Tercera lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de las Escrituras
Una Biblia abierta puede parecer algo sencillo: páginas, tinta, capítulos y versículos. Sin embargo, detrás de esas páginas existe una pregunta que ninguna persona que quiera conocer verdaderamente a Dios puede evitar: ¿quién está hablando aquí?
Esta pregunta cambia por completo nuestra manera de acercarnos a las Escrituras. Si la Biblia fuera únicamente una colección de pensamientos religiosos escritos por hombres antiguos, podríamos admirarla, discutirla, aceptar algunas partes y rechazar otras. Pero si Dios realmente ha hablado por medio de ella, entonces estamos delante de algo mucho mayor. Ya no somos jueces sentados sobre la Palabra; somos criaturas escuchando la voz de nuestro Creador.
Por eso, estudiar las Escrituras no consiste simplemente en conocer cómo se formó un libro. Significa comprender cómo Dios decidió darse a conocer, cómo habló por medio de autores humanos, por qué podemos confiar en lo que está escrito y qué autoridad tiene su Palabra sobre nuestra vida.
La fe cristiana comienza con una realidad fundamental: Dios no ha permanecido en silencio.
Dios es un Dios que habla
La Biblia comienza de una manera extraordinaria. Antes de encontrarnos con Abraham, Moisés, David o los profetas, encontramos a Dios hablando.
“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.” — Génesis 1:3
Esta sencilla declaración nos muestra algo fundamental acerca de Dios. Él no es una fuerza impersonal ni una energía escondida detrás del universo. Dios conoce, quiere, ordena y habla.
Su palabra posee autoridad absoluta. Cuando Dios dice: “Sea la luz”, la creación no debate con Él. La luz aparece. Cuando ordena que las aguas se reúnan, obedecen. Cuando llama a existir las estrellas, aparecen en el cielo.
Desde las primeras páginas de la Biblia aprendemos que la palabra de Dios no es una opinión acerca de la realidad. La palabra de Dios gobierna la realidad.
El Salmo 33 lo expresa de manera hermosa:
“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.” — Salmo 33:6
Pero Dios no solamente habló para crear. También habló para darse a conocer.
Después de la caída, el ser humano quedó profundamente afectado por el pecado. Su entendimiento se oscureció, sus deseos se desviaron y su relación con Dios quedó quebrantada. El hombre todavía puede observar la creación y reconocer en ella señales del poder y la grandeza de su Creador, pero necesita que Dios le revele claramente quién es, cuál es su voluntad y cómo puede un pecador ser reconciliado con Él.
Por eso Dios habló.
Habló a Abraham. Habló a Moisés. Habló por medio de los profetas. Dio mandamientos, promesas, advertencias y palabras de esperanza. Y todo ese proceso avanzaba hacia la revelación más grande de todas.
“Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo.” — Hebreos 1:1-2
La historia bíblica es, por tanto, la historia de un Dios que se acerca y habla.
La revelación de Dios quedó escrita
Dios no quiso que el conocimiento de sus grandes obras dependiera únicamente de la memoria humana.
Pensemos en Israel atravesando generaciones. Los niños que nacieran siglos después del éxodo no habían visto abrirse el mar. No habían escuchado personalmente la voz de Moisés. No habían contemplado las plagas de Egipto. Sin embargo, necesitaban conocer al mismo Dios que había rescatado a sus antepasados.
Por eso encontramos repetidamente a Dios ordenando que sus palabras fueran escritas.
“Y Jehová dijo a Moisés: Escribe esto para memoria en un libro.” — Éxodo 17:14
Más adelante leemos:
“Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová.” — Éxodo 24:4
Lo escrito permitía que la verdad recibida por una generación pudiera ser conocida por las siguientes.
Esto tiene una enorme importancia. Nuestra fe no depende de rumores transmitidos durante siglos ni de recuerdos religiosos que fueron cambiando libremente con el tiempo. Dios quiso dejar un testimonio escrito de su obra y de sus palabras.
Los profetas también recibieron órdenes semejantes. Jeremías, por ejemplo, escuchó:
“Toma un rollo de libro, y escribe en él todas las palabras que te he hablado.” — Jeremías 36:2
Así vemos un patrón claro. Dios habla, Dios actúa y Dios hace que su verdad quede registrada.
Las Escrituras se desarrollaron dentro de la historia real. Fueron escritas por diferentes autores, durante distintos periodos y bajo circunstancias muy variadas. Encontramos leyes, relatos históricos, poesía, sabiduría, profecía, cartas y otros tipos de escritos. Sin embargo, detrás de esta diversidad existe una profunda unidad porque toda la historia conduce al propósito redentor de Dios que alcanza su centro en Jesucristo.
Palabras humanas y Palabra de Dios
Aquí llegamos a una de las verdades más importantes de esta doctrina.
La Biblia fue escrita por seres humanos reales.
Moisés escribió como Moisés. David escribió como David. Isaías no escribe exactamente como Jeremías. Lucas investigó cuidadosamente los acontecimientos relacionados con Jesús. Pablo escribió cartas a iglesias concretas enfrentando problemas concretos.
Los autores bíblicos tenían personalidades, vocabulario, experiencias y estilos diferentes.
La participación humana no desapareció.
Sin embargo, la Escritura afirma que detrás de esos autores estaba obrando Dios.
