Sexta lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de Cristo
Hubo un momento en que Jesús hizo una pregunta que atravesó todas las opiniones que circulaban acerca de Él. Sus discípulos habían escuchado muchas respuestas. Algunos decían que era Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o alguno de los profetas. Entonces Jesús dejó de preguntar qué pensaba la gente y llevó la pregunta directamente al corazón de sus discípulos:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15).
Esa pregunta sigue siendo inevitable.
Podemos equivocarnos acerca de muchos personajes de la historia y continuar con nuestra vida. Pero equivocarnos acerca de Jesucristo tiene consecuencias eternas. No basta con admirarlo como maestro, reconocerlo como profeta, respetarlo como ejemplo moral o hablar de Él como una figura religiosa extraordinaria. La Escritura presenta una afirmación mucho mayor: Jesús es el Hijo eterno de Dios que verdaderamente se hizo hombre, vivió entre nosotros, murió por pecadores, resucitó corporalmente y reina como Señor.
Por eso, conocer a Cristo no consiste simplemente en acumular información acerca de Él. Estamos acercándonos al corazón mismo del evangelio.
Si queremos comprender quién es Dios, debemos mirar a Cristo. Si queremos comprender cómo Dios salva al pecador, debemos mirar a Cristo. Si queremos comprender la gravedad del pecado, debemos mirar la cruz de Cristo. Si queremos comprender la esperanza de la vida eterna, debemos mirar al Cristo resucitado.
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros [...] lleno de gracia y de verdad» (Juan 1:14).
El Hijo existía antes de Belén
La historia terrenal de Jesús comenzó en Belén, pero la existencia del Hijo no comenzó allí.
Este punto es fundamental.
Cuando pensamos en Jesucristo, nuestra mente puede dirigirse inmediatamente al pesebre, a Nazaret, a Galilea, a Jerusalén o al Calvario. Todos estos lugares pertenecen realmente a su historia humana. Sin embargo, antes de que existiera Belén, antes de Abraham, antes de Adán y antes de que Dios dijera que fuese la luz, el Hijo ya existía.
Juan comienza su Evangelio llevándonos más atrás que el nacimiento de Jesús:
«En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios» (Juan 1:1).
Observe cuidadosamente lo que Juan está diciendo. No afirma que el Verbo comenzó a existir en el principio. Dice que cuando llegó el principio, Él ya era.
Después añade:
«Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho» (Juan 1:3).
Jesucristo no pertenece al grupo de las cosas creadas. Él está del lado del Creador. Todo aquello que comenzó a existir fue hecho por medio de Él.
Pablo enseña la misma verdad cuando habla del Hijo:
«Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles [...] todo fue creado por medio de él y para él» (Colosenses 1:16).
Esto cambia completamente nuestra manera de mirar a Jesús.
El hombre que caminaba por las calles polvorientas de Galilea era el mismo por medio de quien fueron creadas las estrellas. Las manos que tocaron a los enfermos eran las manos del Hijo eterno que sostiene la creación. La voz que dijo al mar: «Calla, enmudece», pertenecía a aquel por cuya voluntad existe el mar.
Jesús mismo afirmó su existencia anterior a Abraham cuando declaró:
«De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy» (Juan 8:58).
No estaba diciendo simplemente que era más antiguo que Abraham. Sus palabras revelaban algo mucho mayor acerca de su identidad. Sus oyentes entendieron que estaba haciendo una afirmación extraordinaria, y por eso inmediatamente tomaron piedras para arrojárselas.
El Cristo que encontramos en los Evangelios no es solamente un hombre enviado por Dios. Es el Hijo eterno que entró realmente en nuestra historia.
Jesucristo es verdaderamente Dios
La divinidad de Cristo no depende de un solo versículo aislado. Está entretejida a lo largo del testimonio del Nuevo Testamento.
Juan declara directamente:
«El Verbo era Dios» (Juan 1:1).
