Séptima lección del estudio: Teología Sistemática.
Hay una escena en el libro de Hechos que marca un antes y un después en la historia de la Iglesia. Los discípulos estaban reunidos en Jerusalén. Habían caminado con Jesús, escuchado sus enseñanzas, visto sus milagros y contemplado al Cristo resucitado. Tenían conocimiento, recuerdos y una misión. Sin embargo, todavía debían esperar.
Jesús les había dicho:
«Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra» (Hechos 1:8).
Entonces llegó Pentecostés.
El sonido de un viento fuerte llenó la casa. Los discípulos fueron llenos del Espíritu Santo y comenzaron a anunciar las maravillas de Dios. Pedro, aquel hombre que semanas antes había negado conocer a Jesús, se levantó públicamente y proclamó a Cristo. Miles escucharon el evangelio y cerca de tres mil personas fueron añadidas aquel día.
Pero Pentecostés no fue el nacimiento del Espíritu Santo.
Él no comenzó a existir en Hechos 2. Tampoco apareció por primera vez en el Nuevo Testamento. El Espíritu Santo es Dios eterno. Estaba presente antes de la creación del hombre, actuó durante toda la historia de la redención, habló por medio de los profetas, obró en la encarnación de Cristo y continúa actuando en la Iglesia.
Comprender quién es el Espíritu Santo es fundamental porque la vida cristiana entera depende de su obra. Sin Él nadie puede nacer de nuevo, comprender espiritualmente las cosas de Dios, venir verdaderamente a Cristo, crecer en santidad ni perseverar en la fe.
El Espíritu Santo es una persona divina
Uno de los errores más graves consiste en pensar en el Espíritu Santo simplemente como una energía, una influencia misteriosa o una fuerza procedente de Dios.
La Biblia habla de Él de una manera completamente diferente.
El Espíritu Santo conoce, habla, enseña, guía, decide, ama y puede ser entristecido. Estas acciones corresponden a alguien personal, no a una fuerza impersonal.
Jesús dijo a sus discípulos:
«Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas» (Juan 14:26).
Observemos cuidadosamente las palabras de Cristo. El Espíritu enseña. Más adelante Jesús afirma que Él guía a los creyentes a la verdad:
«Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad» (Juan 16:13).
Pablo también escribe que el Espíritu conoce las profundidades de Dios:
«Porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios» (1 Corintios 2:10).
En Hechos encontramos algo todavía más claro. Mientras la iglesia de Antioquía adoraba al Señor, el Espíritu Santo habló:
«Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado» (Hechos 13:2).
Él habla y llama personas para una obra determinada.
Por eso debemos corregir una idea bastante común. El Espíritu Santo no es simplemente “el poder de Dios”. Él posee poder, pero no es una fuerza que el creyente aprende a controlar. Es una persona divina ante quien el creyente vive en obediencia y dependencia.
El Espíritu Santo es verdaderamente Dios
La Escritura no solamente presenta al Espíritu Santo como una persona. También le atribuye plenamente lo que pertenece a Dios.
Un ejemplo especialmente claro aparece en Hechos 5. Ananías había mentido acerca del dinero recibido por la venta de una propiedad. Pedro le dijo:
«¿Por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo?» (Hechos 5:3).
Inmediatamente después añade:
«No has mentido a los hombres, sino a Dios» (Hechos 5:4).
Mentir al Espíritu Santo era mentir a Dios.
Además, el Espíritu posee características que solamente pueden pertenecer plenamente a Dios. Él es eterno. Hebreos 9:14 habla del «Espíritu eterno». Está presente en todas partes. David pregunta:
«¿A dónde me iré de tu Espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?» (Salmo 139:7).
También conoce perfectamente las cosas de Dios:
«Nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios» (1 Corintios 2:11).
Esto significa que cuando hablamos del Espíritu Santo no estamos hablando de alguien inferior al Padre o al Hijo.
Hay un solo Dios, y este único Dios existe eternamente como Padre, Hijo y Espíritu Santo. No son tres dioses ni tres partes que juntas forman a Dios. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios, y sin embargo Dios es uno.
Jesús mismo colocó al Espíritu Santo junto al Padre y al Hijo cuando ordenó:
«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19).
