Decima lección del estudio: Teología Sistemática.
La doctrina de los ángeles y de Satanás
Hay una realidad que nuestros ojos no pueden ver y que, sin embargo, la Biblia presenta como verdadera.
Mientras una persona camina por una calle, trabaja, duerme o se reúne con la Iglesia para adorar a Dios, existe un mundo espiritual que no puede ser observado simplemente mirando alrededor. Las Escrituras hablan de ángeles que sirven delante del trono de Dios, mensajeros enviados para cumplir sus órdenes, seres espirituales que contemplan su gloria y también ángeles que se rebelaron contra su Creador.
Pero aquí aparece un peligro.
Cuando hablamos de ángeles, demonios y Satanás, es muy fácil abandonar lo que Dios ha revelado y comenzar a llenar los espacios con imaginación, superstición, películas, experiencias personales o historias populares.
La Biblia nos conduce en la dirección contraria.
No nos invita a sentir curiosidad descontrolada por el mundo espiritual. Nos enseña solamente aquello que necesitamos conocer para comprender quién es Dios, quiénes son estas criaturas, cómo actúan bajo su gobierno y por qué Jesucristo está infinitamente por encima de todas ellas.
Por eso debemos comenzar con una verdad fundamental: el mundo espiritual no pertenece a Satanás. Pertenece a Dios.
Satanás no es un segundo dios. Los demonios no constituyen un reino independiente que pueda escapar del gobierno divino. Los ángeles santos tampoco poseen poder por sí mismos.
Todos son criaturas.
Solo Dios es el Creador.
Dios creó también el mundo invisible
Las primeras palabras de la Biblia establecen la diferencia absoluta entre Dios y todo lo demás:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Génesis 1:1).
Antes de la creación no existía un universo espiritual compartiendo la eternidad con Dios. No existían ángeles, arcángeles, demonios ni Satanás.
Dios ya existía.
Él no comenzó a existir cuando comenzó el universo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo existen eternamente. Todo lo demás recibió existencia porque Dios quiso crearlo.
Nehemías expresa esta verdad de manera hermosa:
“Tú solo eres Jehová; tú hiciste los cielos, y los cielos de los cielos, con todo su ejército [...] y los ejércitos de los cielos te adoran” (Nehemías 9:6).
Ese ejército celestial no se creó a sí mismo. Su existencia depende completamente de Dios.
El Nuevo Testamento lleva esta enseñanza directamente hacia Cristo:
“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él” (Colosenses 1:16).
Observe las palabras: visibles e invisibles.
Jesucristo no pertenece a la misma categoría que los ángeles. Él es su Creador.
Los ángeles existen por medio de Cristo y para Cristo.
Esta verdad será especialmente importante cuando estudiemos a Satanás. El enemigo de Dios nunca debe ser colocado frente a Cristo como si fueran dos poderes semejantes luchando por determinar quién vencerá finalmente.
No existe semejante igualdad.
Cristo es eterno.
Satanás es criatura.
Cristo crea.
Satanás fue creado.
Cristo sostiene todas las cosas.
Satanás solamente puede actuar dentro de los límites que Dios permite.
Qué son los ángeles
La palabra que normalmente traducimos como “ángel” comunica la idea de un mensajero. Sin embargo, los ángeles no son simplemente mensajes o fuerzas impersonales. Las Escrituras los presentan como seres espirituales reales creados por Dios.
El libro de Hebreos pregunta:
“¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14).
Son llamados espíritus.
Esto significa que su existencia normal no corresponde a nuestra condición corporal. Los seres humanos vivimos como criaturas compuestas de cuerpo y alma. Los ángeles pertenecen al orden espiritual de la creación.
Sin embargo, en determinados acontecimientos bíblicos Dios permitió que algunos ángeles aparecieran de una manera visible y reconocible para los seres humanos.
En Génesis 18 y 19 aparecen visitantes relacionados con los acontecimientos de Abraham, Lot, Sodoma y Gomorra. En Lucas 1, Gabriel fue enviado a Zacarías y posteriormente a María. Después de la resurrección de Jesús también encontramos mensajeros celestiales anunciando que Cristo había resucitado.