Tomás, después de encontrarse con Jesús resucitado, respondió:
«¡Señor mío, y Dios mío!» (Juan 20:28).
Jesús no corrigió a Tomás por decir aquello. Recibió su confesión.
Pablo también escribe acerca de Cristo:
«Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (Colosenses 2:9).
La Escritura no presenta a Jesús como una criatura extraordinariamente cercana a Dios. Tampoco como alguien que lentamente alcanzó una condición divina. El Hijo posee eternamente la misma naturaleza divina que el Padre.
Esto también se observa en lo que Jesús hace.
Perdona pecados. Recibe adoración. Ejerce autoridad sobre la naturaleza. Tiene autoridad sobre la enfermedad y los espíritus malignos. Levanta muertos. Declara que juzgará a la humanidad. Habla de una gloria que compartía con el Padre antes de la existencia del mundo.
Poco antes de su muerte, Jesús oró:
«Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5).
Estas palabras nos llevan fuera de los límites de la historia humana. Antes de que hubiera ciudades, montañas, océanos, ángeles o seres humanos, existía una comunión eterna entre el Padre y el Hijo.
Por eso, cuando contemplamos a Cristo, no estamos observando simplemente a alguien que nos habla acerca de Dios. En Él, Dios se ha dado a conocer de una manera única y definitiva.
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9).
El Hijo verdaderamente se hizo hombre
Aquí encontramos una de las verdades más sorprendentes de toda la Escritura.
El Hijo eterno no dejó de ser Dios. Pero tomó para sí una verdadera naturaleza humana.
Juan lo expresa con palabras sencillas:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).
No fue una apariencia humana. Jesús no parecía tener un cuerpo; tenía un cuerpo verdadero. No fingía sentir cansancio, hambre o dolor. Entró plenamente en nuestra condición humana, aunque permaneció completamente libre de pecado.
Nació.
Creció.
Tuvo hambre.
Tuvo sed.
Durmió.
Se cansó.
Lloró.
Sufrió.
Murió.
Lucas incluso nos dice:
«Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres» (Lucas 2:52).
Esto significa que la humanidad de Cristo debe tomarse con toda seriedad.
Hebreos explica:
«Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14).
El Hijo de Dios entró en el mundo que nosotros habitamos. Conoció desde dentro las limitaciones propias de una verdadera vida humana, pero jamás participó de nuestra corrupción moral.
Por eso Hebreos puede decir:
«Fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Hebreos 4:15).
Jesús fue completamente humano y completamente santo.
Una sola persona verdaderamente Dios y verdaderamente hombre
Aquí debemos caminar cuidadosamente para no caer en dos errores opuestos.
No debemos disminuir la divinidad de Cristo para proteger su humanidad. Tampoco debemos disminuir su humanidad para proteger su divinidad.
Jesucristo es una sola persona y posee verdadera naturaleza divina y verdadera naturaleza humana.
No es mitad Dios y mitad hombre.
No es una mezcla que produjo algo intermedio.
No son dos personas viviendo dentro de un mismo cuerpo.
Es el único Hijo eterno de Dios que tomó una verdadera naturaleza humana sin dejar de ser quien eternamente era.
La Iglesia tuvo que defender cuidadosamente esta verdad porque durante los primeros siglos surgieron diferentes enseñanzas que deformaban la identidad de Cristo. Algunas debilitaban su verdadera humanidad; otras confundían su humanidad y su divinidad; otras separaban de manera incorrecta aquello que la Escritura mantiene unido.
En el año 451, el Concilio de Calcedonia expresó con especial claridad una verdad que los cristianos ya encontraban en las Escrituras: Jesucristo debe ser confesado como verdadero Dios y verdadero hombre, sin convertir sus dos naturalezas en una mezcla y sin dividir a Cristo en dos personas.
La importancia de esto no es simplemente histórica.
Está relacionada directamente con nuestra salvación.
El Salvador tenía que ser verdaderamente hombre para ocupar nuestro lugar. Tenía que obedecer donde Adán desobedeció. Tenía que vivir bajo la ley que nosotros hemos quebrantado. Tenía que poder sufrir y morir.
