Novena lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de la Iglesia
Una iglesia puede tener un edificio lleno, buena música, actividades cada semana y cientos de personas reunidas, y aun así obligarnos a hacer una pregunta mucho más profunda: ¿qué hace que una iglesia sea verdaderamente Iglesia?
La respuesta no comienza con un edificio, una denominación, una tradición o un programa. Comienza con Cristo.
Cuando Jesús preguntó a sus discípulos quién decían ellos que era Él, Pedro respondió: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente» (Mateo 16:16). Entonces Jesús pronunció una de las declaraciones más importantes para comprender la Iglesia: «Sobre esta roca edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18).
Observemos cuidadosamente las palabras de Cristo. Él dijo «mi iglesia». La Iglesia le pertenece. Cristo no dijo que los discípulos construirían una comunidad alrededor de sus propias ideas. Tampoco entregó su Iglesia a los gustos cambiantes de cada generación. Él mismo es quien la edifica, la sostiene y finalmente la llevará a su propósito.
Por eso, estudiar la Iglesia no consiste simplemente en aprender cómo funciona una congregación. Significa comprender qué está haciendo Dios al reunir para sí un pueblo redimido por Cristo, unido por el Espíritu Santo y llamado a vivir para su gloria.
La Iglesia pertenece a Dios
La palabra que el Nuevo Testamento utiliza para hablar de la Iglesia describe una asamblea o congregación. Sin embargo, cuando los apóstoles hablan de ella, no presentan simplemente una reunión de personas que comparten intereses religiosos. Hablan de personas que han sido llamadas por Dios y reunidas alrededor de Jesucristo.
Pedro escribe:
«Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
La Iglesia, entonces, no nació porque algunas personas decidieron organizar una nueva religión. Su existencia comienza en la iniciativa de Dios.
El Padre escogió un pueblo para sí. El Hijo vino a redimirlo. El Espíritu Santo aplica esa obra a los creyentes y los une a Cristo.
Pablo lo expresa con palabras profundamente personales cuando habla de «la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre» (Hechos 20:28).
Esta verdad cambia nuestra manera de mirar una congregación. Los creyentes que se reúnen un domingo pueden ser muy diferentes entre sí. Algunos son jóvenes; otros han caminado con Cristo durante décadas. Algunos poseen muchos recursos; otros viven con muy poco. Sus historias, personalidades, trabajos y experiencias pueden ser completamente distintas.
Sin embargo, existe algo infinitamente mayor que todas esas diferencias: todos necesitan la misma gracia y todos los verdaderos creyentes han sido reconciliados con Dios mediante el mismo Salvador.
La Iglesia no es una reunión de personas que demostraron ser mejores que el mundo. Es una comunidad de pecadores salvados por gracia.
Pablo recuerda esto cuando escribe:
«Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo» (1 Corintios 12:13).
La unidad fundamental de la Iglesia, por tanto, no depende de que todos tengan la misma personalidad, cultura o historia. Su unidad nace de su unión con Cristo.
Una promesa que atraviesa toda la Escritura
La Iglesia aparece claramente en el Nuevo Testamento, pero el propósito de Dios de tener un pueblo para sí atraviesa toda la historia bíblica.
Después de la entrada del pecado en el mundo, Dios comenzó a revelar progresivamente su propósito de redención. Cuando llamó a Abraham, aproximadamente al comienzo del segundo milenio antes de Cristo, le prometió:
«Y serán benditas en ti todas las familias de la tierra» (Génesis 12:3).
Años después, Dios formó a Israel como un pueblo apartado para Él. En el monte Sinaí declaró:
«Y vosotros me seréis un reino de sacerdotes, y gente santa» (Éxodo 19:6).
Pero Israel también mostró repetidamente el problema profundo del corazón humano. Tener mandamientos, sacrificios, sacerdotes y ceremonias externas no podía transformar por sí mismo el corazón pecador.
Los profetas comenzaron entonces a anunciar una obra futura de Dios mucho más profunda.
Jeremías anunció:
«Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo» (Jeremías 31:33).
Ezequiel añadió:
«Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros» (Ezequiel 36:26).
Estas promesas encuentran su cumplimiento en la obra de Jesucristo y en el nuevo pacto establecido por su sangre.
Por eso, la Iglesia no debe entenderse como un accidente ocurrido después de la resurrección de Jesús. Forma parte del propósito redentor de Dios revelado a lo largo de las Escrituras.
Pablo explica que este propósito alcanza también a las naciones. Personas que anteriormente estaban lejos han sido acercadas por Cristo:
«Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo» (Efesios 2:13).
