Octava lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de la salvación
Un hombre puede aprender muchas cosas acerca de Dios, conocer historias bíblicas, asistir durante años a una iglesia e incluso hablar correctamente acerca de Cristo, y aun así quedar frente a una pregunta que ninguna cantidad de conocimiento puede esquivar: ¿cómo puede un pecador culpable estar en paz con un Dios perfectamente santo?
Esta no es una pregunta pequeña. Tampoco es solamente una pregunta para estudiosos. Es una pregunta que alcanza a cada ser humano.
La Biblia comienza mostrándonos a Dios creando al ser humano para vivir en comunión con Él. Pero esa comunión fue quebrada por el pecado. Desde Génesis 3 vemos al hombre escondiéndose de Dios, tratando de cubrir su vergüenza y enfrentándose a las consecuencias de su rebelión.
Desde entonces, una gran necesidad atraviesa toda la historia bíblica: necesitamos ser reconciliados con nuestro Creador.
Y aquí aparece una de las verdades más hermosas de toda la Escritura. El ser humano que se alejó de Dios no diseñó el camino de regreso. Dios mismo vino a buscar y salvar al perdido.
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” — Lucas 19:10
La salvación, por tanto, no comienza con el esfuerzo del hombre por alcanzar a Dios. Comienza con Dios acercándose misericordiosamente al pecador.
La necesidad que tenemos de ser salvados
Para comprender la grandeza de la salvación primero debemos comprender de qué necesitamos ser salvados.
La Biblia no presenta al ser humano simplemente como alguien que necesita mejorar ciertos aspectos de su conducta. Nuestro problema es mucho más profundo.
Después de la caída, el pecado alcanzó toda nuestra existencia. Nuestra mente, nuestros deseos, nuestra voluntad, nuestros afectos y nuestras acciones quedaron afectados por él.
Pablo lo expresa con palabras muy fuertes:
“No hay justo, ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios.” — Romanos 3:10-11
Y unos capítulos más adelante declara:
“Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” — Romanos 3:23
Esto significa que el problema fundamental del hombre no se encuentra solamente fuera de él. No podemos culpar únicamente a nuestra cultura, nuestras circunstancias, nuestra educación o las malas influencias que hemos recibido. El pecado habita en el corazón humano.
Jesús mismo enseñó que del interior del hombre proceden sus malas acciones y deseos. El problema nace desde dentro.
Por eso la salvación bíblica no puede reducirse a recibir consejos para convertirnos en mejores personas. Una persona espiritualmente muerta necesita vida. Un culpable necesita perdón. Un enemigo de Dios necesita reconciliación. Un esclavo necesita libertad.
Pablo describe nuestra condición anterior a Cristo de una manera todavía más profunda:
“Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados.” — Efesios 2:1
Observemos la expresión: muertos.
No dice enfermos espiritualmente. Tampoco dice simplemente confundidos. Dice muertos en delitos y pecados.
Esto no significa que una persona sin Cristo no pueda amar a su familia, trabajar, aprender, mostrar generosidad o realizar acciones beneficiosas para otras personas. Significa que, por sí misma, no posee la vida espiritual necesaria para reconciliarse con Dios ni puede producir la justicia perfecta que Él demanda.
Ahí descubrimos por qué necesitamos algo mucho mayor que una reforma de comportamiento.
Necesitamos que Dios nos salve.
La salvación nace en Dios
Una de las tendencias naturales del corazón humano es pensar que primero hacemos algo para llamar la atención de Dios y después Él responde.
La Escritura presenta el orden contrario.
Antes de que nosotros amáramos a Dios, Él mostró su amor hacia pecadores que no lo merecían.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” — Romanos 5:8
Estas palabras destruyen cualquier motivo de orgullo.
Cristo no murió por personas que primero consiguieron hacerse dignas de Él. Murió por pecadores.
La salvación tiene su origen en la gracia de Dios.
La gracia significa que recibimos de Dios aquello que jamás podríamos comprar, producir ni merecer. Si pudiéramos merecer la salvación mediante nuestras buenas obras, dejaría de ser gracia y se convertiría en una recompensa.
Pablo establece esta verdad con enorme claridad:
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe.” — Efesios 2:8-9
Esto no significa que las buenas obras sean inútiles. Significa que debemos colocarlas en el lugar correcto.
Las buenas obras no son la raíz de nuestra salvación; son su fruto.
