que en la verdad de Dios, lentamente empieza a desviarse del modelo establecido por Cristo.
Una advertencia que nunca pierde vigencia
Sería un error pensar que estas lecciones pertenecen únicamente al pasado. La historia medieval funciona como un espejo para todas las generaciones.
Ninguna iglesia, denominación o líder está por encima del peligro del orgullo espiritual. Ninguna institución es tan fuerte que no necesite examinar continuamente sus enseñanzas a la luz de las Escrituras.
John Owen escribió que la Iglesia siempre debe someterse constantemente a la autoridad de la Palabra de Dios y nunca confiar en su propia tradición o prestigio. Siglos después, R. C. Sproul insistió en que la autoridad de la Iglesia jamás puede colocarse por encima de la autoridad de las Escrituras, porque únicamente Dios posee autoridad absoluta.
Eso mismo enseñó Pablo cuando escribió:
"Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia."
2 Timoteo 3:16
La historia demuestra que cuando la Palabra ocupa el primer lugar, la Iglesia permanece firme. Pero cuando las tradiciones humanas comienzan a ocupar ese lugar, las desviaciones aparecen poco a poco, casi sin que las personas lo noten.
Precisamente esa realidad preparó el escenario para una de las etapas más importantes de toda la historia de la Iglesia: el creciente alejamiento de la enseñanza bíblica que, con el paso de los siglos, haría evidente la urgente necesidad de una profunda reforma. Ese será el tema que desarrollaremos en la siguiente parte de esta lección.
Las grietas comenzaron a hacerse visibles
Las grandes transformaciones no suelen ocurrir de un día para otro. Lo mismo sucedió con la Iglesia medieval. Muchas de las prácticas que más tarde serían cuestionadas no aparecieron de repente, sino que fueron incorporándose poco a poco a lo largo de varios siglos. Algunas nacieron con buenas intenciones, otras surgieron por influencia de la cultura de la época y otras fueron el resultado del creciente poder de ciertos líderes. Con el tiempo, aquello que comenzó como una costumbre terminó siendo considerado una obligación para todos los creyentes.
Este es uno de los peligros más grandes en la historia de la Iglesia. Cuando una tradición humana recibe la misma autoridad que la Palabra de Dios, tarde o temprano termina desplazando la verdad revelada por Dios.
Jesús mismo enfrentó este problema durante su ministerio. Dirigiéndose a los líderes religiosos de su tiempo, dijo:
"Bien invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición."
Marcos 7:9
Las palabras de Cristo siguen siendo una advertencia para todas las generaciones. La verdadera autoridad pertenece únicamente a Dios. Ninguna costumbre, por antigua o respetada que sea, puede colocarse por encima de las Escrituras.
La autoridad comenzó a concentrarse en una sola figura
Durante los primeros siglos del cristianismo, los obispos de las principales ciudades ejercían influencia en sus respectivas regiones. Sin embargo, con el paso del tiempo, el obispo de Roma fue adquiriendo una autoridad cada vez mayor.
Diversos factores contribuyeron a ello. Roma había sido la capital del Imperio, era una ciudad de enorme importancia política y, además, la tradición afirmaba que allí habían sufrido martirio los apóstoles Pedro y Pablo.
Con los siglos, esta influencia fue creciendo hasta que muchos comenzaron a considerar al papa como la máxima autoridad visible sobre toda la Iglesia.
No ocurrió de una sola vez. Fue un proceso largo que tomó varios siglos.
Desde una perspectiva basada en las Escrituras, este desarrollo plantea una pregunta importante. ¿Dónde establece el Nuevo Testamento que un solo hombre debe gobernar toda la Iglesia universal?
Cuando se observa el modelo apostólico, la respuesta es clara. Cristo es la cabeza de la Iglesia.
El apóstol Pablo escribió:
"Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia."
Colosenses 1:18
También enseñó:
"Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo."
Efesios 5:23
Los pastores y ancianos son llamados a cuidar el rebaño de Dios, pero nunca a ocupar el lugar que pertenece únicamente al Señor Jesucristo.
