Cuarta lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina del ser humano
Hay una pregunta que acompaña al ser humano desde que comienza a pensar seriamente en su existencia: ¿quién soy?
Podemos conocer nuestra edad, nuestro nombre, nuestra familia, nuestras capacidades y nuestra historia, y aun así no haber respondido esa pregunta. Podemos observar nuestro rostro en un espejo y describir cada uno de nuestros rasgos, pero el espejo solamente puede mostrarnos cómo nos vemos. No puede decirnos por qué existimos.
La Biblia comienza la respuesta en un lugar sorprendente. No comienza estudiando al hombre desde el hombre mismo. Comienza mirando a Dios.
Para comprender correctamente quiénes somos, primero debemos conocer a Aquel que nos creó.
“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza”. (Génesis 1:26)
Estas palabras colocan un fundamento que cambia completamente nuestra manera de entender la vida humana. Nuestra existencia no es un accidente. No somos seres sin propósito tratando desesperadamente de inventar un significado para nuestra vida. Fuimos creados deliberadamente por Dios, pertenecemos a su creación y nuestra existencia encuentra su verdadero significado solamente cuando es entendida en relación con Él.
El ser humano fue creado por Dios
Génesis presenta una diferencia notable entre la creación del ser humano y la creación de las demás criaturas.
Dios ordenó que existiera la luz, y hubo luz. Mandó que las aguas produjeran seres vivientes y que la tierra produjera animales. Pero cuando el relato llega al ser humano, el lenguaje cambia.
“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”. (Génesis 2:7)
La escena es profundamente significativa.
El hombre procede del polvo. Esto debería destruir cualquier razón para el orgullo humano. Nuestra existencia depende completamente de Dios. No nos dimos vida a nosotros mismos, no decidimos existir y tampoco podemos sostener nuestra existencia independientemente de nuestro Creador.
Pero aquel polvo recibió vida porque Dios así lo quiso.
Por eso encontramos desde el principio dos verdades que debemos mantener juntas. El ser humano es pequeño delante de Dios y, al mismo tiempo, posee una dignidad extraordinaria dentro de la creación.
David contempló esta realidad cuando observó la grandeza del cielo y escribió:
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste, digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” (Salmo 8:3-4)
David comprendió algo esencial. Cuando observamos la grandeza de la creación, nuestra pequeñez resulta evidente. Sin embargo, Dios decidió prestar una atención especial al ser humano.
Nuestra grandeza, entonces, no procede de nosotros mismos. Nuestra dignidad procede del Dios que nos creó.
Creados a imagen de Dios
La declaración más importante acerca de la identidad humana aparece en Génesis 1:27:
“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó”.
Ser creados a imagen de Dios no significa que Dios posea un cuerpo semejante al nuestro. Jesús enseñó claramente que “Dios es Espíritu” (Juan 4:24).
La imagen de Dios significa que el ser humano fue creado para reflejar a su Creador de una manera especial dentro de la creación.
Dios nos hizo capaces de pensar, razonar, amar, comunicarnos, establecer relaciones, reconocer responsabilidades morales, ejercer dominio responsable sobre la creación y vivir conscientemente delante de Él.
Podemos hacer una comparación sencilla.
La luna ilumina la noche, pero la luz que vemos en ella no nace de la luna. La luna refleja la luz que recibe del sol. De manera mucho más profunda, el ser humano fue creado para reflejar algo del carácter de Dios dentro del mundo que Él hizo.
Esto significa que nuestra vida nunca fue diseñada para tenernos a nosotros mismos como centro.
Fuimos creados para conocer a Dios, amarle, obedecerle, disfrutar de Él y representar su gobierno sobre la creación.
Juan Calvino expresó una idea semejante al comenzar su obra Institución de la religión cristiana, publicada inicialmente en 1536. Señaló que el verdadero conocimiento de nosotros mismos está profundamente relacionado con el conocimiento de Dios. Cuando contemplamos la santidad y grandeza del Creador, comenzamos también a comprender correctamente nuestra propia condición.