Notemos que Jesús dice «en el nombre», en singular, y después menciona al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
La Iglesia antigua tuvo que defender cuidadosamente esta verdad. En el año 381, el Concilio de Constantinopla reafirmó claramente la plena divinidad del Espíritu Santo frente a quienes negaban su igualdad divina. Aquella defensa no pretendía inventar una nueva enseñanza, sino expresar con claridad lo que las Escrituras ya mostraban.
El Espíritu Santo estaba presente en la creación
Para comprender la grandeza de su obra debemos regresar hasta las primeras palabras de la Biblia.
Antes de que existieran ciudades, montañas, árboles o seres humanos, cuando la tierra todavía estaba desordenada y vacía, Génesis declara:
«Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1:2).
El Espíritu ya estaba allí.
No llegó posteriormente a la historia. Participó en la obra creadora de Dios.
Job 33:4 declara:
«El espíritu de Dios me hizo, y el soplo del Omnipotente me dio vida».
El mismo Espíritu que encontramos obrando en Pentecostés estaba presente en la creación. Esta verdad nos permite contemplar su obra desde una perspectiva mucho más grande. Él no apareció simplemente para producir determinadas experiencias religiosas. Es el Espíritu eterno de Dios, dador de vida y participante de las obras divinas desde el principio.
La obra del Espíritu antes de Pentecostés
El Antiguo Testamento contiene numerosos ejemplos de la actividad del Espíritu Santo.
Él capacitó personas para tareas específicas. Cuando Dios ordenó construir el tabernáculo, dijo acerca de Bezaleel:
«Y lo he llenado del Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo arte» (Éxodo 31:3).
El Espíritu también capacitó a jueces y reyes para cumplir determinadas responsabilidades. Descendió sobre hombres como Otoniel, Gedeón, Jefté y Sansón. David también conocía la importancia de la presencia y obra del Espíritu.
Pero los profetas comenzaron a anunciar algo extraordinario.
Llegaría un tiempo en que la obra del Espíritu sería derramada de una manera mucho más amplia sobre el pueblo de Dios.
Por medio del profeta Joel, Dios prometió:
«Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne» (Joel 2:28).
Ezequiel relacionó esa promesa con una transformación profunda del corazón:
«Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos» (Ezequiel 36:27).
La promesa no consistía simplemente en recibir una emoción religiosa más intensa. Dios prometía transformar interiormente a su pueblo.
Vendría el día en que el Espíritu habitaría en los creyentes de una manera relacionada directamente con la obra definitiva del Mesías.
Por eso Pentecostés no puede comprenderse correctamente separado de toda la historia anterior. Lo sucedido en Hechos 2 era el cumplimiento de promesas que Dios había anunciado siglos antes.
El Espíritu Santo y Jesucristo
Cuando llegamos a los Evangelios encontramos al Espíritu profundamente relacionado con la persona y la obra de Jesús.
La concepción de Cristo ocurrió por obra del Espíritu Santo:
«El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35).
Cuando Jesús fue bautizado, el Espíritu descendió sobre Él corporalmente como paloma (Lucas 3:22). Después, Lucas dice:
«Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al desierto» (Lucas 4:1).
Más adelante comenzó su ministerio público declarando:
«El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres» (Lucas 4:18).
Existe aquí una relación hermosa que debemos comprender. El Espíritu Santo no dirige la atención hacia sí mismo como si compitiera con Cristo. Su obra conduce hacia Cristo, revela su gloria y aplica a los creyentes los beneficios de lo que Jesús realizó.
Jesús explicó esta verdad cuando habló de la futura obra del Espíritu:
«Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber» (Juan 16:14).
Esta declaración también nos proporciona una medida importante para examinar cualquier enseñanza o experiencia que afirme proceder del Espíritu Santo.
La verdadera obra del Espíritu exalta a Cristo.
No convierte al ser humano en el centro. No desplaza las Escrituras. No produce una fascinación permanente con experiencias extraordinarias mientras Cristo queda en segundo plano.
El Espíritu abre nuestros ojos para contemplar quién es Jesús, nos lleva a confiar en Él y forma progresivamente su carácter en nosotros.