Estas manifestaciones extraordinarias no deben llevarnos a pensar que normalmente los ángeles caminan visibles entre nosotros. La Biblia registra acontecimientos particulares dentro de la historia de la redención.
También debemos corregir otra idea popular.
Los seres humanos no se convierten en ángeles cuando mueren.
La Biblia nunca enseña eso.
Ángeles y seres humanos son criaturas distintas dentro de la creación de Dios. Cuando un creyente muere, no cambia de especie para convertirse en ángel. Continúa siendo humano y espera la resurrección del cuerpo.
Pablo enseña que nuestra esperanza final incluye precisamente esa resurrección:
“Se siembra cuerpo animal, resucitará cuerpo espiritual” (1 Corintios 15:44).
La esperanza cristiana no consiste en abandonar para siempre nuestra humanidad, sino en que Dios la restaure plenamente en la resurrección.
Los ángeles poseen inteligencia y voluntad
Los ángeles no aparecen en las Escrituras como energía espiritual sin personalidad. Hablan, obedecen, conocen, adoran y realizan las tareas que Dios les entrega.
Jesús dijo:
“Pero del día y la hora nadie sabe, ni aun los ángeles de los cielos, sino sólo mi Padre” (Mateo 24:36).
Este versículo revela algo importante.
Los ángeles poseen conocimiento, pero ese conocimiento tiene límites.
No son omniscientes.
Solamente Dios conoce todas las cosas perfectamente.
Esto también debe recordarse cuando más adelante hablemos de Satanás. Satanás es inteligente, pero no lo sabe todo. No debemos atribuirle características que pertenecen exclusivamente a Dios.
Pedro incluso enseña que existen aspectos de la obra salvadora de Dios que los ángeles desean contemplar:
“Cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles” (1 Pedro 1:12).
La historia de la salvación manifiesta la sabiduría de Dios de una manera tan profunda que los mismos seres celestiales contemplan su desarrollo.
Fueron creados para servir y adorar a Dios
Cuando Isaías recibió aquella extraordinaria visión del Señor, alrededor del trono estaban los serafines proclamando:
“Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria” (Isaías 6:3).
La escena dirige nuestra atención hacia Dios, no hacia los serafines.
Eso es fundamental.
Cuando la Biblia abre una ventana hacia el cielo, los ángeles no ocupan el trono. Rodean el trono.
No reciben la adoración.
Adoran.
En Apocalipsis encontramos nuevamente multitudes de ángeles alrededor del trono proclamando la grandeza de Dios y del Cordero.
“El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, las riquezas, la sabiduría, la fortaleza, la honra, la gloria y la alabanza” (Apocalipsis 5:12).
Esta realidad protege a la Iglesia de un error antiguo: convertir a los ángeles en objetos de fascinación religiosa.
Pablo advirtió acerca del “culto a los ángeles” en Colosenses 2:18.
Los ángeles fieles nunca intentan ocupar el lugar de Dios.
Cuando Juan cayó delante del ángel en Apocalipsis, recibió una corrección inmediata:
“Mira, no lo hagas [...] Adora a Dios” (Apocalipsis 22:9).
La respuesta es contundente.
El ángel no acepta aquello que pertenece exclusivamente al Creador.
Adora a Dios.
Los ángeles cumplen las órdenes de Dios
El Salmo 103 describe a los ángeles como criaturas poderosas que obedecen al Señor:
“Bendecid a Jehová, vosotros sus ángeles, poderosos en fortaleza, que ejecutáis su palabra, obedeciendo a la voz de su precepto” (Salmo 103:20).
Su poder es real, pero recibido.
Su autoridad es real, pero subordinada.
Su misión consiste en cumplir la voluntad de Dios.
A lo largo de las Escrituras podemos observarlos participando en momentos específicos del plan divino.
Un ángel anunció acontecimientos relacionados con el nacimiento de Juan el Bautista. Gabriel anunció a María el nacimiento de Jesús. Una multitud celestial alabó a Dios cuando Cristo nació. Ángeles estuvieron relacionados con acontecimientos posteriores a la resurrección y también aparecen en las enseñanzas bíblicas acerca del regreso final de Cristo.
Pero todos estos acontecimientos tienen algo en común.
Los ángeles sirven al propósito de Dios; no escriben su propio propósito.