Pedro lo explica de esta manera:
“Porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.” — 2 Pedro 1:21
Esto significa que el origen final de las Escrituras no se encuentra simplemente en la voluntad de sus escritores. Dios obró por medio de ellos para comunicar exactamente aquello que quería revelar.
Esto no significa que los autores fueran máquinas que escribían sin pensar. Dios utilizó sus capacidades, conocimientos, circunstancias e incluso sus maneras particulares de expresarse.
Lucas ofrece un ejemplo especialmente claro. Al comenzar su Evangelio explica que investigó cuidadosamente los acontecimientos antes de escribirlos ordenadamente.
“Me ha parecido también a mí, después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden.” — Lucas 1:3
Lucas investigó. Consultó información. Organizó los acontecimientos. Pensó cuidadosamente cómo presentar su relato.
Y, al mismo tiempo, Dios estaba obrando mediante ese proceso humano.
Por eso no necesitamos elegir entre decir que la Biblia fue escrita por hombres o decir que procede de Dios. Ambas cosas son ciertas, aunque no de la misma manera: los hombres fueron verdaderos autores, mientras que Dios es su Autor supremo.
Toda la Escritura procede de Dios
Uno de los textos fundamentales para comprender este asunto se encuentra en la segunda carta de Pablo a Timoteo.
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia.” — 2 Timoteo 3:16
Cuando Pablo afirma que la Escritura es “inspirada por Dios”, no está diciendo simplemente que los escritores tuvieron ideas religiosas especialmente profundas.
La idea es mucho más fuerte.
Las Escrituras proceden de Dios.
Así como nuestras palabras salen de nuestra boca acompañadas por nuestro aliento, Pablo utiliza una expresión que presenta la Escritura como proveniente del propio aliento de Dios.
Por eso su autoridad no depende finalmente de la inteligencia de Moisés, de la sensibilidad de David, de la sabiduría de Salomón, del conocimiento de Lucas o de la preparación de Pablo.
Su autoridad descansa en Dios.
Francisco Turretin, uno de los grandes maestros del siglo XVII, insistió en esta distinción porque comprendía que la autoridad de la Escritura no podía descansar finalmente en la aprobación humana. Si Dios es su Autor, entonces la Palabra posee autoridad porque procede de Él.
Siglos después, Benjamin B. Warfield explicó cuidadosamente esta misma verdad al estudiar el lenguaje bíblico acerca de la inspiración. Su énfasis era sencillo pero decisivo: no debemos pensar solamente que Dios inspiró a ciertos hombres; debemos reconocer que el resultado de esa obra divina fueron Escrituras que verdaderamente proceden de Dios.
Esto cambia nuestra relación con la Biblia.
Cuando abrimos las Escrituras, no estamos simplemente leyendo las opiniones religiosas de personas que vivieron hace miles de años. Estamos recibiendo mediante palabras humanas aquello que Dios quiso comunicar a su pueblo.
La autoridad de la Escritura viene de Dios
Aquí surge una pregunta importante: ¿quién le da autoridad a la Biblia?
La respuesta es sencilla: nadie le concede autoridad.
La Escritura posee autoridad porque Dios tiene autoridad.
Una iglesia no puede hacer que la Palabra de Dios se convierta en Palabra de Dios mediante una decisión oficial. Un concilio tampoco puede otorgarle autoridad divina. Los creyentes reconocen esa autoridad, pero no la producen.
Juan Calvino explicó esta verdad con mucha claridad durante el siglo XVI. Señaló que sería invertir el orden correcto pensar que la Escritura depende de la decisión de la Iglesia para poseer autoridad. La Iglesia recibe la Palabra; no está por encima de ella.
Jesús mismo trató las Escrituras de esta manera.
Cuando fue tentado respondió repetidamente:
“Escrito está.” — Mateo 4:4
Para Cristo, lo que estaba escrito poseía autoridad definitiva.
En otra ocasión declaró:
“La Escritura no puede ser quebrantada.” — Juan 10:35
Estas palabras son extraordinarias. Jesús no trataba las Escrituras como una colección de consejos religiosos que podían modificarse según las circunstancias. Las recibía como la Palabra firme de Dios.
Por eso nuestra postura ante la Escritura revela algo profundo acerca de nuestra postura ante Dios.
No podemos afirmar sinceramente que queremos escuchar a Dios mientras despreciamos aquello que Él ha hablado.
Cuando la Escritura confronta nuestras ideas, no es la Escritura la que debe cambiar.
Cuando confronta nuestras costumbres, son nuestras costumbres las que deben ser examinadas.
Cuando confronta nuestros deseos, nuestros deseos deben someterse a ella.
La autoridad bíblica significa precisamente eso: Dios tiene derecho a decirnos qué debemos creer, cómo debemos vivir, qué debemos rechazar y dónde debemos colocar nuestra esperanza.
La Palabra que conduce hacia Cristo
Sin embargo, sería un grave error estudiar la doctrina de las Escrituras y terminar pensando únicamente en un libro.
La Biblia tiene un propósito mucho mayor que llenar nuestra mente de información.
Las Escrituras nos conducen hacia Cristo.
Jesús dijo a quienes estudiaban cuidadosamente los escritos del Antiguo Testamento:
“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí.” — Juan 5:39
Una persona puede conocer muchos datos bíblicos y, aun así, perder de vista el corazón del mensaje.