John Owen, pastor y escritor inglés del siglo XVII, dedicó una parte importante de sus escritos al Espíritu Santo. Una de las verdades que destacó fue precisamente que toda la vida espiritual del creyente depende de su obra. No podemos producir vida espiritual mediante nuestra propia capacidad. Dependemos completamente de la gracia de Dios aplicada a nosotros por medio de su Espíritu.
Esto nos conduce hacia una pregunta decisiva.
Si el Espíritu Santo es quien abre nuestros ojos para contemplar a Cristo, ¿qué sucede exactamente cuando toma a una persona espiritualmente muerta y le concede nueva vida?
Para responder debemos estudiar una de sus obras más profundas: el nuevo nacimiento.
El Espíritu Santo y el nuevo nacimiento
Una de las obras más profundas del Espíritu Santo sucede donde ningún ojo humano puede mirar directamente: en el corazón de una persona.
La Biblia describe nuestra condición natural con palabras fuertes. No presenta al ser humano simplemente como alguien confundido que necesita mejores consejos, ni como alguien espiritualmente enfermo que todavía conserva suficiente fuerza para curarse a sí mismo. Pablo dice que estábamos «muertos en delitos y pecados» (Efesios 2:1).
Un muerto no puede darse vida a sí mismo.
Esta realidad explica por qué Jesús habló con tanta claridad a Nicodemo. Aquel hombre conocía las Escrituras, pertenecía a los fariseos y era maestro de Israel. Humanamente parecía tener todo lo necesario para comprender las cosas de Dios. Sin embargo, Jesús le dijo:
«De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios» (Juan 3:3).
Nicodemo necesitaba algo que ninguna educación religiosa podía producir.
Necesitaba vida.
Jesús continuó:
«Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es» (Juan 3:6).
A esta obra de Dios la llamamos nuevo nacimiento. Significa que el Espíritu Santo actúa en una persona espiritualmente muerta y le concede vida. No se limita a mejorar ciertos hábitos externos. Produce una transformación interior que cambia nuestra relación con Dios.
Antes, la persona podía escuchar acerca de Cristo sin comprender realmente su belleza. Podía conocer historias bíblicas, asistir a reuniones e incluso hablar correctamente acerca de asuntos religiosos, mientras su corazón permanecía lejos de Dios.
Entonces el Espíritu obra.
La persona comienza a reconocer la gravedad de su pecado. Cristo deja de parecerle solamente un personaje importante de la historia y comienza a verlo como el Salvador que verdaderamente necesita. El pecado que antes justificaba comienza a dolerle. La Palabra que antes podía parecer distante comienza a confrontarla y alimentarla.
No significa que inmediatamente comprenda todo ni que deje de luchar contra el pecado. Significa que ahora existe vida espiritual donde antes no la había.
Pablo resume esta transformación diciendo:
«Nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo» (Tito 3:5).
La salvación comienza en la misericordia de Dios, no en la capacidad humana.
El Espíritu abre el corazón para recibir a Cristo
Cuando el Espíritu concede nueva vida, no deja al pecador mirando hacia sí mismo. Lo conduce hacia Cristo.
Esto es importante porque algunas personas pueden hablar del Espíritu Santo casi separándolo del evangelio. Pero en las Escrituras su obra está profundamente relacionada con Cristo.
Pablo declara:
«Nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo» (1 Corintios 12:3).
Esto no significa simplemente pronunciar las palabras “Jesús es Señor”. Cualquier persona puede repetir una frase. Pablo habla de reconocer sinceramente a Cristo, confiar en Él y someterse a Él como Señor.
El Espíritu ilumina la mente para comprender el evangelio y transforma el corazón para recibirlo.
Cuando Pablo predicó en Filipos, una mujer llamada Lidia escuchaba atentamente. Lucas describe lo sucedido con una frase sencilla pero extraordinariamente profunda:
«El Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía» (Hechos 16:14).
Pablo predicó externamente. Dios abrió internamente el corazón.
Estas dos cosas no deben separarse.
El Espíritu normalmente obra mediante la Palabra de Dios. Por eso la Iglesia no necesita inventar métodos capaces de producir artificialmente conversiones. Nuestra responsabilidad es anunciar fielmente a Cristo, sabiendo que solamente Dios puede abrir verdaderamente el corazón humano.