Esto explica por qué cualquier intento de definir al ser humano dejando fuera a Dios termina siendo incompleto. Podemos estudiar nuestro cuerpo, nuestras emociones, nuestra conducta y nuestra mente, pero todavía faltará la pregunta principal: ¿para quién fuimos creados?
La respuesta bíblica es clara.
Fuimos creados para Dios.
La dignidad de cada vida humana
La imagen de Dios también establece el valor de la vida humana.
La dignidad de una persona no depende de su inteligencia, fuerza física, apariencia, posición social, productividad, riqueza o reconocimiento.
Una persona no adquiere mayor valor porque otras personas la admiren, ni pierde su dignidad porque el mundo la ignore.
Desde el comienzo, Génesis afirma que tanto el hombre como la mujer fueron creados a imagen de Dios.
“Varón y hembra los creó”. (Génesis 1:27)
Ambos poseen la misma dignidad delante de su Creador. Ambos fueron llamados a vivir para su gloria y ambos dependen completamente de Él.
Después de la entrada del pecado, la imagen de Dios quedó profundamente afectada, pero no desapareció. Génesis 9:6 continúa utilizando la imagen de Dios como fundamento del valor de la vida humana, y Santiago también reconoce esta realidad cuando habla de los seres humanos como aquellos que han sido “hechos a la semejanza de Dios” (Santiago 3:9).
Esto tiene consecuencias muy prácticas.
Cuando despreciamos a otra persona, cuando utilizamos a alguien para nuestro beneficio, cuando tratamos al débil como si tuviera menos valor o cuando creemos que nuestra posición nos hace superiores, hemos olvidado quién es nuestro prójimo.
Delante de nosotros hay una criatura hecha a imagen de Dios.
Esto no significa que todas las acciones humanas sean buenas. La Biblia denunciará con absoluta claridad la profundidad del pecado. Pero incluso el ser humano caído continúa siendo una criatura que debe ser tratada con la dignidad correspondiente a alguien hecho a imagen de su Creador.
Cuerpo y alma pertenecen al diseño de Dios
La Biblia tampoco presenta el cuerpo humano como algo despreciable.
Génesis 2:7 muestra al hombre formado del polvo y recibiendo de Dios el aliento de vida. La persona completa pertenece al buen diseño del Creador.
Esto es importante porque, a lo largo de la historia, han existido pensamientos que han considerado lo material como inferior o malo. La Escritura no enseña eso.
Después de crear al hombre y a la mujer, Dios contempló su creación y declaró que era “bueno en gran manera” (Génesis 1:31).
El cuerpo importa.
Nuestra vida espiritual no consiste en despreciarlo. Dios nos creó como seres que piensan, sienten, hablan, trabajan, descansan, comen, sirven y se relacionan dentro de un cuerpo.
Al mismo tiempo, la Escritura muestra que nuestra existencia no puede reducirse simplemente a procesos físicos. Jesús dijo:
“Y no temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar”. (Mateo 10:28)
Existe una dimensión interior y espiritual en el ser humano. Por eso la muerte física no representa el final absoluto de nuestra existencia.
Pero todavía debemos responder una pregunta decisiva.
Si Dios creó al ser humano bueno, a su imagen, con dignidad y con un propósito santo, ¿por qué encontramos ahora egoísmo, violencia, mentira, culpa, sufrimiento y muerte?
Para responder correctamente tendremos que regresar nuevamente a los primeros capítulos de Génesis.
Porque la Biblia no solamente explica nuestra grandeza original. También explica nuestra tragedia.
Y solamente cuando comprendamos ambas podremos entender por qué necesitamos desesperadamente la obra de Cristo.
El ser humano antes de la caída
Para comprender nuestra condición actual debemos recordar primero cómo comenzó nuestra historia.