No obedecemos para comprar el favor de Dios. La persona que ha sido salvada comienza a obedecer porque Dios ya está obrando en ella.
Por eso Pablo continúa inmediatamente diciendo:
“Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.” — Efesios 2:10
Primero aparece la obra de Dios. Después aparece una vida transformada como consecuencia de esa obra.
El Padre planea, el Hijo realiza y el Espíritu aplica
La salvación es una obra del Dios trino.
No debemos pensar en el Padre como alguien que desea condenar mientras Jesús intenta convencerlo de mostrar misericordia. Esa imagen contradice el mensaje bíblico.
El Padre ama y envía al Hijo. El Hijo voluntariamente entrega su vida. El Espíritu Santo lleva eficazmente la obra de Cristo al corazón de quienes son salvados.
Jesús declaró:
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito.” — Juan 3:16
La cruz nace del propósito amoroso de Dios.
Efesios 1 nos permite contemplar esta obra desde una perspectiva todavía más amplia. Pablo explica que el propósito salvador de Dios no comenzó cuando nosotros creímos.
“Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él.” — Efesios 1:4
Antes de que existieran ciudades, naciones, montañas o mares; antes de que Adán respirara por primera vez; antes de que nosotros pudiéramos realizar una sola obra buena o mala, Dios ya conocía perfectamente su propósito.
Esto coloca nuestra seguridad en un fundamento mucho más firme que nuestras emociones.
La salvación no es un plan improvisado después de la caída del hombre. Desde la eternidad, Dios había determinado glorificar su gracia mediante Cristo.
El Padre establece su propósito. El Hijo entra en nuestra historia para cumplirlo. El Espíritu da vida, abre el corazón, produce fe y comienza una obra de transformación en aquellos que pertenecen a Cristo.
Por eso Pedro escribe acerca de los creyentes como:
“Elegidos según la presciencia de Dios Padre en santificación del Espíritu, para obedecer y ser rociados con la sangre de Jesucristo.” — 1 Pedro 1:2
La salvación entera lleva la marca de Dios.
Cristo ocupa el centro de nuestra salvación
Si quitamos a Cristo, ya no tenemos el evangelio.
El cristianismo no anuncia simplemente que Dios perdona. La pregunta inevitable es: ¿cómo puede un Dios justo perdonar al culpable sin dejar de ser justo?
La respuesta se encuentra en la cruz.
Dios no trató nuestro pecado como si nunca hubiera ocurrido. El pecado tiene una verdadera culpa delante de Él y merece juicio. Pero Dios hizo algo extraordinario: el Hijo eterno tomó naturaleza humana y vino a ocupar el lugar de pecadores.
Jesucristo vivió la vida de perfecta obediencia que nosotros no hemos vivido.
Nunca pecó.
Nunca desobedeció al Padre.
Nunca hubo corrupción moral en Él.
Hebreos afirma que fue:
“Tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.” — Hebreos 4:15
Esta obediencia perfecta era necesaria. Nuestro Salvador debía ser completamente justo para poder ocupar el lugar de los injustos.
Después llegó la cruz.
Allí Cristo no fue simplemente un ejemplo de amor y sacrificio. Ciertamente su muerte revela un amor incomparable, pero la Escritura enseña algo todavía más profundo: Jesús murió en lugar de pecadores.
Pedro escribe:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” — 1 Pedro 2:24
Y Pablo resume este gran intercambio de una manera extraordinaria:
“Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él.” — 2 Corintios 5:21
Cristo no se convirtió en pecador. Permaneció perfectamente santo. La idea es que nuestra culpa fue puesta sobre Él judicialmente y Él recibió el juicio correspondiente a quienes representaba.
En la cruz vemos encontrarse dos realidades que muchas veces el hombre separa: la justicia y la misericordia de Dios.
Dios no salva ignorando su justicia.
Salva satisfaciendo su justicia en Cristo.
Por eso Pablo explica que Dios presentó a Cristo para manifestar su justicia, de manera que Él pudiera ser:
“El justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús.” — Romanos 3:26
Dios permanece justo mientras declara justo al pecador que está unido a Cristo.
Juan Calvino explicó esta realidad con especial claridad durante el siglo XVI: nuestra reconciliación con Dios descansa en Cristo ocupando nuestro lugar y cargando con aquello que nosotros merecíamos. Siglos después, autores como J. I. Packer y R. C. Sproul insistieron en la misma verdad: si no comprendemos la santidad y justicia de Dios, nunca podremos comprender verdaderamente la grandeza de la cruz.
