Quinta lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina del pecado
Hay algo profundamente extraño en el ser humano: sabemos que ciertas cosas están mal y, aun así, las hacemos. Podemos reconocer el daño de una mentira y terminar mintiendo. Podemos condenar la injusticia y actuar injustamente cuando nuestros intereses están en juego. Podemos hablar del amor y guardar resentimiento. Podemos prometer cambiar y descubrir, poco tiempo después, que seguimos luchando con aquello que creíamos haber dejado atrás.
¿Por qué ocurre esto?
La Biblia responde con una verdad que atraviesa toda la historia humana: nuestro problema no se encuentra solamente en lo que hacemos, sino también en lo que somos después de la caída.
El pecado no es simplemente una colección de malas decisiones. Es una rebelión contra Dios que ha afectado profundamente al ser humano. Ha alcanzado nuestros pensamientos, deseos, afectos, voluntad y relaciones. Por eso, comprender el pecado es indispensable para comprender la grandeza de la salvación.
Si pensamos que nuestro problema es pequeño, Cristo también parecerá pequeño. Pero cuando comprendemos la gravedad de nuestra condición, comenzamos a contemplar con mayor asombro la grandeza de la gracia.
El pecado comienza con Dios siendo rechazado
Para comprender correctamente el pecado debemos comenzar con Dios, no con nosotros.
Dios creó al ser humano para vivir delante de Él, conocerlo, amarlo, obedecerlo y disfrutar de su presencia. Adán y Eva no aparecieron en un universo sin propósito. Fueron creados por Dios y para Dios.
Génesis declara:
«Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Génesis 1:27).
El ser humano recibió vida, dignidad, propósito y autoridad bajo el gobierno de su Creador. Dios también estableció un mandato claro respecto al árbol del conocimiento del bien y del mal.
«Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás» (Génesis 2:17).
Por eso, cuando llegamos a Génesis 3, el problema no consiste simplemente en que Adán y Eva comieron un fruto prohibido. Detrás de aquella acción había algo mucho más profundo.
La serpiente cuestionó primero la Palabra de Dios:
«¿Conque Dios os ha dicho…?» (Génesis 3:1).
Después cuestionó las consecuencias anunciadas por Dios:
«No moriréis» (Génesis 3:4).
Finalmente atacó la bondad de Dios insinuando que Él estaba reteniendo algo bueno para ellos.
La tentación llevaba al ser humano hacia una terrible conclusión: “Tal vez Dios no tiene razón. Tal vez su Palabra no es digna de confianza. Tal vez yo puedo decidir por mí mismo lo que es bueno y lo que es malo”.
Ese es el corazón de la rebelión humana.
El pecado dice a Dios: “No quiero que Tú gobiernes sobre mí”.
Por eso David, después de cometer pecados terribles contra otras personas, pudo confesar:
«Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos» (Salmo 51:4).
David no estaba negando el daño que había causado a otros. Estaba reconociendo que, en su raíz más profunda, todo pecado constituye una ofensa contra Dios.
La caída cambió profundamente la condición humana
Después de comer del fruto, Adán y Eva no alcanzaron la libertad que la serpiente les había prometido. Encontraron vergüenza, temor y separación.
Antes de la caída podían estar delante de Dios sin esconderse. Después, cuando escucharon su presencia en el huerto, ocurrió algo que nunca había sucedido:
«Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto» (Génesis 3:8).
La criatura comenzó a esconderse de su Creador.
La escena es profundamente reveladora. Dios había dado al ser humano vida, alimento, compañía y un lugar hermoso donde vivir. Sin embargo, ahora Adán y Eva utilizaban parte de aquella misma creación para intentar ocultarse de quien se la había dado.
El pecado siempre produce este movimiento: aleja al ser humano de Dios.
También dañó inmediatamente las relaciones humanas.
Cuando Dios confrontó a Adán, él respondió:
«La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí» (Génesis 3:12).
El hombre que anteriormente había recibido a la mujer con alegría ahora la señalaba para disminuir su propia responsabilidad.
El pecado había entrado, y con él llegaron la culpa, la vergüenza, el temor, la acusación y finalmente la muerte.
La Biblia posteriormente resume la gravedad de aquel acontecimiento:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12).