El puritano Thomas Watson, quien vivió durante el siglo XVII, explicó repetidamente que la gracia de Dios no se limita a ofrecer ayuda externa al pecador, sino que transforma interiormente sus deseos. Esta idea refleja una verdad fundamental de las Escrituras: cuando Dios salva, no obliga a una persona que continúa odiándolo a entrar contra su voluntad en su reino. Cambia su corazón de tal manera que comienza a venir voluntariamente a Cristo.
Por eso Jesús pudo decir:
«Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí» (Juan 6:37).
La gracia no destruye la voluntad humana. La libera de su esclavitud al pecado para que el pecador vea su necesidad y venga a Cristo.
El Espíritu Santo habita en el creyente
La obra del Espíritu no termina cuando una persona cree.
Él permanece con ella.
Antes de su crucifixión, Jesús preparó a sus discípulos para su partida y les hizo una promesa extraordinaria:
«Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre» (Juan 14:16).
Después añadió:
«Porque mora con vosotros, y estará en vosotros» (Juan 14:17).
Esta verdad cambia profundamente nuestra manera de entender la vida cristiana. El creyente no intenta seguir a Cristo abandonado a sus propias fuerzas.
Dios mismo habita en él por medio de su Espíritu.
Pablo preguntó a los creyentes de Corinto:
«¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?» (1 Corintios 3:16).
En el Antiguo Testamento, el tabernáculo y posteriormente el templo estaban relacionados de manera especial con la presencia de Dios entre su pueblo. Ahora Pablo utiliza esa misma imagen para hablar de la Iglesia.
Dios habita en su pueblo.
Esto no significa que el creyente se convierta en Dios. Tampoco significa que alcance una condición en la que ya no pueda pecar. Significa que el Espíritu ha establecido su presencia en aquellos que pertenecen a Cristo.
Por eso la vida cristiana nunca puede reducirse a reglas externas.
Hay una obra interior.
Dios no solamente entrega mandamientos desde fuera. Por medio de su Espíritu transforma progresivamente desde dentro.
El Espíritu Santo nos une a Cristo
Existe una verdad que ayuda a comprender muchas otras enseñanzas del Nuevo Testamento: todo beneficio de la salvación se encuentra en Cristo.
El perdón está en Cristo. La justicia está en Cristo. La adopción está en Cristo. La vida eterna está en Cristo.
Entonces surge una pregunta importante: ¿cómo llegan esos beneficios hasta nosotros?
El Espíritu Santo nos une a Cristo mediante la fe.
Pablo escribe:
«Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo» (1 Corintios 12:13).
También afirma:
«El que se une al Señor, un espíritu es con él» (1 Corintios 6:17).
Esta unión no significa que nuestra identidad desaparezca ni que lleguemos a formar parte de la esencia divina. Significa que existe una relación espiritual verdadera entre Cristo y aquellos que le pertenecen.
Una rama recibe vida porque permanece unida al árbol. Separada de él, se seca. Jesús utilizó una imagen semejante cuando habló de la vid y los pámpanos en Juan 15.
De manera parecida, la vida cristiana no consiste en intentar imitar a Jesús desde una enorme distancia. Vivimos espiritualmente porque pertenecemos a Cristo y recibimos de Él todo lo necesario para nuestra salvación.
Juan Calvino expresó esta verdad con especial claridad en el siglo XVI. Enseñó que mientras Cristo permanezca fuera de nosotros, todo lo que realizó para nuestra salvación no nos beneficia personalmente. Es el Espíritu quien nos une a Cristo para que participemos de los beneficios de su obra.
Esto protege al creyente de dos errores.
El primero es confiar en sí mismo.
El segundo es buscar la vida espiritual separada de Cristo.
El Espíritu no nos conduce hacia una espiritualidad independiente del Hijo. Nos une cada vez más profundamente a Él.
El Espíritu Santo y nuestra adopción
La salvación no consiste solamente en que Dios cancela nuestra culpa.
También nos recibe como hijos.
Pablo escribe:
«Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» (Romanos 8:15).
El Espíritu hace que una verdad objetiva de nuestra salvación sea también conocida en nuestra experiencia: Dios es nuestro Padre.
El creyente puede acercarse a Dios no como un acusado que espera nuevamente una sentencia condenatoria, sino como un hijo recibido por gracia debido a la obra de Cristo.