Adán y Eva no fueron creados pecadores. No comenzaron su existencia luchando contra deseos malos, pensamientos desordenados o una voluntad inclinada hacia la rebelión. Dios los creó buenos.
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera”. (Génesis 1:31)
Había armonía entre el ser humano y Dios, entre el hombre y la mujer, y entre ellos y la creación. No existían la vergüenza, la culpa ni la muerte que ahora conocemos. El trabajo tampoco era originalmente una maldición. Antes de la caída, Dios colocó al hombre en el huerto para que lo cultivara y lo cuidara.
“Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto de Edén, para que lo labrara y lo guardase”. (Génesis 2:15)
El ser humano tenía propósito, responsabilidad y comunión con su Creador.
Pero también debía vivir bajo la autoridad de Dios.
Dios permitió al hombre comer de los árboles del huerto, excepto de uno. Esta prohibición recordaba a Adán que, aunque había recibido autoridad sobre la creación, él mismo permanecía bajo la autoridad de su Creador.
El hombre podía gobernar la tierra, pero no podía ocupar el lugar de Dios.
La caída cambió nuestra historia
Génesis 3 registra uno de los acontecimientos más decisivos de toda la Escritura.
La serpiente se acercó a Eva y comenzó atacando la palabra de Dios:
“¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto?” (Génesis 3:1)
La tentación no consistió solamente en comer un fruto. En el fondo había una cuestión mucho más profunda: ¿confiará el ser humano en la palabra de Dios o decidirá por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo?
La serpiente presentó la desobediencia como libertad.
Adán y Eva aceptaron la mentira.
“Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella”. (Génesis 3:6)
En ese momento ocurrió algo mucho más grande que una simple violación de una regla. La criatura se rebeló contra su Creador.
El ser humano quiso determinar el bien y el mal independientemente de Dios.
Quiso autonomía.
Pero aquello que parecía ofrecer libertad produjo esclavitud.
El pecado alcanzó toda nuestra existencia
Las consecuencias aparecieron inmediatamente.
Antes de pecar, Génesis dice que Adán y Eva estaban desnudos y no se avergonzaban. Después de pecar, intentaron cubrirse.
Luego escucharon la presencia de Dios y se escondieron.
Es una de las escenas más tristes de los primeros capítulos de la Biblia. El ser humano creado para vivir delante de Dios ahora intenta esconderse de Él.
“Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto”. (Génesis 3:8)
Después apareció otra consecuencia. Cuando Dios confrontó a Adán, este culpó a Eva. Cuando Dios habló con Eva, ella señaló a la serpiente.
El pecado había comenzado a romper las relaciones.
La relación con Dios fue dañada. La relación entre los seres humanos fue dañada. La relación con la creación fue dañada. Incluso la relación del ser humano consigo mismo quedó profundamente afectada.
Vergüenza, miedo, acusación, dolor y finalmente muerte entraron en la experiencia humana.
Por eso la Biblia presenta el pecado como algo mucho más profundo que cometer algunas acciones malas.
El problema llega hasta nuestro corazón.
Jesús enseñó:
“Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos, los adulterios, las fornicaciones, los homicidios, los hurtos, las avaricias, las maldades, el engaño, la lascivia, la envidia, la maledicencia, la soberbia, la insensatez”. (Marcos 7:21-22)
Nuestro problema fundamental no se encuentra solamente fuera de nosotros.
Está dentro.
La condición de Adán alcanzó a toda la humanidad
La caída no terminó con Adán.
La Escritura presenta a Adán como representante de la humanidad. Su desobediencia tuvo consecuencias para sus descendientes.
Pablo explica:
“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron”. (Romanos 5:12)
Esto explica por qué nadie necesita aprender primero a ser pecador.
Un niño debe aprender muchas cosas. Debe aprender a leer, compartir, esperar, obedecer y controlar sus impulsos. Pero nadie necesita enseñarle a colocar sus propios deseos en el centro.
La inclinación hacia nosotros mismos aparece naturalmente porque el problema del pecado pertenece a nuestra condición caída.