La imagen es extraordinaria. Personas provenientes de diferentes pueblos y culturas son reunidas alrededor de un mismo Salvador.
Cristo es la cabeza de la Iglesia
Si queremos comprender correctamente la Iglesia, debemos mantener una verdad en el centro: Jesucristo es su cabeza.
Pablo declara:
«Y él es la cabeza del cuerpo que es la iglesia» (Colosenses 1:18).
Esto significa que ningún pastor, maestro, anciano, organización o autoridad humana ocupa el lugar que pertenece únicamente a Cristo.
Los líderes de una congregación pueden enseñar, cuidar, corregir y guiar, pero siempre lo hacen bajo la autoridad del Señor.
Pedro, quien tuvo una responsabilidad importante entre los primeros discípulos, enseñó precisamente esto. A los ancianos les escribió que debían pastorear el rebaño de Dios sin enseñorearse de quienes habían sido puestos bajo su cuidado. Después señaló hacia la verdadera autoridad:
«Y cuando aparezca el Príncipe de los pastores, vosotros recibiréis la corona incorruptible de gloria» (1 Pedro 5:4).
Los pastores son pastores bajo otro Pastor.
Cristo es el Príncipe de los pastores.
Esta enseñanza protege a la Iglesia de convertir a seres humanos en figuras incuestionables. Ningún líder cristiano está por encima de la Palabra de Dios. Ninguna personalidad debe convertirse en el centro de una congregación.
Juan Calvino insistió durante el siglo XVI en que Cristo gobierna a su Iglesia mediante su Palabra. Esta convicción fue fundamental durante la Reforma: la autoridad final de la Iglesia no podía descansar en tradiciones humanas que contradijeran las Escrituras.
Una congregación saludable, por tanto, no pregunta primero qué ideas atraerán más personas, sino qué ha dicho Cristo.
Su Palabra determina lo que debemos creer.
Su Palabra corrige nuestros errores.
Su Palabra dirige nuestra adoración.
Su Palabra define nuestra misión.
La Iglesia pertenece a Cristo y debe escuchar la voz de Cristo.
La Iglesia universal y la iglesia local
La Biblia utiliza la palabra Iglesia de dos maneras estrechamente relacionadas.
En ocasiones habla de todos los creyentes verdaderos unidos a Cristo. Esta realidad abarca pueblos, generaciones y lugares.
Jesús está reuniendo personas de todas las naciones.
Apocalipsis presenta el resultado final de esta obra:
«Una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas» (Apocalipsis 7:9).
La Iglesia, vista de esta manera, es mucho más grande que cualquier congregación o denominación. Incluye a todos aquellos que verdaderamente pertenecen a Cristo.
Pero el Nuevo Testamento también habla constantemente de iglesias locales.
Pablo escribe «a la iglesia de Dios que está en Corinto» (1 Corintios 1:2). Encontramos también congregaciones en Éfeso, Filipos, Tesalónica y muchas otras ciudades.
Esto nos enseña algo importante: pertenecer espiritualmente al pueblo de Cristo no fue presentado por los apóstoles como una excusa para vivir la fe de manera aislada.
Los primeros creyentes se reunían.
Hechos describe su vida diciendo:
«Y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en la comunión unos con otros, en el partimiento del pan y en las oraciones» (Hechos 2:42).
Podemos visualizar aquella comunidad en Jerusalén. Personas recién convertidas escuchaban las enseñanzas apostólicas. Compartían la vida. Oraban juntas. Comían juntas. Ayudaban a quienes sufrían necesidad. Adoraban a Dios y anunciaban a Cristo.
No eran personas perfectas. Muy pronto aparecerían problemas, pecados, desacuerdos e incluso hipocresía. El libro de Hechos y las cartas apostólicas no esconden esas dificultades.
Sin embargo, Dios decidió que la vida cristiana se desarrollara dentro de una comunidad.
El Nuevo Testamento ordena amar, perdonar, servir, exhortar, enseñar, soportar y cuidar unos a otros. Esos mandamientos difícilmente pueden practicarse desde el aislamiento.
La Iglesia local es uno de los lugares principales donde aprendemos que seguir a Cristo no consiste solamente en decir que amamos a Dios. También significa aprender a amar a personas reales, con virtudes, debilidades y necesidades reales.
Un solo cuerpo con muchos miembros
Pablo utiliza una de las imágenes más claras para describir la Iglesia: un cuerpo.
«Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular» (1 Corintios 12:27).
Pensemos en lo sencillo y profundo de esta comparación.