Pablo continúa:
«El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Romanos 8:16).
Este testimonio no debe entenderse principalmente como una voz misteriosa diciendo al oído que somos salvos. El Espíritu confirma nuestra condición de hijos mientras nos lleva a confiar en Cristo, amar a Dios, luchar contra el pecado y reconocer a Dios como Padre.
La seguridad cristiana no descansa simplemente sobre una emoción pasajera. Descansa primero en las promesas de Dios y en la obra terminada de Cristo, mientras el Espíritu produce en nosotros las evidencias de una vida transformada.
El Espíritu Santo transforma nuestra vida
El mismo Espíritu que concede vida también comienza a transformar esa vida.
Esta obra continúa durante toda la existencia del creyente.
Pablo describe una lucha que todo cristiano verdadero conoce:
«Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí» (Gálatas 5:17).
El nuevo nacimiento no elimina inmediatamente todo pecado.
Comienza una batalla.
Antes de conocer a Cristo, una persona podía vivir bajo el dominio del pecado sin comprender plenamente su gravedad. Cuando el Espíritu comienza a obrar, aparece una nueva oposición interior. El creyente todavía puede caer, pero ya no puede hacer las paces tranquilamente con aquello que desagrada a Dios.
El Espíritu comienza a producir un carácter diferente.
Pablo lo llama el fruto del Espíritu:
«Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23).
Observemos que Pablo dice «fruto», no espectáculo.
La evidencia profunda de la obra del Espíritu no consiste solamente en momentos extraordinarios. También aparece en cosas que pueden parecer pequeñas: una persona orgullosa aprende humildad; alguien dominado por el resentimiento comienza a perdonar; quien vivía para sí mismo aprende a servir; quien justificaba su pecado comienza a confesarlo y combatirlo.
La transformación puede ser lenta, pero es real.
John Owen explicó ampliamente esta lucha en sus escritos sobre el pecado. Insistió en que el creyente debe combatir activamente el pecado, pero nunca mediante sus propias fuerzas. Pablo dice:
«Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» (Romanos 8:13).
Notemos las dos realidades.
El creyente actúa: «hacéis morir».
Pero lo hace: «por el Espíritu».
La vida cristiana no es pasividad. Tampoco es autosuficiencia. Es obediencia activa sostenida por el poder de Dios.
El Espíritu utiliza la Palabra para santificarnos
El Espíritu Santo no transforma normalmente al creyente separándolo de las Escrituras.
Él mismo inspiró la Palabra y utiliza esa Palabra para enseñarnos, corregirnos y formar nuestra mente.
Pablo declara:
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16).
Pedro explica que los escritores bíblicos hablaron siendo guiados por el Espíritu Santo:
«Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo» (2 Pedro 1:21).
Por esta razón existe una relación inseparable entre la obra del Espíritu y la Palabra.
No debemos colocar ambas cosas como si fueran rivales.
Decir “quiero que el Espíritu me guíe, pero no necesito estudiar las Escrituras” contradice el modo ordinario en que Él mismo ha decidido guiarnos.
Cuando abrimos la Biblia, no estamos realizando simplemente un ejercicio intelectual. Dependemos del Espíritu que inspiró esas palabras para que ilumine nuestro entendimiento, confronte nuestro pecado y dirija nuestra mirada hacia Cristo.
Esto explica por qué dos personas pueden leer el mismo pasaje y reaccionar de maneras completamente diferentes. Una puede leerlo únicamente como información. Otra puede quedar profundamente confrontada por la verdad que encuentra allí.
La diferencia no está en que aparezca un mensaje secreto escondido detrás del texto. El significado de la Escritura permanece. Lo que cambia es el corazón que la recibe.
El Espíritu abre nuestros ojos para comprender, amar y obedecer la verdad que Dios ya ha revelado.
Pero su obra todavía nos lleva a otra cuestión importante.
El Nuevo Testamento enseña que el Espíritu no solamente da vida y transforma el carácter de los creyentes. También distribuye dones, fortalece a la Iglesia, ayuda en la oración, produce unidad y garantiza nuestra herencia futura.
