Cuarta lección del estudio: Teología Histórica.
La Iglesia medieval, sus luces, errores y necesidad de reforma
Hubo un tiempo en Europa en que las campanas de una iglesia marcaban buena parte de la vida de una persona. Sonaban al amanecer, acompañaban celebraciones, anunciaban peligros y doblaban cuando alguien moría. La iglesia estaba en el centro de las ciudades y aldeas. Sin embargo, estar rodeado de símbolos cristianos no significaba necesariamente comprender con claridad el evangelio. Esa es una de las grandes paradojas de la Iglesia medieval.
La Edad Media abarca aproximadamente desde la caída del Imperio romano de Occidente en el año 476 hasta los siglos XV y XVI. Fueron cerca de mil años, por lo que sería un grave error describir todo ese periodo como si nada hubiera cambiado. Hubo creyentes sinceros, grandes esfuerzos misioneros, obras de misericordia, estudio de las Escrituras y defensa de verdades fundamentales. Pero también crecieron errores, abusos de autoridad y prácticas que terminaron oscureciendo enseñanzas centrales de la Palabra de Dios.
Por eso debemos estudiar este periodo con equilibrio. No debemos afirmar que durante siglos desapareció por completo la verdadera Iglesia. Cristo había prometido acerca de su Iglesia: “edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella” (Mateo 16:18). Pero tampoco debemos cerrar los ojos ante aquello que necesitaba ser corregido. La historia medieval nos enseña que una iglesia puede conservar muchas cosas verdaderas y, al mismo tiempo, permitir que errores graves crezcan lentamente dentro de ella.
Un mundo que estaba cambiando
Cuando el Imperio romano de Occidente cayó en el año 476, Europa quedó profundamente fragmentada. Los sistemas políticos que habían mantenido cierto orden comenzaron a debilitarse. Hubo guerras, migraciones, pobreza e inestabilidad. En medio de ese escenario, las iglesias y los monasterios llegaron a desempeñar funciones importantes.
Muchos monasterios preservaron manuscritos antiguos y copiaron textos bíblicos a mano. Antes de la invención de la imprenta, producir un libro era un trabajo enorme. Un escriba podía pasar meses copiando cuidadosamente un manuscrito. Gracias a ese trabajo se conservaron numerosos escritos que de otra manera podían haberse perdido.
También hubo esfuerzos misioneros importantes. Patrick llevó el mensaje cristiano a Irlanda durante el siglo V. Bonifacio trabajó entre pueblos germánicos durante el siglo VIII. Cirilo y Metodio llevaron las Escrituras y la enseñanza cristiana a pueblos eslavos durante el siglo IX.
Estos hechos nos recuerdan algo importante: Dios no dejó de obrar durante la Edad Media. La historia de aquellos siglos no fue solamente oscuridad.
El apóstol Pablo escribió: “la palabra de Dios no está presa” (2 Timoteo 2:9). Imperios pueden caer, gobiernos pueden cambiar y las instituciones humanas pueden corromperse, pero Dios continúa preservando su verdad.
Luces que no debemos ignorar
Entre los creyentes medievales encontramos personas que mostraron un verdadero deseo de conocer y servir a Dios. Uno de los nombres más importantes fue Anselmo de Canterbury, quien vivió aproximadamente entre 1033 y 1109. Anselmo buscó comprender mejor quién es Dios y reflexionó profundamente acerca de la obra de Cristo.
En su obra sobre la encarnación y la satisfacción realizada por Cristo, destacó una verdad importante: el pecado no es algo pequeño y la reconciliación con Dios requiere una obra que el ser humano pecador no puede producir por sí mismo.
Mucho antes, Agustín de Hipona, fallecido en el año 430, había ejercido una influencia enorme sobre los siglos posteriores. Defendió con fuerza la necesidad de la gracia divina frente a la idea de que el ser humano pudiera alcanzar la salvación mediante su propia capacidad moral. Siglos después, hombres como Martín Lutero y Juan Calvino encontrarían en varios escritos de Agustín importantes afirmaciones acerca de la gracia.
También debemos reconocer el cuidado de pobres, enfermos, viajeros y huérfanos realizado por diferentes comunidades cristianas. Aunque estas obras nunca pueden justificar al pecador delante de Dios, muchas fueron expresiones reales de misericordia hacia personas necesitadas.
La Escritura enseña: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” (Santiago 2:17). Las buenas obras no compran la salvación, pero una fe verdadera produce fruto.
Cuando la autoridad comenzó a concentrarse
Uno de los problemas que creció durante los siglos medievales fue la acumulación de poder alrededor del obispo de Roma. En los primeros siglos existían obispos importantes en diferentes ciudades, pero con el paso del tiempo el obispo de Roma adquirió una autoridad cada vez mayor sobre amplias regiones de la Iglesia occidental.