Pero aquel Salvador también tenía que ser más que un simple hombre.
Ningún pecador podía salvar a otro pecador. Ninguna criatura podía cargar adecuadamente con la obra que el Hijo realizó. Nuestra salvación descansa en la persona y obra del Dios-hombre, Jesucristo.
Pablo resume esta realidad con una profundidad extraordinaria:
«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre» (1 Timoteo 2:5).
Entre el Dios santo y seres humanos culpables existe un Mediador perfecto.
Él no observa nuestra condición desde lejos.
Entró en nuestra historia para salvar.
La vida perfecta que nosotros no vivimos
La obra de Cristo no comenzó únicamente cuando fue clavado en la cruz. Toda su vida terrenal formó parte de su misión de salvar.
Desde su nacimiento hasta su muerte, Jesús vivió en completa obediencia al Padre.
Esto es importante porque el problema del ser humano no consiste solamente en las cosas malas que ha hecho. También hemos dejado de hacer aquello que Dios justamente demanda de nosotros. No hemos amado a Dios con todo nuestro corazón, alma y mente. Tampoco hemos amado perfectamente a nuestro prójimo.
Cristo, en cambio, obedeció donde nosotros hemos desobedecido.
Cuando fue tentado en el desierto, permaneció fiel. Cuando fue rechazado, no abandonó la voluntad del Padre. Cuando fue acusado injustamente, no respondió con pecado. Cuando el camino hacia Jerusalén significaba sufrimiento y muerte, continuó avanzando en obediencia.
Jesús pudo decir:
«Yo hago siempre lo que le agrada» (Juan 8:29).
Pensemos en el peso de esa afirmación.
Ninguno de nosotros podría pronunciarla con absoluta verdad. Incluso nuestras mejores acciones están mezcladas con debilidad, egoísmo y motivos imperfectos. Cristo podía mirar toda su existencia y afirmar que hacía aquello que agradaba al Padre.
Pedro, quien convivió con Jesús durante años y pudo observarlo en circunstancias muy diferentes, escribió:
«El cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca» (1 Pedro 2:22).
Su obediencia no fue accidental. Fue constante, consciente y perfecta.
Pablo establece una comparación entre Adán y Cristo. Por la desobediencia de Adán entraron el pecado y la condenación; mediante la obediencia de Cristo llega la justicia para aquellos que están unidos a Él.
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19).
Jesús hizo lo que nosotros jamás conseguimos hacer: vivió delante de Dios con perfecta justicia.
Cristo es nuestro Profeta
Durante siglos, Dios levantó profetas para comunicar su Palabra al pueblo. Moisés, Samuel, Elías, Isaías, Jeremías y muchos otros hablaron en nombre de Dios.
Pero todos ellos señalaban hacia alguien mayor.
Moisés había anunciado:
«Profeta de en medio de ti, de tus hermanos, como yo, te levantará Jehová tu Dios; a él oiréis» (Deuteronomio 18:15).
En Cristo encontramos el cumplimiento supremo de esa esperanza.
Sin embargo, existe una diferencia extraordinaria. Los antiguos profetas podían decir: «Así dice el Señor». Cristo habla con autoridad propia.
En el Sermón del Monte encontramos repetidamente expresiones como:
«Pero yo os digo» (Mateo 5:22).
Jesús no era simplemente otro mensajero dentro de una larga lista. Él es la revelación definitiva de Dios.
Hebreos comienza declarando:
«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo» (Hebreos 1:1-2).
Cristo nos revela quién es Dios, expone nuestro pecado, anuncia el reino, muestra el camino de salvación y nos da a conocer la voluntad del Padre.
Por eso escuchar verdaderamente a Cristo significa someterse a su Palabra.
No podemos llamarlo Maestro y al mismo tiempo tratar sus enseñanzas como simples sugerencias.