Desde la promesa dada después de la caída, pasando por Abraham, el éxodo, los sacrificios, el sacerdocio, David y los profetas, una gran esperanza atraviesa las páginas de la Escritura.
Dios salvará a su pueblo.
Esa esperanza finalmente toma rostro humano en Jesús de Nazaret.
Después de su resurrección, mientras caminaba con dos discípulos hacia Emaús, Cristo hizo algo extraordinario:
“Y comenzando desde Moisés, y siguiendo por todos los profetas, les declaraba en todas las Escrituras lo que de él decían.” — Lucas 24:27
Esto nos enseña cómo debemos acercarnos a la Biblia. No como quien entra en una habitación llena de textos aislados, sino como quien contempla una gran historia cuyo centro es Cristo.
La creación muestra nuestra procedencia. La caída explica nuestra condición. Las promesas anuncian esperanza. Los sacrificios muestran la gravedad del pecado y la necesidad de expiación. Los profetas anuncian al Rey venidero. Los Evangelios presentan su llegada. Las cartas explican su obra. Y el final de la Escritura dirige nuestros ojos hacia su regreso y la restauración de todas las cosas.
La Biblia, desde Génesis hasta Apocalipsis, nos enseña quién es Dios, quiénes somos nosotros, qué ha hecho el pecado y cómo Dios rescata pecadores por medio de Jesucristo.
Por eso estudiar la doctrina de las Escrituras no debería producir solamente una Biblia mejor conocida.
Debería producir una vida que escucha con mayor reverencia al Dios que ha hablado.
La Palabra de Dios es verdadera
Si Dios es el Autor supremo de las Escrituras, surge inevitablemente otra pregunta: ¿podemos confiar completamente en lo que Él ha dicho?
La respuesta bíblica es sí.
Esta confianza no comienza afirmando que los seres humanos nunca se equivocan. Sabemos por experiencia que podemos olvidar, confundir, exagerar e incluso mentir. La seguridad de la Escritura descansa en algo mucho más firme: el carácter del Dios que habla.
Dios es verdadero.
“Dios no es hombre, para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta.” — Números 23:19
Pablo habla de Dios como aquel “que no miente” en Tito 1:2. Jesús, orando al Padre, declara:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” — Juan 17:17
Observemos que Jesús no dice simplemente que la Palabra contiene algunas verdades. Dice: “tu palabra es verdad”.
Esto nos lleva al corazón de la confiabilidad de las Escrituras. Si Dios conoce perfectamente todas las cosas y su carácter es absolutamente verdadero, entonces aquello que Él comunica no puede engañarnos.
Esta convicción ha sido profundamente importante para la Iglesia a través de los siglos. Agustín de Hipona, que vivió entre los años 354 y 430, expresó una enorme confianza en los escritos bíblicos y sostuvo que, cuando encontraba una aparente dificultad, debía considerar si había entendido correctamente el texto, si existía algún problema en la transmisión del manuscrito o si todavía no comprendía lo que el autor quería comunicar.
Su actitud resulta instructiva.
No comenzaba suponiendo que Dios se había equivocado. Comenzaba examinando su propia comprensión.
Eso sigue siendo necesario hoy.
Hay pasajes difíciles. Existen textos cuya interpretación requiere conocer su contexto. Algunas diferencias entre relatos paralelos necesitan estudiarse cuidadosamente. Hay expresiones antiguas que pueden parecernos extrañas porque fueron escritas dentro de culturas muy diferentes a la nuestra.
Pero dificultad no significa error.
Cuando encontramos algo que no comprendemos, la respuesta responsable no consiste en esconder la dificultad ni en declarar inmediatamente que existe una contradicción. Debemos estudiar el texto, observar su contexto, comparar pasajes relacionados y reconocer humildemente los límites de nuestro conocimiento.
La Escritura merece esa paciencia porque el Dios que habla en ella es digno de confianza.
La Biblia no necesita ser corregida por nuestra época
Cada generación siente la tentación de pensar que finalmente ha alcanzado una perspectiva desde la cual puede juzgar a todas las generaciones anteriores.
Nuestra época no es diferente.
Algunas enseñanzas bíblicas pueden coincidir fácilmente con aquello que nuestra cultura considera correcto. Otras pueden enfrentarse directamente con nuestras ideas, deseos o valores.
Precisamente allí aparece una prueba importante.
¿Qué sucede cuando la Biblia dice algo que nosotros preferiríamos que no dijera?
Podemos comenzar a buscar maneras de escuchar únicamente aquello que confirma nuestras opiniones. Sin darnos cuenta, dejamos de permitir que la Escritura examine nuestra vida y comenzamos nosotros a examinarla como si ocupáramos una posición superior.
Pero el discípulo de Cristo debe aprender una postura diferente.
“A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido.” — Isaías 8:20
Nuestras emociones son reales, pero no son infalibles. Nuestra cultura puede enseñarnos algunas cosas útiles, pero tampoco es infalible. Las tradiciones familiares pueden contener sabiduría, pero pueden equivocarse. Los maestros pueden equivocarse. Los pastores pueden equivocarse. Los autores cristianos pueden equivocarse.
La Escritura permanece como la norma mediante la cual debemos examinar toda enseñanza.
Esto incluye incluso las palabras de personas que parecen espiritualmente admirables.