Juan Calvino, al tratar este asunto en el siglo XVI, insistió en que conocer el ministerio de los ángeles debía conducir al creyente hacia una confianza mayor en el cuidado providencial de Dios, no hacia una curiosidad desordenada acerca de ellos.
Ese equilibrio continúa siendo necesario.
La Biblia nos permite reconocer que existen criaturas celestiales poderosas y numerosas. Pero inmediatamente dirige nuestros ojos hacia Aquel que las creó, gobierna y envía.
Cristo está por encima de todos los ángeles
La carta a los Hebreos fue escrita en el siglo I y dedica una parte importante de su comienzo a establecer la superioridad absoluta del Hijo.
“Hecho tanto superior a los ángeles, cuanto heredó más excelente nombre que ellos” (Hebreos 1:4).
Posteriormente pregunta:
“¿A cuál de los ángeles dijo Dios jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies?” (Hebreos 1:13).
La respuesta es evidente: a ninguno.
Los ángeles sirven.
El Hijo reina.
Los ángeles son enviados.
El Hijo está sentado a la diestra de la Majestad.
Los ángeles adoran.
El Hijo recibe adoración.
Esta diferencia debe quedar profundamente establecida antes de continuar.
El cristianismo bíblico no nos enseña a vivir obsesionados con criaturas espirituales. Nos enseña a contemplar al Señor de esas criaturas.
Y precisamente aquí estamos preparados para entrar en la parte más oscura de nuestro estudio.
Porque no todos los ángeles permanecieron en obediencia.
Las Escrituras hablan de una rebelión real. Hablan de ángeles que pecaron. Hablan del diablo, de sus engaños y de su oposición contra la obra de Dios.
Pero incluso cuando atravesemos ese terreno, una verdad deberá permanecer delante de nosotros:
la historia nunca dejó de estar bajo el gobierno de Dios.
La rebelión de los ángeles
La Biblia afirma claramente que algunos ángeles pecaron y abandonaron la posición que Dios les había dado.
Pedro escribe:
“Porque si Dios no perdonó a los ángeles que pecaron, sino que arrojándolos al infierno los entregó a prisiones de oscuridad, para ser reservados al juicio” (2 Pedro 2:4).
Judas también habla de:
“Los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada” (Judas 6).
Estas declaraciones son suficientes para establecer una verdad fundamental: el mal no comenzó porque Dios creara seres moralmente malos.
Los ángeles fueron criaturas de Dios, pero algunos se rebelaron contra Él.
La Escritura no nos entrega una narración detallada que responda cada pregunta acerca de cómo ocurrió aquella primera rebelión. Por eso debemos tener cuidado de no presentar como certeza aquello que la Biblia no explica claramente.
Durante siglos se ha relacionado Isaías 14 y Ezequiel 28 con la caída de Satanás. Ambos pasajes contienen expresiones que han llevado a muchos intérpretes cristianos a observar detrás de los gobernantes humanos allí denunciados una realidad espiritual más profunda. Sin embargo, en su contexto inmediato, Isaías habla contra el rey de Babilonia y Ezequiel contra el gobernante de Tiro.
Por eso no debemos construir toda nuestra comprensión del origen de Satanás exclusivamente sobre esos textos.
Lo que sí podemos afirmar con seguridad es que Satanás pertenece al orden creado, se rebeló contra Dios y se convirtió en adversario de su obra.
Jesús declaró:
“Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo” (Lucas 10:18).
Y Juan describe al diablo como:
“La serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero” (Apocalipsis 12:9).
Desde Génesis hasta Apocalipsis aparece la misma realidad: existe un enemigo espiritual verdadero, pero nunca independiente de la autoridad de Dios.
Quién es Satanás
La palabra “Satanás” expresa la idea de adversario. “Diablo” comunica la idea de acusador o calumniador.
Estos nombres describen bastante bien su actividad.
Satanás se opone a Dios, engaña, acusa, tienta y busca apartar a las personas de la verdad.
Jesús habló de él con absoluta seriedad:
“Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él [...] porque es mentiroso, y padre de mentira” (Juan 8:44).
Observe dónde coloca Cristo una de las características principales del enemigo: la mentira.