David lo reconoció cuando escribió:
“He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre”. (Salmo 51:5)
David no estaba culpando a su madre ni diciendo que el nacimiento fuera pecaminoso. Estaba reconociendo que su problema con el pecado llegaba hasta el comienzo mismo de su existencia.
No somos pecadores únicamente porque cometemos pecados. Cometemos pecados porque somos pecadores.
Esta distinción es fundamental.
Ninguna parte de nosotros quedó intacta
El pecado afecta nuestra mente, nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestras emociones y nuestro cuerpo.
Esto no significa que cada persona sea tan malvada como podría llegar a ser. Tampoco significa que los seres humanos sean incapaces de realizar acciones que beneficien a otros.
Personas que no conocen a Dios pueden amar a sus hijos, ayudar al necesitado, trabajar con responsabilidad o mostrar generosidad. La bondad de Dios continúa limitando el desarrollo del mal en este mundo.
Pero la Escritura enseña que ninguna parte de nuestra naturaleza permanece completamente libre de la corrupción del pecado.
Nuestra mente necesita renovación.
Nuestros deseos necesitan ser transformados.
Nuestra voluntad necesita ser liberada.
Nuestro corazón necesita ser cambiado.
Pablo describe nuestra condición espiritual con palabras fuertes:
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados”. (Efesios 2:1)
Un muerto no necesita simplemente mejores consejos. Necesita vida.
Esta es precisamente la gravedad de nuestra condición delante de Dios.
Jonathan Edwards, pastor y pensador del siglo XVIII, explicó extensamente que nuestras decisiones están profundamente relacionadas con aquello que nuestro corazón desea. El problema del pecador no consiste en que Dios le impida venir a Él mientras desea hacerlo, sino en que su corazón caído no ama naturalmente a Dios como debería.
Jesús mismo dijo:
“Y no queréis venir a mí para que tengáis vida”. (Juan 5:40)
El problema no es solamente falta de información. El corazón necesita transformación.
Seguimos siendo responsables delante de Dios
La corrupción del pecado no elimina nuestra responsabilidad.
A veces alguien podría pensar: “Si nuestra naturaleza está inclinada al pecado, entonces no podemos ser responsables de nuestras acciones”. Pero la Biblia nunca llega a esa conclusión.
Continuamos tomando decisiones reales y somos responsables de ellas.
Nuestro problema consiste precisamente en que hacemos voluntariamente aquello que corresponde a nuestros deseos caídos.
Jesús declaró:
“Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas”. (Juan 3:20)
El pecador no es presentado como alguien desesperadamente enamorado de Dios al que Dios mantiene alejado. Es presentado como alguien que necesita que Dios transforme profundamente su corazón.
Por eso la salvación no puede reducirse a mejorar nuestros hábitos.
No necesitamos solamente educación.
No necesitamos solamente disciplina.
No necesitamos solamente descubrir una mejor versión de nosotros mismos.
Necesitamos nueva vida.
La imagen dañada necesita ser restaurada
Aunque el pecado afectó profundamente al ser humano, no destruyó completamente la imagen de Dios.
Seguimos siendo criaturas racionales, morales y responsables. Seguimos poseyendo dignidad humana. Pero ya no reflejamos a nuestro Creador como fuimos diseñados para hacerlo.
Es como observar un espejo profundamente deteriorado. Todavía puede reflejar una imagen, pero el reflejo aparece distorsionado.
Esta realidad nos ayuda a comprender por qué el ser humano puede producir actos extraordinarios de creatividad, compasión y conocimiento mientras, al mismo tiempo, es capaz de una terrible crueldad.
Hay grandeza porque seguimos siendo criaturas hechas a imagen de Dios.
Hay corrupción porque somos criaturas caídas.
La Biblia mantiene ambas verdades juntas.
Pero aquí comienza a aparecer la esperanza.
Dios no abandonó a la humanidad después de la caída.