Adán no actuó únicamente como un individuo aislado. Su caída tuvo consecuencias para toda la humanidad.
No nacemos moralmente neutrales
Uno de los errores más comunes consiste en pensar que cada persona nace completamente neutral y que solamente se vuelve pecadora después de aprender malas conductas.
La Escritura presenta una realidad mucho más profunda.
David declara:
«He aquí, en maldad he sido formado, y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5).
David no estaba acusando de pecado a su madre ni diciendo que el nacimiento fuera algo malo. Estaba reconociendo que su condición pecaminosa estaba presente desde el comienzo de su existencia.
El pecado no llega únicamente desde afuera mediante malos ejemplos. Existe una inclinación interior que necesita ser transformada.
Jesús lo explicó con enorme claridad:
«Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen los malos pensamientos…» (Marcos 7:21).
Observemos la dirección que señala Cristo: de dentro.
El problema humano no puede explicarse solamente diciendo que vivimos en una sociedad dañada. Ciertamente, el ambiente puede influir profundamente sobre nosotros. Las personas pueden aprender conductas terribles de otras personas. Pero Jesús lleva el diagnóstico hasta el corazón.
Nuestro entorno puede despertar, alimentar o facilitar determinados pecados, pero no crea desde cero nuestra inclinación a rebelarnos contra Dios.
Por eso cambiar únicamente las circunstancias externas nunca podrá producir un corazón nuevo.
El pecado ha alcanzado toda nuestra persona
Cuando decimos que el pecado ha corrompido al ser humano, no estamos afirmando que cada persona sea tan cruel como podría llegar a ser. Tampoco significa que una persona no creyente sea incapaz de realizar acciones que beneficien a otras personas.
La Biblia reconoce que los seres humanos pueden amar a sus hijos, ayudar al necesitado, desarrollar conocimiento, crear belleza, establecer leyes y realizar muchas acciones útiles para la sociedad.
La imagen de Dios en el ser humano no fue destruida por completo.
Sin embargo, ninguna parte de nuestra naturaleza quedó totalmente libre de los efectos del pecado.
Nuestra mente ha sido afectada.
«Teniendo el entendimiento entenebrecido, ajenos de la vida de Dios» (Efesios 4:18).
Nuestros deseos han sido afectados.
«Porque nosotros también éramos en otro tiempo insensatos, rebeldes, extraviados, esclavos de concupiscencias y deleites diversos» (Tito 3:3).
Nuestra voluntad ha sido afectada.
Jesús dijo:
«Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:40).
Incluso nuestra relación con Dios ha sido afectada:
«Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios» (Romanos 8:7).
Esto significa que el problema humano no puede solucionarse simplemente mediante educación, disciplina o buenas intenciones.
Podemos educar la mente, establecer mejores hábitos y contener determinadas conductas, y todo ello puede ser útil. Pero ninguna de esas cosas puede reconciliar por sí misma al pecador con Dios.
Necesitamos algo que nosotros mismos no podemos producir.
Necesitamos un corazón nuevo.
La gravedad de nuestra condición
Pablo utiliza una expresión especialmente fuerte para describir al ser humano separado de Cristo:
«Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1).
La palabra muertos es importante.
Pablo no dice simplemente que estábamos enfermos espiritualmente, confundidos o necesitados de algunos consejos. Describe una condición de muerte espiritual.
Esto no significa que una persona haya perdido su inteligencia, emociones o capacidad para tomar decisiones cotidianas. Significa que, en su condición caída, no posee dentro de sí el poder para darse vida espiritual ni reconciliarse con Dios mediante sus propios esfuerzos.
Un muerto no puede producir su propia resurrección.
Por eso la salvación tiene que comenzar con la iniciativa de Dios.
Jesús declaró:
«Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere» (Juan 6:44).
Esta enseñanza derriba el orgullo humano. No podemos presentarnos delante de Dios diciendo que nosotros iniciamos nuestra propia salvación.
Pero esta verdad no pretende llevarnos a la desesperación.
Nos prepara para comprender la gracia.
Porque el mismo pasaje que afirma que estábamos muertos declara después:
«Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó… nos dio vida juntamente con Cristo» (Efesios 2:4-5).