Esto nos lleva directamente al jardín de Edén.
Dios había hablado claramente.
La serpiente apareció cuestionando aquella palabra:
“¿Conque Dios os ha dicho...?” (Génesis 3:1).
Después contradijo directamente la advertencia divina:
“No moriréis” (Génesis 3:4).
El ataque comienza poniendo bajo sospecha la verdad y bondad de Dios.
La estrategia sigue siendo reconocible: distorsionar lo que Dios ha dicho, presentar el pecado como deseable y hacer parecer que la criatura puede encontrar verdadera libertad alejándose de su Creador.
Por eso la defensa fundamental del creyente contra el engaño no consiste en intentar descubrir secretos del mundo espiritual. Consiste en conocer, creer y obedecer la Palabra de Dios.
Satanás no es el opuesto de Dios
Este es uno de los errores más importantes que debemos corregir.
Algunas representaciones populares presentan la realidad como si existieran dos grandes fuerzas enfrentadas: Dios representando el bien y Satanás representando el mal.
Eso no corresponde a la enseñanza bíblica.
Dios no tiene un rival equivalente.
Satanás no es eterno. No es omnipotente. No es omnisciente. No está presente en todos los lugares al mismo tiempo.
Es una criatura caída.
Si quisiéramos hacer una comparación entre seres de una misma categoría, Satanás estaría mucho más cerca de los ángeles que de Dios.
La distancia entre Satanás y Dios no es simplemente una diferencia de cantidad de poder. Es la diferencia entre criatura y Creador.
Dios declara:
“Yo soy Dios, y no hay otro Dios, y nada hay semejante a mí” (Isaías 46:9).
Esta verdad elimina cualquier visión de un universo dividido entre dos poderes iguales.
El conflicto espiritual es real, pero su desenlace nunca ha sido incierto para Dios.
El libro de Job muestra los límites de Satanás
Pocas escenas bíblicas muestran esta realidad con tanta claridad como los primeros capítulos de Job.
Satanás acusa a Job y cuestiona la sinceridad de su fidelidad.
Sin embargo, no puede simplemente actuar según su voluntad.
Dios establece límites.
“He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él” (Job 1:12).
Posteriormente Dios vuelve a establecer otro límite:
“He aquí, él está en tu mano; mas guarda su vida” (Job 2:6).
Esto no convierte a Dios en autor del pecado de Satanás. El enemigo actúa conforme a su propia maldad. Sin embargo, incluso su actividad permanece bajo el gobierno soberano del Señor.
Esta distinción es esencial.
Dios es santo y jamás puede ser acusado de maldad.
“Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie” (Santiago 1:13).
Pero las acciones de las criaturas nunca escapan de su gobierno.
Job no conocía las conversaciones descritas al comienzo del libro. Desde su perspectiva, su vida parecía estar desmoronándose sin explicación. Sin embargo, el lector conoce algo que Job inicialmente desconoce: detrás de todo aquello Satanás continúa siendo una criatura limitada.
No puede avanzar ni un paso más allá de aquello que Dios permite.
Esta verdad no hace pequeño el sufrimiento de Job. Lo que hace es mostrar que el sufrimiento nunca convirtió a Satanás en soberano.
Los demonios también son criaturas limitadas
Las Escrituras presentan a los demonios como espíritus malignos relacionados con la rebelión contra Dios y subordinados al reino de Satanás.
Durante el ministerio terrenal de Jesús encontramos numerosos enfrentamientos con ellos.
Pero algo resulta sorprendente.
Cada vez que Cristo aparece, la verdadera autoridad queda inmediatamente expuesta.
En Marcos 1, un espíritu inmundo reconoce a Jesús y exclama:
“Sé quién eres, el Santo de Dios” (Marcos 1:24).
Jesús responde:
“¡Cállate, y sal de él!” (Marcos 1:25).
No encontramos una larga batalla entre dos poderes semejantes.
Cristo ordena.
El espíritu obedece.
En otra ocasión, los demonios preguntaron:
“¿Has venido acá para atormentarnos antes de tiempo?” (Mateo 8:29).
Incluso los demonios saben que existe un juicio establecido.
Santiago lo expresa de manera contundente:
“También los demonios creen, y tiemblan” (Santiago 2:19).