La salvación comenzó a verse cada vez más como un sistema de méritos
Uno de los cambios más delicados ocurrió en la manera de comprender la salvación.
La enseñanza apostólica presenta la salvación como un regalo inmerecido de Dios, recibido únicamente por gracia mediante la fe en Jesucristo.
Sin embargo, durante la Edad Media fue desarrollándose lentamente una comprensión diferente. Poco a poco comenzó a enseñarse que la gracia de Dios debía complementarse mediante numerosos actos religiosos, penitencias, obras de satisfacción y diversos méritos espirituales.
Muchas personas vivían con un profundo temor. Nunca estaban seguras de haber hecho suficiente. Siempre parecía faltar algo más para alcanzar el favor de Dios.
En lugar de descansar en la obra perfecta de Cristo, numerosos creyentes pasaban gran parte de su vida preguntándose si algún día serían aceptados por Dios.
Pero las Escrituras presentan una esperanza completamente distinta.
"Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe."
Efesios 2:8-9
La salvación no puede comprarse. No puede ganarse. No puede acumularse mediante esfuerzos humanos. Descansa completamente sobre la obra suficiente de Jesucristo.
Juan Calvino escribió que la conciencia humana jamás encontrará verdadera paz mientras busque seguridad en sus propias obras. Solamente cuando mira a Cristo descubre un fundamento firme para descansar delante de Dios.
El crecimiento de prácticas sin fundamento suficiente en las Escrituras
Durante este período también comenzaron a extenderse diversas prácticas religiosas cuya base bíblica era muy débil o inexistente.
Entre ellas se encontraba el creciente uso de reliquias, la veneración de numerosos objetos considerados sagrados, las peregrinaciones como medio para obtener beneficios espirituales y una dependencia excesiva de ceremonias externas.
Muchas personas sinceras creían que visitar determinado santuario o contemplar ciertos objetos les acercaría más a Dios.
Sin embargo, la Biblia dirige constantemente la mirada del creyente hacia Cristo y no hacia objetos materiales.
El autor de Hebreos declara:
"Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe."
Hebreos 12:2
La fe cristiana nunca ha dependido de objetos visibles, sino de una relación viva con el Señor resucitado.
Las indulgencias y uno de los mayores abusos
Entre todas las prácticas desarrolladas durante los últimos siglos de la Edad Media, pocas llegaron a producir tanto escándalo como la venta de indulgencias.
Una indulgencia era presentada como una reducción de las penas temporales del pecado después del perdón. Con el tiempo, esta práctica terminó mezclándose con intereses económicos y abusos profundamente lamentables.
En algunos lugares se daba la impresión de que el dinero podía aliviar el sufrimiento futuro de una persona o incluso beneficiar a familiares ya fallecidos.
Muchos predicadores aprovecharon el temor de la población para obtener enormes cantidades de dinero.
Este fue uno de los acontecimientos que preparó directamente el camino para la Reforma del siglo XVI.
La enseñanza bíblica es completamente diferente.
Pedro declaró:
"Sabiendo que fuisteis rescatados... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo."
1 Pedro 1:18-19
El perdón jamás ha estado a la venta. Fue comprado una vez y para siempre mediante el sacrificio del Hijo de Dios.
La Biblia quedó lejos del pueblo
Otro problema importante fue que la mayoría de las personas no tenía acceso directo a las Escrituras.
La imprenta todavía no existía. Los manuscritos eran extremadamente costosos y muchas personas ni siquiera sabían leer.
Además, la Biblia permanecía principalmente en latín, idioma que la mayor parte del pueblo ya no comprendía.
Esto hizo que muchos dependieran completamente de lo que otros les enseñaban, sin tener la posibilidad de comprobar personalmente si aquello era realmente lo que Dios había dicho.
Qué diferente fue la actitud de los creyentes de Berea.
Lucas escribió acerca de ellos:
"Escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así."