Un cuerpo posee diferentes miembros. El ojo no realiza la función de la mano. El oído no cumple la función del pie. Cada miembro es diferente, pero todos forman parte del mismo cuerpo.
Así ocurre con la Iglesia.
Dios no entrega exactamente las mismas capacidades a todos los creyentes. Algunos enseñan. Otros sirven de maneras que casi nadie observa. Algunos tienen facilidad para acompañar al que sufre. Otros administran, ayudan, animan o muestran generosidad.
La diversidad no debe convertirse en competencia.
Pablo pregunta:
«Si todo el cuerpo fuese ojo, ¿dónde estaría el oído?» (1 Corintios 12:17).
La respuesta es evidente. Un cuerpo compuesto solamente de ojos sería inútil.
De la misma manera, una iglesia donde todos intentaran ocupar exactamente la misma función sería profundamente limitada.
Los dones no fueron dados para construir prestigio personal. Fueron dados para servir.
Pedro escribe:
«Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros» (1 Pedro 4:10).
Esto destruye dos errores frecuentes.
El primero es pensar: «No soy importante porque nadie ve lo que hago».
El segundo es pensar: «Soy más importante porque mi función es más visible».
Ambos pensamientos olvidan quién distribuye los dones.
Dios coloca diferentes miembros dentro de su pueblo según su sabiduría. El valor de nuestro servicio no depende de cuántas personas lo observen, sino de nuestra fidelidad al Señor que nos llamó.
Una familia nacida por gracia
La Escritura también presenta a la Iglesia como una familia.
Pablo escribe a Timoteo para que sepa «cómo debes conducirte en la casa de Dios, que es la iglesia del Dios viviente» (1 Timoteo 3:15).
Esta imagen nos permite comprender algo precioso.
Cuando Dios salva a una persona, no solamente perdona sus pecados. También la recibe como hija mediante Cristo y la introduce en una familia espiritual.
Por eso los primeros cristianos comenzaron a llamarse hermanos y hermanas.
No era simplemente una expresión afectuosa. Reflejaba una nueva realidad.
Personas que quizá nunca habrían tenido razones naturales para relacionarse ahora podían sentarse juntas alrededor de la misma mesa porque tenían un mismo Padre y un mismo Salvador.
Esta familia no es perfecta.
Precisamente porque está formada por pecadores redimidos, habrá momentos en que tendremos que pedir perdón, mostrar paciencia, corregir con amor y soportarnos unos a otros.
Pero eso también forma parte del propósito de Dios.
La Iglesia no es un escaparate donde personas perfectas muestran su perfección. Es una familia donde la gracia de Dios transforma lentamente a personas que todavía necesitan aprender a parecerse a Cristo.
Y cuanto más comprendemos esto, más claramente comenzamos a entender por qué Cristo ama profundamente a su Iglesia.
La Iglesia es la esposa de Cristo
Entre todas las imágenes que la Biblia utiliza para describir a la Iglesia, pocas muestran con tanta fuerza el amor de Cristo como la imagen de una esposa amada por su esposo.
Pablo escribe:
«Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25).
Estas palabras nos llevan directamente a la cruz.
Cristo no ama a su Iglesia porque encontró en ella una belleza perfecta. La ama con un amor que salva, limpia y transforma. La Iglesia está formada por personas que estaban espiritualmente perdidas, culpables delante de Dios y necesitadas de misericordia. Sin embargo, Cristo entregó voluntariamente su vida por ellas.
Pablo continúa diciendo que Cristo se entregó:
«Para santificarla, habiéndola purificado en el lavamiento del agua por la palabra» (Efesios 5:26).
Esto significa que Jesús no solamente rescata a su pueblo de la condenación. También trabaja pacientemente en él para hacerlo santo.
La Iglesia todavía tiene defectos visibles. A lo largo de la historia ha atravesado conflictos, divisiones, errores y épocas de grave debilidad espiritual. Incluso las congregaciones más fieles están formadas por personas que todavía luchan contra el pecado.
Pero Cristo no ha abandonado a su Iglesia.
Él continúa santificándola mediante su Palabra y su Espíritu.
Apocalipsis muestra hacia dónde se dirige toda esta historia. Llegará el día en que la Iglesia estará delante de Cristo completamente redimida. Juan escucha una multitud diciendo:
«Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha preparado» (Apocalipsis 19:7).
La historia de la Iglesia, entonces, no terminará en fracaso. Terminará en la presencia de Cristo.
La Palabra ocupa el centro
Si Cristo gobierna su Iglesia, debemos preguntarnos cómo conocemos su voluntad.