En Hechos encontramos un ejemplo precioso. Cuando Pablo y Silas llegaron a Berea, sus habitantes recibieron la enseñanza con interés, pero hicieron algo más:
“Recibieron la palabra con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así.” — Hechos 17:11
No fueron reprendidos por examinar la enseñanza de Pablo. Fueron reconocidos precisamente por hacerlo.
Esto establece una práctica saludable para cualquier creyente: ningún maestro debe ocupar el lugar que corresponde a la Palabra de Dios.
Podemos aprender profundamente de otros cristianos. Podemos leer autores antiguos y contemporáneos. Podemos escuchar predicaciones y estudiar buenos libros. Pero todo debe ser examinado a la luz de la Escritura.
La Escritura es suficiente
Otra verdad fundamental es la suficiencia de la Palabra de Dios.
Esto no significa que la Biblia contenga toda la información posible acerca de cada tema.
No pretende enseñarnos cómo reparar un automóvil, construir un puente, realizar una operación médica o resolver cada problema matemático. Podemos aprender muchas cosas verdaderas mediante la observación, la investigación y la experiencia humana.
La suficiencia bíblica significa algo diferente y mucho más importante: Dios nos ha dado en las Escrituras todo aquello que necesitamos conocer para comprender el camino de salvación, conocer su voluntad y vivir delante de Él.
Pablo le recuerda a Timoteo que desde su niñez había conocido las Sagradas Escrituras:
“Las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús.” — 2 Timoteo 3:15
Luego añade:
“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra.” — 2 Timoteo 3:16-17
Observemos el alcance de estas palabras.
La Escritura enseña.
La Escritura confronta.
La Escritura corrige.
La Escritura instruye.
Y su propósito es preparar al creyente para toda buena obra.
Esto significa que no necesitamos descubrir una enseñanza secreta reservada para un pequeño grupo de personas espiritualmente superiores. Tampoco necesitamos una nueva revelación que complete aquello que supuestamente faltó en la obra de Cristo y en el testimonio apostólico.
Judas habla de “la fe que ha sido una vez dada a los santos” en Judas 3.
El fundamento ha sido establecido.
La suficiencia de la Escritura protege a la Iglesia de una búsqueda interminable de voces nuevas que pretendan hablar con la misma autoridad que Dios.
También protege al creyente de algo muy peligroso: convertir sus propios pensamientos en palabras divinas.
Podemos sentir convicciones fuertes. Podemos tener impresiones. Podemos tomar decisiones después de mucha oración. Pero debemos ser cuidadosos antes de afirmar: “Dios me dijo”.
La seguridad que sí tenemos es esta: cuando comprendemos correctamente lo que Dios ha revelado en las Escrituras, sabemos que Él verdaderamente ha hablado.
La Escritura puede ser comprendida
Si Dios nos dio su Palabra para enseñarnos, también debemos preguntarnos si una persona común puede comprenderla.
La respuesta necesita equilibrio.
No todos los pasajes tienen la misma facilidad. Pedro reconoció que algunas cosas escritas por Pablo eran “difíciles de entender” en 2 Pedro 3:16.
Eso significa que la propia Biblia reconoce la existencia de textos difíciles.
Necesitamos estudiar. Necesitamos conocer el contexto. Necesitamos aprender de maestros fieles. En muchas ocasiones resulta útil conocer la historia, las costumbres y las circunstancias originales de un pasaje.
Pero reconocer dificultades no significa afirmar que la Biblia sea un libro imposible de comprender.
Las verdades centrales necesarias para conocer a Dios, entender nuestra condición y conocer el camino de salvación aparecen con suficiente claridad.
En Deuteronomio, Dios ordenó que sus palabras fueran enseñadas dentro de los hogares:
“Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos.” — Deuteronomio 6:6-7
Esto supone que la Palabra podía ser escuchada, aprendida y enseñada.
Los Salmos presentan una realidad semejante:
“La exposición de tus palabras alumbra; hace entender a los simples.” — Salmo 119:130
Dios no entregó su Palabra para esconder la verdad detrás de un laberinto imposible de atravesar.
La entregó para ser conocida.
Durante la Reforma del siglo XVI, esta convicción tuvo consecuencias enormes. William Tyndale, nacido alrededor de 1494, trabajó para que las Escrituras pudieran ser leídas en inglés por personas comunes. Su traducción del Nuevo Testamento apareció impresa en 1526. Tyndale estaba convencido de que la Palabra de Dios no debía permanecer encerrada lejos del pueblo.
Su trabajo le costaría finalmente la vida en 1536.
La historia de hombres como Tyndale nos recuerda algo que fácilmente olvidamos cuando tenemos una Biblia al alcance de la mano: generaciones anteriores estuvieron dispuestas a sufrir para que otras personas pudieran leer las Escrituras en su propia lengua.
Hoy podemos abrir una Biblia en segundos.
El problema muchas veces ya no es que no podamos acceder a ella.
El problema es que podemos tenerla tan cerca que dejamos de apreciar el privilegio de escuchar la Palabra de Dios.
El Espíritu Santo y nuestra comprensión
Existe además una diferencia entre comprender las palabras de un pasaje y recibir espiritualmente aquello que esas palabras enseñan.
Una persona puede estudiar la Biblia únicamente como literatura antigua. Puede conocer fechas, lugares, idiomas y acontecimientos históricos. Todo ese conocimiento puede ser útil.
Pero necesitamos algo más profundo.
Necesitamos que Dios abra nuestro entendimiento.