Ellos conocen algo acerca de la identidad y autoridad de Dios, pero ese conocimiento no produce amor, adoración ni obediencia voluntaria.
Tiembla la criatura rebelde delante de la autoridad del Creador.
La tentación no elimina nuestra responsabilidad
Cuando estudiamos la actividad de Satanás debemos evitar otro error: culpar al diablo de cada pecado humano.
La Biblia reconoce la tentación externa, pero también expone el problema que existe dentro del corazón humano.
Santiago escribe:
“Cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido” (Santiago 1:14).
Esto significa que no podemos utilizar a Satanás como una excusa para nuestra desobediencia.
El enemigo puede tentar y engañar, pero el ser humano sigue siendo moralmente responsable delante de Dios.
El pecado brota también de nuestros propios deseos desordenados.
Por eso la Biblia no nos enseña a interpretar cada pensamiento pecaminoso como una intervención directa del diablo. Nuestro corazón caído necesita ser confrontado, arrepentirse y ser transformado.
Satanás puede disfrazar el error
Pablo ofrece una advertencia particularmente seria:
“Satanás se disfraza como ángel de luz” (2 Corintios 11:14).
El engaño espiritual no siempre llega con apariencia oscura.
Puede parecer atractivo, religioso, inteligente e incluso piadoso.
Por eso no debemos determinar si algo procede de Dios simplemente porque produzca una experiencia intensa, parezca sobrenatural o utilice palabras religiosas.
La pregunta debe ser: ¿es verdadero según la Palabra de Dios?
Los creyentes de Berea ofrecen un buen ejemplo. Cuando Pablo les enseñaba, ellos:
“Escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11).
La madurez espiritual no consiste en creer rápidamente cualquier afirmación extraordinaria.
Consiste en examinar todo bajo la luz de aquello que Dios ya ha revelado.
No debemos vivir obsesionados con Satanás
Podemos caer en dos extremos.
El primero consiste en negar o minimizar completamente la existencia del enemigo.
El segundo consiste en verlo detrás de absolutamente todo.
Ambos errores desvían nuestra mirada.
Pedro advierte:
“Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1 Pedro 5:8).
Pero el siguiente versículo no ordena entrar en pánico:
“Al cual resistid firmes en la fe” (1 Pedro 5:9).
Pablo enseña algo semejante:
“Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo” (Efesios 6:11).
La respuesta bíblica es sobriedad, vigilancia, verdad, fe, oración y obediencia.
No superstición.
No fascinación.
No miedo permanente.
Thomas Brooks, pastor puritano del siglo XVII, publicó en 1652 una obra dedicada a las estrategias de Satanás. Una de sus grandes preocupaciones era enseñar que el enemigo adapta sus tentaciones para hacer atractivo aquello que destruye espiritualmente al ser humano.
Pero Brooks no pretendía producir creyentes obsesionados con el diablo. Su propósito era ayudarlos a reconocer el engaño y aferrarse con mayor firmeza a Cristo.
Ese énfasis continúa siendo necesario.
La cruz cambió nuestra comprensión del conflicto
Cuando Jesús fue arrestado, condenado y crucificado, humanamente parecía que las fuerzas de las tinieblas habían conseguido una victoria.
Pero precisamente allí ocurrió lo contrario.
Pablo declara que Cristo:
“Despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz” (Colosenses 2:15).
La cruz no fue una derrota inesperada que Dios tuvo que reparar mediante la resurrección.
Formaba parte de su propósito redentor.
Hebreos explica que Cristo participó de nuestra humanidad:
“Para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo” (Hebreos 2:14).
El lugar que parecía mostrar la mayor debilidad se convirtió en escenario de victoria.
El pecado fue llevado por Cristo.
La justicia de Dios fue satisfecha.
El acusador perdió cualquier fundamento para condenar a quienes están unidos al Salvador.
Por eso Pablo puede preguntar:
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica” (Romanos 8:33).
Esta verdad prepara el camino para la última parte de nuestra lección.
Porque todavía debemos responder preguntas fundamentales: ¿cómo debe vivir el creyente frente a la realidad del conflicto espiritual?, ¿qué significa resistir al diablo?, ¿debemos temer a los demonios?, ¿qué seguridad posee quien pertenece a Cristo?, y ¿cuál será finalmente el destino de Satanás y de todos los poderes rebeldes?