Hechos 17:11
Dios nunca quiso que su pueblo viviera dependiendo ciegamente de la palabra de otros. Su deseo siempre ha sido que los creyentes conozcan personalmente las Escrituras.
Siglos después, J. I. Packer recordaría que el crecimiento espiritual comienza cuando el creyente permite que la Biblia gobierne su mente, sus decisiones y su vida diaria.
Dios nunca dejó de preservar un pueblo fiel
A pesar de todos estos problemas, sería incorrecto pensar que durante toda la Edad Media desapareció la verdadera fe.
Dios permaneció obrando silenciosamente.
Siempre existieron creyentes que amaban profundamente las Escrituras, buscaban obedecer a Cristo y denunciaban los abusos que observaban.
Muchos de ellos jamás alcanzaron fama. Sus nombres quedaron olvidados para la historia, pero nunca fueron olvidados por Dios.
Tal como ocurrió en tiempos del profeta Elías, cuando él pensó que estaba completamente solo, el Señor respondió:
"Me he reservado siete mil hombres, que no han doblado la rodilla delante de Baal."
Romanos 11:4
Así también, durante la Edad Media, el Señor continuó preservando un remanente que permaneció confiando en Él.
Las primeras voces que anunciaban la necesidad de una reforma
Mucho antes de Martín Lutero, varios creyentes comenzaron a levantar su voz pidiendo un regreso a las Escrituras.
Uno de ellos fue John Wycliffe (c. 1328-1384), profesor en la Universidad de Oxford. Convencido de que el pueblo debía conocer la Palabra de Dios, impulsó la traducción de la Biblia al idioma inglés y afirmó que las Escrituras eran la autoridad suprema para la Iglesia.
Sus escritos circularon ampliamente y despertaron un profundo deseo de volver al evangelio.
Años después apareció Jan Hus (c. 1372-1415), predicador en Bohemia. Influenciado por las enseñanzas de Wycliffe, denunció diversos abusos y proclamó que Cristo, y no un hombre, es la verdadera cabeza de la Iglesia.
Fue condenado por el Concilio de Constanza y ejecutado el 6 de julio de 1415. Antes de morir permaneció firme en sus convicciones, confiando en el Señor.
Aunque sus opositores pensaron que habían silenciado su voz, ocurrió exactamente lo contrario. Sus enseñanzas continuaron extendiéndose y prepararon el camino para los acontecimientos que cambiarían la historia apenas un siglo después.
Joel Beeke ha señalado que Dios suele preparar grandes despertares espirituales mediante hombres aparentemente pequeños, cuya fidelidad permanece escondida durante años antes de que sus frutos puedan verse con claridad.
Todo estaba listo. La Iglesia necesitaba volver al evangelio, volver a Cristo y volver a las Escrituras. Muy pronto, el Señor levantaría instrumentos para iniciar una reforma que transformaría profundamente la historia del cristianismo.
La necesidad de una reforma se hizo evidente
Al comenzar el siglo XVI, la situación era cada vez más difícil. Muchas personas sinceras amaban a Dios, pero vivían con una profunda incertidumbre acerca de su salvación. La Biblia permanecía lejos de la mayoría del pueblo, numerosos abusos continuaban creciendo y muchas prácticas religiosas habían ocupado el lugar que debía pertenecer únicamente al evangelio.
Sin embargo, Dios no había abandonado a su Iglesia.
A lo largo de la historia, el Señor siempre ha cumplido su promesa de preservar a su pueblo. Los errores humanos nunca han sido capaces de destruir la obra que Cristo compró con su sangre.
Jesús declaró:
"Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella."
Mateo 16:18
Esta promesa no significa que la Iglesia nunca se desviará en algunos lugares o épocas. Significa que Cristo jamás permitirá que desaparezca completamente su verdadero pueblo. Él sigue siendo el Pastor que cuida, corrige y preserva a sus ovejas.
Cuando una comunidad cristiana comienza a alejarse de las Escrituras, Dios levanta hombres fieles para llamar nuevamente al arrepentimiento. Así ocurrió repetidas veces en el Antiguo Testamento con los profetas, y así volvería a suceder en el siglo XVI.