En el Calvario no encontramos a un Dios indiferente ante el pecado. Encontramos al Dios santo proporcionando Él mismo el sacrificio necesario para salvar al culpable.
La resurrección completa la proclamación del evangelio
La historia de nuestra salvación no termina con una tumba cerrada.
Al tercer día, Cristo resucitó corporalmente de entre los muertos.
La resurrección no es un detalle añadido a la fe cristiana. Es indispensable.
Pablo llega a decir:
“Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados.” — 1 Corintios 15:17
Pero Cristo resucitó.
La tumba quedó vacía. La muerte no pudo retenerlo.
Su resurrección declara públicamente su victoria sobre el pecado y la muerte y garantiza la futura resurrección de quienes están unidos a Él.
Por eso nuestra esperanza no descansa solamente en que alguien murió por nosotros.
Nuestro Salvador murió, resucitó y vive.
Y porque Él vive, la salvación que ofrece no es una teoría religiosa ni una esperanza construida sobre sentimientos humanos. Está fundada sobre la persona y la obra del Cristo crucificado y resucitado.
Hasta este punto podemos comenzar a contemplar la estructura completa de la salvación: el hombre se encuentra perdido en pecado; Dios toma la iniciativa por pura gracia; Cristo cumple perfectamente la obra necesaria para reconciliarnos con Dios; y el Espíritu Santo aplica esa obra al pecador.
Pero todavía queda una pregunta fundamental.
¿Cómo llega personalmente esta salvación a nosotros?
Para responderla tendremos que comprender el llamado de Dios, el nuevo nacimiento, el arrepentimiento, la fe y la justificación. Allí veremos que incluso nuestra llegada a Cristo revela, de principio a fin, la extraordinaria gracia de Dios.
Dios llama al pecador
La obra de Cristo ocurrió fuera de nosotros, en un momento concreto de la historia. Jesús vivió, murió y resucitó. Pero ahora debemos preguntarnos cómo los beneficios de esa obra llegan personalmente a nuestra vida.
La respuesta comienza nuevamente con Dios.
El evangelio es anunciado a todas las personas. Cuando alguien escucha que Cristo murió por pecadores y que todo aquel que cree en Él recibe vida eterna, está escuchando un llamado verdadero a arrepentirse y creer.
Jesús proclamaba:
“Arrepentíos, y creed en el evangelio.” — Marcos 1:15
Sin embargo, la Escritura también enseña que Dios obra interiormente en aquellos que vienen a Cristo. No solamente escuchan palabras con sus oídos; el Espíritu Santo abre su entendimiento y transforma su corazón.
Jesús dijo:
“Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere.” — Juan 6:44
Estas palabras pueden confrontar nuestro orgullo, pero contienen una esperanza inmensa.
Si nuestra salvación dependiera finalmente de que un corazón espiritualmente muerto produjera por sí mismo amor hacia Dios, nadie sería salvo. Pero Dios hace aquello que nosotros no podemos hacer.
Él llama, despierta y atrae eficazmente al pecador hacia Cristo.
El nuevo nacimiento
Una noche, un hombre llamado Nicodemo fue a buscar a Jesús.
No era un hombre ignorante de las Escrituras. Era fariseo y maestro de Israel. Desde la perspectiva humana, parecía tener muchas ventajas espirituales.
Sin embargo, Jesús fue directamente al corazón del problema:
“De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.” — Juan 3:3
Nicodemo necesitaba algo que su conocimiento religioso no podía producir.
Necesitaba una nueva vida.
Esto es lo que llamamos nuevo nacimiento. Dios, mediante su Espíritu, da vida espiritual al pecador.
No significa que una persona pierde su identidad o deja de tener su personalidad. Significa que ocurre una transformación profunda en su relación con Dios. El corazón que antes permanecía cerrado comienza a responder. Los ojos espirituales empiezan a ver la belleza de Cristo. El pecado comienza a ser reconocido como pecado y Dios deja de ser visto simplemente como una idea religiosa.
Ezequiel había anunciado siglos antes esta obra de Dios:
“Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros.” — Ezequiel 36:26
Observemos nuevamente quién realiza la acción.