Y precisamente allí debemos distinguir cuidadosamente entre lo que la Biblia realmente promete acerca del Espíritu Santo y algunas ideas que, aunque populares, no necesariamente proceden de las Escrituras.
El Espíritu Santo da dones a la Iglesia
Cuando el Espíritu salva a una persona, no la coloca aislada de los demás creyentes. La incorpora al cuerpo de Cristo y le concede capacidades para servir.
Pablo escribe:
«Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho» (1 Corintios 12:7).
Esta frase nos entrega una verdad importante: los dones no fueron dados principalmente para engrandecer a quien los posee. Fueron dados «para provecho», es decir, para servir y edificar a otros.
En Romanos 12, 1 Corintios 12, Efesios 4 y 1 Pedro 4 encontramos diferentes dones y formas de servicio. Algunos enseñan, otros sirven, otros exhortan, otros administran y otros muestran misericordia. La Iglesia es comparada con un cuerpo porque cada miembro tiene una función y ninguno debe pensar que puede vivir independientemente de los demás.
«Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1 Corintios 12:27).
Por eso, preguntar solamente “¿cuál es mi don?” puede quedarse corto. Una pregunta más madura sería: “¿Cómo puedo utilizar lo que Dios me ha dado para servir a su Iglesia y glorificar a Cristo?”
Los dones nunca deben convertirse en una competencia espiritual.
El creyente que enseña no es más importante que quien sirve silenciosamente. Quien tiene una responsabilidad visible no posee mayor dignidad delante de Dios que quien realiza una tarea que casi nadie observa.
El Espíritu distribuye los dones según su voluntad:
«Repartiendo a cada uno en particular como él quiere» (1 Corintios 12:11).
Por tanto, los dones deben producir servicio y gratitud, no orgullo.
La llenura del Espíritu
Pablo ordena a los creyentes:
«Sed llenos del Espíritu» (Efesios 5:18).
Esta expresión ha sido entendida de diferentes maneras, pero el contexto nos ayuda.
Pablo continúa hablando de adoración, gratitud, comunión y una vida sometida a Dios. La llenura del Espíritu no debe reducirse a sentir una emoción intensa durante algunos minutos. Se relaciona con una vida cada vez más gobernada por la presencia, la verdad y la voluntad de Dios.
El libro de Hechos muestra creyentes siendo llenos del Espíritu en diferentes ocasiones. Por ejemplo, después de recibir amenazas, la Iglesia oró:
«Y cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios» (Hechos 4:31).
El resultado fue valentía para anunciar la Palabra.
Esto nos ayuda a evitar un error frecuente: medir la presencia del Espíritu solamente por la intensidad de nuestras emociones.
Las emociones tienen un lugar legítimo en la vida cristiana. Podemos sentir gozo, tristeza por nuestro pecado, gratitud, reverencia y profundo consuelo. Sin embargo, ninguna emoción por sí sola demuestra que algo procede del Espíritu Santo.
La pregunta fundamental siempre debe ser si aquello concuerda con la Palabra de Dios, glorifica a Cristo y produce una vida de obediencia.
El Espíritu Santo nos ayuda a orar
Hay días en que las palabras salen fácilmente durante la oración. En otros momentos, el creyente puede sentarse delante de Dios y apenas saber qué decir.
La Escritura reconoce nuestra debilidad.
Pablo escribe:
«Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos» (Romanos 8:26).
El Espíritu no desprecia nuestra debilidad.
Nos ayuda en ella.
Pablo continúa diciendo que el Espíritu intercede conforme a la voluntad de Dios. Esto significa que nuestra esperanza en la oración no descansa finalmente en nuestra capacidad para construir frases perfectas.
Podemos acercarnos al Padre por medio de Cristo confiando en la ayuda del Espíritu.
Incluso cuando el creyente atraviesa momentos en los que apenas logra ordenar sus pensamientos, Dios conoce perfectamente su corazón.
Esta verdad no debe producir pereza en la oración. Debe producir confianza.
Aprendemos a orar mediante las Escrituras. Presentamos nuestras necesidades, confesamos nuestros pecados, agradecemos las misericordias recibidas, intercedemos por otros y buscamos que la voluntad de Dios sea hecha.
Pero detrás de nuestra oración imperfecta se encuentra la obra fiel del Espíritu.