Dos palabras cambian completamente la escena:
Pero Dios.
El pecador estaba muerto, pero Dios da vida. Estaba separado, pero Dios reconcilia. Estaba bajo culpa, pero Dios ofrece perdón. No podía rescatarse a sí mismo, pero Dios vino a rescatarlo.
Comprender la profundidad del pecado no disminuye la esperanza cristiana. Hace que la gracia de Dios brille con mucha mayor claridad.
La humanidad caída en Adán
Para comprender por qué el pecado afecta a todos los seres humanos debemos volver nuevamente a Adán. La Biblia no lo presenta únicamente como el primer hombre de la historia, sino como aquel cuya desobediencia tuvo consecuencias para quienes descendemos de él.
Pablo explica:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19).
Aquí encontramos dos hombres y dos realidades completamente diferentes.
Adán desobedeció. Cristo obedeció.
Por medio de Adán entraron el pecado y la muerte. Por medio de Cristo llegan la justicia y la vida.
Esto significa que nuestra condición pecaminosa es más profunda que la suma de nuestros actos individuales. Nacemos perteneciendo a una humanidad caída.
Esta verdad ha sido reconocida durante siglos por creyentes que estudiaron cuidadosamente las Escrituras. Agustín de Hipona, especialmente durante sus controversias con Pelagio a comienzos del siglo V, insistió en que el ser humano no necesita solamente buenos consejos o mejores ejemplos. Necesita la gracia de Dios porque su naturaleza ha sido dañada por el pecado.
Muchos siglos después, Juan Calvino explicó una verdad semejante: el pecado de Adán no quedó encerrado en el pasado, sino que sus consecuencias alcanzaron a toda su descendencia.
Sin embargo, esto no significa que podamos culpar a Adán por nuestros propios pecados.
Nosotros también pecamos voluntariamente.
Adán explica nuestra condición, pero no elimina nuestra responsabilidad.
La Escritura afirma:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23).
No somos simplemente víctimas inocentes de una antigua tragedia. Nosotros mismos confirmamos nuestra condición caída mediante nuestros pensamientos, palabras, deseos y acciones.
El pecado también produce culpa
En nuestros días es frecuente hablar del pecado solamente en términos de consecuencias. Decimos que una decisión destruyó una relación, dañó una familia o produjo sufrimiento. Todo eso puede ser cierto, pero la Biblia va más lejos.
El pecado produce culpa delante de Dios.
La culpa bíblica no es simplemente sentirse mal.
Una persona puede sentirse culpable sin haber cometido determinada falta, y otra puede cometer una grave injusticia sin experimentar demasiado remordimiento. Nuestros sentimientos pueden equivocarse.
La verdadera pregunta es otra: ¿somos culpables delante del Juez justo?
Pablo declara:
«Para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios» (Romanos 3:19).
La imagen es poderosa.
Es como una sala de juicio en la que finalmente se han presentado todas las pruebas. Ya no quedan argumentos capaces de demostrar nuestra inocencia. Toda boca queda cerrada.
Esto explica por qué compararnos con otras personas es una manera tan pobre de medir nuestra condición.
Podemos decir: “Yo nunca he hecho lo que aquella persona hizo”.
Quizá sea verdad.
Pero la medida definitiva no es nuestro vecino, nuestro amigo, el criminal que aparece en las noticias ni la persona que consideramos moralmente peor que nosotros.
La medida es la santidad de Dios.
Cuando comprendemos esto, desaparece nuestra falsa superioridad.
La ley revela lo que hay en nosotros
Entonces surge una pregunta importante: ¿qué función cumple la ley de Dios?
Una de sus funciones es mostrarnos claramente nuestro pecado.
Pablo escribe:
«Porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado» (Romanos 3:20).
Pensemos en un espejo.
Un espejo puede mostrar una mancha en nuestro rostro, pero no puede lavarla. Su función consiste en mostrarnos lo que está allí.
De manera semejante, la ley de Dios revela nuestra condición, pero no puede justificarnos.
Cuando Dios dice:
«No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3),
no debemos reducir el mandamiento únicamente a inclinarse delante de una estatua. También debemos preguntarnos qué ocupa el primer lugar en nuestro corazón.