Pablo escribe:
“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura.” — 1 Corintios 2:14
El problema humano no es únicamente falta de información. Existe también una resistencia del corazón.
Por eso necesitamos la obra del Espíritu Santo.
Esto no significa que el Espíritu nos entregue significados secretos que no están presentes en el texto. Tampoco significa que podamos ignorar cuidadosamente lo que un pasaje realmente dice y después atribuir nuestra interpretación a Dios.
El Espíritu que inspiró la Escritura no contradice la Escritura.
Su obra abre nuestros ojos para recibir, comprender y amar la verdad que Dios ya ha revelado.
Podemos verlo después de la resurrección de Cristo.
Lucas escribe:
“Entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras.” — Lucas 24:45
Las palabras estaban allí.
Los discípulos las habían escuchado antes.
Pero necesitaban comprender correctamente aquello hacia lo cual esas palabras apuntaban.
Por eso el estudio bíblico debería estar acompañado de oración.
Antes de abrir las Escrituras podemos acercarnos a Dios con una petición sencilla: “Señor, ayúdame a entender lo que has dicho y dame un corazón dispuesto a obedecerlo”.
No necesitamos buscar experiencias extraordinarias.
Necesitamos ojos abiertos para contemplar la verdad que tenemos delante.
La Biblia es necesaria
La creación revela muchísimo acerca de Dios.
Cuando contemplamos la inmensidad del cielo, el orden del universo, la complejidad de la vida o la belleza del mundo, encontramos señales poderosas de su Creador.
Pablo afirma:
“Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo.” — Romanos 1:20
La creación es suficiente para mostrar que no vivimos en un universo sin Creador y para dejar al ser humano sin excusa delante de Dios.
Pero hay algo que los cielos, las montañas y los océanos no pueden explicarnos por sí mismos.
No pueden contarnos que Jesucristo murió por pecadores.
No pueden explicarnos la cruz.
No pueden anunciarnos que Cristo resucitó.
No pueden enseñarnos que la justificación es recibida mediante la fe.
Para conocer claramente el evangelio necesitamos que Dios hable.
Pablo plantea esta necesidad mediante una serie de preguntas:
“¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?” — Romanos 10:14
Y poco después concluye:
“Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.” — Romanos 10:17
Esta es una de las razones por las que la Iglesia debe cuidar profundamente la enseñanza de las Escrituras.
No tenemos un mensaje mejor.
No necesitamos hacer que la Palabra parezca más poderosa de lo que es.
Necesitamos proclamarla fielmente.
Una Biblia abierta y un corazón dispuesto
Podemos poseer una Biblia correcta, defender su autoridad, afirmar su inspiración y conocer muchas doctrinas acerca de ella, mientras nuestra vida permanece prácticamente alejada de sus páginas.
Ese sería un fracaso profundo.
La doctrina de las Escrituras no fue dada simplemente para ganar discusiones acerca de la Biblia.
Fue dada para llevarnos a escuchar al Dios de la Biblia.
Los creyentes de Berea escudriñaban diariamente las Escrituras. El salmista meditaba en ellas. Timoteo las conocía desde su niñez. Jesús respondía a la tentación mediante aquello que estaba escrito.
Existe aquí una aplicación sencilla pero profunda.
Una Biblia cerrada puede estar perfectamente conservada sobre una mesa y, sin embargo, no estar transformando a nadie.
Debemos abrirla.
Debemos leerla lentamente.
Debemos preguntar qué quiso comunicar el autor.
Debemos observar cómo cada pasaje se relaciona con la gran historia de la redención.
Debemos buscar a Cristo.
Debemos permitir que la Palabra descubra nuestros pecados, corrija nuestras ideas, fortalezca nuestra fe y dirija nuestros pasos.
Y después debemos obedecer.
Santiago advierte:
“Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.” — Santiago 1:22
La verdadera pregunta, entonces, no es solamente cuánto sabemos acerca de la Biblia.
La pregunta también es cuánto estamos dispuestos a someternos al Dios que habla mediante ella.
Porque cuando la Escritura es correctamente entendida, no estamos simplemente acumulando información acerca de Dios.
Estamos escuchando la voz escrita del Dios que nos creó, que se ha revelado y que nos conduce hacia su Hijo.
```htmlLos libros que pertenecen a las Escrituras
Hasta aquí hemos afirmado que Dios ha hablado y que hizo que su Palabra quedara escrita. Pero esto conduce a una pregunta necesaria: ¿cómo sabemos cuáles libros pertenecen a las Escrituras?
A esta colección de libros reconocidos como Palabra de Dios se le llama canon.
La palabra puede sonar complicada, pero la idea es sencilla. Se refiere al conjunto de libros que pertenecen legítimamente a las Sagradas Escrituras.
La Biblia protestante contiene 66 libros: 39 en el Antiguo Testamento y 27 en el Nuevo Testamento.
Es importante comprender algo desde el principio: la Iglesia no convirtió ciertos escritos humanos en Palabra de Dios mediante una votación.
La Iglesia reconoció aquellos escritos que Dios había dado.
Esta diferencia es fundamental.
La autoridad de Isaías no comenzó cuando una comunidad religiosa decidió aceptar su libro. Las cartas de Pablo no comenzaron a ser Palabra de Dios siglos después de haber sido escritas. Su autoridad procedía de Dios desde su origen.