El fruto es una evidencia profunda de su obra
Es posible sentirse atraído por aquello que parece extraordinario y pasar por alto lo que la Biblia considera profundamente importante.
Una persona puede hablar mucho sobre experiencias espirituales y, al mismo tiempo, mostrar orgullo, falta de dominio propio, dureza hacia otros o poco interés por la verdad.
Eso debería preocuparnos.
Jesús enseñó:
«Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:20).
Y Pablo describe el fruto producido por el Espíritu:
«Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza» (Gálatas 5:22-23).
Estas cualidades pueden parecer menos impresionantes que una experiencia extraordinaria, pero muestran una obra profunda.
Pensemos en una persona dominada durante años por la ira que comienza a responder con paciencia. Pensemos en alguien profundamente egoísta que comienza a servir. Pensemos en quien guardaba resentimiento y aprende lentamente a perdonar.
Allí está ocurriendo algo extraordinario, aunque no produzca espectáculo.
El Espíritu está formando el carácter de Cristo en una persona.
Por eso nuestra pregunta no debería ser solamente cuánto hemos sentido, sino cuánto estamos creciendo en semejanza a Cristo.
No debemos apagar ni entristecer al Espíritu
La presencia permanente del Espíritu en el creyente no significa que nuestras decisiones sean indiferentes.
Pablo advierte:
«Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios» (Efesios 4:30).
El contexto menciona mentira, ira pecaminosa, palabras dañinas, amargura y malicia. Esto muestra algo profundamente práctico.
Entristecer al Espíritu no es principalmente rechazar una sensación interior misteriosa. Es vivir de manera contraria a la santidad que Él produce.
Pablo también escribe:
«No apaguéis al Espíritu. No menospreciéis las profecías. Examinadlo todo; retened lo bueno» (1 Tesalonicenses 5:19-21).
Estas palabras contienen un equilibrio necesario.
No debemos despreciar ligeramente aquello que afirma proceder de Dios, pero tampoco debemos aceptarlo sin examinarlo.
«Examinadlo todo».
La Iglesia necesita discernimiento.
Una afirmación espiritual no se vuelve verdadera porque alguien diga “Dios me dijo”. Toda enseñanza debe ser examinada a la luz de la revelación que Dios ya nos ha dado.
El Espíritu Santo nunca contradice la Palabra que Él mismo inspiró.
El Espíritu Santo sella al creyente
La obra del Espíritu también dirige nuestra mirada hacia el futuro.
Pablo escribe:
«Habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Efesios 1:13).
Después añade que el Espíritu es:
«Las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida» (Efesios 1:14).
La palabra traducida como «arras» comunica la idea de una garantía, un anticipo que asegura aquello que todavía será recibido plenamente.
El creyente todavía espera la resurrección final. Todavía lucha contra el pecado. Todavía conoce sufrimiento, enfermedad y muerte. La creación continúa gimiendo mientras espera su restauración.
Pero Dios ya ha colocado su Espíritu en nosotros como garantía de aquello que vendrá.
Por eso Pablo también dice:
«El que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu» (2 Corintios 5:5).
La presencia del Espíritu apunta hacia la nueva creación.
El Dios que comenzó su obra no abandonará a su pueblo a mitad del camino.
Cómo reconocer la verdadera obra del Espíritu
A lo largo de la historia de la Iglesia han surgido movimientos que afirmaban poseer manifestaciones especiales del Espíritu. Algunos produjeron frutos buenos; otros terminaron en confusión, manipulación o enseñanzas contrarias a las Escrituras.
Por eso necesitamos criterios claros.
En primer lugar, la verdadera obra del Espíritu glorifica a Cristo.
Jesús dijo:
«Él me glorificará» (Juan 16:14).
En segundo lugar, nunca contradice las Escrituras. El mismo Espíritu que obra en nosotros es quien guio a los autores bíblicos.
En tercer lugar, produce santidad. Una supuesta experiencia espiritual que alimenta orgullo, desorden deliberado o desprecio por la obediencia debe ser examinada seriamente.
En cuarto lugar, produce amor verdadero por el pueblo de Dios.
En quinto lugar, dirige la atención hacia la grandeza de Dios y no hacia la exaltación de una personalidad humana.