Cuando Dios ordena:
«No hablarás contra tu prójimo falso testimonio» (Éxodo 20:16),
debemos examinar nuestra relación con la verdad.
Cuando ordena:
«No codiciarás» (Éxodo 20:17),
la ley entra directamente en nuestros deseos.
Entonces descubrimos algo inquietante: Dios no examina solamente nuestras manos. Examina también nuestro corazón.
Jesús mostró esta profundidad de la ley en el Sermón del Monte. El homicidio no puede separarse del odio que crece en el corazón, y el adulterio no puede reducirse únicamente al acto externo; Cristo lleva nuestra atención también hacia los deseos pecaminosos.
Así, la ley destruye la ilusión de que podemos presentarnos delante de Dios como personas perfectamente justas.
No fue dada como una escalera mediante la cual el pecador pudiera subir hasta Dios por sus propios méritos. Entre otras cosas, revela nuestra necesidad de un Salvador.
El pecador actúa voluntariamente
Aquí encontramos una cuestión que requiere mucho cuidado.
Si el ser humano está profundamente afectado por el pecado, ¿continúa siendo responsable de sus decisiones?
Sí.
La Biblia nunca presenta al pecador como alguien que desea profundamente amar a Dios pero que es obligado contra su voluntad a rechazarlo.
Jesús dijo a algunos que se resistían a Él:
«Y no queréis venir a mí para que tengáis vida» (Juan 5:40).
Observemos nuevamente sus palabras.
No queréis.
Existe una voluntad real. El problema es que esa voluntad está inclinada hacia el pecado.
Una persona puede elegir entre muchas decisiones de la vida diaria. Puede escoger dónde caminar, qué comida preparar, qué profesión estudiar o si ayudará a alguien que necesita asistencia.
Pero cuando hablamos de reconciliación con Dios, el problema llega hasta los deseos más profundos del corazón.
Pablo afirma:
«No hay quien entienda. No hay quien busque a Dios» (Romanos 3:11).
El pecador necesita mucho más que información. Necesita que Dios transforme su corazón.
Esta verdad fue especialmente destacada durante la Reforma del siglo XVI. En 1525, Martín Lutero publicó una obra acerca de la esclavitud de la voluntad en respuesta a Erasmo de Róterdam. Su preocupación principal era defender que la salvación depende de la gracia de Dios y no de una capacidad espiritual independiente existente en el ser humano caído.
La expresión puede resultar fuerte, pero describe una verdad sencilla: hacemos lo que deseamos, pero nuestros deseos necesitan ser renovados.
Por eso la gracia de Dios no consiste simplemente en colocar una oportunidad delante de una persona y esperar que su corazón permanezca igual.
Dios transforma.
Abre los ojos. Da entendimiento. Cambia el corazón. Produce vida.
Los pecados visibles nacen de raíces profundas
También debemos aprender a distinguir entre la raíz y el fruto.
Una mentira es pecado. La envidia es pecado. El orgullo es pecado. La codicia es pecado. La inmoralidad es pecado. El odio es pecado.
Pero detrás de nuestras acciones existen deseos y afectos que necesitan ser examinados.
Santiago describe este proceso:
«Sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado» (Santiago 1:14-15).
El pecado muchas veces comienza mucho antes de hacerse visible.
Puede comenzar como un deseo alimentado silenciosamente, una ofensa que nos negamos a perdonar, una ambición que empieza a gobernarnos, una comparación constante, una mentira que comenzamos a justificar o una búsqueda secreta de reconocimiento.
Con el tiempo, aquello que parecía pequeño puede crecer.
Por eso luchar únicamente contra las manifestaciones externas resulta insuficiente.
John Owen, pastor y escritor puritano del siglo XVII, insistió profundamente en la necesidad de luchar contra el pecado que permanece en el creyente. Su enseñanza apuntaba hacia una realidad muy práctica: no debemos alimentar aquello que Dios nos llama a abandonar.
La verdadera lucha ocurre también en el corazón.
No basta con preguntar: “¿Qué hice?”.
Debemos aprender a preguntar: “¿Qué estaba deseando? ¿Qué estaba buscando? ¿Qué estaba creyendo acerca de Dios mientras hacía esto?”.