La Reforma no nació del deseo de crear una nueva Iglesia
Con frecuencia se piensa que los reformadores deseaban fundar una religión completamente diferente. Históricamente eso no es correcto.
Martín Lutero, Ulrico Zuinglio, Juan Calvino y otros hombres de aquella generación no comenzaron buscando dividir la Iglesia. Su anhelo inicial era corregir aquello que consideraban contrario a la enseñanza bíblica.
El acontecimiento más conocido ocurrió el 31 de octubre de 1517, cuando Martín Lutero publicó sus 95 tesis en Wittenberg. Su intención era abrir un debate académico sobre diversos abusos, especialmente acerca de la venta de indulgencias.
Lo que parecía una discusión local terminó extendiéndose rápidamente por toda Europa gracias a la reciente invención de la imprenta de Johannes Gutenberg, desarrollada alrededor de 1450. Por primera vez en la historia, libros y escritos podían reproducirse con mucha mayor rapidez.
Dios utilizó incluso un avance tecnológico para hacer que su Palabra llegara a miles de personas.
El regreso a las Escrituras
La gran preocupación de los reformadores no era simplemente cambiar ciertas prácticas religiosas. Su mayor deseo era que la Iglesia volviera a escuchar la voz de Dios por encima de cualquier autoridad humana.
Ellos comprendieron que una iglesia puede conservar ceremonias, tradiciones, influencia política y edificios impresionantes, pero si deja de obedecer la Palabra de Dios, inevitablemente terminará alejándose de Cristo.
Por esa razón dedicaron enormes esfuerzos a traducir la Biblia a los idiomas del pueblo.
Miles de personas comenzaron a leer por primera vez las Escrituras en su propia lengua. Descubrieron directamente lo que Dios había revelado y pudieron comparar muchas enseñanzas con el texto bíblico.
Esto produjo una transformación espiritual profunda.
El salmista había escrito muchos siglos antes:
"La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los sencillos."
Salmo 119:130
La luz que transforma la Iglesia nunca proviene de las opiniones humanas. Proviene de la Palabra de Dios iluminando nuevamente el corazón de las personas.
Cristo volvió a ocupar el centro
Uno de los mayores frutos de la Reforma fue que la atención volvió a dirigirse hacia la obra perfecta de Jesucristo.
Durante siglos, muchas personas habían vivido con miedo, preguntándose constantemente si habían hecho suficientes obras para alcanzar el favor de Dios.
Al estudiar cuidadosamente las cartas del apóstol Pablo, los reformadores comprendieron nuevamente que el pecador es declarado justo únicamente por medio de la fe en Cristo.
No porque sus obras sean suficientes.
No porque sus méritos sean grandes.
Sino porque la justicia perfecta de Cristo es suficiente para salvar completamente al pecador que confía en Él.
Pablo escribió:
"Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo."
Romanos 5:1
¡Qué descanso produce esta verdad! La seguridad del creyente no depende de la perfección de sus esfuerzos, sino de la perfección del Salvador.
Charles Spurgeon afirmó siglos después que la esperanza del cristiano descansa completamente sobre Cristo. Si dependiera del hombre, estaría perdida desde el primer día.
Una lección que la Iglesia nunca debe olvidar
Sería un grave error pensar que los problemas de la Edad Media pertenecen únicamente al pasado.
El corazón humano no ha cambiado.
Hoy también existe el peligro de reemplazar la autoridad de las Escrituras por tradiciones, opiniones populares, experiencias personales o la influencia de ciertos líderes.
También hoy una iglesia puede preocuparse más por su crecimiento, su prestigio o su organización que por permanecer fiel al evangelio.
La historia demuestra que ninguna generación está libre de este peligro.
Por esa razón, cada creyente necesita examinar constantemente todo lo que escucha a la luz de la Palabra de Dios.
El apóstol Juan escribió:
"Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios."