Cristo es nuestro Sacerdote
En el Antiguo Testamento, los sacerdotes servían como mediadores y presentaban sacrificios. Aquellos sacrificios enseñaban una verdad seria: el pecado produce culpa y la culpa exige juicio.
Sin embargo, los sacrificios de animales nunca pudieron quitar definitivamente el pecado.
Eran señales que apuntaban hacia algo mayor.
Jesús vino como el Sacerdote perfecto.
Pero aquí sucede algo extraordinario: Cristo no solamente presenta el sacrificio; Él mismo es el sacrificio.
Juan el Bautista lo vio acercarse y declaró:
«He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Juan 1:29).
En la cruz, Cristo no murió simplemente como ejemplo de amor, ni únicamente como víctima de una injusticia humana. Allí estaba realizando voluntariamente la obra que el Padre le había dado.
Pedro explica:
«Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero» (1 Pedro 2:24).
Isaías había anunciado siglos antes:
«Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados [...] y por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).
La cruz revela al mismo tiempo la gravedad del pecado y la grandeza del amor de Dios.
Si el pecado pudiera simplemente ignorarse, la cruz no habría sido necesaria. Pero Dios es justo. No llama bueno a lo malo ni declara inocente al culpable ignorando su culpa.
Entonces ocurre algo maravilloso en el evangelio: el mismo Dios contra quien hemos pecado proporciona al Salvador.
Como explicó Juan Calvino en el siglo XVI, nuestra salvación está inseparablemente unida a Cristo. No recibimos perdón, justicia y vida separados de Él; recibimos estos beneficios porque somos unidos al Salvador que los obtuvo para su pueblo.
La cruz, por tanto, no debe contemplarse como un accidente trágico que terminó con los planes de Jesús. Era parte central del propósito de Dios para nuestra redención.
Cristo tomó el lugar del pecador
Para comprender la cruz debemos comprender una pequeña expresión que aparece repetidamente en la Escritura: «por nosotros».
Cristo murió por pecadores.
Esto significa que actuó como nuestro sustituto.
Pablo escribe:
«Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).
La escena del Calvario debe observarse teniendo presente esta verdad. Jesús no estaba pagando una deuda propia. No había cometido pecado. No había quebrantado la ley de Dios.
El inocente estaba ocupando el lugar de culpables.
«Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él» (2 Corintios 5:21).
Esto no significa que Cristo se convirtiera en pecador. Significa que nuestra culpa fue puesta sobre Él y que recibió judicialmente el castigo que correspondía a su pueblo.
Aquí encontramos el corazón del evangelio.
Dios no salva al pecador fingiendo que nunca pecó. Lo salva porque Cristo verdaderamente respondió por su culpa.
Por eso Pablo puede decir:
«Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Romanos 8:1).
Observe que no dice que exista poca condenación. Dice que no existe ninguna.
¿Por qué?
Porque la condenación que correspondía al creyente cayó sobre su Sustituto.
John Owen, pastor y escritor del siglo XVII, dedicó buena parte de sus escritos a explicar la suficiencia y eficacia de la muerte de Cristo. Su énfasis ayuda a comprender una verdad esencial: la cruz no fue un intento incierto de salvar. Cristo realizó verdaderamente la obra que vino a cumplir.
Jesús mismo declaró:
«El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45).
Cristo es nuestro Rey
El Salvador que murió como Cordero también reina como Rey.
Esta verdad recorre toda la historia bíblica.
Dios prometió a David que levantaría de su descendencia un Rey cuyo reino sería establecido para siempre. Los profetas mantuvieron viva esta esperanza durante generaciones.
Cuando el ángel Gabriel anunció a María el nacimiento de Jesús, declaró:
«Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lucas 1:32-33).
Jesús vino como el Rey prometido.
Pero su reino sorprendió a quienes esperaban solamente un libertador político. Cristo vino primero para derrotar enemigos mucho más profundos: el pecado, la condenación y la muerte.