Esta autoridad llegó a mezclarse con el poder político. Papas, reyes y emperadores tuvieron conflictos sobre quién podía nombrar autoridades religiosas y quién poseía la última palabra sobre determinados asuntos.
El problema fundamental aparece cuando una autoridad humana comienza a ocupar un lugar que pertenece únicamente a Cristo.
Pablo declara acerca de Jesús: “él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia” (Colosenses 1:18).
Pastores, maestros y ancianos tienen responsabilidades reales, pero ninguno es dueño de la Iglesia. Pedro mismo enseñó a los ancianos que debían cuidar al pueblo de Dios “no como teniendo señorío sobre los que están a vuestro cuidado, sino siendo ejemplos de la grey” (1 Pedro 5:3).
La autoridad cristiana debe servir bajo la autoridad de Cristo y permanecer sometida a su Palabra.
La distancia entre el pueblo y las Escrituras
Otro problema serio fue que gran parte de la población occidental no tenía acceso directo a la Biblia en una lengua que pudiera comprender fácilmente. Durante muchos siglos, el latín fue utilizado ampliamente en la liturgia y en los estudios eclesiásticos, mientras que gran parte de la población hablaba otras lenguas y, además, no sabía leer.
Esto no significa que absolutamente nadie conociera la Biblia. Las Escrituras eran leídas, copiadas, enseñadas y utilizadas constantemente. Sin embargo, el acceso directo del creyente común era muy limitado.
Ese problema se vuelve especialmente grave cuando tradiciones humanas comienzan a ocupar un lugar semejante o superior a la enseñanza clara de las Escrituras.
Jesús había advertido: “invalidando la palabra de Dios con vuestra tradición que habéis transmitido” (Marcos 7:13).
La Iglesia necesita escuchar continuamente la Palabra porque ella funciona como una lámpara que descubre nuestros errores. “Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino” (Salmo 119:105).
El evangelio comenzó a cubrirse de añadidos
Este fue el problema más serio. Con el paso de los siglos se desarrolló un sistema religioso en el que la salvación llegó a presentarse de una manera cada vez más ligada a sacramentos, penitencias, méritos y otras prácticas administradas por la institución eclesiástica.
La pregunta central era sencilla pero decisiva: ¿cómo puede un pecador ser aceptado delante de un Dios santo?
La respuesta apostólica es clara: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” (Romanos 3:24).
La salvación no es una recompensa que Dios entrega después de que Cristo hace una parte y nosotros completamos lo que falta. Cristo realizó una obra suficiente.
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Hebreos 10:14).
Cuando añadimos requisitos humanos como fundamento para ser aceptados por Dios, la mirada comienza a desplazarse de Cristo hacia nuestras propias acciones.
Las indulgencias y el abuso de una necesidad espiritual
Uno de los ejemplos más conocidos apareció alrededor de las indulgencias. Su desarrollo fue complejo y ocurrió durante siglos, pero hacia finales de la Edad Media llegó a estar relacionado con graves abusos.
La situación alcanzó especial notoriedad a comienzos del siglo XVI. Johann Tetzel fue uno de los predicadores de indulgencias relacionados con la campaña que provocaría la reacción de Martín Lutero.
El 31 de octubre de 1517, Lutero hizo públicas sus famosas noventa y cinco tesis contra los abusos relacionados con las indulgencias.
El problema tocaba directamente la conciencia de las personas. ¿Puede el perdón de Dios convertirse en algo que dependa de pagos, méritos acumulados o mecanismos controlados por seres humanos?
Pedro había declarado siglos antes: “sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir... no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo” (1 Pedro 1:18-19).
El perdón verdadero no puede comprarse. Cristo pagó el precio que ningún ser humano podía pagar.
Voces que pidieron volver a la Palabra
La necesidad de reforma no apareció repentinamente con Lutero. Antes de 1517 ya existieron personas que denunciaron errores y pidieron cambios.
John Wycliffe, quien murió en 1384, defendió la autoridad de las Escrituras y promovió que la Biblia estuviera disponible para el pueblo inglés. Sus seguidores participaron en la producción y difusión de traducciones inglesas de la Biblia basadas en la Vulgata latina.
Décadas después, Jan Hus, nacido alrededor de 1370, predicó en Bohemia y denunció diferentes abusos dentro de la Iglesia. Fue condenado y ejecutado en 1415 durante el Concilio de Constanza.
Estos hombres no fueron perfectos y no debemos convertirlos en héroes sin errores. Su importancia está en algo mayor que ellos mismos: ayudaron a dirigir nuevamente la atención hacia la autoridad de la Palabra de Dios.
Siglos después, Juan Calvino insistiría en que la verdadera Iglesia debe reconocer la voz de Cristo expresada en las Escrituras. Los puritanos continuarían esa preocupación, buscando que no solamente las enseñanzas públicas, sino también la adoración, la familia y la vida diaria fueran examinadas por la Palabra.