La respuesta fundamental es sencilla: mediante su Palabra.
Cuando Pablo estaba cerca del final de su vida, escribió a Timoteo:
«Que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Timoteo 4:2).
La Iglesia no tiene autoridad para inventar un mensaje diferente. Su responsabilidad es recibir, enseñar y obedecer aquello que Dios ha revelado.
Esto explica por qué la predicación ocupa un lugar tan importante en la vida de una congregación.
Predicar bíblicamente no significa utilizar algunos versículos como decoración alrededor de las opiniones del predicador. Significa abrir las Escrituras, explicar fielmente lo que dicen y mostrar cómo esa verdad debe ser creída y vivida.
En el siglo XVI, hombres como Martín Lutero y Juan Calvino insistieron nuevamente en la centralidad de las Escrituras cuando muchas tradiciones humanas habían adquirido una autoridad que no les correspondía.
Calvino comenzó su labor en Ginebra en 1536 y, después de regresar definitivamente a la ciudad en 1541, dedicó gran parte de su ministerio a explicar las Escrituras de manera continua. Su convicción era sencilla: la Iglesia necesita escuchar constantemente la voz de Dios en su Palabra.
Esta necesidad no ha cambiado.
Una congregación puede poseer tecnología moderna, excelente organización y muchas actividades. Pero si la Palabra ocupa un lugar secundario, algo fundamental se ha perdido.
Jesús oró al Padre por sus discípulos diciendo:
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17).
La Iglesia necesita continuamente esta verdad porque nuestras emociones cambian, nuestras opiniones pueden equivocarse y las ideas populares de una generación pueden desaparecer en la siguiente.
La Palabra permanece.
El bautismo y la Cena del Señor
Cristo también entregó a su Iglesia dos señales visibles que apuntan hacia las realidades centrales del evangelio: el bautismo y la Cena del Señor.
Antes de ascender, Jesús ordenó a sus discípulos:
«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo» (Mateo 28:19).
El bautismo no salva automáticamente a una persona. La salvación pertenece a Dios y es recibida por medio de la fe en Cristo. Sin embargo, el bautismo es una señal establecida por el mismo Señor que identifica visiblemente al creyente con Cristo y con su pueblo.
Pablo relaciona el bautismo con nuestra unión con Jesús en su muerte y resurrección:
«Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva» (Romanos 6:4).
La Cena del Señor también fue establecida directamente por Jesús.
La noche antes de su crucifixión tomó pan y vino y los utilizó para dirigir la mirada de sus discípulos hacia el sacrificio que estaba a punto de realizar.
Pablo recuerda las palabras de Cristo:
«Haced esto en memoria de mí» (1 Corintios 11:24).
Cada vez que la Iglesia participa de la Cena, mira hacia atrás, hacia la cruz, donde Cristo entregó su cuerpo y derramó su sangre por su pueblo.
Pero también mira hacia adelante.
Pablo añade:
«Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga» (1 Corintios 11:26).
La mesa del Señor proclama silenciosamente una historia completa: Cristo murió, Cristo salva y Cristo volverá.
El cuidado y la disciplina dentro de la Iglesia
Hablar de disciplina puede parecer extraño cuando pensamos en una comunidad caracterizada por el amor. Sin embargo, bíblicamente, el verdadero amor no puede ser indiferente cuando una persona camina deliberadamente hacia aquello que destruye su vida espiritual.
Jesús mismo enseñó cómo actuar cuando un hermano peca.
El primer paso no consiste en exponerlo públicamente ni convertir su pecado en tema de conversación. Jesús dijo:
«Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos» (Mateo 18:15).
Observemos la delicadeza del procedimiento. Primero existe una conversación personal.
El objetivo es recuperar al hermano.
Jesús continúa:
«Si te oyere, has ganado a tu hermano» (Mateo 18:15).
Esa expresión revela el propósito de toda corrección bíblica: ganar al hermano.
No humillarlo.
No demostrar superioridad.
No castigarlo por satisfacción personal.
Sino buscar su arrepentimiento y restauración.
Cuando existe pecado grave, evidente y persistente sin arrepentimiento, Cristo establece pasos adicionales que finalmente pueden involucrar a la congregación. Pablo también tuvo que tratar situaciones de este tipo en Corinto.
La disciplina bíblica protege tanto al creyente como a la congregación y preserva la seriedad del testimonio cristiano.
Pero siempre debe realizarse con humildad.
Pablo escribe:
«Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado» (Gálatas 6:1).