La responsabilidad del pueblo de Dios fue reconocer esa autoridad.
Podemos observar este reconocimiento dentro de la propia Biblia.
Pedro, por ejemplo, habla de las cartas de Pablo y las relaciona con “las otras Escrituras”.
“Como también nuestro amado hermano Pablo, según la sabiduría que le ha sido dada, os ha escrito [...] entre las cuales hay algunas difíciles de entender, las cuales los indoctos e inconstantes tuercen, como también las otras Escrituras.” — 2 Pedro 3:15-16
Esta expresión resulta significativa porque muestra que escritos apostólicos ya estaban siendo reconocidos dentro de la categoría de Escritura.
También encontramos a Pablo citando palabras registradas en el Evangelio de Lucas junto con un texto de Deuteronomio:
“Pues la Escritura dice: No pondrás bozal al buey que trilla; y: Digno es el obrero de su salario.” — 1 Timoteo 5:18
La segunda expresión aparece en Lucas 10:7.
Esto nos permite observar cómo, desde tiempos muy tempranos, los escritos relacionados con los apóstoles comenzaron a ser recibidos como autoridad para la Iglesia.
La Iglesia reconoció lo que había recibido
Durante los primeros siglos surgieron numerosos escritos cristianos. Algunos eran útiles y podían ser leídos con provecho. Otros contenían enseñanzas equivocadas. También aparecieron escritos posteriores que intentaban presentarse falsamente bajo nombres apostólicos.
Por eso era necesario distinguir cuidadosamente.
Las iglesias consideraban, entre otras cosas, la relación de un escrito con los apóstoles, su enseñanza, su uso entre las congregaciones y su armonía con la verdad que ya habían recibido.
Con el paso del tiempo hubo un reconocimiento cada vez más amplio de los 27 libros del Nuevo Testamento.
En el año 367, Atanasio de Alejandría escribió su Carta Festal número 39, donde aparece una lista de los 27 libros del Nuevo Testamento que conocemos actualmente.
Más adelante, reuniones de líderes cristianos como las celebradas en Hipona en el año 393 y Cartago en el año 397 reflejaron también este reconocimiento.
Estas fechas deben comprenderse correctamente.
No significan que durante aquellos concilios ciertos hombres tomaron libros comunes y los transformaron en Escritura.
Sería como pensar que un científico crea una estrella cuando la identifica y registra su existencia. La estrella ya estaba allí. El científico la reconoce.
De manera semejante, la Iglesia reconoció los libros que había recibido como Palabra de Dios.
La autoridad final nunca descansó en un concilio.
Descansa en Dios.
Esta convicción sería expresada con gran claridad muchos siglos después en la Confesión de Fe de Westminster, terminada en 1646. Allí se afirmó que la autoridad de las Escrituras no depende del testimonio de ningún hombre o iglesia, sino enteramente de Dios, quien es su Autor.
La Iglesia escucha la voz de su Pastor en las Escrituras.
Jesús dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen.” — Juan 10:27
Una sola historia en dos Testamentos
Cuando abrimos nuestras Biblias encontramos una división evidente entre Antiguo y Nuevo Testamento.
Pero no debemos pensar que estamos delante de dos historias separadas.
Existe una sola gran historia de redención.
En el Antiguo Testamento vemos cómo Dios crea al hombre, cómo el pecado entra en el mundo y cómo comienza a desplegarse la promesa de salvación.
Después de la caída encontramos una primera esperanza:
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” — Génesis 3:15
La promesa continúa desarrollándose.
Dios llama a Abraham y promete bendecir por medio de su descendencia a las naciones. Israel es rescatado de Egipto. Aparecen los sacrificios. Se establece el sacerdocio. Dios levanta a David y promete un reino. Los profetas anuncian la llegada de un Siervo, un Rey y un nuevo pacto.
Es como observar el amanecer.
Al principio aparece una pequeña línea de luz en el horizonte. Después la claridad aumenta. Las formas comienzan a distinguirse. Finalmente sale el sol.
El Nuevo Testamento anuncia que aquel hacia quien apuntaban las promesas ha llegado.
“Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo.” — Gálatas 4:4
Por eso el Antiguo Testamento no debe ser tratado como una parte antigua de la Biblia que ya no tiene importancia.
Sin él difícilmente comprenderíamos la profundidad de palabras como sacrificio, pacto, reino, sacerdote, redención, Cordero o Mesías.
Cuando Juan el Bautista mira a Jesús y declara:
“He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.” — Juan 1:29
detrás de esa frase existe una larga historia bíblica.
El Nuevo Testamento no destruye esa historia.
Nos muestra su cumplimiento en Cristo.
Dios ha preservado su Palabra
Existe otra pregunta que merece atención. Los escritos originales de Moisés, Isaías, Mateo, Juan o Pablo ya no están físicamente entre nosotros. Entonces, ¿podemos confiar en el texto bíblico que poseemos?
Debemos responder sin exageraciones.
Los textos bíblicos fueron copiados durante siglos por seres humanos, y en las copias antiguas existen diferencias entre algunos manuscritos. La mayoría son pequeñas: cambios de orden, ortografía, palabras repetidas u omitidas y otras variaciones propias del proceso de copiar textos a mano.
Esto no debería ocultarse.
Pero tampoco debe utilizarse para crear una impresión falsa de incertidumbre.