La respuesta bíblica no termina contemplando al enemigo.
Termina contemplando la victoria absoluta de Jesucristo.
Cómo debe vivir el creyente frente al conflicto espiritual
Después de conocer la existencia de Satanás y de los demonios, alguien podría preguntarse: ¿cómo debería afectar esto nuestra vida diaria?
La respuesta bíblica es mucho más sencilla de lo que algunas personas piensan.
Las Escrituras no llaman al creyente a vivir intentando descubrir constantemente qué está haciendo Satanás. Tampoco nos enseñan a interpretar cada dificultad, enfermedad, pensamiento negativo o problema cotidiano como una acción directa de un demonio.
Nos llaman principalmente a permanecer cerca de Dios, conocer su Palabra, rechazar el pecado, cultivar la oración y confiar en Cristo.
Santiago escribe:
“Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Santiago 4:7).
Observe el orden.
Primero aparece: “Someteos a Dios”.
Después: “Resistid al diablo”.
La resistencia espiritual comienza con una vida sometida al Señor.
No consiste principalmente en buscar experiencias extraordinarias. Consiste en creer la verdad cuando aparece la mentira, obedecer cuando llega la tentación, orar cuando aparece el desaliento y acudir nuevamente a Cristo cuando hemos pecado.
Jesús mismo nos dejó un ejemplo extraordinario durante su tentación en el desierto.
Cuando Satanás intentó desviarlo, Cristo respondió repetidamente utilizando las Escrituras:
“Escrito está” (Mateo 4:4).
“Escrito está también” (Mateo 4:7).
“Porque escrito está” (Mateo 4:10).
El Hijo de Dios respondió a las mentiras exponiendo la verdad.
Aquí existe una enseñanza profundamente práctica: una mente llena de la Palabra de Dios está mejor preparada para reconocer aquello que contradice a Dios.
La armadura que Dios proporciona
Efesios 6 contiene uno de los pasajes más conocidos acerca del conflicto espiritual.
Pablo escribe:
“Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad” (Efesios 6:12).
Pero Pablo no deja al creyente contemplando la fuerza del enemigo.
Inmediatamente dirige nuestra atención hacia aquello que Dios proporciona.
Habla de verdad, justicia, evangelio, fe, salvación, Palabra de Dios y oración.
“Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno” (Efesios 6:16).
La imagen es poderosa.
Pensemos en un soldado del primer siglo sosteniendo firmemente su escudo mientras los proyectiles llegan hacia él. Pablo utiliza aquella escena para mostrar que la fe descansa en las promesas y en el carácter de Dios cuando las mentiras intentan penetrar nuestra mente.
Cuando la tentación dice que el pecado ofrecerá algo mejor que Dios, la fe responde creyendo a Dios.
Cuando aparece la acusación contra alguien que verdaderamente se ha arrepentido y está en Cristo, la fe recuerda:
“Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1).
Cuando aparece el temor, la fe recuerda que nada puede separar al creyente del amor de Dios que es en Cristo Jesús.
La armadura de Dios no es un objeto misterioso. Pablo está describiendo una vida profundamente arraigada en las realidades del evangelio.
El creyente no debe vivir dominado por el miedo
Reconocer la existencia del enemigo no significa vivir aterrorizados por él.
Juan escribió:
“Mayor es el que está en vosotros, que el que está en el mundo” (1 Juan 4:4).
Nuestra seguridad no descansa en nuestra fuerza personal.
Descansa en Dios.
Esto resulta especialmente importante porque algunas personas desarrollan una visión del mundo espiritual que termina produciendo miedo constante. Temen lugares, objetos, sueños, palabras, acontecimientos y prácticamente cualquier situación que parezca extraña.
La Escritura conduce al creyente hacia una confianza diferente.
Dios continúa gobernando.
Cristo continúa reinando.
El Espíritu Santo habita en quienes pertenecen a Cristo.
El creyente puede sufrir tentaciones y enfrentar oposición espiritual, pero nunca queda fuera de las manos de su Salvador.