Jonathan Edwards tuvo que enfrentar preguntas semejantes durante el Gran Despertar del siglo XVIII. En su obra sobre los afectos religiosos, publicada en 1746, explicó que las emociones intensas, por sí mismas, no prueban ni niegan una verdadera obra de Dios. Para Edwards, una evidencia mucho más sólida estaba en una vida transformada que producía humildad, amor por Cristo, obediencia y perseverancia.
Ese principio continúa siendo necesario.
No debemos ser crédulos, pero tampoco fríos ante la verdadera obra de Dios.
Debemos examinarlo todo mediante las Escrituras y retener lo bueno.
Una vida completamente dependiente del Espíritu
Después de estudiar todo esto, podemos comprender algo fundamental: no existe vida cristiana verdadera separada de la obra del Espíritu Santo.
Él estuvo presente en la creación.
Habló mediante los profetas.
Obró en relación con la encarnación y el ministerio de Cristo.
Fue derramado sobre la Iglesia en Pentecostés.
Concede nueva vida al pecador.
Abre nuestros ojos para contemplar a Cristo.
Habita en nosotros.
Nos une al Salvador.
Confirma nuestra adopción.
Nos ayuda en nuestra debilidad.
Produce fruto.
Distribuye dones para servir.
Nos transforma progresivamente.
Y permanece en nosotros como garantía de nuestra herencia futura.
Todo esto debería destruir tanto nuestro orgullo como nuestra desesperación.
Destruye nuestro orgullo porque no podemos atribuirnos el mérito de nuestra vida espiritual. Si vemos a Cristo como precioso, si creemos en Él, si comenzamos a odiar nuestro pecado y si deseamos obedecer a Dios, detrás de todo ello está la gracia divina obrando en nosotros.
Pero también combate nuestra desesperación porque nuestra transformación no depende finalmente de la fuerza de nuestra voluntad.
Dios está obrando.
Pablo lo expresa así:
«Porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Filipenses 2:13).
Esto no significa que debamos permanecer pasivos. Precisamente porque Dios obra en nosotros podemos luchar, obedecer, orar, estudiar su Palabra, confesar nuestros pecados y levantarnos después de nuestras caídas.
El Espíritu no vino para hacer que Cristo fuera menos necesario.
Vino para mostrarnos cuánto necesitamos a Cristo.
No vino para sustituir la Palabra.
Vino para abrir nuestros ojos a su verdad.
No vino para convertirnos en el centro.
Vino para glorificar al Hijo.
Y mientras realiza esa obra, toma personas débiles, pecadoras y dependientes de la gracia, y comienza pacientemente a formar en ellas la semejanza de Jesucristo.
Pablo describe ese proceso con estas palabras:
«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Corintios 3:18).
Ese es el rumbo de su obra.
El Espíritu abre nuestros ojos para contemplar la gloria de Cristo y, mientras lo contemplamos por medio de su Palabra, va transformando nuestra vida para parecernos cada vez más a Él.
Un día esa obra alcanzará su propósito final. El pecado desaparecerá, nuestros cuerpos serán resucitados y estaremos para siempre con el Señor.
Hasta entonces caminamos dependiendo del Espíritu, mirando a Cristo y confiando en que aquel Dios que comenzó su obra será fiel para terminarla.
Ejercicios:
1. Escribe con tus propias palabras por qué podemos afirmar bíblicamente que el Espíritu Santo es una persona divina y no simplemente una fuerza o energía. Utiliza al menos dos pasajes estudiados durante esta lección.
2. Lee Juan 3:1-8 y escribe en tu libreta qué significa “nacer del Espíritu”. Después explica brevemente por qué una persona no puede producir por sí misma su nuevo nacimiento.
3. Lee Gálatas 5:22-23. Escribe los aspectos del fruto del Espíritu y escoge uno en el que consideres que necesitas crecer. Escribe una oración breve pidiendo a Dios que produzca ese fruto en tu vida.
4. Divide una página de tu libreta en dos columnas. En una escribe “Obra del Espíritu” y en la otra “Resultado”. Utilizando esta lección, relaciona al menos cinco obras del Espíritu con su resultado. Por ejemplo: “Concede nueva vida — el pecador nace de nuevo”.