Precisamente porque existen numerosos manuscritos antiguos, los estudiosos pueden compararlos cuidadosamente para determinar con enorme precisión el texto transmitido.
Además, ninguna enseñanza central de la fe cristiana depende de una variante textual cuya lectura sea imposible de determinar.
La existencia de diferencias entre copias no significa que el mensaje bíblico haya desaparecido.
A través de generaciones, idiomas, persecuciones, guerras, movimientos políticos y enormes cambios culturales, las Escrituras han continuado siendo copiadas, leídas, traducidas y proclamadas.
Isaías escribió:
“Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.” — Isaías 40:8
Jesús declaró:
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.” — Mateo 24:35
La preservación de la Escritura no significa que cada copista haya trabajado sin cometer jamás un pequeño error. Significa que Dios, en su providencia, no permitió que su Palabra desapareciera ni que su mensaje quedara perdido para su pueblo.
La Palabra debe habitar en nosotros
Después de hablar de inspiración, autoridad, verdad, suficiencia, claridad, necesidad, canon y preservación, podemos cometer un error sorprendente: terminar la lección sabiendo mucho acerca de la Biblia pero leyendo muy poco la Biblia.
Ese conocimiento estaría incompleto.
La Escritura no fue entregada únicamente para permanecer en bibliotecas, púlpitos o aulas.
Debe entrar en nuestra vida.
Pablo escribe:
“La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros.” — Colosenses 3:16
La imagen es hermosa.
La Palabra debe morar en nosotros.
No visitarnos ocasionalmente.
Morar.
Eso significa que comenzamos a conocerla de tal manera que transforma nuestra manera de pensar. Cuando enfrentamos una decisión, recordamos sus principios. Cuando pecamos, su verdad nos confronta. Cuando sufrimos, sus promesas nos sostienen. Cuando tenemos miedo, nos recuerda quién gobierna. Cuando somos tentados, nos muestra el camino de obediencia.
El Salmo 119 expresa esta relación de manera profundamente personal:
“En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti.” — Salmo 119:11
Guardar la Palabra en el corazón no significa simplemente memorizar muchas frases.
Significa permitir que la verdad de Dios vaya formando nuestra mente, nuestras decisiones y nuestros deseos.
Esto requiere tiempo.
Una lectura apresurada puede permitirnos terminar capítulos. Una lectura atenta puede permitir que esos capítulos comiencen a trabajar dentro de nosotros.
Es mejor comprender profundamente un pasaje pequeño que recorrer muchas páginas sin entender lo que hemos leído.
Podemos aprender a detenernos y hacer preguntas sencillas.
¿Qué está diciendo este texto?
¿Qué me enseña acerca de Dios?
¿Qué muestra acerca del ser humano?
¿Existe aquí una promesa, una advertencia o un mandato?
¿Cómo se relaciona esto con Cristo y con la obra de redención?
¿Qué debería cambiar en mi manera de pensar o vivir?
Estas preguntas convierten la lectura en una conversación seria con aquello que Dios ha revelado.
La Escritura también debe corregirnos
Existe una manera peligrosa de leer la Biblia: buscar únicamente textos que confirmen aquello que ya pensamos.
Podemos acercarnos a ella buscando tranquilidad sin corrección, promesas sin mandamientos y bendiciones sin arrepentimiento.
Pero la Palabra de Dios también corta.
“Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos.” — Hebreos 4:12
Cuando leemos seriamente las Escrituras llegará el momento en que encontraremos algo que confronta nuestro orgullo, nuestras prioridades, nuestras relaciones o nuestros deseos.
Entonces debemos decidir quién tendrá la última palabra.
El creyente maduro no pregunta únicamente: “¿Qué versículo puede hacerme sentir mejor?”.
También pregunta: “¿Qué necesita Dios corregir en mí?”.
Thomas Watson, pastor puritano del siglo XVII, insistía en que la Escritura debía recibirse no solamente con conocimiento, sino con un corazón dispuesto a ponerla en práctica.
Ese sigue siendo uno de nuestros mayores peligros.
Podemos aprender mucho y obedecer poco.
Pero Jesús dijo:
“Si me amáis, guardad mis mandamientos.” — Juan 14:15
El conocimiento bíblico alcanza su propósito cuando nos conduce hacia una confianza más profunda en Cristo y una obediencia más sincera a su Palabra.
Cristo y las Escrituras
Al final debemos volver al centro.
La Biblia no fue entregada simplemente para responder nuestras curiosidades acerca de Dios.
Fue dada dentro de la historia mediante la cual Dios revela su obra de redención.
Y en el centro de esa historia está Jesucristo.
Él mismo dijo:
“Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.” — Lucas 24:44
Cristo veía las Escrituras como una historia que encontraba su cumplimiento en Él.
El problema más profundo del ser humano no es simplemente que carezca de información.
Somos pecadores delante de un Dios santo.
Podemos tener una Biblia en nuestras manos y continuar lejos de Dios.
Podemos conocer historias bíblicas y permanecer sin arrepentimiento.
Podemos incluso defender correctamente muchas enseñanzas mientras nuestro corazón permanece lleno de orgullo.
Por eso necesitamos aquello hacia lo cual la Escritura nos conduce.
Necesitamos a Cristo.
La Palabra nos muestra nuestra culpa, pero también nos muestra al Salvador.