Estas preguntas nos permiten mirar debajo de la superficie.
Ningún pecado debe tratarse como algo insignificante
Los seres humanos solemos crear nuestras propias categorías. Algunos pecados nos parecen terribles mientras otros nos parecen pequeños porque son socialmente aceptados.
Podemos condenar fácilmente una injusticia pública mientras justificamos nuestro orgullo privado. Podemos señalar la mentira de otra persona mientras exageramos una historia para quedar mejor delante de los demás. Podemos hablar contra el odio mientras conservamos resentimientos durante años.
La Escritura no permite esa doble medida.
Santiago escribe:
«Porque cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos» (Santiago 2:10).
Esto no significa que todos los pecados tengan exactamente las mismas consecuencias temporales. Evidentemente, asesinar a una persona produce consecuencias distintas de pronunciar una palabra orgullosa.
La propia Escritura reconoce diferentes grados de gravedad y responsabilidad.
Sin embargo, todo pecado comparte una característica fundamental: constituye una transgresión de la voluntad santa de Dios.
Por eso no debemos medir la gravedad del pecado únicamente por el tamaño visible de sus consecuencias.
También debemos considerar contra quién pecamos.
Cuanto más contemplamos la santidad, bondad y grandeza de Dios, más comprendemos por qué el pecado es algo tan serio.
Y precisamente allí comenzamos a comprender algo todavía mayor.
Si nuestra culpa es real, si nuestro corazón está corrompido, si nuestra voluntad necesita ser renovada y si ninguna obra nuestra puede borrar lo que hemos hecho, entonces nuestra esperanza tendrá que venir desde fuera de nosotros.
Necesitamos a alguien que pueda hacer por nosotros lo que nosotros jamás podríamos hacer por nosotros mismos.
La historia bíblica no termina con Adán escondiéndose entre los árboles.
Avanza hacia otro Hombre.
Uno que no desobedeció.
Uno que permaneció perfectamente fiel donde Adán cayó.
Uno que llevó sobre sí la culpa de pecadores sin haber cometido pecado.
Para comprender plenamente la doctrina del pecado, por tanto, debemos llegar finalmente a Jesucristo.
Cristo vino donde Adán había fracasado
La Biblia no nos deja contemplando únicamente la ruina producida por Adán. Nos dirige hacia Jesucristo.
Pablo establece una comparación extraordinaria entre ambos:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22).
Adán recibió la Palabra de Dios y desobedeció. Cristo recibió la voluntad del Padre y obedeció perfectamente. Adán estuvo rodeado de abundancia y cayó ante la tentación. Cristo fue llevado al desierto, tuvo hambre durante cuarenta días y permaneció fiel cuando fue tentado por Satanás.
Donde el primer hombre fracasó, Cristo permaneció firme.
Pero Jesús no vino solamente para mostrarnos cómo debería vivir una persona buena. Si ese hubiera sido su único propósito, todavía permaneceríamos bajo nuestra culpa. Necesitábamos mucho más que un ejemplo.
Necesitábamos un Salvador.
Jesús vivió la vida de obediencia que nosotros no hemos vivido y caminó voluntariamente hacia la cruz.
Pedro escribe:
«Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24).
La cruz nos muestra al mismo tiempo dos realidades que nunca debemos separar: la gravedad del pecado y la grandeza del amor de Dios.
El pecado es tan serio que no podía ser simplemente ignorado. Dios es justo. No llama bueno a lo malo ni declara inocente al culpable pasando por alto su justicia.
Pero Dios también es abundantemente misericordioso.
Por eso, en la cruz, Cristo ocupó voluntariamente el lugar de pecadores.
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).
Cristo no se convirtió en un pecador. Él permaneció santo. El sentido es que cargó con nuestra culpa y recibió el juicio que correspondía a quienes representa.
Isaías lo había anunciado siglos antes:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él» (Isaías 53:5).
En la cruz vemos lo que nuestro pecado merece y, al mismo tiempo, hasta dónde llegó Dios para salvar a su pueblo.
La gracia no solamente perdona, también transforma
Ser perdonado no significa recibir permiso para continuar viviendo deliberadamente bajo el dominio del pecado.