Dios dice: “Os daré”.
El nuevo nacimiento no es el resultado de nuestra capacidad para reconstruir nuestro propio corazón. Es una obra sobrenatural del Espíritu Santo.
Jesús compara su acción con el viento:
“El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene, ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu.” — Juan 3:8
No vemos el viento directamente, pero vemos sus efectos. De manera semejante, no vemos al Espíritu Santo con nuestros ojos, pero vemos los frutos de su obra cuando una persona comienza a arrepentirse, confiar en Cristo, amar a Dios y desear una vida diferente.
La salvación, entonces, no consiste solamente en cambiar algunas costumbres externas.
Dios comienza transformando el corazón.
Arrepentimiento y fe
Cuando Dios da vida al pecador, aparecen dos respuestas inseparables: arrepentimiento y fe.
Podemos pensar en ellas como dos movimientos de una misma conversión: apartarnos del pecado y acudir a Cristo.
El arrepentimiento verdadero es mucho más que sentir tristeza.
Una persona puede lamentar las consecuencias de sus acciones sin lamentar realmente haber pecado contra Dios. Puede llorar porque perdió una relación, dañó su reputación o sufrió las consecuencias de una mala decisión y, aun así, continuar amando aquello que hizo.
El arrepentimiento bíblico llega más profundo.
Es reconocer nuestra culpa delante de Dios, abandonar nuestras excusas y volvernos hacia Él buscando misericordia.
David expresó esta realidad después de reconocer la gravedad de su pecado:
“Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.” — Salmo 51:4
David había pecado también contra otras personas. Sin embargo, comprendió que detrás de todo pecado humano existe una ofensa contra el Dios santo.
Pero el arrepentimiento no significa permanecer mirando eternamente nuestra culpa.
Nos lleva hacia Cristo.
Ahí aparece la fe.
La fe salvadora tampoco consiste simplemente en reconocer que Dios existe. Santiago recuerda que incluso los demonios creen que Dios existe.
“También los demonios creen, y tiemblan.” — Santiago 2:19
La fe verdadera incluye conocimiento, pero va más allá. Significa descansar personalmente en Jesucristo como nuestra única esperanza de salvación.
Es dejar de presentar nuestras buenas obras como argumento delante de Dios y descansar en la obra perfecta de Cristo.
La pregunta del carcelero de Filipos fue sencilla:
“Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?” — Hechos 16:30
Pablo y Silas respondieron:
“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” — Hechos 16:31
No dijeron: demuestra primero que eres digno.
No dijeron: compensa tus pecados acumulando buenas acciones.
Lo dirigieron hacia Cristo.
Esta es la esencia de la fe salvadora: dejar de confiar en nosotros mismos y descansar en Cristo.
La fe también es un regalo de Dios
En este punto debemos evitar un error muy común.
Podríamos pensar que Dios hizo casi toda la obra de salvación, pero dejó una pequeña parte decisiva exclusivamente en nuestras manos, de modo que la diferencia final entre el salvo y el perdido sería que uno fue más sabio y decidió correctamente.
La Escritura no permite que el ser humano conserve ese motivo de orgullo.
Pablo escribe:
“Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él.” — Filipenses 1:29
La capacidad de responder a Cristo con verdadera fe pertenece también a la obra misericordiosa de Dios.
Esto no significa que Dios crea en nuestro lugar.
Nosotros creemos.
Nosotros nos arrepentimos.
Nosotros acudimos a Cristo.
Pero lo hacemos porque Dios ha obrado primero en nosotros.
Esto protege dos verdades bíblicas al mismo tiempo. El ser humano tiene la responsabilidad real de arrepentirse y creer, pero toda la gloria de su salvación pertenece finalmente a Dios.
Por eso, cuando una persona mira hacia atrás después de años siguiendo a Cristo, no debería decir: “Fui salvo porque fui más inteligente que otros”.
Debería decir:
“Dios tuvo misericordia de mí.”
Dios declara justo al que cree
Aquí llegamos a una de las verdades centrales de la salvación.
Cuando un pecador cree verdaderamente en Cristo, Dios lo declara justo delante de Él.
Esto no significa que en ese instante la persona se vuelva moralmente perfecta. Todavía tendrá que luchar contra el pecado y crecer en obediencia.
Significa que cambia su posición delante del tribunal de Dios.
Pensemos en una sala de juicio.