La persona que corrige debe recordar que también vive únicamente por la gracia de Dios.
Pastores que cuidan el rebaño
Cristo ha establecido liderazgo dentro de la Iglesia, pero el modelo bíblico de liderazgo es profundamente diferente del deseo humano de poder.
Cuando Jesús observó que sus discípulos discutían acerca de quién sería el mayor, les enseñó:
«El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor» (Marcos 10:43).
El liderazgo cristiano se expresa mediante servicio.
El Nuevo Testamento habla especialmente de ancianos o pastores encargados de enseñar, dirigir y cuidar espiritualmente a la congregación.
Pablo dijo a los ancianos de Éfeso:
«Por tanto, mirad por vosotros, y por todo el rebaño en que el Espíritu Santo os ha puesto por obispos, para apacentar la iglesia del Señor» (Hechos 20:28).
La imagen es la de un pastor observando cuidadosamente un rebaño.
Un pastor bíblico no utiliza a las ovejas para construir su propio nombre. Cuida de ellas porque pertenecen a Cristo.
Por esta razón, las cualidades exigidas para los líderes en 1 Timoteo 3 y Tito 1 se concentran principalmente en el carácter.
Deben ser personas sobrias, prudentes, respetables, hospitalarias, capaces de enseñar y maduras en su vida familiar. No deben estar dominadas por el dinero, la violencia, el orgullo o la falta de dominio propio.
Esto es significativo.
La Biblia concede mayor importancia al carácter de un pastor que a su capacidad para impresionar a una multitud.
Un hombre puede hablar extraordinariamente bien y, sin embargo, no poseer el carácter necesario para cuidar al pueblo de Dios.
Pedro exhortó a los ancianos:
«Apacentad la grey de Dios que está entre vosotros, cuidando de ella, no por fuerza, sino voluntariamente; no por ganancia deshonesta, sino con ánimo pronto» (1 Pedro 5:2).
Y añadió que debían ser «ejemplos de la grey» (1 Pedro 5:3).
El liderazgo saludable no dirige únicamente mediante palabras. También enseña mediante una vida que puede ser observada.
La comunión que va más allá del domingo
La vida de la Iglesia nunca fue diseñada para reducirse a unas horas de reunión semanal.
La palabra «comunión» describe una participación real en la vida de otros creyentes.
Hechos 2 muestra a los primeros cristianos compartiendo mucho más que un lugar de reunión:
«Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas» (Hechos 2:44).
Esto no significa que todos los cristianos estén obligados a poseer exactamente los mismos bienes. El mismo libro de Hechos muestra que los creyentes continuaban teniendo propiedades personales. Lo extraordinario era su disposición voluntaria a utilizar lo que tenían para ayudar a quienes sufrían necesidad.
Cuando un hermano sufría, los demás no podían simplemente decir: «Eso no tiene nada que ver conmigo».
Habían comenzado a entender que pertenecían a una familia.
Juan lleva esta enseñanza directamente al corazón:
«Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él?» (1 Juan 3:17).
La comunión cristiana se vuelve visible cuando alguien visita al enfermo, acompaña al que atraviesa dolor, comparte alimento con quien tiene necesidad, escucha pacientemente al que está luchando, ora por otro creyente o utiliza sus recursos para servir.
También aparece en cosas aparentemente pequeñas.
Una conversación después de una reunión puede convertirse en una oportunidad para animar a alguien que estaba pensando en rendirse. Una oración sencilla puede recordar a una persona que no está caminando sola. Una familia puede abrir su mesa para recibir a alguien que necesita compañía.
Estas acciones rara vez reciben reconocimiento público.
Pero forman parte de la vida normal del cuerpo de Cristo.
Una comunidad marcada por el amor
Jesús dejó una señal sorprendentemente sencilla para identificar a sus discípulos.
No dijo que el mundo los reconocería principalmente por sus edificios, conocimiento, influencia o capacidad de organización.
Dijo:
«En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros» (Juan 13:35).
Este amor no consiste únicamente en sentimientos agradables.
El amor bíblico aprende a servir cuando servir cuesta. Perdona cuando ha sido herido. Dice la verdad cuando sería más fácil guardar silencio. Tiene paciencia con las debilidades ajenas y también sabe corregir cuando es necesario.
Por eso Pablo describe la vida cristiana diciendo:
«Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros» (Colosenses 3:13).
La medida del perdón cristiano aparece al final de la frase: «como Cristo os perdonó».
Ahí está la diferencia.
La Iglesia no ama para conseguir el favor de Dios. Ama porque primero recibió un amor que nunca podría haber merecido.