En el mismo capítulo donde encontramos la rebelión humana encontramos también la primera promesa que dirige nuestra mirada hacia la victoria futura sobre la serpiente.
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar”. (Génesis 3:15)
La respuesta final al problema humano no vendría de un sistema creado por el hombre.
Vendría una Persona.
La humanidad había caído mediante la desobediencia de Adán. Pero llegaría otro Hombre que obedecería donde Adán había desobedecido.
Pablo lo presenta mediante un contraste extraordinario:
“Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos”. (Romanos 5:19)
Para comprender plenamente quién es el ser humano, entonces, no basta mirar hacia Adán.
Tenemos que mirar hacia Cristo.
Porque en Él encontramos no solamente la respuesta de Dios a nuestra culpa, sino también la restauración del propósito para el cual fuimos creados.
Cristo nos muestra la verdadera humanidad
Cuando queremos saber cómo debía ser el ser humano, podemos mirar hacia Adán antes de la caída. Pero cuando queremos contemplar la humanidad perfecta en toda su pureza, debemos mirar hacia Jesucristo.
Jesús no solamente vino para enseñarnos cómo vivir. El Hijo eterno de Dios tomó verdaderamente nuestra naturaleza humana.
“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros”. (Juan 1:14)
Esto significa que Cristo fue verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Tuvo un cuerpo humano real. Sintió hambre, cansancio y dolor. Creció, trabajó, habló, caminó, lloró y experimentó las limitaciones propias de una verdadera vida humana, pero nunca pecó.
“Sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. (Hebreos 4:15)
En Jesús contemplamos algo extraordinario: vemos cómo luce una humanidad completamente entregada a Dios.
Donde nosotros encontramos rebelión, en Cristo encontramos obediencia. Donde encontramos orgullo, vemos humildad. Donde encontramos egoísmo, vemos amor. Donde encontramos mentira, vemos verdad. Donde Adán desobedeció, Cristo permaneció fiel.
Por eso Pablo presenta a Jesús en relación directa con Adán.
“Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante”. (1 Corintios 15:45)
Adán representa a la humanidad caída. Cristo representa una nueva humanidad redimida.
El segundo Adán hizo lo que nosotros no podíamos hacer
Esta comparación entre Adán y Cristo es esencial para comprender nuestra salvación.
Adán recibió un mundo bueno y desobedeció.
Cristo entró en un mundo quebrantado y obedeció.
Adán estuvo rodeado de abundancia en el huerto y cayó ante la tentación. Cristo estuvo en el desierto después de cuarenta días de ayuno y permaneció fiel frente al tentador.
Adán quiso tomar para sí aquello que Dios había prohibido. Cristo se sometió voluntariamente a la voluntad de su Padre.
Su obediencia llegó hasta la cruz.
“Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz”. (Filipenses 2:8)
Jesús vivió la vida justa que nosotros no hemos vivido y cargó sobre sí el juicio que merecían nuestros pecados. Nuestra esperanza delante de Dios, por tanto, no descansa en nuestra capacidad para reparar nuestra propia naturaleza.
Descansa en Cristo.
Herman Bavinck, quien vivió entre 1854 y 1921, insistió en que la obra salvadora de Dios no destruye aquello que Él creó, sino que lo restaura. Esta idea ayuda a comprender el propósito de nuestra salvación. Dios no está desechando su diseño original para comenzar un proyecto completamente diferente. Está rescatando a pecadores y restaurando en ellos aquello que el pecado dañó.
La salvación no consiste simplemente en escapar del castigo.
Dios está formando nuevamente su imagen en su pueblo.
Una nueva vida comienza desde el corazón
Recordemos el problema que vimos anteriormente.
El pecado no se encuentra solamente en nuestras acciones externas. Ha afectado nuestro corazón. Por esa razón, la solución de Dios debe llegar también hasta el corazón.