Pablo anticipó precisamente esa conclusión equivocada:
«¿Perseveraremos en el pecado para que la gracia abunde? En ninguna manera» (Romanos 6:1-2).
La gracia que justifica también comienza una obra de transformación en aquellos que pertenecen a Cristo.
Existe aquí una diferencia fundamental que debemos comprender.
Antes de Cristo, el pecado gobierna al ser humano. Después de ser unido a Cristo, el creyente todavía lucha contra el pecado, pero ya no vive bajo su antiguo dominio.
Pablo declara:
«Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros» (Romanos 6:14).
Esto no significa que el creyente alcance una vida completamente libre de pecado mientras permanece en este mundo.
Juan advierte:
«Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros» (1 Juan 1:8).
El cristiano continúa luchando. Puede caer. Puede atravesar temporadas difíciles. Todavía necesita arrepentirse, confesar sus pecados y depender diariamente de la gracia de Dios.
Pero algo ha cambiado profundamente.
Ahora existe una guerra donde antes existía dominio.
El pecado que anteriormente podía ser defendido comienza a ser reconocido como enemigo. El corazón renovado aprende a amar aquello que agrada a Dios y a lamentar aquello que lo deshonra.
Arrepentirse significa regresar a Dios
Una comprensión correcta del pecado también nos ayuda a comprender el arrepentimiento.
Arrepentirse no consiste solamente en sentir tristeza porque sufrimos las consecuencias de nuestras acciones.
Una persona puede lamentar haber mentido porque fue descubierta. Puede lamentar una decisión porque perdió algo importante. Puede incluso llorar profundamente y, sin embargo, continuar amando aquello que hizo.
El arrepentimiento verdadero mira el pecado a la luz de Dios.
David expresó esta actitud en el Salmo 51:
«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí» (Salmo 51:10).
David no pidió únicamente que desaparecieran las consecuencias. Quería ser cambiado.
El arrepentimiento reconoce el pecado, deja de justificarlo, lo confiesa delante de Dios y se vuelve hacia Él buscando misericordia y una vida de obediencia.
Por eso el arrepentimiento no debe entenderse como una experiencia que ocurre solamente al comienzo de la vida cristiana.
Martín Lutero expresó esta idea con fuerza en 1517. La primera de sus famosas noventa y cinco tesis comenzaba afirmando que Cristo quiso que toda la vida de sus creyentes fuera una vida de arrepentimiento.
El creyente continúa necesitando confesar sus pecados.
Y aquí encontramos una promesa extraordinariamente sencilla:
«Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad» (1 Juan 1:9).
No necesitamos esconder aquello que Dios ya conoce.
Adán se escondió entre los árboles.
El evangelio nos llama a salir de nuestros escondites y acercarnos a Dios por medio de Cristo.
La lucha contra el pecado comienza en el corazón
El creyente no debe tratar el pecado como un visitante amistoso al que puede permitir entrar ocasionalmente.
Debe aprender a reconocerlo y combatirlo.
Pablo dice:
«Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros» (Colosenses 3:5).
La expresión es fuerte porque el enemigo es serio.
John Owen desarrolló ampliamente este tema durante el siglo XVII. Su enseñanza sobre hacer morir el pecado continúa siendo útil porque nos recuerda que no debemos negociar con aquello que busca alejarnos de Dios.
Esto requiere vigilancia.
Supongamos que una persona lucha constantemente con la envidia. Puede intentar simplemente dejar de expresar comentarios envidiosos. Eso es útil, pero todavía debe examinar el corazón.
¿Por qué me molesta el bien que recibió otra persona?
¿Por qué necesito tener lo que ella tiene?
¿Estoy midiendo mi valor mediante una comparación?
¿He dejado de agradecer lo que Dios me ha dado?
De esta manera comenzamos a buscar las raíces y no solamente las ramas.
Lo mismo ocurre con el orgullo, la mentira, la ira, la codicia y muchos otros pecados.
Sin embargo, esta lucha nunca debe convertirse en un intento de salvarnos mediante nuestra propia disciplina.
No luchamos para conseguir que Dios finalmente nos acepte.
Quienes están en Cristo luchan desde una posición completamente diferente.