Jesús dijo acerca de sus ovejas:
“Yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano” (Juan 10:28).
La seguridad del cristiano no consiste en afirmar que nunca habrá batalla.
Consiste en saber quién sostiene al creyente durante la batalla.
Los ángeles sirven bajo la providencia de Dios
También debemos mantener equilibrio cuando hablamos de los ángeles santos.
Hebreos declara:
“¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos 1:14).
Esto muestra el cuidado extraordinario de Dios.
Sin embargo, nuestra confianza nunca debe desplazarse del Señor hacia sus servidores.
La Biblia no nos manda orar a los ángeles.
No nos manda buscar comunicación con ellos.
No nos manda intentar descubrir el nombre de un supuesto ángel protector.
No nos manda rendirles culto.
Nuestra oración se dirige a Dios.
Nuestra confianza está en Dios.
Nuestra adoración pertenece a Dios.
Si Él utiliza ángeles para cumplir determinados propósitos, la gloria continúa perteneciendo al Señor que los envía.
El salmista declara:
“Pues a sus ángeles mandará acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos” (Salmo 91:11).
Incluso aquí el énfasis final debe permanecer sobre Dios: Él manda.
Los ángeles obedecen.
No todo acontecimiento extraño tiene una explicación demoníaca
Este punto requiere mucha prudencia.
La Biblia reconoce claramente la actividad demoníaca. Negarla sería negar parte del testimonio de las Escrituras.
Pero tampoco nos autoriza a identificar apresuradamente como demoníaco todo aquello que no comprendemos.
Vivimos en un mundo caído donde existen enfermedades, problemas físicos, sufrimiento, decisiones humanas equivocadas y consecuencias naturales de vivir en una creación afectada por el pecado.
Incluso dentro de los Evangelios encontramos una distinción entre enfermedades y actividad demoníaca. Mateo, por ejemplo, menciona diferentes clases de sufrimiento cuando describe el ministerio de Jesús.
Por tanto, debemos evitar diagnósticos espirituales apresurados.
Decirle a una persona que determinado sufrimiento necesariamente está causado por un demonio cuando no tenemos fundamento bíblico para afirmarlo puede aumentar innecesariamente su temor y apartarla de la ayuda adecuada.
La prudencia cristiana reconoce nuestros límites.
No necesitamos inventar explicaciones donde Dios no las ha revelado.
La victoria decisiva pertenece a Cristo
Desde Génesis aparece una promesa que atraviesa toda la historia bíblica.
Después de la caída del ser humano, Dios dijo a la serpiente:
“Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar” (Génesis 3:15).
Aquel anuncio temprano comienza una esperanza que progresivamente se vuelve más clara.
Llegaría uno nacido de mujer que vencería al enemigo.
Siglos después nació Jesucristo.
Satanás lo tentó.
Cristo permaneció obediente.
Los poderes espirituales se encontraron repetidamente con Él durante su ministerio.
Cristo demostró autoridad sobre ellos.
Finalmente llegó la cruz.
A primera vista, allí parecía triunfar la oscuridad. El Hijo de Dios fue rechazado, condenado y crucificado.
Sin embargo, aquello que parecía victoria del mal estaba siendo utilizado por Dios para realizar la redención.
Jesús llevó sobre sí los pecados de su pueblo.
Pedro lo expresa así:
“Quien llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero” (1 Pedro 2:24).
Después vino la mañana de la resurrección.
La tumba quedó vacía.
Cristo había vencido la muerte.
El enemigo no pudo impedir el cumplimiento del propósito de Dios.
La historia que comenzó con una serpiente engañando en un jardín avanza hacia la victoria del Hijo de Dios.
Satanás sabe que su tiempo es limitado
El Nuevo Testamento presenta una realidad que puede parecer paradójica.
Satanás ha sido decisivamente derrotado por Cristo y, sin embargo, continúa actuando hasta que llegue el juicio definitivo.
Podemos entenderlo pensando en la diferencia entre una victoria decisiva y la conclusión completa del conflicto.
La cruz y la resurrección establecieron la victoria de Cristo. Su regreso traerá la manifestación completa y pública de esa victoria.
Apocalipsis habla del diablo sabiendo:
“Que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:12).