El pecador está delante del Juez con una deuda que no puede negar. Sus propios actos testifican contra él. No puede borrar su pasado ni presentar una vida de perfecta obediencia.
Pero el evangelio anuncia algo extraordinario.
La justicia de Cristo es acreditada al creyente.
Pablo escribe:
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” — Romanos 5:1
Ser justificado significa que Dios declara justo al pecador sobre la base de Cristo.
No porque Dios finja que esa persona nunca pecó.
Tampoco porque considere sus pecados insignificantes.
La razón es mucho más firme: la culpa ha sido tratada realmente en la cruz y la justicia de Cristo pertenece al creyente.
Pablo utiliza a Abraham para demostrar que este principio ya estaba presente en las Escrituras antiguas:
“Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia.” — Romanos 4:3
La palabra “contado” es fundamental.
Abraham no fue aceptado porque hubiera alcanzado una vida sin pecado. Dios le contó justicia mediante la fe.
Por eso Pablo puede decir:
“Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.” — Romanos 4:5
Hay una palabra sorprendente en ese versículo: impío.
Dios justifica al impío que cree.
No espera hasta que el pecador consiga limpiarse completamente para entonces recibirlo. Lo recibe por medio de Cristo y comienza después una profunda obra de transformación en su vida.
Una verdad que volvió a escucharse con fuerza
Esta enseñanza tuvo una importancia enorme durante el siglo XVI.
El 31 de octubre de 1517, Martín Lutero hizo públicas sus noventa y cinco tesis en Wittenberg. Aunque aquellas tesis no contenían todavía toda la claridad que posteriormente alcanzaría, aquel acontecimiento quedó estrechamente relacionado con el comienzo de una controversia mucho mayor acerca de la autoridad de las Escrituras, el pecado, la gracia y la manera en que el hombre es aceptado delante de Dios.
Lutero llegó a comprender con especial fuerza las palabras de Romanos:
“Mas el justo por la fe vivirá.” — Romanos 1:17
La gran pregunta no era si las buenas obras eran importantes. Los reformadores afirmaron claramente que una fe verdadera produce obediencia.
La pregunta era otra:
¿Sobre qué fundamento declara Dios justo al pecador?
La respuesta fue recuperada de las Escrituras con enorme claridad: únicamente sobre la obra de Cristo, recibida mediante la fe.
Juan Calvino explicó posteriormente que la justificación y la transformación de la vida nunca deben separarse, pero tampoco confundirse. Dios no acepta al creyente porque este haya alcanzado suficiente santidad. Lo acepta en Cristo, y precisamente porque ha sido unido a Cristo comienza también a transformarlo.
Siglos después, autores como John Murray y R. C. Sproul volvieron a enfatizar esta distinción porque protege el corazón mismo del evangelio.
Nuestra obediencia no compra nuestra aceptación
Esto cambia profundamente la manera en que vivimos delante de Dios.
El creyente no tiene que levantarse cada mañana intentando conseguir que Dios vuelva a aceptarlo.
Su aceptación descansa en Cristo.
Cuando obedece, no está pagando una cuota de salvación. Cuando realiza una buena obra, no añade mérito a la cruz. Cuando sirve a otras personas, no está completando aquello que Jesús dejó sin terminar.
Cristo declaró:
“Consumado es.” — Juan 19:30
Su obra salvadora es suficiente.
Esto tampoco convierte la obediencia en algo opcional. Ocurre precisamente lo contrario.
La persona que ha conocido verdaderamente la gracia comienza a desear vivir para Aquel que la salvó.
La obediencia deja de ser el precio de nuestra aceptación y comienza a convertirse en una respuesta de gratitud.
Las buenas obras son importantes, pero deben permanecer en su lugar correcto.
No somos salvados por buenas obras; somos salvados para una vida de buenas obras.
Y aquí llegamos a otra dimensión maravillosa de la salvación.
Dios no solamente perdona al culpable y lo declara justo. Tampoco lo deja exactamente donde lo encontró.
El Dios que justifica comienza también a transformar.
La salvación alcanza nuestra manera de pensar, nuestros deseos, nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra lucha diaria contra el pecado.
Además, Dios hace algo todavía más cercano: recibe al creyente dentro de su propia familia.
Por eso aún debemos estudiar tres grandes realidades para completar nuestra comprensión de la salvación: la adopción, la transformación progresiva del creyente y la preservación de Dios hasta nuestra glorificación final.