1 Juan 4:1
La fe cristiana nunca ha llamado a una confianza ciega en los hombres. Siempre nos dirige a examinar todo conforme a las Escrituras.
Lo que podemos aprender de este período
La Iglesia medieval deja enseñanzas que siguen siendo profundamente actuales.
Primero, aprendemos que Dios permanece fiel incluso cuando los seres humanos fallan. La historia de la Iglesia no depende de la perfección de sus líderes, sino de la fidelidad del Señor.
Segundo, comprendemos que la tradición puede ser valiosa cuando ayuda a transmitir fielmente la enseñanza bíblica, pero se convierte en un peligro cuando reemplaza la autoridad de las Escrituras.
Tercero, recordamos que el verdadero centro de la fe cristiana siempre será Jesucristo. Cuando cualquier institución, líder o práctica ocupa el lugar que solamente pertenece al Señor, comienza el camino hacia el error.
Cuarto, entendemos que toda generación necesita volver continuamente a la Biblia. Ninguna iglesia llega a un punto donde ya no necesite ser corregida por la Palabra de Dios.
Finalmente, aprendemos que Dios gobierna la historia con absoluta sabiduría. Incluso los períodos más oscuros fueron utilizados por Él para preparar acontecimientos que fortalecerían nuevamente el anuncio del evangelio.
Como escribió J. C. Ryle, la historia de la Iglesia demuestra una y otra vez que la verdad puede ser atacada, olvidada e incluso perseguida durante un tiempo, pero jamás puede ser destruida, porque pertenece al Dios eterno.
Conclusión
La Iglesia medieval no fue un tiempo completamente oscuro ni completamente brillante. Fue una época profundamente humana. Hubo creyentes fieles que sirvieron a Cristo con sinceridad, hombres que preservaron las Escrituras, misioneros valientes, personas que cuidaron enfermos y pobres, y también hubo líderes que permitieron que el poder, las tradiciones y los intereses humanos ocuparan un lugar que solamente correspondía a Dios.
Precisamente por eso debemos estudiar este período con humildad.
No para sentirnos superiores a quienes vivieron hace siglos.
No para alimentar discusiones innecesarias.
Sino para reconocer que el mismo corazón humano sigue necesitando ser corregido por la Palabra de Dios.
Cada generación enfrenta la misma pregunta: ¿seguiremos la voz de Dios o permitiremos que otras voces ocupen su lugar?
La respuesta continúa siendo la misma que enseñaron los apóstoles desde el principio.
"Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad."
Juan 17:17
Mientras la Iglesia permanezca sometida a la verdad revelada por Dios y mantenga a Jesucristo como su único Salvador, Señor y Cabeza, siempre habrá esperanza, renovación y fidelidad, porque el Señor sigue edificando a su pueblo y cumplirá perfectamente todas sus promesas.
Ejercicios:
Ejercicio 1
Escribe cinco aspectos positivos de la Iglesia medieval y explica brevemente por qué fueron importantes para la historia del cristianismo.
Ejercicio 2
Lee Marcos 7:1-13 y responde con tus propias palabras: ¿qué diferencia existe entre obedecer la Palabra de Dios y seguir tradiciones humanas?
Ejercicio 3
Busca y lee Efesios 2:8-9, Romanos 5:1 y Colosenses 1:18. Escribe qué enseñan estos tres pasajes acerca de la salvación y de la autoridad de Cristo sobre la Iglesia.
Ejercicio 4
Haz una línea del tiempo sencilla con estas fechas:
- 476 d.C. — Caída del Imperio Romano de Occidente.
- 597 d.C. — Agustín de Canterbury llega a Inglaterra.
- 1384 — Muerte de John Wycliffe.
- 1415 — Martirio de Jan Hus.
- 1517 — Publicación de las 95 tesis de Martín Lutero.
Escribe junto a cada fecha una oración explicando por qué fue importante.
Ejercicio 5
Escribe un párrafo respondiendo esta pregunta:
¿Qué enseñanza de la historia de la Iglesia medieval consideras más importante para los cristianos de la actualidad y por qué?