William Perkins, una figura importante entre los primeros puritanos ingleses, destacó la necesidad de que la predicación explicara fielmente las Escrituras y las aplicara a la conciencia del oyente.
Ese principio continúa siendo necesario hoy.
La reforma debía comenzar más profundamente
La Iglesia medieval necesitaba cambios institucionales, pero su necesidad más profunda no podía resolverse simplemente reemplazando autoridades corruptas por autoridades más honestas.
El problema llegaba hasta el corazón humano.
Jeremías escribió: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9).
Podemos reformar edificios, instituciones y estructuras, pero si el corazón permanece alejado de Dios, tarde o temprano volveremos a producir corrupción.
Por eso la gran necesidad era recuperar con claridad el evangelio. El pecador necesita comprender que no puede justificarse delante de Dios mediante peregrinaciones, penitencias, dinero, ceremonias ni méritos personales.
Necesita a Cristo.
Pablo escribió: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9).
La reforma que comenzó a tomar forma durante el siglo XVI tendría precisamente esta pregunta en su centro: ¿qué enseñan realmente las Escrituras acerca de la salvación?
Una advertencia para nosotros
Sería fácil terminar esta lección mirando a la Iglesia medieval desde lejos y señalando sus errores. Pero estudiar la historia de esa manera sería perder una de sus enseñanzas más importantes.
Los errores graves rara vez aparecen de una sola vez. Normalmente crecen poco a poco. Una tradición parece útil. Después se vuelve habitual. Más tarde deja de cuestionarse. Finalmente puede terminar siendo tratada como si tuviera la misma autoridad que la Palabra de Dios.
Por eso cada generación necesita regresar constantemente a las Escrituras.
Los creyentes de Berea fueron elogiados porque “recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
Observa algo sorprendente: ellos examinaban incluso la enseñanza de Pablo. Si los oyentes de un apóstol comparaban lo que escuchaban con las Escrituras, nosotros también debemos hacerlo con cualquier pastor, maestro, libro, tradición o enseñanza.
La Iglesia medieval nos deja, entonces, una doble lección. Primero, Dios preserva a su pueblo incluso en periodos de confusión y debilidad. Segundo, ninguna generación puede pensar que está protegida automáticamente contra el error.
La seguridad de la Iglesia no está en su antigüedad, edificios, instituciones, líderes o tradiciones. Está en Cristo y en la verdad que Él ha dado.
Conclusión
Durante aproximadamente mil años de historia medieval hubo luces y sombras. Hubo creyentes sinceros, esfuerzos misioneros, preservación de manuscritos, obras de misericordia y hombres que buscaron comprender y enseñar la verdad. Dios no abandonó a su Iglesia.
Pero también crecieron la concentración excesiva de autoridad, abusos religiosos, tradiciones difíciles de justificar bíblicamente y una comprensión cada vez menos clara de cómo el pecador es aceptado delante de Dios.
La necesidad de reforma no surgió porque la Iglesia necesitara una religión nueva. Surgió porque necesitaba volver a la Palabra que ya había recibido.
Este principio sigue siendo válido. Cada generación puede comenzar fielmente y terminar alejándose si deja de examinarse a la luz de las Escrituras.
Por eso la pregunta final no debe ser solamente: “¿Qué errores cometieron ellos?”. Debemos preguntarnos también: “¿Estamos nosotros examinando nuestras creencias y prácticas con la misma Palabra de Dios?”.
“A la ley y al testimonio. Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20).
La historia medieval prepara así el escenario para uno de los acontecimientos más decisivos de la historia cristiana: la Reforma del siglo XVI. Pero antes de mirar hacia Lutero, Calvino y otros reformadores, debemos recordar por qué fue necesaria. Cuando la voz humana comienza a cubrir la voz de Dios, la solución no consiste en inventar una nueva verdad, sino en regresar humildemente a la verdad que Dios ya habló.
Ejercicios prácticos
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Luces y errores
Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe tres aspectos positivos de la Iglesia medieval mencionados en esta lección. En la otra escribe tres errores que llegaron a desarrollarse. -
Una fecha importante
Escribe qué ocurrió el 31 de octubre de 1517 y explica en dos o tres oraciones por qué ese acontecimiento llegó a ser importante. -
La salvación
Lee Efesios 2:8-9 y responde con tus propias palabras: ¿por qué nuestras buenas obras no pueden ser la base de nuestra salvación? -
Examinar lo que escuchamos
Lee Hechos 17:11. Escribe dos maneras sencillas en las que puedes comprobar bíblicamente lo que escuchas en una predicación o enseñanza cristiana. -
Una enseñanza para hoy
Escribe un párrafo breve respondiendo esta pregunta: ¿qué puede aprender la Iglesia actual de los aciertos y errores de la Iglesia medieval?