Cuando contemplemos estas verdades veremos que Dios no solamente comienza nuestra salvación.
Él también sostiene a los suyos durante el camino y los llevará finalmente hasta el final.
Recibidos como hijos de Dios
El evangelio contiene una verdad que va más allá del perdón.
Dios podría habernos declarado justos y habernos permitido permanecer delante de Él como siervos perdonados. Eso ya habría sido una misericordia extraordinaria. Pero hizo mucho más.
Dios recibe al creyente dentro de su familia.
Juan escribe:
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.” — Juan 1:12
Esto es adopción.
No significa que todos los seres humanos sean hijos de Dios en el mismo sentido espiritual. Todos somos criaturas hechas por Él y llevamos su imagen, pero la Escritura reserva esta relación de hijos para aquellos que han sido unidos a Cristo mediante la fe.
Pablo explica:
“Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.” — Gálatas 3:26
Esta verdad transforma nuestra manera de acercarnos a Dios.
El creyente ya no se encuentra delante de Él solamente como un culpable que ha recibido una sentencia favorable. Ahora puede acercarse como un hijo recibido y amado.
Por eso Pablo dice:
“Habéis recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!” — Romanos 8:15
El Dios santo que antes era nuestro Juez es ahora nuestro Padre por medio de Cristo.
Esto no elimina nuestra reverencia hacia Él. Dios continúa siendo santo, soberano y digno de toda adoración. Pero nuestra relación ha cambiado.
Podemos acercarnos a Él en oración. Podemos descansar en sus promesas. Podemos confiar en su cuidado. Podemos recibir incluso su corrección como la disciplina amorosa de un Padre que está formando a sus hijos.
La salvación, entonces, no solamente cambia nuestro destino.
Cambia nuestra relación con Dios.
Una vida que comienza a ser transformada
Después de justificar y adoptar al creyente, Dios comienza una obra que continuará durante toda su vida.
La Biblia llama a esta obra santificación.
La idea es sencilla: Dios comienza a formar en nosotros una vida cada vez más semejante a Cristo.
Pablo escribe:
“Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen.” — 2 Corintios 3:18
La santificación no ocurre completamente en un día.
El nuevo creyente ha sido reconciliado con Dios, pero todavía conserva debilidades, malos hábitos, pensamientos equivocados y deseos contra los cuales tendrá que luchar.
Por eso la vida cristiana incluye una batalla real contra el pecado.
Hay pecados que una persona abandona rápidamente. Otros requieren años de oración, disciplina, arrepentimiento y dependencia de Dios.
Esto explica por qué incluso creyentes maduros todavía reconocen áreas de su vida que necesitan ser transformadas.
Pero existe una diferencia fundamental entre vivir bajo el dominio del pecado y luchar contra él.
Antes, el pecado gobernaba. Ahora existe una nueva disposición que desea obedecer a Dios.
Pablo explica:
“Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.” — Romanos 6:14
Esto no significa que el creyente alcance una vida completamente libre de pecado antes de la glorificación.
Juan advierte:
“Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.” — 1 Juan 1:8
El creyente todavía cae, pero ya no puede hacer las paces tranquilamente con el pecado. El Espíritu Santo produce convicción, arrepentimiento y un deseo creciente de obedecer.
Dios obra y nosotros respondemos
En la transformación del creyente encontramos una relación hermosa entre la obra de Dios y nuestra responsabilidad.
No debemos pensar: “Como Dios está transformándome, entonces no necesito esforzarme”.
Pero tampoco debemos pensar: “Todo depende de mi fuerza de voluntad”.
La Escritura mantiene ambas realidades juntas.
Pablo escribe:
“Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” — Filipenses 2:12-13
El creyente actúa precisamente porque Dios está actuando en él.
Por eso debemos orar, estudiar las Escrituras, congregarnos, participar de la vida de la iglesia, luchar contra nuestras tentaciones, confesar nuestros pecados, perdonar, servir y buscar obedecer.
No hacemos estas cosas para conseguir que Dios finalmente nos salve.
Las hacemos porque pertenecemos a Cristo y Dios está formando su carácter en nosotros.
El puritano John Owen, quien vivió entre 1616 y 1683, dedicó una parte importante de sus escritos a esta lucha contra el pecado. Insistió en que el creyente no debe tratar el pecado como un enemigo pequeño. Debe enfrentarlo seriamente, dependiendo del poder del Espíritu Santo.