Su actividad presente no significa que el resultado final permanezca abierto.
El juicio ya está determinado.
El destino final de Satanás
La Biblia termina la historia de Satanás de manera completamente diferente a como comenzó su rebelión.
No termina gobernando otro reino.
No termina negociando con Dios.
No termina luchando eternamente contra Cristo.
Termina juzgado.
Jesús habló del:
“Fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles” (Mateo 25:41).
Apocalipsis presenta finalmente el juicio definitivo:
“Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre” (Apocalipsis 20:10).
Después de esto no aparece otra rebelión.
No existe una segunda oportunidad para Satanás.
No comienza nuevamente la batalla.
Su derrota es definitiva.
Pablo resume nuestra esperanza con una declaración extraordinaria:
“Y el Dios de paz aplastará en breve a Satanás bajo vuestros pies” (Romanos 16:20).
Observe quién realiza finalmente la victoria.
El Dios de paz.
Nuestra mirada debe terminar en Cristo
Hemos recorrido una realidad extensa.
Existen ángeles santos que adoran y sirven a Dios. Existió una rebelión entre criaturas espirituales. Satanás es real. Los demonios son reales. La tentación y el engaño espiritual también son reales.
Pero ninguna de estas verdades constituye el centro de nuestra fe.
Cristo ocupa ese lugar.
El peligro de estudiar el mundo espiritual consiste en terminar mirando demasiado a las criaturas y demasiado poco al Creador.
La Escritura hace exactamente lo contrario.
Cuando Hebreos habla de los ángeles, inmediatamente muestra que Cristo es superior a ellos.
Cuando los Evangelios muestran demonios, vemos que tiemblan delante de Cristo.
Cuando Satanás aparece tentando, descubrimos que Cristo permanece obediente.
Cuando aparece la acusación, descubrimos que Cristo justifica a su pueblo.
Cuando aparece la muerte, encontramos a Cristo resucitado.
Cuando la Biblia mira hacia el futuro, no encuentra a Satanás sentado sobre un trono.
Encuentra al Cordero reinando.
Por eso nuestra conclusión no debe ser: “Qué poderoso es Satanás”.
Nuestra conclusión debe ser:
Qué incomparablemente grande es Jesucristo.
Pablo declara:
“El cual está a la diestra de Dios, habiendo subido al cielo; y a él están sujetos ángeles, autoridades y potestades” (1 Pedro 3:22).
El creyente no necesita vivir fascinado por los ángeles ni aterrorizado por los demonios.
Necesita conocer mejor a Cristo.
Necesita permanecer en su Palabra.
Necesita aprender a reconocer la mentira mediante la verdad, responder a la tentación mediante la obediencia y enfrentar el temor mediante la confianza en las promesas de Dios.
Un día el conflicto terminará.
La Iglesia ya no necesitará resistir las asechanzas del enemigo. No existirán tentación, acusación ni engaño. Todo aquello que se levantó contra Dios habrá recibido su juicio definitivo.
Entonces quedará completamente visible aquello que siempre fue verdad:
Dios nunca perdió el control de su creación.
Y quienes fueron redimidos por Cristo estarán delante de Él, no contemplando la grandeza de los ángeles, ni recordando con temor el poder del enemigo, sino adorando eternamente al Rey que los creó, los sostuvo y los llevó finalmente hasta su presencia.
Ejercicios prácticos
1. Diferencia entre Creador y criatura
Escribe en tu libreta tres diferencias entre Dios y Satanás que hayas aprendido durante esta lección. Después explica en dos o tres líneas por qué es incorrecto pensar que ambos poseen poderes semejantes.
2. Cristo y los ángeles
Lee Hebreos 1:1-14. Anota tres afirmaciones del capítulo que muestran que Jesucristo es superior a los ángeles.
3. Resistiendo la mentira
Lee Mateo 4:1-11. Escribe qué hizo Jesús cuando fue tentado. Después anota una manera sencilla en que conocer las Escrituras puede ayudarte cuando enfrentas una tentación.
4. Una promesa para recordar
Lee Romanos 8:31-39 y elige un versículo que te ayude a recordar la seguridad que tiene el creyente en Cristo. Escríbelo en tu libreta y explica con tus propias palabras qué significa.