Su corona de espinas parecía una burla. El letrero colocado sobre la cruz decía que era el Rey de los judíos. Para quienes observaban aquella escena, parecía que el supuesto Rey había sido derrotado.
Pero la cruz no fue la derrota de Cristo.
Formaba parte de su victoria.
Después de resucitar, Jesús declaró a sus discípulos:
«Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra» (Mateo 28:18).
No dijo que algún día tendría autoridad. Declaró que la autoridad ya le pertenecía.
Cristo reina.
Su reino no depende de la aprobación de gobiernos, culturas o generaciones. Los imperios aparecen y desaparecen. Los gobernantes nacen y mueren. Las sociedades cambian. Cristo permanece.
Y llegará el día en que su reinado será reconocido públicamente por toda la creación.
«Para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra [...] y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre» (Filipenses 2:10-11).
Por eso Cristo no puede reducirse a un Salvador que simplemente ayuda al ser humano a mejorar su vida.
Él es Profeta y debemos escucharlo.
Es Sacerdote y dependemos completamente de su sacrificio.
Es Rey y debemos someternos a su autoridad.
El mismo Cristo que salva también gobierna.
La resurrección cambió aquella mañana para siempre
La muerte de Jesús no fue el final de su obra.
Después de la crucifixión, su cuerpo fue colocado en una tumba. Para los discípulos, aquellos días debieron parecer el derrumbe de todas sus esperanzas. Habían seguido a Jesús, habían escuchado sus palabras y habían visto sus obras. Ahora su Maestro estaba muerto.
Pero al tercer día ocurrió aquello que Jesús mismo había anunciado.
La tumba quedó vacía.
Cristo resucitó verdaderamente de entre los muertos.
La resurrección no fue simplemente una manera simbólica de decir que las enseñanzas de Jesús continuaron vivas entre sus seguidores. El mismo Jesús que había muerto volvió corporalmente a la vida.
Lucas relata que, cuando apareció a sus discípulos, ellos quedaron aterrados pensando que estaban viendo un espíritu. Jesús respondió mostrándoles que realmente estaba delante de ellos:
«Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo» (Lucas 24:39).
Posteriormente comió delante de ellos. Tomás pudo contemplar las heridas de la crucifixión. Pedro y otros discípulos estuvieron con Él junto al mar de Galilea.
No estaban proclamando una idea que les ayudaba a soportar la tristeza. Estaban afirmando que Jesús había vencido realmente a la muerte.
Pablo comprendió que esta verdad era indispensable:
«Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados» (1 Corintios 15:17).
El cristianismo no puede conservarse quitando la resurrección. Sin ella, la esperanza cristiana se derrumba.
Pero Cristo resucitó.
Su resurrección confirma quién es Él, demuestra la victoria de su obra y anuncia lo que sucederá con aquellos que le pertenecen.
«Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho» (1 Corintios 15:20).
La tumba vacía nos dice que la muerte no tendrá la última palabra sobre el pueblo de Cristo.
El Cristo resucitado ascendió al cielo
Cuarenta días después de su resurrección, Jesús ascendió al cielo delante de sus discípulos.
Hechos relata:
«Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos» (Hechos 1:9).
La ascensión no significa que Jesús simplemente desapareció.
Marca su exaltación y su entrada visible en la gloria celestial. Aquel que fue humillado ahora está exaltado. El crucificado reina.
Pedro anunció esta verdad el día de Pentecostés:
«Sepa, pues, ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo» (Hechos 2:36).
El Nuevo Testamento describe repetidamente a Cristo sentado a la diestra del Padre. Esta expresión comunica autoridad, honor y gobierno.
Esto significa que la Iglesia no está esperando que algún día Cristo comience a reinar. Él reina ahora.
El mundo puede parecer fuera de control desde nuestra pequeña perspectiva. Vemos guerras, injusticias, sufrimiento, persecución y muerte. Sin embargo, ninguna de estas realidades significa que Cristo haya perdido el gobierno de la historia.
Su trono permanece firme.