Esta lucha continuará mientras vivamos.
Pero no luchamos para conseguir una victoria que Cristo todavía no haya ganado. Luchamos desde la realidad de que pertenecemos al Rey que ya venció.
Dios preserva a los suyos
Ahora aparece una pregunta que ha preocupado a muchos creyentes sinceros.
¿Qué ocurrirá si un día mi fe es demasiado débil?
¿Puede Dios comenzar una obra salvadora y después abandonarla?
La esperanza bíblica no descansa principalmente en nuestra capacidad para sujetarnos de Dios, sino en la capacidad de Dios para sostenernos.
Jesús habló con enorme claridad acerca de sus ovejas:
“Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano.” — Juan 10:28
Observe dónde descansa finalmente la seguridad.
En la mano de Cristo.
El creyente verdadero perseverará porque Dios lo preservará.
Esto no significa que nuestra vida será una línea perfecta de crecimiento. Pedro negó públicamente a Cristo tres veces. David cayó gravemente. Los creyentes pueden atravesar temporadas de debilidad, dudas y pecado.
Pero Dios no abandona la obra que verdaderamente comenzó.
Pablo escribe:
“Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.” — Filipenses 1:6
La perseverancia tampoco debe convertirse en una excusa para vivir deliberadamente en pecado.
Una persona que dice pertenecer a Cristo mientras abraza el pecado sin arrepentimiento debería examinar seriamente su profesión de fe.
Jesús enseñó que el árbol es conocido por su fruto. Las obras no producen nuestra salvación, pero una vida verdaderamente alcanzada por la gracia comienza a mostrar evidencia de transformación.
La seguridad bíblica, por tanto, no consiste en decir: “Una vez hice una oración, así que puedo vivir como quiera”.
Consiste en descansar en Cristo mientras vemos la obra perseverante de Dios produciendo fe, arrepentimiento y fruto en nuestra vida.
Nuestra salvación todavía espera algo mayor
Hasta ahora hemos hablado de realidades extraordinarias: Dios llama, da vida, concede arrepentimiento y fe, justifica, adopta, transforma y preserva.
Pero todavía falta el último capítulo.
La glorificación.
Llegará el día en que la presencia misma del pecado desaparecerá completamente de aquellos que pertenecen a Cristo.
La lucha terminará.
Nuestro cuerpo también será redimido.
Pablo escribe:
“Esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya.” — Filipenses 3:20-21
La esperanza cristiana no consiste en escapar para siempre de la existencia corporal. Esperamos la resurrección.
Cuando Cristo regrese, los muertos en Cristo resucitarán y los creyentes serán finalmente transformados.
Por eso Pablo presenta una cadena extraordinaria en Romanos 8:
“Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.” — Romanos 8:30
Es sorprendente que Pablo hable de la glorificación con tanta seguridad que la expresa como una realidad garantizada.
Desde el propósito eterno de Dios hasta nuestra futura glorificación existe una obra salvadora que Él llevará hasta su cumplimiento.
La historia que comenzó con seres humanos escondiéndose entre los árboles de Edén terminará con un pueblo redimido viviendo para siempre en la presencia de Dios.
Apocalipsis describe el final:
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.” — Apocalipsis 21:4
El pecado que entró en Génesis 3 finalmente habrá desaparecido.
La muerte será vencida.
La creación será restaurada.
Y Cristo estará con su pueblo.
De principio a fin, la gloria pertenece a Dios
Ahora podemos contemplar todo el recorrido.
Estábamos muertos en nuestros pecados y Dios nos dio vida. Éramos culpables y Dios nos justificó. Éramos enemigos y fuimos reconciliados. Estábamos lejos y fuimos acercados. Éramos esclavos del pecado y Cristo nos hizo libres. No pertenecíamos a su familia y fuimos adoptados. Todavía luchamos contra el pecado, pero el Espíritu nos transforma. Somos débiles, pero Cristo nos sostiene. Nuestros cuerpos morirán si Él no regresa antes, pero incluso la muerte será vencida mediante la resurrección.
Desde el comienzo hasta el final, la salvación proclama una misma verdad:
Dios salva pecadores por gracia mediante Jesucristo.
Por eso no existe lugar para la arrogancia espiritual.