Jesús habló de esta transformación cuando dijo:
“Os es necesario nacer de nuevo”. (Juan 3:7)
El nuevo nacimiento es obra de Dios. El pecador espiritualmente muerto recibe vida. Su corazón comienza a mirar de una manera diferente aquello que antes rechazaba.
Ezequiel había anunciado esta obra siglos antes:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne”. (Ezequiel 36:26)
Observe que Dios no dice simplemente: “Les enseñaré mejores costumbres”.
Promete un corazón nuevo.
Esto no significa que el creyente se vuelva inmediatamente perfecto. Mientras vivimos en este mundo continuamos luchando contra el pecado. Pero algo fundamental ha cambiado. Dios ha comenzado en nosotros una obra que continuará durante toda nuestra vida.
La imagen de Dios está siendo renovada
El propósito de nuestra salvación aparece claramente en las cartas de Pablo.
“Y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno”. (Colosenses 3:10)
Observe la palabra imagen.
Nos lleva nuevamente a Génesis.
El ser humano fue creado a imagen de Dios. El pecado dañó profundamente esa imagen. Ahora, unidos a Cristo, estamos siendo renovados conforme a la imagen de nuestro Creador.
Pablo expresa la misma verdad en Romanos:
“Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo”. (Romanos 8:29)
Aquí encontramos una respuesta profunda a la pregunta con la que comenzamos esta lección.
¿Qué está haciendo Dios con aquellos que salva?
Los está haciendo semejantes a Cristo.
Por eso el crecimiento cristiano no consiste principalmente en construir una personalidad religiosa. Consiste en que nuestro carácter sea transformado progresivamente para reflejar a Jesús.
Aprendemos a amar porque Cristo ama. Perdonamos porque hemos sido perdonados. Buscamos la verdad porque pertenecemos a Aquel que es la verdad. Servimos porque nuestro Señor vino a servir.
El propósito no es que cada creyente tenga la misma personalidad, gustos o capacidades. Dios no elimina nuestra individualidad. Lo que transforma es nuestro carácter moral y espiritual.
Nos hace cada vez más semejantes a su Hijo.
Nuestra identidad no se construye independientemente de Dios
Vivimos en una época que constantemente nos invita a buscar nuestra identidad mirando únicamente dentro de nosotros mismos.
Pero el corazón humano caído no puede ser nuestra autoridad final.
Jeremías advirtió:
“Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9)
Esto significa que no todo deseo define correctamente quiénes somos y no todo sentimiento debe gobernarnos.
La Biblia nos dirige fuera de nosotros mismos.
Nuestra identidad comienza con una realidad objetiva: somos criaturas de Dios. Y para quienes pertenecen a Cristo existe además una realidad extraordinaria: hemos sido reconciliados con nuestro Creador y recibidos como hijos.
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. (Juan 1:12)
Esto produce humildad porque todo lo hemos recibido. Pero también produce seguridad porque nuestro valor final no depende de la aprobación cambiante de otras personas.
Sabemos quiénes somos cuando sabemos a quién pertenecemos.
La muerte no tendrá la última palabra
La doctrina del ser humano tampoco termina en nuestra vida presente.
La muerte existe porque el pecado entró en el mundo. Por eso la muerte es un enemigo, no el propósito original de Dios para nosotros.
Pero Cristo venció aquello que Adán introdujo.
“Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos”. (1 Corintios 15:21)
La esperanza cristiana no consiste simplemente en que nuestra alma continúe existiendo después de la muerte. La esperanza completa incluye la resurrección del cuerpo.
Cuando Cristo regrese, los que pertenecen a Él serán levantados para vivir con cuerpos glorificados.
Pablo escribe:
“El cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya”. (Filipenses 3:21)
Esto confirma nuevamente la bondad del diseño original de Dios.
Dios no abandona el cuerpo.
Lo resucita.
La historia que comenzó con un hombre formado del polvo no termina con seres humanos escapando eternamente de la creación. Termina con personas redimidas viviendo delante de Dios en una creación renovada.