Cristo continúa intercediendo por su pueblo
La obra presente de Jesús también contiene una verdad profundamente consoladora: Cristo intercede por aquellos que le pertenecen.
Hebreos declara:
«Viviendo siempre para interceder por ellos» (Hebreos 7:25).
Pensemos cuidadosamente en esto.
El creyente no tiene solamente el recuerdo de algo que Jesús hizo hace siglos. Tiene un Salvador vivo.
Cristo murió una vez y su sacrificio no necesita repetirse. Pero aquel que ofreció ese sacrificio vive eternamente y representa a su pueblo delante del Padre.
Cuando el creyente cae, lucha, llora o reconoce nuevamente la profundidad de su debilidad, su esperanza no descansa en la perfección de su propio desempeño espiritual.
Descansa en Cristo.
Juan escribe:
«Y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo» (1 Juan 2:1).
Observe dónde se encuentra la seguridad: Jesucristo es justo.
Nuestra aceptación delante de Dios no depende de presentar una vida suficientemente buena para convencerlo de recibirnos. Cristo es nuestra justicia y nuestro Mediador.
Robert Murray M'Cheyne, pastor escocés del siglo XIX, aconsejaba mirar mucho más a Cristo que a nosotros mismos. Su énfasis señalaba una necesidad real del corazón cristiano. Cuando miramos solamente nuestra debilidad, podemos terminar desesperados; cuando miramos solamente nuestros logros, podemos terminar orgullosos. Pero cuando miramos a Cristo, encontramos una justicia perfecta fuera de nosotros.
Nuestra seguridad está en Él.
Cristo regresará
La historia de Jesucristo todavía no ha terminado.
El mismo Jesús que nació en Belén, caminó por Galilea, murió en Jerusalén, resucitó y ascendió al cielo regresará.
Cuando los discípulos contemplaban su ascensión, dos ángeles les dijeron:
«Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo» (Hechos 1:11).
Observe las palabras: «este mismo Jesús».
El regreso de Cristo será real y personal.
La primera vez vino en humildad; regresará manifiestamente en gloria. La primera vez fue llevado ante gobernantes humanos para ser juzgado; cuando vuelva, Él será el Juez. La primera vez muchos despreciaron su autoridad; llegará el día en que toda criatura tendrá que reconocerla.
Jesús dijo:
«Y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria» (Mateo 24:30).
Su regreso traerá la consumación de aquello que Dios ha prometido.
Los muertos serán levantados. Cristo juzgará con perfecta justicia. El pecado será finalmente eliminado de la experiencia de su pueblo. La muerte será derrotada definitivamente y los redimidos estarán para siempre con su Señor.
Por eso la esperanza cristiana no consiste simplemente en pensar que después de la muerte nuestra existencia continuará de alguna manera.
Nuestra esperanza tiene un nombre.
Jesucristo.
Todo depende de quién es Cristo
Ahora podemos comprender por qué aquella pregunta de Jesús en Cesarea de Filipo era tan importante:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mateo 16:15).
Después de todo lo estudiado, no podemos responder diciendo simplemente que Jesús fue un buen hombre.
Un buen hombre no puede perdonar nuestros pecados.
Un maestro extraordinario no puede cargar nuestra condenación.
Un profeta humano no puede vencer la muerte por nosotros.
Un ejemplo moral no puede reconciliarnos con Dios.
Necesitamos al Cristo que realmente presenta la Escritura.
Necesitamos al Hijo eterno que se hizo verdaderamente hombre.
Necesitamos al hombre perfecto que obedeció donde nosotros desobedecimos.
Necesitamos al Sacerdote que ofreció su propia vida.
Necesitamos al Sustituto que recibió el juicio correspondiente a nuestra culpa.
Necesitamos al Rey que venció la muerte, ascendió al cielo y gobierna todas las cosas.
Necesitamos al Mediador que vive e intercede por su pueblo.
Necesitamos al Señor que regresará.
Necesitamos a Cristo.