El creyente no puede mirar al perdido desde una posición de superioridad. Si hemos venido a Cristo, no fue porque existiera en nosotros alguna bondad que obligara a Dios a escogernos.
Fue misericordia.
Pablo pregunta:
“¿Qué tienes que no hayas recibido?” — 1 Corintios 4:7
La respuesta correcta es sencilla: nada.
Todo lo verdaderamente bueno que tenemos procede finalmente de Dios.
Charles Spurgeon, predicador del siglo XIX, insistía frecuentemente en esta realidad: cuando contemplamos nuestra salvación, toda la gloria debe regresar a Dios. El pecador no podrá llegar al cielo señalándose a sí mismo como la causa decisiva de su rescate.
La gracia destruye nuestra jactancia y produce gratitud.
La salvación nos lleva hacia Cristo
Estudiar la salvación puede llevarnos a conocer muchas palabras y conceptos bíblicos. Podemos hablar correctamente acerca del llamado, el nuevo nacimiento, la fe, la justificación, la adopción, la santificación, la perseverancia y la glorificación.
Pero nunca debemos permitir que estas verdades nos hagan perder de vista a la Persona que se encuentra en el centro de todas ellas.
La salvación está en Cristo.
No somos salvados por conocer correctamente una lista de enseñanzas. Somos salvados mediante la fe en Jesucristo.
Él es nuestra justicia.
Él cargó nuestra culpa.
Él murió nuestra muerte.
Él resucitó.
Él intercede por los suyos.
Él preserva a su pueblo.
Él regresará.
Y Él levantará a los suyos en el último día.
Jesús lo expresó de una manera sencilla y profundamente hermosa:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” — Juan 14:6
Por eso la pregunta final de esta lección no debería ser solamente: “¿Comprendo mejor cómo funciona la salvación?”.
Existe una pregunta mucho más personal:
¿Estoy descansando verdaderamente en Cristo?
Tal vez alguien pueda mirar su pasado y pensar que ha pecado demasiado. Otro puede pensar que necesita mejorar primero antes de acercarse a Dios. Otro quizá lleva años intentando demostrar que merece ser aceptado.
El evangelio destruye las tres ideas.
No podemos borrar nuestro pasado.
No podemos limpiarnos suficientemente para merecer a Cristo.
No podemos comprar la gracia mediante obediencia.
Precisamente por eso necesitamos un Salvador.
Jesús declaró:
“Al que a mí viene, no le echo fuera.” — Juan 6:37
La puerta no está abierta porque nosotros seamos dignos.
Está abierta porque Cristo es suficiente.
El pecador llega con las manos vacías, sin méritos que presentar, confiando solamente en Aquel que murió y resucitó.
Y cuando finalmente comprendemos esto, la salvación deja de ser solamente una doctrina que estudiamos.
Se convierte en motivo de adoración.
Desde la eternidad pasada hasta la eternidad futura, desde el llamado hasta la glorificación, desde nuestra muerte espiritual hasta nuestra resurrección final, una sola verdad permanece sobre toda la historia:
la salvación pertenece al Señor.
“La salvación pertenece a Jehová; sobre tu pueblo sea tu bendición.” — Salmo 3:8
Ejercicios
1. Explica la salvación con tus propias palabras
Escribe en tu libreta entre cuatro y seis líneas explicando qué significa que una persona sea salvada. Intenta incluir estas tres ideas: nuestra condición de pecado, la obra de Cristo y la gracia de Dios.
2. Ordena el proceso
Escribe en tu libreta estas palabras y colócalas siguiendo el desarrollo estudiado en la lección:
Glorificación — Justificación — Nuevo nacimiento — Santificación — Fe — Adopción.
Después escribe junto a cada una una frase sencilla explicando qué significa.
3. Busca tres textos bíblicos
Lee Efesios 2:1-10, Romanos 5:1-11 y Juan 10:27-30.
Después responde brevemente:
¿Qué enseña Efesios acerca de la gracia?
¿Qué enseña Romanos acerca de nuestra paz con Dios?
¿Qué enseña Juan acerca de la seguridad de quienes pertenecen a Cristo?
4. Reflexiona sobre la gracia
Escribe cinco razones por las cuales una persona no puede presumir de haber merecido su salvación.
Después termina el ejercicio escribiendo con tus propias palabras una breve oración de gratitud a Dios por la obra de Cristo.