El propósito finalmente será cumplido
La historia bíblica del ser humano puede contemplarse como un gran recorrido.
Fuimos creados a imagen de Dios.
Caímos en Adán.
El pecado corrompió nuestra naturaleza y trajo culpa, sufrimiento y muerte.
Cristo vino como el segundo Adán.
Vivió en perfecta obediencia, murió por pecadores y resucitó victoriosamente.
Quienes están unidos a Él reciben una nueva vida y comienzan a ser renovados conforme a su imagen.
Y llegará el día cuando esa obra será completada.
“Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es”. (1 Juan 3:2)
Esto no significa que llegaremos a ser dioses. Siempre existirá una diferencia infinita entre el Creador y sus criaturas. Significa que finalmente seremos libres de la corrupción del pecado y reflejaremos perfectamente, como criaturas redimidas, aquello para lo cual fuimos creados.
Ya no habrá lucha interior contra el pecado. Ya no habrá corrupción ni muerte. El propósito que comenzó en Génesis alcanzará su cumplimiento por medio de Cristo.
Comprender al ser humano nos conduce a Cristo
Ahora podemos regresar a nuestra pregunta inicial.
¿Quién soy?
La Biblia no responde alimentando nuestro orgullo ni destruyendo nuestra dignidad.
Nos coloca en nuestro verdadero lugar.
Somos criaturas, no el Creador.
Somos hechos a imagen de Dios y, por eso, nuestra vida posee una dignidad extraordinaria.
Somos pecadores caídos y, por eso, no podemos salvarnos a nosotros mismos.
Necesitamos gracia.
Necesitamos un corazón nuevo.
Necesitamos reconciliación con Dios.
Necesitamos a Cristo.
John Owen, pastor y escritor puritano del siglo XVII, dedicó gran parte de sus escritos a explicar la gravedad del pecado y la necesidad de combatirlo mediante la obra del Espíritu. Comprendía que el propósito de la vida cristiana no es aprender a convivir tranquilamente con aquello que destruye nuestra comunión con Dios, sino crecer en santidad mientras nuestra mirada permanece puesta en Cristo.
Por eso estudiar quién es el ser humano debería producir dos cosas al mismo tiempo: profunda humildad y profunda gratitud.
Humildad porque vemos de dónde venimos, nuestra dependencia absoluta de Dios y la profundidad de nuestra caída.
Gratitud porque descubrimos que Dios no abandonó a sus criaturas rebeldes.
El Creador vino a buscarnos.
El Hijo tomó nuestra naturaleza, obedeció donde nosotros desobedecimos, murió llevando el juicio del pecado y resucitó venciendo la muerte.
Por eso nuestra historia no tiene que terminar en Adán.
En Cristo existe una nueva humanidad.
“Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial”. (1 Corintios 15:49)
Fuimos creados por Dios, pertenecemos a Dios y solamente en Él encontramos el verdadero propósito de nuestra existencia.
La pregunta más importante, entonces, no es solamente quién soy.
También debemos preguntarnos:
¿Estoy viviendo para Aquel que me creó?
Ejercicios prácticos
1. Lee Génesis 1:26-28 y escribe con tus propias palabras qué significa que el ser humano fue creado a imagen de Dios. Después, anota dos maneras prácticas en las que esta verdad debería cambiar la forma en que tratas a otras personas.
2. Lee Génesis 3:1-13. Escribe tres consecuencias que aparecieron inmediatamente después del pecado de Adán y Eva. Luego explica brevemente qué nos enseña este pasaje acerca de nuestra necesidad de Dios.
3. Lee Romanos 5:12-19. Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe “Adán” y en la otra “Cristo”. Anota debajo de cada nombre las principales diferencias que encuentres en el pasaje.
4. Lee Colosenses 3:8-14. Escoge dos características que necesitas desarrollar más en tu vida. Escribe una acción sencilla que puedas realizar durante esta semana para reflejar mejor el carácter de Cristo en tu relación con otras personas.