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).
Esta verdad cambia profundamente nuestra manera de luchar.
El creyente no combate el pecado para comprar el amor de Dios. Lo combate porque en Cristo ha recibido gracia, porque pertenece a un nuevo Señor y porque desea vivir para Aquel que lo salvó.
La presencia del pecado no durará para siempre
La historia comenzó con una creación buena, fue profundamente afectada por la caída y encontró su esperanza en la obra de Cristo. Pero todavía falta el final.
Llegará el día en que el pueblo de Dios será completamente libre de la presencia del pecado.
Esta esperanza es importante porque actualmente conocemos la experiencia de luchar.
Sabemos lo que significa arrepentirnos de algo y descubrir tiempo después que todavía debemos vigilar nuestro corazón. Sabemos lo que significa reconocer pensamientos que no deberían estar allí. Sabemos lo que significa desear obedecer y sentir todavía la resistencia de nuestra naturaleza caída.
Pero esa guerra tiene fecha de vencimiento, aunque nosotros no conozcamos el día.
Juan describe el futuro de los creyentes:
«Sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es» (1 Juan 3:2).
La salvación que Dios comenzó llegará a su cumplimiento.
No habrá orgullo escondido. No habrá mentira. No habrá codicia. No habrá odio. No habrá tentación que combatir ni pecado que confesar.
El pueblo redimido estará finalmente delante de Dios en santidad.
Por eso la doctrina del pecado, aunque comienza mostrándonos una realidad dolorosa, no termina en oscuridad.
Termina llevándonos hacia Cristo.
Cuando entendemos el pecado comprendemos mejor la gracia
Podemos ahora regresar a la pregunta con la que comenzamos.
¿Por qué hacemos aquello que sabemos que está mal?
La respuesta bíblica nos lleva mucho más profundo que nuestros actos externos.
Somos descendientes de una humanidad caída. El pecado ha afectado nuestra mente, voluntad, deseos y afectos. Somos responsables delante de un Dios santo y ninguna cantidad de buenas obras puede borrar nuestra culpa.
Si la historia terminara allí, no habría esperanza.
Pero Dios no dejó al ser humano escondido entre los árboles.
Desde las primeras páginas de la Escritura comenzó a revelarse una promesa de redención que finalmente conduce a Jesucristo.
El primer Adán desobedeció junto a un árbol.
El último Adán obedeció hasta morir sobre un madero.
Por medio del primero entraron el pecado y la muerte. Por medio de Cristo vienen justicia, reconciliación y vida.
Pablo lo resume:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19).
Por eso estudiar el pecado no debería producir únicamente temor. También debería producir humildad, gratitud y adoración.
Humildad, porque no podemos salvarnos a nosotros mismos.
Gratitud, porque Dios hizo por nosotros aquello que jamás podríamos haber hecho.
Y adoración, porque Cristo no vino a rescatar personas que solamente necesitaban pequeños ajustes. Vino a dar vida a quienes estaban muertos, libertad a quienes estaban esclavizados, justicia a los culpables y reconciliación a quienes estaban lejos.
Cuanto más claramente vemos nuestra condición, más extraordinarias parecen aquellas palabras:
«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).
El pecado explica la profundidad de nuestra necesidad.
La cruz revela la grandeza de la respuesta de Dios.
Y Cristo permanece en el centro de nuestra esperanza.
Ejercicios
1. Lee Génesis 3:1-13 y escribe en tu libreta tres consecuencias del pecado que puedas observar directamente en Adán y Eva después de su desobediencia.
2. Lee Romanos 5:12 y Romanos 5:18-19. Escribe dos columnas: una llamada «Adán» y otra llamada «Cristo». Debajo de cada una anota qué consecuencias relaciona Pablo con ellos.
3. Explica con tus propias palabras por qué Efesios 2:1-5 muestra que la salvación depende de la gracia de Dios. Intenta responder en cuatro o cinco líneas.
4. Escoge un pecado mencionado en esta lección, como orgullo, mentira, envidia, ira o codicia. Escribe qué puede alimentar ese pecado en el corazón y menciona un texto bíblico estudiado en esta lección que pueda ayudarte a enfrentarlo.