Cada vez que una congregación perdona, sirve, soporta, comparte, corrige con humildad y cuida a sus miembros, está mostrando de manera visible algo de la gracia que recibió de Cristo.
Pero la Iglesia no fue llamada solamente a cuidarse a sí misma.
Las puertas de la congregación no marcan el límite de su misión.
El mismo Cristo que reúne a su pueblo también lo envía al mundo.
Una Iglesia enviada al mundo
La Iglesia no existe solamente para reunirse. También existe para ser enviada.
Después de resucitar, Jesús se acercó a sus discípulos y les entregó una misión que continúa vigente:
«Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:19-20).
Estas palabras muestran que la misión de la Iglesia es mucho más profunda que conseguir personas que simplemente asistan a una reunión. Cristo ordenó hacer discípulos.
Un discípulo es alguien que aprende de Cristo, cree en Cristo, sigue a Cristo y comienza a ordenar su vida bajo la enseñanza de Cristo.
Por eso la misión incluye anunciar el evangelio, bautizar a quienes pertenecen a Cristo y enseñarles a obedecer su Palabra.
En Hechos 1:8, Jesús dijo:
«Me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra».
El libro de Hechos muestra cómo esta promesa comenzó a cumplirse. El evangelio salió de Jerusalén, atravesó barreras culturales y geográficas y llegó cada vez más lejos.
En el año 30 aproximadamente, el mensaje de Cristo era anunciado por un pequeño grupo de discípulos en Jerusalén. Algunas décadas después ya existían congregaciones cristianas en importantes ciudades del Imperio romano.
Esto no ocurrió porque los primeros cristianos poseyeran grandes recursos políticos o económicos. Ocurrió porque Dios utilizó el testimonio de personas comunes para llevar el evangelio a otros.
La Iglesia actual continúa formando parte de esa misma misión.
Algunos creyentes serán enviados a lugares lejanos. Otros anunciarán a Cristo en su propia ciudad, escuela, trabajo, familia o comunidad. No todos tendrán la misma función, pero todos forman parte de un pueblo llamado a dar testimonio de su Señor.
Pablo pregunta:
«¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique?» (Romanos 10:14).
La Iglesia no posee un mensaje creado por ella misma. Tiene un mensaje que recibió: Jesucristo murió por pecadores, resucitó y ofrece perdón y vida eterna a todos los que vienen a Él con arrepentimiento y fe.
Una Iglesia llamada a ser santa
La misión de la Iglesia nunca puede separarse de su manera de vivir.
Pedro escribe:
«Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir» (1 Pedro 1:15).
Ser santos significa pertenecer a Dios y vivir apartados del pecado para Él.
Esto no significa que la Iglesia sea una comunidad de personas sin pecado. Si esa fuera la condición para pertenecer a ella, nadie podría entrar.
La diferencia está en otra parte.
El creyente verdadero ya no puede hacer las paces con el pecado como si nada hubiera ocurrido. Puede caer, luchar y mostrar debilidad, pero el Espíritu de Dios trabaja en su vida produciendo arrepentimiento y transformación.
Pablo recordó a los creyentes de Corinto la vida que muchos habían tenido antes de conocer a Cristo. Después escribió:
«Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús» (1 Corintios 6:11).
La expresión «esto erais» es importante.
La gracia recibe al pecador como está, pero no lo abandona como estaba.
Cristo transforma a su pueblo.
Esta transformación ocurre durante toda la vida cristiana. Algunas luchas serán largas. Habrá momentos de crecimiento y temporadas de debilidad. Sin embargo, Dios continúa trabajando en aquellos que ha hecho suyos.
Por eso una congregación fiel no debe tratar el pecado con indiferencia, pero tampoco debe tratar al pecador arrepentido sin misericordia.
Verdad y gracia deben caminar juntas.
Una Iglesia que adora a Dios
Antes de preguntarnos qué puede hacer la Iglesia por el mundo, debemos recordar para quién existe.
La Iglesia existe para la gloria de Dios.
Pedro describe a los creyentes como un pueblo adquirido por Dios «para que anunciéis las virtudes de aquel que os llamó de las tinieblas a su luz admirable» (1 Pedro 2:9).
La adoración, por tanto, ocupa un lugar central.
Pero adorar es mucho más que cantar.
La congregación adora cuando escucha reverentemente la Palabra, cuando ora, cuando canta la verdad, cuando participa de la Cena del Señor, cuando da con generosidad y cuando responde a Dios mediante una vida de obediencia.
Pablo escribe:
«La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor» (Colosenses 3:16).