Charles Spurgeon insistía constantemente en que la predicación cristiana debía conducir al pecador hacia Cristo, porque solamente Él puede salvar. Esa convicción continúa siendo necesaria. Podemos conocer muchas verdades bíblicas y, sin embargo, perder de vista a aquel hacia quien esas verdades nos conducen.
Jesús mismo declaró:
«Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí» (Juan 14:6).
Conocer acerca de Cristo no es suficiente
Existe finalmente una diferencia que debemos tomar muy en serio.
Podemos estudiar quién es Cristo sin pertenecer a Cristo.
Una persona puede aprender acerca de su nacimiento, comprender su divinidad y humanidad, conocer los acontecimientos de la crucifixión, explicar la resurrección y aun así permanecer lejos de Él.
El evangelio no nos llama solamente a aprobar ciertas afirmaciones acerca de Jesús. Nos llama al arrepentimiento y a la fe.
Cristo debe ser recibido.
«Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios» (Juan 1:12).
La fe verdadera deja de presentar méritos propios delante de Dios y descansa en Jesucristo.
Esto destruye nuestro orgullo.
No podemos mirar la cruz y continuar pensando que somos suficientemente buenos para salvarnos. Si nuestra obediencia pudiera reconciliarnos con Dios, Cristo no habría tenido que morir.
Pero la cruz también destruye nuestra desesperanza.
Ningún pecador que viene verdaderamente a Cristo debe pensar que sus pecados son demasiado grandes para encontrar perdón en Él. La suficiencia del Salvador no depende del tamaño de nuestros méritos, sino de la perfección de su obra.
Jesús dijo:
«Al que a mí viene, no le echo fuera» (Juan 6:37).
Ahí descansa nuestra esperanza.
El centro de nuestra fe
Al comenzar esta lección escuchamos una pregunta: «¿Quién decís que soy yo?».
Ahora podemos responder con mayor claridad.
Jesucristo es el Hijo eterno de Dios. Es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre. Vivió una vida perfectamente justa. Reveló al Padre. Obedeció donde nosotros desobedecimos. Murió como sustituto de pecadores. Resucitó corporalmente. Ascendió al cielo. Reina sobre todas las cosas. Intercede por su pueblo y regresará con gloria.
Pero estas verdades no fueron dadas solamente para llenar nuestras libretas.
Fueron dadas para llevarnos a confiar, adorar y vivir para Cristo.
Cuando comprendemos quién es Jesús, la pregunta deja de ser únicamente qué pensamos acerca de Él. También debemos preguntarnos qué lugar ocupa Él en nuestra vida.
Si Cristo es verdaderamente Señor, merece nuestra obediencia.
Si es verdaderamente nuestro Sacerdote, podemos descansar en su sacrificio.
Si es verdaderamente nuestro Profeta, debemos escuchar su Palabra.
Si es verdaderamente nuestro Rey, toda nuestra vida le pertenece.
Y si verdaderamente resucitó, entonces incluso frente a la muerte existe una esperanza que ninguna tumba puede destruir.
Pedro lo expresó con palabras que continúan siendo la confesión de todo verdadero discípulo:
«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16).
Conocer a este Cristo es mucho más que conocer una enseñanza.
Es conocer al único Salvador.
Ejercicios
1. Lee Juan 1:1-18 y escribe en tu libreta cuatro cosas que este pasaje enseña acerca de quién es Jesucristo.
2. Divide una página en tres partes y escribe los títulos «Profeta», «Sacerdote» y «Rey». Debajo de cada uno explica con tus propias palabras qué significa que Cristo cumple cada una de estas funciones.
3. Lee Romanos 5:6-11. Escribe qué hizo Cristo por nosotros y explica en tres o cuatro líneas por qué su muerte era necesaria para nuestra reconciliación con Dios.
4. Responde personalmente la pregunta de Mateo 16:15: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Escribe cinco o seis líneas explicando quién es Jesucristo utilizando las verdades principales aprendidas durante esta lección.