Nos enseña la santidad de Dios y revela la gravedad de nuestro pecado. Después dirige nuestra mirada hacia aquel que obedeció perfectamente donde nosotros hemos fallado.
Jesucristo vivió sin pecado.
Fue a la cruz como sustituto de pecadores.
Cargó con el juicio que ellos merecían.
Murió.
Y al tercer día resucitó.
Por eso Pablo pudo escribir:
“Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.” — 1 Corintios 15:3-4
Observemos la expresión repetida: “conforme a las Escrituras”.
La cruz no apareció como un accidente inesperado dentro de la historia.
Era el cumplimiento del propósito redentor que Dios había venido revelando.
El Dios que todavía habla por medio de su Palabra
Volvamos finalmente a aquella Biblia abierta con la que comenzamos esta lección.
Puede estar sobre una mesa.
Sus páginas pueden parecer ordinarias. Podemos sostenerla con una mano. Podemos colocarla junto a otros libros.
Pero aquello que tenemos delante no es ordinario.
Allí encontramos palabras escritas hace siglos y, sin embargo, mediante ellas el Dios eterno continúa hablando a su pueblo.
Nos cuenta quién es.
Nos muestra quiénes somos.
Descubre nuestro pecado.
Nos muestra su santidad.
Nos relata sus promesas.
Nos conduce hacia Cristo.
Nos enseña cómo vivir.
Nos corrige cuando nos desviamos.
Nos sostiene cuando nuestra fe parece débil.
Y dirige nuestra mirada hacia el día en que aquello que ahora creemos por la Palabra será contemplado con nuestros propios ojos.
Pedro había visto personalmente la majestad de Cristo. Había escuchado su voz y presenciado acontecimientos extraordinarios. Sin embargo, dirigió también la atención de los creyentes hacia la palabra profética y escribió:
“A la cual hacéis bien en estar atentos como a una antorcha que alumbra en lugar oscuro.” — 2 Pedro 1:19
Esa imagen resume maravillosamente el lugar de las Escrituras.
Vivimos en un mundo donde muchas voces compiten por nuestra atención. Algunas prometen felicidad. Otras intentan definir nuestra identidad. Algunas llaman bueno a lo que Dios llama pecado. Otras ofrecen esperanza donde finalmente no pueden sostenerla.
En medio de tantas voces, Dios no nos ha dejado caminando en oscuridad.
Ha encendido una lámpara.
“Lámpara es a mis pies tu palabra, y lumbrera a mi camino.” — Salmo 119:105
Una lámpara no necesita mostrarnos cada kilómetro del camino de una sola vez.
Nos da suficiente luz para dar el siguiente paso.
Así obra muchas veces la Palabra.
Nos enseña quién es Dios para que podamos confiar en Él hoy. Nos recuerda sus promesas para que podamos caminar mañana. Y cuando volvemos a ella una y otra vez, descubrimos que el Dios que habló a su pueblo a través de generaciones sigue siendo fiel.
Por eso la respuesta correcta ante las Escrituras no es solamente estudiarlas.
Debemos recibirlas.
Creerlas.
Amarlas.
Meditarlas.
Obedecerlas.
Y mediante ellas mirar constantemente hacia Jesucristo.
Porque la grandeza de la Biblia no está simplemente en que poseemos un libro acerca de Dios, sino en que el Dios vivo decidió darse a conocer y dejó su Palabra para conducirnos hacia su Hijo.
Ejercicios prácticos
1. Identifica cuatro características
Escribe en tu libreta cuatro características de las Escrituras estudiadas en esta lección. Por ejemplo: autoridad, verdad, suficiencia y claridad. Después escribe con tus propias palabras qué significa cada una.
2. Busca la respuesta en la Biblia
Lee 2 Timoteo 3:14-17 y responde en tu libreta:
¿De dónde procede la Escritura?
¿Para qué es útil?
¿Qué puede producir en la vida del creyente?
3. Sigue el camino hacia Cristo
Lee Génesis 3:15, Isaías 53:4-6, Juan 1:29 y 1 Corintios 15:3-4. Después escribe dos o tres frases explicando qué relación encuentras entre estos pasajes y Jesucristo.
4. Practica una lectura atenta
Escoge un pasaje corto de la Biblia y léelo lentamente dos veces. Después responde en tu libreta estas cuatro preguntas:
¿Qué dice el pasaje?
¿Qué me enseña acerca de Dios?
¿Qué me enseña acerca del ser humano?
¿Qué verdad debo creer o poner en práctica?
Conclusión
Dios no ha permanecido en silencio. Ha hablado, ha hecho que su Palabra quede escrita y la ha preservado para su pueblo. Por eso podemos acercarnos a las Escrituras con confianza, sabiendo que encontramos en ellas una revelación verdadera, suficiente y autoritativa.
Pero nunca debemos olvidar su propósito.
La Biblia no termina en sí misma.
Nos lleva hacia Cristo.
Desde las primeras promesas de Génesis hasta la esperanza final de Apocalipsis, las Escrituras despliegan la historia del Dios santo que rescata pecadores y los reconcilia consigo mismo por medio de su Hijo.
Por eso, cada vez que abramos la Biblia, acerquémonos con humildad. No solamente preguntando qué podemos aprender, sino dispuestos a ser enseñados, corregidos y transformados.
Y hagamos nuestra la oración del salmista:
“Abre mis ojos, y miraré las maravillas de tu ley.” — Salmo 119:18