Observemos nuevamente el centro: la palabra de Cristo.
La adoración cristiana no tiene como propósito principal producir una determinada emoción. Su propósito es responder correctamente a quién es Dios y a lo que Él ha hecho.
Las emociones tienen un lugar verdadero. Hay gozo, gratitud, reverencia, dolor por el pecado y esperanza. Pero todas ellas deben surgir de la verdad.
Cuando una congregación comprende la santidad de Dios, la gravedad del pecado y la grandeza de la gracia revelada en Cristo, la adoración deja de ser una simple actividad semanal. Se convierte en la respuesta agradecida de un pueblo que sabe que fue rescatado.
Una Iglesia que persevera en medio de un mundo cambiante
La historia cristiana demuestra que la Iglesia ha atravesado circunstancias extremadamente diferentes.
Hubo épocas de persecución abierta.
En el año 64, durante el gobierno del emperador Nerón, los cristianos de Roma sufrieron una fuerte persecución. A comienzos del siglo IV, bajo Diocleciano, se produjo otra persecución especialmente severa en distintas regiones del Imperio romano.
En otros momentos, el peligro no llegó principalmente desde afuera, sino desde dentro: enseñanzas falsas, corrupción, ambición humana y abandono de verdades fundamentales.
Sin embargo, la Iglesia permanece.
La razón última no está en la capacidad humana.
Está en la promesa de Cristo:
«Edificaré mi iglesia; y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella» (Mateo 16:18).
Jesús no dijo: «Intentaré edificar mi Iglesia».
Dijo: «Edificaré».
Esta seguridad no justifica la negligencia. Cada generación debe guardar cuidadosamente el evangelio, enseñar las Escrituras y rechazar aquello que contradice la verdad.
Pero nuestra esperanza final no descansa en la habilidad de una generación para conservar a la Iglesia.
Descansa en Cristo.
En el siglo XVII, el pastor puritano John Owen dedicó gran parte de su ministerio a enseñar que la vida espiritual depende continuamente de la obra de Cristo y del Espíritu Santo. Esta convicción sigue siendo necesaria: la Iglesia no puede sostenerse mediante fuerzas humanas.
Pablo expresó esta confianza diciendo:
«El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
El Dios que comienza su obra también la termina.
La Iglesia todavía espera algo mayor
La Iglesia vive entre dos grandes acontecimientos.
Mira hacia atrás, hacia la obra terminada de Cristo en la cruz y su resurrección.
Y mira hacia adelante, esperando su regreso.
Por eso la esperanza cristiana nunca depende completamente de mejorar las circunstancias presentes.
Sabemos que todavía existen enfermedad, injusticia, persecución, muerte y pecado. Incluso dentro de las congregaciones experimentamos debilidad y dolor.
Pero ninguna de estas cosas tendrá la última palabra.
Cristo volverá.
Pablo escribe:
«Porque el Señor mismo con voz de mando, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios, descenderá del cielo» (1 Tesalonicenses 4:16).
Entonces la obra de redención llegará a su consumación.
Apocalipsis presenta una de las escenas más hermosas de toda la Escritura:
«He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (Apocalipsis 21:3).
Aquello que recorrió toda la historia bíblica finalmente llegará a su plenitud.
Dios con su pueblo.
Ya no habrá separación causada por el pecado. Ya no habrá congregaciones divididas por kilómetros, idiomas o generaciones. Todo el pueblo redimido estará reunido delante de Dios.
Juan continúa:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte» (Apocalipsis 21:4).
Esa es la dirección hacia la cual camina la Iglesia.
Amar a Cristo también transforma nuestra manera de mirar a su Iglesia
Es fácil observar los defectos de una iglesia.
Y algunos defectos deben ser señalados con claridad. Existen congregaciones que se apartan de las Escrituras. Existen líderes que dañan a las personas que deberían cuidar. Existen enseñanzas falsas que deben ser rechazadas. La fidelidad bíblica nunca exige cerrar los ojos frente al pecado o al error.
Pero también existe otro peligro: desarrollar desprecio por la Iglesia debido a las imperfecciones de quienes la forman.
Debemos recordar algo profundamente sencillo.
Cristo ama a su Iglesia.
Pablo no dice solamente que Cristo tolera a la Iglesia. Dice:
«Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella» (Efesios 5:25).
Si Cristo entregó su vida por su pueblo, nosotros no podemos mirar con indiferencia aquello que Él ama.
Esto no significa amar una institución de manera ciega. Significa amar a hermanos y hermanas concretos.
Personas con las que compartimos una banca.
Personas que necesitan nuestras oraciones.
Personas que quizá algún día tendrán que perdonarnos.
Personas a quienes nosotros tendremos que perdonar.
Personas con las que cantaremos, aprenderemos, serviremos y caminaremos mientras esperamos a Cristo.
La vida de la Iglesia puede ser difícil precisamente porque el amor verdadero ocurre entre personas reales.
Pero allí también Dios trabaja nuestro carácter.
Aprendemos paciencia cuando tenemos que soportarnos.
Aprendemos humildad cuando somos corregidos.
Aprendemos misericordia cuando alguien falla.
Aprendemos generosidad cuando alguien necesita ayuda.
Aprendemos servicio cuando dejamos de preguntarnos solamente qué puede ofrecernos una congregación y comenzamos a preguntarnos cómo podemos servir a los demás.
Una historia que Cristo terminará
La Iglesia comenzó mucho antes de nosotros y probablemente continuará después de nuestra generación si Cristo no regresa antes.
Durante siglos, creyentes han abierto las mismas Escrituras, confesado al mismo Salvador y anunciado el mismo evangelio.
Muchos de sus nombres han desaparecido de la historia.
No conocemos a la mayoría de los cristianos que enseñaron las Escrituras a sus hijos, cuidaron a enfermos, ayudaron a pobres, sostuvieron congregaciones pequeñas, llevaron el evangelio a otros lugares o permanecieron fieles durante persecuciones.
Pero Dios los conoció.
La historia de la Iglesia nunca dependió solamente de personajes famosos. También fue escrita, humanamente hablando, mediante millones de actos silenciosos de fidelidad.
Y todavía continúa.
Nosotros ocupamos apenas una pequeña parte de esa historia.
Nuestra responsabilidad no consiste en reinventar la Iglesia para nuestra generación. Consiste en recibir fielmente la verdad que Dios ha revelado, vivirla, protegerla y transmitirla a quienes vienen detrás.
Pablo dijo a Timoteo:
«Lo que has oído de mí ante muchos testigos, esto encarga a hombres fieles que sean idóneos para enseñar también a otros» (2 Timoteo 2:2).
Observe la cadena.
Pablo enseñó a Timoteo. Timoteo debía enseñar a otros. Esos hombres debían enseñar a otros nuevamente.
Así avanza la verdad de generación en generación.
Pero detrás de cada generación permanece el mismo Señor.
Cristo compró a la Iglesia con su sangre.
Cristo es su cabeza.
Cristo la alimenta mediante su Palabra.
Cristo distribuye dones entre sus miembros.
Cristo levanta pastores para cuidar su rebaño.
Cristo envía a su pueblo a anunciar el evangelio.
Cristo santifica a su Iglesia mediante su Espíritu.
Y Cristo regresará por ella.
Por eso nuestra confianza final nunca debe descansar en edificios, instituciones, líderes, números o estrategias.
Todo eso puede cambiar.
Cristo permanece.
La Iglesia es suya.
Y llegará el día en que creyentes de todas las épocas, pueblos y lenguas estarán reunidos delante del Cordero. Entonces veremos completamente aquello que ahora contemplamos de manera parcial: una multitud de pecadores redimidos, vestidos de la justicia de Cristo, unidos para siempre en la presencia de Dios.
Hasta entonces, la Iglesia continúa haciendo aquello para lo cual fue llamada: escuchar la Palabra, adorar a Dios, amar a los hermanos, cuidar a los débiles, formar discípulos, anunciar a Cristo y esperar su regreso.
Tarea práctica
1. Identifica las imágenes de la Iglesia
Escribe en tu libreta cuatro maneras en que la Biblia describe a la Iglesia. Por ejemplo, cuerpo, familia o esposa. Después escribe una oración sencilla explicando qué nos enseña cada imagen.
2. Lee Hechos 2:42-47
Lee lentamente el pasaje y escribe cuatro actividades que realizaban los primeros creyentes. Después responde: ¿cuál de ellas consideras importante para una congregación en la actualidad?
3. Explica quién dirige verdaderamente la Iglesia
Lee Colosenses 1:18 y escribe con tus propias palabras quién es la cabeza de la Iglesia. Después explica brevemente qué significa esta verdad para los pastores, líderes y miembros de una congregación.
4. Piensa en una manera de servir
Lee 1 Pedro 4:10. Después escribe una capacidad, recurso o forma sencilla mediante la cual podrías servir a otras personas dentro de una congregación. Finalmente, escribe una acción concreta que podrías realizar esta semana.